lunes, 27 de diciembre de 2010

Emergencia


Lo difícil no es vivir sin lo que nos falta, lo difícil es vivir con lo que nos queda.

Chus Fernández

domingo, 26 de diciembre de 2010

Navidad feliz


"¿Cómo puede haber alguien descontento? -pensó Natasha-. Sobre todo un hombre tan bueno como Bezújov." A sus ojos, todos cuantos estaban presentes en el baile eran buenos, agradables, encantadores; se amaban los unos a los otros. Nadie podía ofender a nadie y, por tanto, todos debían ser felices."

Tolstói, Guerra y paz

"La foto de familia es un encanto. Los nenes no sólo son guapos, sino que lucen su infancia con un gesto divertido. Y tú estás encantadora: pelo arreglado y recogido resaltando esos ojos, piel tersa, boquita pintada, sonrisa… para soñar. Y el puto canalillo. Para rabiar."

¿Por qué esforzarse? El amigo soltero de mi cuñado (su sosia, con el que tiene un extraño pacto de hermandad elegida que nos toca las narices) siempre viene rijoso a la cena de Navidad, es un dolor, tiene el don de la palabra si hablar, hablar, hablar y no tener ni idea de conversar puede calificarse de garbo, a mí me parece una gran desmaña; pero él se lo cree y los demás alimentan su vanidad, aunque yo sostengo que de boquilla (expresión que siempre rescato del campo semántico de la mentira porque me parece un ejemplo de cómo el vocabulario puede ser también coqueto).

Estaba yo con mi cara de Marilyn aguantando al plasta del chicharra (que será como a partir de ahora me voy a referir al individuo en cuestión cotorra que no calla) cuando suena el timbre anunciando la llegada, con retraso, como siempre, de mi otro hermano y su esposa (futura presa del parlanchín y sus modos soeces). Mi madre corre al espejo a comprobar que está guapa y que no se le ha corrido el rímel "¿Huelo a comida, nena, huelo a comida? No mamá (que no me pille en el renuncio) hueles a rosas y mariposas. Ay, mi niña que no crece", (y es verdad que no crezco, no a lo largo, porque con estos encuentros pantagruélicos no sé yo, no sé yo si se me aparecerá la gordita que tengo anestesiada aunque ella y yo sabemos que solo, sin tilde, Blecua, sin tilde, aletargada encerrada en mis adentros). Y abro la puerta y mi madre con un timbre impostado (pero qué narices es Navidad: la impostura podría ser hiperónimo de todos nuestros actos) quebrada la voz exclama "Mi hijo, su esposa, qué bellos". Y empieza el palique: "Tú más, no, no tú, qué dices, el tráfico, la Purificación García, los ingredientes de la sopa de marisco y su despiece (horas, condimentos, esto cocido por aquí, aquello rehogado en lo otro…)".

Me agarro a la primera copa de cava. "Tú empiezas por lo gordo, eh, para qué le vas a dar al Rioja", me suelta el chicharra.

-¿Sabes lo que es una obra apócrifa?

-Ay, qué cosas dices, ya sabes que tú me pones sin más no necesitas soltarme guarradas.

Bebo y largo pasillo arriba (en toda casa materna que se precie tiene que haber un inmenso pasillo), no sea que se me escape la mano o peor aún la lengua y la tengamos nada más empezar. ¿Pero cómo se habrá malquistado este plasta en nuestras cenas navideñas? Sigo con la copa. Y llega la madre del novio de la mía con su novio (mi familia es de nuevo cuño, de esas que topicalizan las marcas de coches para vender sus monovolúmenes; y es que, curiosamente, la alternativa familiar ha empezado por detrás, es decir, la primera que tuvo dos maridos fue mi abuela, luego mi madre y luego la suegra de mi madre; no se me líen). Antonio es un encanto, pero siempre está en otra historia, yo le pregunto por su bisnieto y él me contesta que no es época de fresas pero sí de calabazas. Desde luego podría ser un buen informante para una obra de teatro del absurdo. Es igual que el rey Melchor así que mis hijos se dedican toda la cena a pedirle regalos. Y él sostiene, mientras tanto, que el cambio climático no acaba de llegar por mucho que él lo esté esperando: "Un Torremolinos pero en San Lorenzo, sería la leche. Comed polvorones, niños, comed que luego la sanidad privada y sus seguros os lo van a impedir: malditos mercaderes".

Empiezan los platos y las llamadas telefónicas, no falla. Y mi madre como un yoyo, arriba y abajo. Me doy a la segunda copa. El jamón ibérico exquisito, los langostinos a la plancha del novio de mi madre ni os cuento, la sopa de marisco no la pruebo y ella, mi progenitora, me mira encallada en el odio tamizado por el chantaje emocional: "Ni siquiera puedes hacer esto por mí, yo que nada te pido". Sonrío y voy por la tercera copa, eso sí, tuve la prudencia de sentarme en la esquina opuesta al chicharra que ha pillado por banda a mi padrastro, ¿habrá un tercer matrimonio en mi familia? Porque este año, como somos más, se han traído de Ikea una auxiliar que si te levantas tú se le viene todo encima al de enfrente. Pero estaba de oferta: la crisis, ya saben.

Y pasamos al cordero. Palabras mayores. "Hija no estarás embarazada que tú cuando comes así siempre llevas bollito en el vientre". Y a mí maldita la gracia que me hace la glosa pero sigo con el cava y el rostro de Marilyn. El turrón se me pega en lo concupiscible, nos lo envían de Barcelona todos los años y aunque no pueda confesarlo es lo mejor del encuentro. Y entonces los brindis, el café, los buenos propósitos y los deseos para el año que asoma. A mí me parece que tengo una ristra de hijos en lugar de dos pero es que las burbujas empiezan a provocar su efecto y a mi vista todo se multiplica y polariza: "Sed prolíficos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla". Momento de epifanía: Dios debió de haber bebido cava, como yo.

-¿Echamos un Trivial?

El marido de mi madre con su mandil de sevillana escucha pacientemente a su padrastro y me sonríe, creo que están poniéndose de acuerdo en si el tiburón es el animal mejor dotado ¿uno o dos penes? y claro, el salido de turno ya tiene excusa para hablar de sus últimas conquistas y mi cuñada abogada saca el tema de los divorcios y la otra cuñada asiente y hace preguntas extrañas con expresiones que dan miedo (custodia compartida, régimen de visitas, pensión alimenticia…), es que yo creo que siempre estuvo enamorada de mi otro hermano, sí el que se casó con la abogada, y mi abuela y mi madre y la madre del novio de la mía tocando madera que ellas de esto saben un rato y mi hermano que quiere ver el vídeo del último Barça―Madrid para ejercitarse en lo pendenciero (la mitad son de un equipo, la mitad del otro) y mi abuela en la terraza fumando con su nieto político, mi costilla, participando de la polémica de los fumadores y la libertad de cada uno para elegir sus vicios y de qué morir…

Y yo que ya no sé cuántas, no copas sino botellas, de cava llevo en los previos a los regalos (que esa es otra historia) me peleo con la gorda que me habita, ella dice que va a salir y yo que ni te menees que ya me pondré a dieta mañana que te vas a empachar de piña y pescadito cocido, cuando mi madre me coge por banda y me dice, "Nena, mañana repetimos que ha sobrado mucha comida y haré canelones, como cada 26 de diciembre, que por algo somos barcelones; tú, mamá, tú, pero el resto queremos volver a nuestra vida. Qué vida, qué vida, tú tienes que crecer y tus hermanos seguir tan guapos".

¿Qué vida? Sin saberlo esta mujer ha dado en el clavo. Y como en los cuadros de Hopper toda luz se tamiza.

Y entonces pienso en esa escena de Love actually donde mi admirado Colin Firth de la que entra a su casa familiar con los regalos y ve lo que ve, lo posa todo en el suelo y dice que se larga. Y lo formidable es que lo hace y coge un avión en Navidad y se planta a buscar a su amor y le pide que se case con ella en una lengua recién aprendida. Al principio de la cinta no se entienden uno en inglés y la otra en portugués. Y lo más increíble (vale, vale, es una película) es que él no solo llega en un día sin problemas en los aeropuertos ni con bajas de los controladores aéreos sino que ella dice sí en la lengua de él (o sea, yes) y parecen felices (a ver si el acierto conyugal se encuentra en el mito de Babel, hummm, voy a estudiarlo).

Como ya están todos peleándose al Trivial (ganó sobre el fútbol, todavía hay esperanza) y el rijoso colgado a una línea caliente gritándole al móvil que qué nalgas de pétalos ni qué ocho cuartos, que si eso es una línea erótica o poética, y la dueña de la casa y de la familia y de la agenda con la Termomix para el relleno de San Esteban, salgo de puntillas y danto tumbos por la puerta y me apetece retar a la gorda que me habita si es capaz de dejar la botella, golpear una de las carísimas copas de la cristalería centroeuropea de mi madre a beneficio del silencio de los presentes y gritar que no los aguanta más, que se larga, que le queda una vida entera para ser ella misma y que deserta de todos sus avatares: razón, ser feliz. ¿Hay otra?

Porque es Navidad. ¿O no?


viernes, 17 de diciembre de 2010

La ye o y griega (i griega, en fin)

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

Wislawa Szymborska, “Amor a primera vista”

Leo en la prensa que los polacos aprenden a amar las matemáticas. Bien. Muy bien. Sale en el periódico de mi país de mayor tirada. Doy un paseo por la villa en la que resido y me acerco hasta la librería a buscar un encargo de mi jefe de Departamento. Es un lugar en medio del centro histórico donde los libros se amontonan sin aparente orden, con una liberalidad propia de un humanismo laico pero mediterráneo; dicho de otro modo, un germánico no pasaría del umbral. Doy la cháchara con el librero y pienso en un gran amor ese que te lo lleves donde te lo lleves siempre sale con un libro escondido: adoro esa dolencia suya, esa suerte de cleptomanía que lo hace aun si cabe más deseable a mis ojos, a mi alma, a mi logos.
(No te hagas de nuevas: bien sabes que eres tú.)
Y el hombre en un giro de la conversación va y me dice que tiene reservadas para los magos setenta ortografías. ¡Setenta ortografías! En un mundo de un materialismo mordaz, de una crisis descarnadamente prefabricada, de una impostura desnuda por el efecto WikiLeaks, este amor, esta inversión, esta usurpación al vil metal es una perla. El hallazgo me tuvo contenta: los aromas de la papelera, espliego; la playa, luz de mis días; la revelación de que mi asignatura y yo (que no ella a secas) es considerada por mis bachilleres la más difícil después de Física y química y Matemáticas, un premio por el rigor de lo científico para con el lenguaje. Todo me parecía justo, armónico, exacto: el mundo merece mi aquiescencia, invitaba a pensar mi gesto.
Y sospeché que algo así debio de haber ocurrido en el origen de la fortuna de los estomatólogos, alguien encargó una boca bella para sus hijos y todos vieron la luz y el buen camino, así que lo siguieron: tener una dentadura blanca y alineada era síntoma de estatus. Los créditos por bocas sanas crecieron a la par que las cuentas de los dentistas, y ahí donde había dientes, luego síntomas de promoción social. La analogía cae por su propio peso: un impulso al idioma. Los ascendientes de los alumnos de mi instituto invierten en la expresión de sus hijos. Yuju. Y bajé las calles del casco antiguo como la atleta con dopaje a rebufo de una ilusión, de un futuro, de esa quimera que tiraba de mí por lo luminoso:

―¿Usted dónde va? ―Me pregunta un policía local.
―Hacia delante, como siempre.

Yo allí vivo entre el instituto, el cuartel de la guardia civil y el polideportivo municipal. Un enclave estratégico, en Troya, más o menos.

Y con los papinos rojos por la carrera, el brillo en la mirada, la fiebre en los extremos de la lengua se lo cuento al primer compañero con el que me tropiezo por los pasillos.

―¿Tú ya sabes que los Reyes son los padres o no te has enterado, guapina?

Y miren que las inferencias se me dan bien, pero debía de estar un poco espesa por la subida de la candida albicans, un hongo que dice mi amiga Helena que está presente en todas nosotras y que se alimenta, el muy troglodita, de los hidratos de carbono propios de verduras y frutas, alimentos ávidos para mi apetito más ahora que me he vuelto vegana (por esnobismo y porque odio comer sola así que no cocino: picoteo frutitas y verduras frescas aquí y allá), de ahí que tenga a la seta zampona que me habita las mucosas hartita como un petauro e hinchada cual garrapata. Bef.

Va a ser que no. Que todos a quienes fui con mi historia me miraron desde la rareza y no desde el asombro. Nadie festejó mi noticia.

¿Y? Distinguía Ángel González entre futuro y porvenir y el primero se hacía, era posible, estaba en construcción. Humanos perfectibles.

Pues eso, yo vivo en un lugar donde quiero pensar que si mi asignatura es difícil es porque exijo, que si se vende literatura es porque los infectamos con entusiasmo y que mis chicas y chicos, gracias al empeño de los profesores de mi Departamento, están aprendiendo a amar la lengua.

Que dónde vivo. Llamémosla Polonia.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Claridad absoluta




En cierta medida, los padres de un niño soñador tienen razón al temer que más tarde le falte carácter, pues en general por esto se entiende un "carácter de una pieza", y el soñador prefiere ser varias personas, vivir varias vidas, muchas de las cuales no tienen más consistencia ni perennidad que una pelusa de polvo que una corriente de aire impulsa por azar hasta la entrada de una casa. En cambio, es un error creer que quien sueña se aparta del mundo, porque con frecuencia sus otras vidas le sitúan en un estado de empatía con él.

Catherine Millet, Celos

El aire entra, sale, entra, sale. Así respira Berta mientras lee. No afecta, no mastica, no sube ni baja, pero respira; difícil leer bien poesía. Contaba, mientras cenábamos, que nada tan importante le dio ese afán suyo como su primer premio. Ella iba a octavo del antiguo EGB y ya jugaba con las palabras. Un hermano de Albacete que me ha adoptado sostiene junto conmigo que se empieza a escribir a los ocho años; ni antes ni después. Toma.

Berta dijo que sí. Resulta que su soneto infantil gustó tanto que la directora lo envió al instituto para que se lo publicasen en la revista escolar. Así que la poetisa ingresó en el nuevo centro un año después entre vítores y con un aura que le permitió vivir todo su periplo en Secundaria. Y siguió estirando el lenguaje. Decía Montse que un día leyendo un ejercicio de un alumno sobre el uso de las preposiciones se dio cuenta de que aquel niño escribía sobre Berta: “Metí el estuche en la mochila y empecé a andar”. Como ella. Y que dentro del estuche había lápices unos negros, para la tristeza y otros, de colores, para la alegría. Y que fue convirtiendo su andar en un súcubo que nos voltea cuando la leemos. “¿De qué va la poesía? Pues de la vida, tú me mancas, yo te manco, ello me manca, nosotros nos mancamos…” Qué glosa tan sencilla y tan cierta; la elegancia de lo exacto. De mancar va esto: un verbo difícil de llevar a otra lengua porque en su viaje pierde algas y hebras y nudos. Así que manca. La vida de verdad manca. Y nos hace en luz y en sombra; nos deja huellas: lo enojado, lo doliente, lo luminoso. Cicatrices y estremecimientos.

Como me gustaba tanto escuchar las historias de Berta no aprecié las mejores croquetas de mi ciudad, no le recordé a Vicente lo elegante que lucía aquella noche, ni besé a Cova todo lo que se merece, ni me perdí en el susurrar de revés de Marta, ni pude apreciar, encallada en la mirada de la poeta, las arterias por las que Montse lleva el teatro a sus “guajes y guajas”.

Fui poco leal. De ese modo que lo es una de mis amigas que nunca llama a su pareja por su nombre, sino siempre "amor", así cuando se acuesta con otros, con otras, no corre el riesgo de repetir el último nombre a horcajadas sobre su marido. Sólo "amor". Y dice que se enamora de un hombre, de una mujer, un minuto o dos horas, en ese cierre con que la fascinación se impone, en el viento de los trapecistas; luego, aterriza, fuera de la demencia, soltando los postizos y entrando en casa con la llave en su puerta y oye "¿Ya estás en casa?"

Y responde: "Ya. Ya estoy en casa. Amor".

La lealtad dice uno de los míos se pelea con el egoísmo que la persona necesita para ser feliz y así os va a los leales. Fatalidad ocupa lealtad. Quizá.

A lo que estábamos. Berta. Me gustó probar Perú de su contar, los japoneses de Madrid de su sonido, la lamida de la maternidad, las alas de la edad en forma de lumbalgia. No sabía quién se escondía detrás de un Llámame, ni de las Heridas, ni de las Las naranjas, ni de la Madre que también es un poco la mía. Me habían dicho que era magnética, telúrica, con colores de herrumbre; un frente de luz que como la explosión de pólvora en los fuegos artificiales sigue tras el estallido algodonando los ojos. Ella narra entre versos. Narra de mujer; está blando el dolor, como el vientre. Y blando vuelve. Va y vuelve. Y acaricia, como ciertos malestares que logramos convertir en placeres. Lo humano. Berta se parecía a Iseo Quitatiempos. Se llamaba Leocadia pero de niña de tanto mirar el mundo intentando hacerlo barro para ahuyentar la pena lo ferviente se le iba adosando y le cambiaron su nombre. Iseo se cae, Iseo está en el agua, Iseo ha llenado la bañera de nubes, Iseo no se acuesta, Iseo se ha tragado un mar, Iseo… siempre soñando, Iseo. Y fue creciendo y repetía de noche el rumrum de aquel otro poetapastor “Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío: claridad absoluta”. E Iseo me llevó a Fernando que para curar su pena se encierra en un faro. Luz y mar. Mar y luz.

A veces mientras observo los rostros que se abren en mis adentros trato de llevarlos al cine, de encontrarles parecidos, semejanzas, impresiones; aquelesteotro gesto. Berta e Iseo o Fernando se me revolvieron la noche del viernes, porque ellos no son carne de cine, son otra cosa, yo me entiendo.

Podría decir de su libro pero a Berta hay que leerla. Desde la vida: el aire entra, sale, entra, sale.

Hala: ustedes a eso.

Yo me voy a correr, ahora que la playa está abandonada (todos comen) y el mar no cansa y puedo soñar, silbando Bach, como Iseo-Leocadia o Berta, que soy otras.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Fila 6, butaca 18


-¿Por qué estás tan sombrío?- preguntó Nesvitski, advirtiendo el pálido rostro y los ojos brillantes del príncipe Andréi.

-No hay motivos para alegrarse- replicó Bolkonski.

Tolstói, Guerra y paz

“No tuve ocasión de decirte”, “Salva tus cuentas en vida”, “No pienso morirme”… Decía Uxbal en el vientre de Javier Bardem.

Venía de un puente lluvioso, soso, lleno de tablas de multiplicar, de juegos infantiles que a ellos divierten pero en los que no consigo rescatar a la niña pequeña que en algún lado, pero no estos días, me habita. Fui leona, amamanté, cuidé, enseñé, eduqué, reí, reñí, di culazos y besos multiformes (de oruga, de chinchilla, de oso cavernoso, de mamut, de lamida, de flor y alguno de mandril), me tiré por el suelo, bailé tangos sobre mis rodillas (así mido más o menos como ellos y podemos permitirnos hasta el foxtrot). Leí poco porque tenía ganas de madrear (yo como hacía Umbral, a estas alturas de mi vida me permito mis propios neologismos), a pesar de lo cual a las tres y media de la tarde del miércoles ya tenía ganas de estar un poco a solas conmigo. Mi costilla me llevó al sofá a ver El Dorado, un western de uno de sus directores preferidos Howard Hawks, tras lo cual mi casa estaba tomada por dos minivaqueros: mis hijos pegando tiros con escopetas de pinzas duros, expertos, solitarios y nobles. Dice su padre que es bueno que compensen tanta floritura mental que yo les inoculo (el dibujo, las películas en inglés, Mozart, las obras de teatro, la poesía para niños, el chino o la papiroflexia). Son puntos de vista, no siempre coincidentes. Da igual, a mí esos perdedores, alcoholizados o enfermos, que tienen como bandera la lealtad y la amistad siempre me han encantado. El western en todos sus formatos también.

Y la verdad, me retrotraen a mi cine de primera sesión de sábado compartiendo bocadillo de quesito con mi hermano y la posterior recración de la película con los clis de famobil (actualmente playmobiles a secas). La película acaba bien. Ésta sí.

Vale. Hasta ahí teníamos la fiesta en paz. Y tuve que aguarla. Convencí al amante del western (menudo empolle de diálogos tiene el hombre éste) para irnos a ver la última de Iñárritu, Biutiful. 148 minutos de drama y de un Bardem en estado puro. Iba el de los diálogos renegando, que si la climatología, las malas críticas de Boyero en El País, un fin de puente a las seis y media de la tarde… “Bueno, si no quieres, voy yo”. Yo creo que inflamado de los valores de sus ídolos Wayne y Mitchum o porque a él no le amargaba un dulce salirse a enfriar se dejó ir y allí estábamos los dos, yo en mi butaca de los múltiplos de seis y él a mi vera; cada uno con expectativas claramente diferentes esperando la dosis del mejicano.

Me pasé la mitad de la película llorando. No puedo ver ciertas cosas, no desde que soy madre porque hay una sensibilidad que me nació dentro junto con las placentas y el líquido amniótico que como a Mitchum en la peli de esta tarde no me deja beber ciertas sustancias. No hay una licencia a la belleza de postal, ni una sola. La Barcelona, poligonal, abrupta, cruel, como muestra de una gran ciudad, está analizada desde el ojo más oscuro. La mirada es espeluznante, si perseguía con ese recrearse en los lodos más amargos de lo humano, revolver estómagos, vaya si lo consigue. Ser padre o madre es realmente difícil. Ser generoso, ecuánime, bondadoso, honesto también. Ver y mirar para otro lado ni les cuento. Un director con cámara astillosa me lo sabe enseñar bien.

Y me toca las narices cuando Boyero habla de la Binoche como la maravillosa Juliette y me cuenta que bah que el Bardem no tiene claro si le gusta o no en esta cinta. Si algo me dije a mí misma a lo largo de la película es qué grande este Bardem, qué grande, más o menos cada diez minutos. Está inmenso. Un Sean Penn español. Como aquella exclamación de “Ooooobra maestra” que decía Pumares a propósito de 2001 en el radiofónico Polvo de estrellas, pero aplicado al protagonista. Es la contención en lo complicado, la intensidad, el buen hacer. Un actor tiene que mostrar hacia dentro, hacia dentro, hacia dentro. Y miren que aunque reconociendo que el hombre está de toma pan y moja, que dice una compañera mía de aerobic, a mí, no me, no me; es decir, que no me dejo llevar por las hormonas como al otro con la Binoche, que dicho sea de paso es guapa donde las haya, no mi tipo de fémina, tampoco la de mi amigo Pepe que hoy en la sesión vermut y los posteriores oricios me comentaba a propósito de la guapa "Es que yo no la veo, la traspaso, no me dice na de na donde esté Angie Dickinson…" (también tengo yo pasión por esa rubia que nunca aparecerá en el ranking de las más guapas y sin embargo…). No sé, me gustó el enfoque de la paternidad, lo bajo y lo sublime, la responsabilidad inmensa de la que uno no puede escaparse, el amor infinito “¿Cuánto de infinito me amas?” parece que estoy oyendo a mi chiquitín plus; el darles el todo y más allá y nunca es suficiente, el miedo, la fragilidad, las dudas, la angustia. Por descontado, al llegar a casa tuve que lanzarme a besos cual alimaña feroz y voraz sobre mis cachorros y contarles de nuevo que soy inmortal.

También me atrajo la estética, la metástasis como un cúmulo de cucarachas; la infelicidad conyugal como esa primera hormiga roja que entra en una casa dando el aviso de que después llegarán muchas más; las torres reflejadas en los charcos; los lugares emblemáticos de mi amada Barcelona desde la mirada más sucia… Y otras. No voy a descubrirle aquí a nadie la capacidad que tiene Iñárritu para el acierto y la yuxtaposición de imágenes. Los grandes temas y los pequeños. La hipocresía social. Las moralejas (la del tigre, y la del jabugo y el arroz; hasta la del moco negro como prueba de amor). Incluso me convenció la estructura menos complicada que la de anteriores películas del mejicano y en círculo (algo que sin embargo le han criticado, pero es que a mí no me pagan por comentar una película, soy inexperta, una simple aficionada, ergo tengo patente de corso).

Estoy triste. Me han contado una historia oscura. Tan inconsolable como esa realidad que está ahí debajo, donde el miedo y la miseria. Justo ahí al lado.

Qué grande eran Wayne y Mitchum dirigidos por H.Hawks con sus finales justos y medidos; qué maravilla compadecerse con una historia de cine; qué grande Bardem haga lo que haga. Y vaya bolsas con las que voy a ir mañana a dar clase: tendré que contarles a mis alumnos que los ojos que llevo de jueves son por lo mucho de ayer, por lo bello que puede llegar a ser lo triste.



lunes, 6 de diciembre de 2010

Moho

No podía decir por qué aquellas lomas verdes, tan poco vistosas, habían llegado tanto a su corazón, cuando a lo largo de las vías férreas había montañas, lagos, el mar y a veces hasta nubes de tonalidades caprichosas. Pero quizá fuera su melancólico verde y las melancólicas sombras crepusculares de las hondonadas lo que había provocado su dolor. Eran lomas pequeñas, bien cuidadas, con vallecitos oscuros: no era un panorama silvestre. Y las hileras de arbustos redondeados parecían rebaños de mansas ovejas verdes. Pero era muy probable que aquel estado de ánimo se debiera simplemente a que su tristeza había llegado al apogeo cuando cruzó por primera vez los campos de Shizuoka.

Yasunari Kawabata, Lo bello y lo triste

No sé si han mirado alguna vez los colores. No son, cierto, salvo durmiendo en algo. Como el amor. Pero a este cuesta tantearlo de frente, como si en la contemplación de su estallido nos devolviera moho: el que ahora habita donde un día Amor.
El cantante callejero nasalizaba, triturando a golpes una guitarra, aquella canción de los setenta en uno de los tubos del metro; ellos corrían de la mano con toda la raíz del quererse empujando, hacia arriba, siempre en creciente, entre sus manos. Y aquel gesto, vacío de lo ceñudo.
Arriba, arriba, arriba. Derritiéndose.
Por ver, también yo aplacé mi marcha: cogería el siguiente de tal modo que pudiera contemplarlos, ajenos, en la espera.
Tres minutos en pantalla para el próximo.
Era hermoso. Hablaban mirándose a los ojos, algo temblorosos los labios, iluminando cada uno el perfil del otro. De vez en vez, él se detenía en las formas de su boca como quien adivina un desnudo.
Imaginé sus días. Siempre jóvenes.
Tazas de loza, cucharilla pequeña, mordiscos alternos: Marte o el cuarto de la plancha. Su pierna en su espalda, el libro sobre la almohada, las manos revoltosas, los guisos entre besos, compras en verbena, puertas y ventanas abiertas, tú en mí; afán de lo cotidiano.
Los modos de la delicadeza. Sin más. Dos siendo presente. Un incondicionalmente tuyo.
Imaginé sus días impulsados por la comunión en otro. Ágiles, rabiosos, feroces: pasos como golpes de vida, plaf, plaf, plaf; lo apremiante.
Imaginé sus noches. Recordé aquellos versos de Vallejo, el único, Pienso en tu sexo, simplificando el corazón, pienso en tu sexo… pienso, sí, en el bruto libre que goza donde quiere, donde puede
Imaginé sus noches. Pupilas dilatadas, crecidas como yemas de huevo que se derraman. Anchas en cuerpos sin rostro aquellas bocas golosas, de hocico: esferas de carne en camas ya no tan blancas. Obscena la naturaleza, obsceno lo bello, obsceno Amor.
Todo sin haber podido apartar mi mirada.
Imaginé sus noches.
Ellos son dos por error que la noche corrige.
Y me sentí así de solo.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Un día de clase cualquiera


Jacob Lawrence

Tengo fe en que soy,
y en que he sido menos.

César Vallejo, Trilce

Cuando la nieve se hubo marchado yo ya sabía qué clase de hombre era aquel que conducía el coche. Nos vimos atrapados en mitad de lo que nos pareció la nada blanca, rodeados de otros bultos, también mágicos, porque la capa de trapos caídos como serpentines celestiales cubría las formas, las manchaba de irrealidad. Otros mundos. Moon y sus clones. La geometría de las Vanguardias rusas. Entrábamos a primera en el instituto y nos quedaba una hora de viaje.

Allí, detenidos, entre tres o cuatro silencios, brotó cierta confianza.

Me explicó que no recordaba el momento en que inició su voluntariado. Primero niños, luego adolescentes.

Cuantayá, Natalia, Cuantayá.

Así que repasamos el peso de la educación judeocristiana, quién fue el Jesús histórico, el antes y el después de San Pablo, la culpa, la responsabilidad, los venenosos modelos de enamoramiento; el currículo oculto que como un gas respiramos de niños.

Luis es pequeño, fanático rojiblanco, convencido gijonudo; treintañero, nada chinchoso, abonado a la buena vida, a las buenas personas, al buen hacer.

Cuando te cuenta, fija los ojos, muy quietos, en los cristales del coche. Todo en su mirada parece en hilera. Siempre me han gustado los hombres que se labran su destino. Enseguida lo distinguí como uno de esos.

Arranca el coche. Masticamos las palabras que arrastran otras.

―Estoy leyendo Ana Karenina.

―¿Ah sí?

― Tú sabrás.

No recordaba que le había hablado de Tolstói en una de esas conversaciones apuradas, de trámite, entre desconocidos; algo así como "Vivo aquí y leo a Tolstói, ya ves…"

Habló y habló. Un vocacional.

―Nos gusta enseñar.

Entonces tocó la historia de Adán. Ojos punzantes, piernas de futbolista, irritable y algo desequilibrado.

―Este año será mi reto.

Adán se ha creído la etiqueta del mal estudiante, pero yo sólo lo veo desenfocado como aquel personaje de Allen en Desmontando a Harry. Se llama como un primer hombre. Yo le dejo migas.

―¿Cuál es la última acción con él?

Vuelve la nieve. Llamamos al instituto: no vamos a llegar o lo haremos tarde. Entre el centro y Occidente.

―¿Subo la calefacción? ¿Estás cómoda?

Hay hombres que huelen a libro.

Sigo con Adán. La bolsa de gominolas. Tocaba actividad grupal. Los dividí en dos equipos, él era el responsable del A. Como no nos dio tiempo a terminar y les había llevado una bolsa de chuches dije que él era el elegido para custodiarlas.

―Profe, estás loca. Se las va a comer.

―Yo confío en Adán.

―¿Las contaste, profe?

―Yo confío en Adán.

Se ruborizó. Debajo de los rizos donde atecha su mirada clara y punzante, creí ver el principio de un largo camino.

Todos le pidieron el dulce, lo provocaron, lo amenazaron, lo tentaron. En mitad del ímpetu romántico y las tribulaciones del joven Werther él sacaba el extremo de la bolsa dulce y me sonreía. Y yo sabía que iba ganando: mi pequeño yedai.

Suena el móvil. Altavoz.

―¿Cómo va la carretera? ¿Llegaréis?

―Estamos en ello. Parece que se mueve: han aterrizado los quitanieves.

―Os volveré a llamar.

El jefe de estudios nos aprecia: le hace gracia vernos en el gimnasio subiendo y bajando de máquinas infernales, corriendo por la ría, aficionándonos a los restaurantes del valle; el mejor bonito, las patatas excelentes. Lástima de papelera.

―Sigue. A estas edades la autoestima lo es todo.

Adán llegó el día de la cita con su bolsa de gominolas y le leí un poema. Al terminar la lectura en su honor (cada tutoría escojo unos versos por alumno) exclamó con acento de allá y masticado en lengua apache: ¡Qué guapo, profe, pero qué guapo!

Para la clase siguiente había acabado de corregir los exámenes, era la primera vez que sacaba un seis en mi asignatura. No le regalé nada: estudió. Oxidado, inseguro, retornando del pasotismo. Pero estudió: dos pasos adelante en su nueva vida.

Y como Ana María Matute (qué bien su Cervantes 2010) “yo soy de las que piensa que la botella está medio llena. Pero soy consciente de que está vacía”. El día que los Adanes dejen de entusiasmarme, ya no enseñaré más; una parte importante de esta vida mía se alimenta cada mañana en las aulas, es mi forma de estar en el mundo: me gusta lo que hago. Miro a mis viejos maestros. Pienso en cómo me gustaría que fueran los que ese día tienen en su clase mis hijos. Tejo. Haciéndome enseñante un poco cada día. Con ellos.

Les suelo decir que soy su camello “la primera raya de la literatura os la doy yo, el resto va por cuenta vuestra”. Y así esa semana tiré de Tristán e Iseo de Béroul o narré el descenso de Orfeo en busca de Eurídice; Estrella distante de Bolaño; por qué Miguel Hernández convirtió en símbolo la cebolla; les hablé de un niño paracaidista que Chus Fernández me debe y les dije que al creador el don le nace como una herida o como un compromiso tan es así que a veces el mundo se les vuelve inhabitable y eligen irse Larra o Foster Wallace; que hay luz, también, una Luz más antigua que el amor leyéndoles un párrafo de Menéndez Salmón donde un Rothko desesperadamente vencido observa a su esposa, carne elegida, bajo la luz cenicienta de una mañana doméstica.

Pero no se ama las palabras. Se ama a las personas. Y les conté la escena de Rompiendo las olas donde la inocente y frágil Bess, con su sacrificio y su expiación, grita esa frase en mitad de la liturgia.

Dejó de nevar.

Luis y yo fuimos callados el resto del camino. Sustituyendo la cháchara por sus hebras. Yo las suyas. Acaso él las mías.

―Profe, pensamos que no llegabas.

―Tengo un superpoder. Pero sssssssss…

Adán me miró un poco más arriba de su flequillo.

―Gracias profe, yo confiaba. Y estás aquí.

Tengo que contárselo a Luis. Quizá en otro amanecer. De esos de clase o bajo la nieve.


sábado, 27 de noviembre de 2010

Lo inquietante



Clyfford Still, 1950-B

“Blues de la casa”

En mi casa están vacías las paredes

y yo sufro mirando la cal fría.

Mi casa tiene puertas y ventanas:

no puedo superar tanto agujero.

Aquí vive mi madre con sus lentes.

Aquí está mi mujer con sus cabellos.

Aquí viven mis hijas con sus ojos.

¿Por qué sufro mirando las paredes?

El mundo es grande. Dentro de una casa

no cabrá nunca. El mundo es grande.

Dentro de una casa ―el mundo es grande―

no es bueno que haya tanto sufrimiento.

Antonio Gamoneda, Edad

domingo, 21 de noviembre de 2010

El aire


Milton Avery, Mar negro (1959)

3

Su cara,
sobre todas las cosas.

Oigo su voz y pienso en su
no voz, en sus
no ojos, en sus
no manos, en su

no cara,
sobre todas las cosas.

4

Queda
muda,

en el vientre
del ojo,

la inacabada
imagen

de ti.

"En el vientre del ojo", Misael Ruiz Albarracín (El hueco de las cosas, Editorial TREA)


Dicen que fue un aire. El cielo se abrió hinchado de agua. El mar se volvió negro. Duro. Como de hierro. Con su lengua oprimida lamió la costa, absorbió miradores, hombres, mujeres, barcas, cementos desde donde lo encierran. Luego descansó. Y dejó como huella un aire extraño. De corazonada o premonición. Dicen los zahorinos que estos aires son difíciles, que traen dolores y muertos.

Siempre lo llamaron el poeta: como Neruda era hijo de ferroviario y como él, quizá por ese origen, amaba los viajes y los versos. Amó demasiado decían. No supo estar comentaban. No tenía dueña rezaban. Y un murmullo ancho se fue haciendo con las bocas.

La muerte no lo encontró en una cama con la vida hecha y el orgullo de haber llevado a su aldea un poco de mar. Se la tropezó en una madrugada, dentro de un rifle de caza y recogida en la sección de Sucesos.

Ella no estaba bien. Había dejado de ser de este mundo: las voces, los aires, las sombras. Puñados de malas ideas anidaban entre las sienes. Su salud se resentía. Le habló de amor, de lealtad, de una mora de sangre que pudo haber sido su hijo, de sus sesiones con la terapeuta, de su falso discurso, de su cobardía. Él solo oía ceremonias de lo que ya pasó, liturgias de amante vieja, salmos enfermos.

El miércoles un coche atropelló a una chica en mitad del puerto. Los aires.

De madrugada murió el poeta. Lo mataron.

El jueves un zorro apareció colgado en la puerta de un vecino. El jueves se hablaba de bandas de atracadores. De fuera. Nadie de allí. El jueves, el aire volaba rencores como cometas. Y el murmullo se hizo grande. Un poco más. Como un vientre de ballena.

El viernes resultó ser una zorra.

El viernes el mar se volvió otra vez oscuro, manso, dejó que la arena lo atravesara. Se dejó hacer. Como la muchacha.

"Lo peor está por llegar. Lo peor está por llegar. Lo peor está por llegar" así dicen que machacaba el eco. El murmullo más y más. Un poco de allá, alcanzando lo grande.

Ella dijo que no olvidaba un mal güisqui, un mal polvo, un mal hombre. Lo oyó una vez en una de esas películas que tuvo que ver sola cuando la rabia le mordía la calor y buscaba, en vano, restos de su polen entre las piernas. Ahora tenía rostro. Sin groserías, sin acentos de hombre, sin pistilos, sin carne.

Lo mataron aquellos aires. Y así fue.






domingo, 7 de noviembre de 2010

"Tú eres el lenguaje profundo"

[...] La carne me ha enseñado el más hondo saber
y el lenguaje me enseña su lección venerable:
que el Tiempo es un abrazo de un hombre y la mujer,
que el universo es una palabra formidable.


"Elogio a mi nación de carne y de fonemas", Félix Grande


Leo a Berta Piñán (La mancadura) y parece que me leo. Leo a Xandru Fernández (Restauración) y me encuentro. Leo a Tolstói, Bolaño, Llop... y también.
Me gustan los viernes. Todo comienza. Parece que todo comienza. Voy de libros y últimamente siempre tengo un regalo en Paradiso. Chema sonríe: como si fuera un Rey Mago y yo una nena pequeña. Compro lo que puedo y agarro el paquetín, siena, entre mi brazo y mi axila. Me escondo en algún café: té con leche, por favor. Abro y huelo. Rebusco frases, calambres en mis yemas; ahogo esa mirada que me dicen triste.

Quien lee se pelea contra el tiempo: quiere muchas vidas; no le basta una y sola. Así que devoro historias. Y tú me insultas: son simulacros. Ven, hazte carne. Sólo en mí engañarás al Tiempo.

Quien lee tiene miedo. Ser audaz, osado, lujurioso, perverso... en otros. Y tú ríes, sólo con la comisura izquierda de tus labios. Eres profundo, como dicen que son los volcanes bajo el mar. Los peces no saben que están solos; libres. Los peces de mi pecera no saben que yo los miro. Cautivos.

Estoy llena de grietas. Y tú, como los peces, tampoco sabes. Si te dejo, resbalarás, (caes, caes). Allá de donde te protejo.

Y como los niños, pido cuentos (para dormir), en un intento, vano, de ahuyentar con ellos la hora del lobo.
Que crece.

sábado, 30 de octubre de 2010

Y esa belleza




Lo que más me llamaba la atención de la recién llegada es que ninguno de sus rasgos llamaba particularmente la atención, o lo hacían mucho menos que la luz que emanaba del conjunto de su persona y que obligaba a algo semejante a un respeto devoto. [...] no me pareció guapa o atractiva o espectacular o cualquiera de los calificativos con que estaba acostumbrado a elogiar a las mujeres, sino bella, un adjetivo escueto y en cierto sentido trágico.

Rafael Argullol, Visión desde el fondo del mar.

Él la mira. Cómo se va. Piensa en esas películas francesas que tan bien narran lo cotidiano. Quiere que tropiece. Acaso. Ambos saben que nunca. Quizá se han besado sabiendo que el otro sabía que era la última vez.

Espera que se gire. No lo hará. Es esa barbilla baja, la danza de sus caderas (recorridas, sorbidas, masticadas, lamidas, apretadas; quietas o urgentes, sólo suyas), los hilos de pelo que el aire frío hundiéndose en su falso moño arranca. Su pelo.

La sigue mirando. Lo inevitable. Quisiera salir, cogerla por los hombros, hacerse con su cuello, la clavícula y todos los besos ahí enterrados.

Estaba allí. Como entonces.

De todas las palabras que una mujer ha dicho a un hombre las más hermosas siguen siendo déjame ser tu puta.

Eran groseras, soeces; lúbricas. Lo fueron la primera vez y más nunca. No abría los labios para pronunciar aquello que después supo que era un poema, así que rodeadas por su voz emergían de aquel hueco negro. Húmedo como el vientre de un pez.

Su boca.

Y ahora la veía irse, lentamente, en aquella cadencia que tantas veces lo había turbado.

También. Dulcemente.

Fue, es, seguirá siendo. Como era.

Iba vestida de negro. Parecía decir adiós. Y esa belleza.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Antojos




Yo era quien debía hablar de él bajo cielos más grises donde los árboles y los libros fuesen más abundantes. Así yo le sobreviviría porque el rey necesita una memoria perdurable. Él ni siquiera sabía lo que era un rey, ni la velocidad creciente con que los árboles estaban desapareciendo ya para fabricar manuales que trataban sobre su tala.

Agustín Vidaller, Costas perfumadas.


"...recuerdo a cada instante su piel, tersa como un capricho. Cierro los ojos y siento su aroma... ¡Tengo una ansiedad horrible! ¡Necesito sentir su tacto bajo mis yemas!" Era como si el viejo Pereira percibiera también aquella lujuria joven, blanca, inmolada bajo las manos cuarteadas del viejo, piel tostada que debía buscar con ansia unas aureolas generosas.

Fernando Clemot, "Orgullosamente apasionado", Estancos del Chiado.

lunes, 16 de agosto de 2010

Exposición



Carl Andre

Quizá por estas razones y por otras más que no sabe explicar. Es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón, sostiene Pereira.

Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira.

Donoso vende vestidos en las playas ibicencas. Es argentino pero me dice que si lo llamo uruguayo no se ofende. Todo menos italiano. “Son como cucarachas”. “Han llegado para conquistar la isla”. Me vino a buscar a la orilla, espacio insólito donde me tiro con el cuerpo cubierto de agua excepto la cabeza: parezco una tortuguilla de caparazón transparente; de ese modo, vigilo a los niños que nadan a unos cuantos metros de mí, intentando curar cierto cansancio, emplastar vacíos que se me escapan por mis grietas, recopilar toda esa luz para dosificarla cuando llegue a casa: los inviernos en mi ciudad son muy largos con otoños de preámbulos y primaveras de resaca: todo oscuro.

No recuerdo cuánto me gusta ese cielo tan blanco hasta que lo tengo techando mis pasos. Miento, no es blanco. Amanece desnudo para ir pintándose. Pienso en Turner, en la primera vez que observó las atmósferas de Claudio de Lorena, el molino de Rembrandt, los crepúsculos de Gainsborough, la claridad norteña de Van de Cappelle, la Venecia acuática de Canaletto. Quizá fue allí cuando se dijo “Por esto quiero ser pintor”, aun cuando el Turner que más admiro es el romántico, la cicatriz de Ruisdael o la absorción de las teorías del color de Goethe. Mis tardes noches bicicleteando mi ciudad se parecen al cielo de Sepelio en el mar.

Ahora estoy en la cala pero de tarde me iré a kumharas a sentir la anochecida que en mi recuerdo se promiscuye con el Arenal de Calais turneriano. El sol de las Pitiusas hay que desnudarlo, ir contemplándolo en sus movimientos, detenerse en sus mixturas y metamorfosis, recorrerlo como la carne deseada (yemas, labios, mirada).

Todavía estoy ahí y es cuando Donoso se arrodilla a mi lado. “Tengo un bello envoltorio para vos: sos rechula de verde”. Me acabé llevando sus orígenes, cómo había atravesado el Atlántico para quedarse a vivir en la isla, cuánto añoraba a su gente, de qué modo tan desesperado amaba a una mujer para cruzar por ella un océano y el vestido verde que me deja las piernas y los hombros al aire. “Sabés escuchar”. Los niños seguían chapoteando: aprendieron que el sol puede no acabarse, que el agua puede estar siempre caliente, que bañarse puede dejar de ser una operación llena de variables (que no llueva, que la marea esté baja, que la bandera sea la adecuada, que no haga mucho frío...) para convertirse en una extraordinaria fijeza.

Nos despedimos Donoso y yo en Cala La Basa con cierta nostalgia. Él por haber abierto su vida a una extraña, yo porque ciertas cosas sólo me ocurren en Ibiza. Guardé la compra de Donoso para irme a nadar con los niños; les pedí permiso para perderme en lo profundo, se quedaron con mi biquini y la promesa de que no hundiría la cabeza más de diez minutos (aún no entienden de gestos anaeróbicos y tiempos vitales). El nudismo es otro de los lujos ibicencos. Como la comida mediterránea (cocinan las mejores patatas del mundo, pero esto es un secreto), la Ibiza rural, las trayectorias vitales de los hombres y mujeres que poblaron la isla en los sesenta, la amabilidad y el buen trato que todos te dispensan (si no lo son, parecen felices: quizá sea una afortunada pandemia). Es una lástima que cuando uno vuelve de allí sólo le pregunten por los famosos, cuántos guiris la palmaron tirándose de las ventanas de los hoteles del West End de San Antonio y qué tal estuvo la última fiesta flower power o troyana (no conozco ni Amnesia ni Pachá, ni falta que me hace). Todo está en los ojos que miran.

Después de calearnos el Este de la isla, compramos melón y sandía a unos payeses que eran rubios como los niños del maíz. Ella se llamaba Dorethee y era alemana. Empezamos hablando de Dusseldorf y acabamos contándonos nuestras preferencias sobre arte contemporáneo. Por un momento pensé que era la viuda de Konrad que estaba de incógnito en el terruño y a punto estuve de preguntarle por On Kawara y Joseph Beuys. Enseguida el payés la cogió de la cintura, era francés, muy guapo, para meter baza en nuestra conversación; estuve practicando un poco con el idioma galo (puf, cómo se me ha olvidado el léxico frutal) e inferí al poco que Dorothee y él llevaban muchos años en común, cada uno vivió su periplo antes de escaparse juntos a San José. Me explicó ante un zumo de melón recién exprimido que cuando decidieron unir sus vidas compraron una pequeña casa que arreglaron y a la que añadieron una planta más. Dorothee vivía arriba con sus tres hijas mientras que Cedric ocupaba la zona baja. Él también albergaba a sus dos hijas en verano que era cuando su ex-mujer le enviaba desde Reims a las niñas. De ese modo fueron ellas, las crías de ambos, quienes marcaron los ritmos de proximidad. “Sin forzar nos fuimos aceptando”. Hoy presumen de ser una familia bien avenida: “Fue una locura que salió bien”. “Es la isla”. “Da suerte”, sostiene Dorothee.

Creo que el aroma de mi cuerpo ha cambiado. En esos siete días el melón, la sandía y los frutos secos han debido de modificar mis segregaciones. Al despedirme de ellos me pareció que ella sonreía con cara de sandía y él tenía cabeza de melón. Me dije que me miraría al espejo nada más llegar al hotel.

Ya en el coche, les conté a los niños mi confusión de la payesa con los Fischer. Les expliqué quiénes fueron esos galeristas alemanes, hablé de la audacia y del valor, de la lucha contra los miedos en pequeños gestos, de perseguir lo que uno sabe que realmente ama. Les adelanté que al día siguiente se bañarían en un acantilado donde los peces les comerían los pellejitos de los pies, que su padre no estaba a favor de que yo los llevara pero que en mi opinión ya estaban maduros, como los pequeños melones de los que acabábamos de disfrutar, para vivir una aventura. Todo es dar un primer paso: Dorothee Fischer vació su monedero delante de Joseph Beuys y le preguntó que qué pieza de arte le podía vender por ese dinero para regalársela a Konrad. Fue un bloque con forma de rectángulo de cera “Sin título”. Así empezó su sueño: la primera pieza de su colección; nosotros íbamos a empezar por el acantilado.

Lo hicimos y como Señor Salvaje nos picaron las medusas, cuyas descargas aliviamos con nuestros propios orines. “Esto sí que fue una hazaña de héroes de cuento” exclamaba mi hijo mayor.

Tal vez haya sido el rito iniciático. La primera piedra, Donoso cruzó un continente, Turner desafió a la Royal Academy, la pareja de galeristas a la vanguardia alemana, el duque de Orsini la densa negrura de su padre...

Siempre falta algo; uno viaja huyendo o buscándose. Ocurre que a veces se encuentra.

Como narraba Pereira, un acontecimiento inusual, no necesariamente el irse, despierta un yo que desbanca al hegemónico produciéndose una pequeña revolución en la confederación de nuestras almas. Alejada, añoré las manos del hombre que amo o quizá la penetración de nuestras manos (imitando esculturas de Nauman), la mirada de mi madre, también mi ciudad en bicicleta, mi hueco en la cama, el olor de mi casa... La vida cotidiana que tejo. No obstante, esta vez, sacrifiqué un yo zamarreante en esa isla y este nuevo que me va invadiendo (por ahora me llega a las rodillas) ha decidido no resignarse. Como comprar un bloque de cera o bañarse desnuda en peligrosos acantilados...


martes, 6 de julio de 2010

El gol






El año 2010 cogerá sabor a Mundial; ya estamos haciendo historia: todos somos en cierto modo esta Selección. Alguna vez dejé caer por estas tierras que me gusta el fútbol, quizá porque es el deporte que más se parece a la vida: uno puede jugar muy bien y perder; al final lo que suma es el gol.


Nada más.


No debería ser así, ni la vida ni el fútbol. Pero...


En mi tramo de estantería que reservo para "lecturas pendientes" se agolpan textos, de esos largos de hamaca y al fondo los niños, agua o montaña; otros más breves, alguna antología de cuentos, ciertos ensayos sesudos que dejaré para los días que tenga cuerpo de ciencia.



También las películas están aplazadas, muchos compromisos familiares, los cafés con mis amigos: nunca lo urgente es lo más necesario.



Y mis hijos, que han sido las principales víctimas de que su madre se pase un año entero programando, dando clases y estudiando. Son tan pequeños y ya manejan un palabrerío: oposición, unidad didáctica, Lope de Vega, la argumentación.



Algún sábado llegaban a mi mesa: "Mamá cuánto dura este examen".



Como Villa estoy ahí, entrenando, dando patadas al balón contra una pared, haciendo mis ejercicios, día a día; y tengo que oír "Sólo es cuestión de suerte". Prefiero pensar que como al guaje, me pillará el azar preparada y pasaré de jugar en Segunda y en equipos que sí me quisieron al escaparate del Mundial y al gran equipo: como él, todo en un año.



Son esos mis héroes, tal vez porque me reconozco en lo que tienen: afán, trabajo y entusiasmo; porque rechazo al villano: ocasión, contactos, zancadillas. Y si se preguntan ustedes si soy una ingenua, sí lo soy; y asumo que a mi edad serlo es una forma de estupidez. Que si conozco a muchos que han llegado sin las partes ascética y estajanovista, por supuesto; que si he oído a más de uno y de una: "Yo estoy aquí de paso; nunca he estudiado para una oposición, no me lo tomo en serio: sé que es cuestión de suerte; todo culpa de la Administración, una pantomima de proceso". Muchas veces y les he sonreído con mi especialidad: "Rostro de Marilyn", mientras pienso lo que pienso.


Soy hija y nieta de quienes creyeron en la Ilustración, en una enseñanza laica, en el "Sapere aude", en los valores de la educación republicana; no todos merecemos lo mismo pero sí idéntico suelo de base: el mérito, la responsabilidad, el buen hacer; fin a los privilegios.


Y créanme: o son muchos los profesores de este palo o yo he tenido mucha suerte con mis compañeros.



No obstante eso de la suerte...; es que ella y yo no hemos congeniado: cuando "dependo de" me da la espalda; acaso por eso sigo echando unos tiros contra el muro. Para que cuando sea me pille hermosa, dispuesta, cimbreante.



Octavos, cuartos, semifinales: voy con ellos, me miro en ellos; también, independientemente de la fortuna del balón, hay un trabajo detrás. Y valores.



He dado clase en habitaciones, en cafeterías, en academias, en colegios privados, en Institutos, en la Universidad; me lo he recorrido todo y aún creo en mi trabajo. Cada apuesta es única, podría contarles casos fantásticos, experiencias magníficas, alumnos que aún me gritan "Profe, Seño" cuando nos cruzamos en bicicleta, carpetas que guardo llenas de firmas, adolescentes a quienes inoculé el virus de la lectura; ese es el premio, lo sé; las malas experiencias: anomias selectivas.



Con todo, quiero el gol.



Celebrar con los míos ese sacrificio, como Villa mirar a las gradas, encoger mis codos, dar el mayor de los saltos o quitarme la camiseta; tanto empujar sin resolver tiene que acabar. Me toca llegar a puerta, en el centro, por la escuadra, tocando en el palo. Pero que sea gol; todo el empeño, pero gol.


Así que pase lo que pase, como decía Plutarco que César gritaba ante las empresas inciertas y audaces: "Alea iacta est". Si viene el gol lo celebraré, pueden creerme. Y si no, volveré a mis minúsculas y a levantarme desde el suelo en que habré caído una vez más.



Entretanto, pueden encontrarme estudiando o corriendo por la playa (es un método como otro cualquiera para matar dragones); estos días a ritmo de tango. A la espera, como en el fútbol, de esa tan cacareada justicia poética. O simplemente del gol.

lunes, 5 de julio de 2010

Aroma, fibra, azúcares y agua

"[...] El hombre de barba llora
y cada lágrima es una canica
con un niño dentro que le ilumina la cara."

Eli Tolaretxipi, "Taza", El especulador

Los frutos de determinadas plantas, frescos, vegetales, los llamamos frutas. La carne de la sandía, la ferocidad del aguacate, el rictus del pomelo, la atracción libidinosa de la nectarina, la coquetería de las fresas.
La gente se detiene a mirarlas, los más osados se las llevan a la proa, entre el labio y las aletas de la nariz (parecen susurrar: “Te comería”).
Merced Acebal paseaba por entre los puestos, alzaba los ojos, como cuando éramos levantaba yo los bolígrafos “Bic naranja escribe fino” del suelo, una y otra vez, escurriendo así la mirada por debajo de su falda de cuadros. “La muy” pensaba entonces.
La riqueza en vitaminas es una de sus principales características; aroma, fibra, azúcares y agua.
Muchos hacían lo mismo.
De los colores frutales a los cartones que colgaban suspendidos sobre ellos indicando insultantes el precio: el coco, con sus ácidos grasos y ese aire de allá, se llevaba esa mañana el primer puesto. La voz de información: “Hoy y ahora mismo, los pollos asados en charcutería, dos por uno; repetimos: dos por uno”.
Apenas había cambiado. Seguía dejando ese olor, concitando miradas como muescas en los espacios por donde se deslizaba; ahora eran huecos entre cajas-escaparate de frutas y consumidores de sábado matutino rellenando carros con destino a la despensa semanal, hace años eran los cuatro pasillos que quedaban dibujados, como las cuadrículas de las libretas de matemáticas donde Rafa profesor recién estrenado dictaba: permutaciones, conmutaciones, variaciones, entre las treinta mesas del aula. Todo tiza.
“Delegada por unanimidad”. Como la Olivia Reyes de Eloy Tizón de “Velocidad de los jardines”, Merced nos pertenecía un poco a todos.
O en Merced sólo era deseo. Morderle sus muslos, las ingles entre líneas fibrosas, tragarle el azúcar, como néctar libado, que imaginábamos naciendo de sus pliegues. Hasta yo, quien tuve que envejecer veinte años para darme cuenta de que era uno más, sin querer me había infectado. Quizá descansaba en aquellas faldas, incitantes, respondonas como un buque que se va hundiendo y en el proceso deja parte del casco hacia arriba; en los jerséis blandos, como nidos, que recorrían de angorina los pechos crecientes; en su perfil que invitaba, entreviendo una tristeza agridulce, gelatinosa, como si al acercar tus dedos a su nariz pudieras quedarte con hebras de piel entre tus uñas; en el cruce de piernas cuando subía a la tarima para dirigir, como moderadora, las votaciones de aula; en sus tareas tan limpias que prestaba a cualquiera con esa generosidad en forma de brillo en los ojos o de lápiz entre los incisivos o de las hojas boca arriba “¿Quieres mis deberes?”.
A mí me llamaban Eduardito. Antes de ser ingeniero, tirado por medio mundo, de cansarme de vidas ajenas, de trabajos en desgana, de compromisos agrietados. Lo recordé cuando al acercarme a ella, por fin, me reconoció: “Claro que sí, eres Eduardito, con veinte años más”. Sólo pude decirle que había sido mi delegada favorita, que no había cambiado, que dudé hasta que la oí: esa voz, siempre continua, como cristal o agua. ¿Cómo se puede conservar una voz en el tiempo?
Merced como una escalera, en el agua de su boca; también ella, como Olivia Reyes, era una visión crujiente. Hacía daño.


sábado, 19 de junio de 2010

Walk Like An Egyptian

All the bazaar men by the Nile/
They got the money on a bet/
Gold crocodiles (oh, wey, oh)/
They snap their teeth on your cigarette.
Bangles

Cuando era una adolescente mis compañeras de primero G, hoy tercero de la ESO ¿G?, y yo, dos morenas, dos rubias, nos presentamos a un concurso de “Play-back”, entonces se llamaba así, con una canción de las Bangles (cómo nos gustaban; claro, éramos mitómanas perdidas. Eso también la edad lo cura).
La discoteca ya no existe: adosados de altas calidades. Ni la maderera (actualmente un hotel-spa) donde el padre de Eva nos llevó para que nos hicieran unas plantillas de guitarras eléctricas que luego industriosamente recortamos con una sierra de pelo donde dejamos media diotría y yemas enteras, pintamos y decoramos como las que aparecían en las manos de las chicas del grupo en la funda del vinilo. Tampoco aquellos vínculos que nos hacían estar todo el día juntas, colgadas del teléfono, ensayando la tarde de los viernes antes de irnos al Tik (así se llamaba la sala de baile) y los sábados por la mañana, diciendo no a los púberes que con aquellos movimientos nuestros en el foso nos habían descubierto para el mercado de la carne: "Míralas, si además de empollonas tienen cuerpo". Nada que no haya cambiado: todos somos el mismo bajo el talismán de la pubertad. Así que por unos meses, de aquella, cambiamos las novelas y poemas de las tardes de los viernes, lo sé raritas éramos un potosí, en la biblioteca Jovellanos por movernos frenéticamente a la espera de llegar a la final del concurso.
Que si llegamos, pues sí llegamos, pero no ganamos.
No esa prueba, sí otra, más importante: superar cierta rigidez social, timideces varias; integración, socialización y flexibilidad, en suma, cierta cintura que nos vino muy bien para sortear lo gregario de la vida en las aulas; también construirnos un vestuario con trapos, el diseño y la imaginación que le echamos a los instrumentos musicales, fuimos peluqueras y maquilladoras (ahí descubrí la laca, nunca más), traductoras... Fue divertido.
Pero eso quedó atrás y no era mi intención hacer hoy una entrada sobre mi momento Bangles.
A lo que iba, que ando muy cansada y eso me hace estar más dispersa que de costumbre, quién me iba a decir a mí que veinte años después iba a pillarme tarareando esto mientras leo ora sí y ora también las páginas de política y economía de prensa escrita, prensa digital y blogs críticos.
En fin. La que se nos viene encima.


martes, 15 de junio de 2010

Melindres domésticos



Así me viene. Una anormalidad, adiposidades de las capas de la alegría. Son adquiridas; yo siempre defendí haber nacido alegre. Entonces llega él y me pregunta qué me pasa, son lechugas que me obstruyen, en lugar de las orejas, lo feliz (desde chiquito le encanta que lo mire por dentro como si fuera una huerta: lavemos esos dientes, que hay coles; mmm, qué uñas, se nota que te han germinado las habichuelas; dónde se vieron unos rabanitos tan frescos en las plantas de los pies...). Vence pronto, una anomalía, un estrechamiento de miras, la risa afónica, pulsiones varias y puntos débiles; espasmos en el entusiasmo. Es una melancolía que trepa, delicada, algo fría; densa se enreda, alga o hilo, por los pies, como agua en lo profundo.
Nada que no se cure con una manta, dos o tres versos, música macarra, algo de sueño y miel.
Vaya, no nos gusta la lluvia.
Mamá... Estás caliente; tu piel huele a ti.
Lo abrazo.
¿Y si te cuento un cuento?
Vale, probamos.
Corre que te corre por el pasillo en la ida, plaf; plaf-plaf, un salto, corre que te corre por el pasillo de vuelta, un brinco, justo a mi lado.
Hazme sitio. Se cuela por debajo de la manta y sube una pierna sobre mi rodilla, me descoloca el brazo, quita, jo, déjame meterme por ti, para pasar a apoyar su cabeza en mi pecho, ahí, por mis huecos. Mejor. Entonces huelo su pelo, la fragancia, la carne palpitante, restos de feto y colonia infantil; y él empieza: también tengo mis cuentos preferidos, este te va a encantar, seguro que te ríes con los guisantes. Se titula La primera vez que nací.
Me llega él, en su voz. Yo no lo escucho, me lo sé de memoria; como las venillas que le cruzan la frente (un árbol, acaso un garabato, algo dadá), los ojos hinchados del cansancio, sus dedos sosteniendo las páginas (largos, abiertos, promesas de fuerza y ternura; como las del padre de su padre, uno de esos hombres); tres lunares y medio en el mentón; asimétrico, cuando sonríe sólo se le abre en la mejilla izquierda un hoyuelo. Ha heredado mis colores, la palidez, lo acuoso de la mirada de mi familia y ese modo tan mío de morderme el labio inferior cuando dudo, cuando no sé, cuando mastico el pudor.
Ahora, ahora vienen los guisantes.
Pero sólo es melodía, no identifico la articulación; no distingo. Es tono. Es su erre que no arranca, su respiración ojival, el silbido de sus eses.
Un día floté en tu pecera, aquí dentro y se estira, cede el cuento de sus manos a mis rodillas y lleva su dedo índice a mi ombligo.
Arruga la nariz, observa desde abajo, respiramos ambos de su aliento y me quita el cuento de tapas duras: de mí lo recupera suyo.
Continúa leyendo.
Es tan grande en un cuerpo tan pequeño: pasa el tiempo en sus huesos, en la forma de su rostro, en su barriga que ya no es redonda, piernas largas, oquedades en su boca (tres, me han caído tres dientes). Ya hace preguntas serias, operaciones matemáticas, tiene su propia gente, sus conversaciones, sus preferencias: en fútbol, jugamos en campos contrarios.
Me alegro de haberlo conocido, de que sea tal cual es, de querernos de este modo, tan inevitable; su intuición le ha crecido muy deprisa. O resulta que es carne desgajada, pero mía, que vive discontinua; nos percibimos en cuerpos ajenos (igual que me despierto si él lo hace, me duele la tripa con sus retortijones, se me enciende la garganta en sus anginas; él, quizá, sabe cuándo duermo y cuándo no; cuándo me viene uno de esos accesos; y cómo se curan). También presiente que no se nombra, que no hay que darle cuerpo, ni letras amplias o estrechas, que hay que dejar que escampe, como esta lluvia tozuda.
Sólo sé cuidarte.
Hace ruidos, pone voces, sube y deja en suspensión aquel adjetivo impaciente. Luego cae y se le escapa la risa (siempre la misma, aquella, esta; ojalá mañana). Su padre dice que no es de carcajada; no como yo.
Me mira, cruzamos pestañas, algún que otro beso; pocos, o-ji-to, que estamos leyendo y luego nos enredamos y nos ponemos a hacernos mimos, la manta un ocho, las cosquillas, dónde sus pies y su pelo; y se nos escapa el tiempo, la lluvia.
Casi siempre esa tristeza.
Y se va.

(La foto me la envió Aida Menéndez Puente.)
(El libro infantil, La primera vez que nací, está escrito e ilustrado por Vincent Cuvellier y Charles Dutertre, editorial SM.)

sábado, 12 de junio de 2010

Carta a Teo


Hola Teo:

Soy Ratoncito Pérez y estoy muy gamonedamente contento de que me hayas dejado tu dientecito de leche: es casi tan parmesanamente bonito como tú.
¡Quedará salmonetemente bien en mi estantería de piezas 2010!
Antes, con tus otros mozarellos caídos te dejé buenos y roquefortetes regalos (casi no cabían por la tubería que sube a tu casa, así que realicé un gran esfuerzo para entregarte lo que te merecías, bien valía un camembert); esta vez es distinto.
Te he estado observando, mirando, olisqueando y no te has portado fetamente bien, que se diga; bueno, esta semana sí (sé que lo estás intentando y que, como eres un niño harzer kase listísimo, lo conseguirás); en un principio, no te iba a traer nada, pero como has mejorado en tu comportamiento te dejo esta moneda. Eh, no te preocupes, he olido ese otro diente que se mueve (mmmm gruyeremente delicioso); tienes tiempo, pórtate bien, sé bueno como tú sabes serlo y agradece tu casa, tu familia, tus cuentos, tus juegos y yo, a cambio, con el siguiente dientecillo te dejaré un regalo que valdrá por los dos. Pero, y es un pero muy, muy grande, si te portas mal, gruñendo, picando, no agradeciendo tu suerte y el amor con el que te cuidan, no te traeré nada más: NADA MÁS.
Palabra de roedor coleccionista,

R. Pérez

domingo, 30 de mayo de 2010

Degradación

Le cuesta levantarse. Necesita la dosis de cafeína que lo ha de despabilar. Sube la persiana y abre la ventana, primero la luz, luego el tufo a pescado que entra desde el patio; hasta el aire le abofetea la cara. Aprieta los párpados, los nudillos de la mano, la fragilidad entera.
Nada ocurre en sus días que merezca ser vivido.
Se ha acabado el café. Se cubre con una camiseta, el pantalón sin cremallera, las chanclas de cuando iba a la piscina.
Es el Nota, pero podrido.
Las llaves, los dos euros, el portazo. Se cruza con aquel compañero de la facultad bautizado en la pila de la felicidad. Corre por la playa con dos chicas, espera un niño, trabaja en lo que le gusta, está en forma, sigue siendo perfecto. Qué asco. Se detiene con sus vedetes. Pretende presentárselas. A él. Ellas se asustan. Las trata de usted y se disculpa por su aspecto: Perdonen señoritas, aunque no se lo crean estoy a dieta. Vengo de pesarme en una báscula que tiene la voz de Constantino Romero. Lo primero que me suelta la maquinita es Por favor, se les recuerda que se pesen de uno en uno. Así es la vida de una montaña humana.
Le gustaría despertarse una mañana y que un zorro lo mirase a cincuenta centímetros, estar rodeado de nieve y que se produjera una comunión entre la bestia y el hombre; tener una excusa para matar con un bastón de punta metálica las gallinas y conejos de medio pueblo ("Belígero", Jon Bilbao). Decirle a una mujer ¿Estás enferma?... y que ella contestase -No, casada... (Encadenados), ser Cary Grant y ella Ingrid Bergman...
Nada lo retiene, pero no puede liberarse e irse, como en el poema de Kavafis (Nada me retuvo. Me liberé y fui./ Hacia placeres que estaban/ tanto en la realidad como en mi ser,/ a través de la noche iluminada./ Y bebí un vino fuerte, como/ sólo los audaces beben el placer). Quizá por eso, se vuelve a casa estallándole en la frente, en la arcada, entre los muslos que se rozan y manosean, pulposos y áridos: No es lo que fuimos y lo que somos lo que nos abisma, piensa. Es la pereza con que nos abandonamos a la degradación... (El oficinista, Guillermo Saccomanno).


miércoles, 26 de mayo de 2010

Frívola y bonobo

Para Vicente, que hoy necesita la risa

A veces me enfado pero no se me nota mucho. Acaso porque me pongo picudina y algo querellosa. En esos casos trato de ver que ahí fuera hay un ancho mundo y que no tengo razones para protestar. Hay que mirar más allá de uno mismo.
Siempre me dice mi amiga M. que tanta queja no es más que soberbia; así que me coge de la mano, me arranca de los libros y "Me saca al mundo" a darme un buen baño de realidad. Así lo llama ella.
Paso a contar el último chapuzón.
Va de trapitos, sujetadores y transparencias. Yo de mano lo digo y el que quiera que siga o se plante.
El último lujo que me permití fue un vestido floral, de tela vaporosa, de una marca londinense. Me lo compré un día que cobré y que hacía sol. De esto hace unos tres meses. Parece una adición extraña: cobrar y que haga sol. No lo es. Antes cobrábamos todos los meses y antes en primavera salía el astro rey. Ahora nos quitan un pellizco por ciento, los interinos que no tenemos vacante donde dije pago el verano digo diego y va a ser que no (la crisis, la crisis, la crisis); encima, el sol se ha largado a Palau. Ah, que no saben dónde está. Yo hasta hoy a media tarde tampoco. No desesperen, antes acabo la historia del trapejo y los suspensorios y luego les hablo del paraíso.
Total que aquí ni dinerito rico, ni luz. Pero ahí no queda la cosa. No estrené hasta hoy la dichosa prenda porque muy bonito, muy favorecedor, muy, muy, que insistía el chico que me atendió en el establecimiento, mientras yo daba una vuelta hacia la derecha y otra hacia la izquierda, sacando culito y abriendo las piernas para ver si era ropa de la que me puedo poner en bicicleta, en mi caso razón sine qua non... pero no. No se daba la ocasión. Además: me faltaba un complemento (no lo supe hasta que me lo probé delante de mi amiga M.).
Allí todo parecía ir muy bien. El dependiente seguía con el muy, muy, muy y yo con la luz y lo veraniega que me veía en aquel espejo, me dejé querer y me lo llevé. Pero (siempre lo hay) me arrepentí del gasto con el recorte salarial. Como tampoco hacía buen tiempo para estrenarlo... me apetecía devolverlo. Guardaba el recibo, la gasa colgada de la percha, la etiqueta en la lazada... Se lo comenté a mi amiga y ella me dijo que era una rancia. Póntelo aunque no haga sol. Voy para tu casa y te quito la etiqueta. También me dejé querer: vino, me lo puse y tachán descubrimos la ausencia del complemento. El tirante estrecho, el escote en la espalda que enseña el sujetador ¿me lo quito y lo llevo como aquel anuncio de desodorantes marca Fa de los setenta que tanto hacía toser a mi padre y encima en bicicleta? Va a ser que no. Oye M. que lo cambio, que encima “con” se me ve la tira y “sin” parezco un bonobo dando gracias al mundo. Tú estás tonta, vamos de compras, necesitas un cruzado especial. A mí eso me sonó al cruzado mágico, también de los setenta (¿Playtex?); una vez más me dejé llevar. Acabamos en una corsetería de las de toda la vida donde mientras esperábamos turno nos dio tiempo a acomplejarnos de nuestra anatomía (Musil en versión femenina: La mujer sin atributos; nos salió la gracieta fácil). Cuanto más entrada en años era la señora más talla salía de la caja (a ver si va a depender de la edad, como la osteoporosis). Las dependientas, todas profesionales, dominaban el ancho, el alto, el fondo y las periferias. “Tú lo que necesitas es un Up”. “Ay, vidi, me parece que te voy a dar un reductorín”. “No, cari, sin tirantes no te lo vendo, que te bajan del ombligo”. Y todo así.
Delante de nosotras iba una púber, no tendría ni once años, estaba claro que era su primera vez. Ambas, mi amiga M. y yo, recordamos los duros inicios, el día en que llegas del colegio llorosa porque los niños o las niñas de clase te dicen que “ya” tienes y que qué haces “sin”. Mal trago comentarlo en casa, que digo yo que si en la escuela se dan cuenta, primero tendrían que habértelo dicho tu madre o tu padre o cualquiera de tu familia. Si te quieren, vamos. Luego, pasar por la vergüenza de ir a uno de esos sitios con los estrenados salientes, de la mano de tu progenitora, oírle decir: Nada, que a la niña le han salido, bueno, ya lo ves y que me digas qué le compro; y para rematar te etiquetan de Pollita. Mientras, tú, en medio de tanta novedad carnosa con las muñecas dentro de la mochila escolar sintiéndote un pequeño bicho (de aquella no habías leído a Kafka, desconocías lo de despertarse convertido en un monstruoso insecto tumbado sobre la espalda en forma de caparazón, pero igualmente te creías sola entre tanta cotidianidad absurda, culpable y frustrada por no encontrarle sentido a nada).
Ahora, como pudimos comprobar, ya no se lleva lo de que alargue la mano la buena corsetera y te mida al palpo. Ya no te aprieta el pechito y suelta en medio de la tienda: Está como para una 85, copa C; igual una 90 y le mandamos arreglar la tira, porque es estrecha de contorno.
Te quedabas allí, plantada en mitad de ninguna parte, con aquella desconocida asida a tus glándulas mamarias, rojina como una cereza y maldiciendo a tu madre y el día en que en la ecografía (¿harían de aquella esa prueba a las madres?) en lugar de salirte un par de pelotas, el ginecólogo vio tres rayitas y el mundo te nació mujer.
La niña salió airosa del asunto y llegó nuestro turno. Sacamos el vestido de la bolsa. Muy mono, ya veo, ya veo. Vamos a ver, entras y te lo pruebas sin nada, bueno, no te quites las brag... (la señora hizo una pausa en la dicción, seguida de un mmmm y una miradita de abajo arriba y continuó)... guitas. Dedujimos que dependiendo del volumen, medido a ojo por la experta señora, pasas de -itas a -as o a la inversa.
Vaya, no pensaba, la verdad.
Quita, pon y sal. A ver, aquí necesitas tirantín estrecho, color marfil o champán, tira baja o cruce al frente (¿instrucciones militares?); entra y te voy pasando. Cada vez que te pruebes uno sales. Y así una hora. La buena señora que me coge, me sube, me baja, me aprieta, me suelta, me estruja, me tira de las axilas, me empuja el vestido ora abajo, ora a los lados. De vez en cuando: ¡Hoooombre va, por favor no salgáis del probador en ropa interior!
Y tú ahí, encerrada esperando el ¡Ya estáááá, podéis moveros libremente!
Mi amiga M. estaba encantada entre tanto realismo de bata y rulo, yo con ganas de llevarme el último o el primero de aquella larga lista lencera que sonaba a francés, pero irme de una vez y dejar de sentir las manos de la corsetera meneándose por mi anatomía. Al final, cogí el cruzado marfil con todos sus complementos más por largarme de ahí que por convencimiento. En la calle por fin, M. me suelta: Ahora entramos en la cafetería, vas al baño y te lo pones. Cuando te digo un baño de realidad, es un baño de realidad. No M., déjalo, ya lo estrenaré. Y ella, erre que erre, que no, que te conozco. Al final me salí con la mía a cambio de que me lo pondría hoy para ir a ver a mis alumnos tocar sus instrumentos en un concierto de fin de curso que se ofrecía en el instituto en colaboración con el Conservatorio. Y así fue. Estrené vestido y sujetador sin saber si cobraré el mes que viene y bajo la lluvia de finales de mayo. Misión cumplida. Pero sucedió lo del sol en el Pacífico. Sí, a donde se nos fue la luminaria y cómo yo me enteré.
Bajaba taconeando la calle cuando me crucé con un viejo conocido.
-¿Qué tal? Cuánto tiempo.
-Te veo bien.
-Sí. Es el color: lo moreno quita lo gordo y lo feo.
-Cierto, estás estupendo.
-Vengo de Palau -examen de geografía- ¿Sabes dónde está?
-No. La verdad.
-¿Conoces Hawai? ¿Has estado en el Pacífico? ¿La Micronesia?
Aquí, me agarré a las buenas tradiciones, a los valores familiares, a la crisis y a las listas del paro.
-Nunca he estado allí.
-Tendrías que ir: es donde reside actualmente el sol. De Asturias a Palau. Cuando se me baje el tono, me cojo un avión y me largo de nuevo.
-Ah, claro.
-Me divorcié ¿lo sabías? Lo vendí todo, perdí seis kilos y hasta agosto sólo pienso viajar. Es que ese mes me tocan los niños.
Pero ¿qué crisis? ¿Yo con remordimientos y cargando con la culpa judeocristiana por haberme comprado un vestido hace tres meses? Ommm, mira a tu alrededor: la realidad, la realidad, la realidad. Inspira, expira...
-Ya.
-¿Tú... aún con él?
-¿...?
-Las cosas siempre ocurren por algo.
-(...) Me tengo que ir.
-Vale. No te entretengo más. En serio, deberías ir a Palau. Estás muy blanca. Y entre tú y yo: ese vestido, a contraluz, transparenta. Se nota que sigues corriendo. Saluda a tu costilla de mi parte.
(Maldito vestido.)
Quiero ser un bonobo. Son amables, pacíficos, ceremoniosos, ofrecen sexo para dar las gracias. Cuando se enfadan no son violentos, como los chimpancés, que son unos simios brutos y bestias; el enfado en los bonobos es sutil, tanto que a veces ni se nota.
-Adiós.
-Búscame en Palau.
(Lo llevas claro.)
Quiero ser, definitivamente, un bonobo. Frívola y bonobo.