jueves, 27 de septiembre de 2012
Hace cuarenta años (Maria Van Rysselberghe)
"Eres la gran turbación que merezco."
Maria Van Rysselberghe, Hace cuarenta años
Solo léanla. Añadir una glosa a la experiencia, llámese "emoción", llámese "arte", se me antoja un acto de deslealtad.
Léanla. Háganlo.
Entonces se compadecerán de que el mayor homenaje sea este limpio o contenido silencio.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Miniatura
Simone Martini, Sagrada Familia
Miniatura: pintado con minio (étimo)
Son de color musgo. Calmados y curiosos. Sus ojos. Asombrados. Así son.
Cuando el maligno me visita en forma de miedo, necesititis, vacío, lo llamo. Sin nombre.
Amor, ven.
Corre por el pasillo, se me tira encima, me coge el rostro entre las manos, me dice que merezco ser amada como lo hacía el rey nazarí en aquel cuento de misterio en la Alhambra. Le cuento que hay problemas irresolubles, que me enfado conmigo misma, que no me gusta el color que hoy tiene el mundo. Y que solo sus besos me tranquilizan.
Pero mira que eres mimosa, ¿Quieres una chuche?
Y sé que somos un estadio, un instante, una imagen distorsionada que parpadea.
A tu lado, no hay peligro. Tú me querrás siempre. No te dejes. Es el lado oscuro de la fuerza.
Y sigue en sus palabras, Condesa descalza no estés picudina, ni simoninamartina. La risa vuelve a aparecer. El fondo se vuelve dorado, los detalles de nuestros gestos, mi mano extendida, casi siempre con un libro en mi cuenco. La anécdota de un día en común. Su ropa. Mi ropa. Nuestros tamaños confundidos. Él también trae un cuento. Y su boca, donde a veces ocurre todo, representa un mohín adulto. Siena y minios oxidados.
Escucho en su voz mis palabras de consuelo. Sé que algo quieto, dulce, de una sola pieza, me pertenece. Que él es mi tiempo indefinido.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Mujer de mediana edad
A mi madre
"Antes es una palabra hermosa cuando estás solo, pero que se vuelve una carga, un garfio, un puerto en llamas del que debes alejarte cuando compartes tu vida con alguien."
Chus Fernández
Yo
Fatiga crónica.
"Antes es una palabra hermosa cuando estás solo, pero que se vuelve una carga, un garfio, un puerto en llamas del que debes alejarte cuando compartes tu vida con alguien."
Chus Fernández
Yo
Fatiga crónica.
Eso fue lo que el médico dijo. Fatiga crónica. Hay un intruso, en mí vive alojado, opera sobre el sistema nervioso, entre lo blando y lo eléctrico que me conforman.
Preferentemente en mujeres de mediana edad.
Todos los días alguna llega a quien se lo tengo que comunicar. Por otra lado, los análisis están bien. Acaso, bajo el colesterol bueno. Instrucción: coma pescado azul pequeño. Nada de piezas grandes, están intoxicadas, no se dice porque se acabaría con sectores de la economía de este país a quienes no les interesa que esta información se propague. Usted verá. Mi obligación es mencionarlo.
Preferentemente en mujeres de mediana edad.
Todos los días alguna llega a quien se lo tengo que comunicar. Por otra lado, los análisis están bien. Acaso, bajo el colesterol bueno. Instrucción: coma pescado azul pequeño. Nada de piezas grandes, están intoxicadas, no se dice porque se acabaría con sectores de la economía de este país a quienes no les interesa que esta información se propague. Usted verá. Mi obligación es mencionarlo.
Procure su bienestar y sea feliz.
Sea feliz.
Sea feliz.
Sea feliz.
Sea feliz.
Después de la pubertad vino la universidad, los cambios, los madrugones y la búsqueda incesante de trabajo. La pareja y los años en que creí que la alegría era un estado conquistable. Dejé los zapatos altos, las blusas entalladas, los excesos y las noches de holgorio con desayuno. Los cambié por las sandalias, el uniforme de madre, el peso de la contabilidad y el fin de mes; las noches de agua, pañales, fiebre y pesadillas. Los pechos turgentes por las carnes tatuadas de estrías.
Crecieron. Se limitaron a hacerse grandes entretanto yo invertía energía, tiempo y largos abrazos en ellos. Ahora entran y salen. Los despido casi según abren la puerta de casa. No quieren oír crítica alguna, mi opinión, no puedo permitirme el reproche, ni siquiera decirles "Os echo de menos, necesito que estéis". Tienen su vida. Me he quedado en esta orilla, de este lado; no quiero mirarme en ellos.
¿Qué tienes? Estoy cansada. Muy cansada.
¿Qué tienes? Estoy cansada. Muy cansada.
Usted ha perdido la pasión. Salga, busque, cierre el túnel de los días. Haga lo que le apetezca. Ría.
Durante este tiempo me he apuntado a clases de yoga, me aburro. A clases de natación, me canso. A clases de fofuchas, peor que las papillas.
¿De qué te quejas? Lo tienes todo.
Estoy triste, estoy exhausta, estoy harta. Ni siquiera me está permitido nombrarlo.
¿De qué te quejas? Lo tienes todo.
Estoy triste, estoy exhausta, estoy harta. Ni siquiera me está permitido nombrarlo.
Tremendamente infeliz. Me tienta la idea de quitarme de en medio.
Lo que tú necesitas es una razón de peso para quejarte. Soberbia. Trágica. Histérica.
Lo que tú necesitas es una razón de peso para quejarte. Soberbia. Trágica. Histérica.
Te odio. Lo hago. No soporto tu carraspeo matutino. La caña ruidosa con la que salpicas el retrete cuando yo me lavo los dientes. De qué hablas y en qué callas. El ácido olor de tu piel, los zapatos en el alféizar de la ventana, tus tapones para dormir, las colecciones que te obsesionan. Cómo te subes a mi cuerpo mientras yo me distraigo en descifrar el tiempo degradando tu rostro, el cuello colgante, la flacidez de tus mejillas, los derrames de tus ojos, tu moreno verdoso, así, de viejo. Acostarse con la mediocridad. Ya no te amo.
¿Puedes decidir a quien amas? ¿Puedes? ¿Se puede?
He olvidado cuándo y por qué.
¿Puedes decidir a quien amas? ¿Puedes? ¿Se puede?
He olvidado cuándo y por qué.
No hay quien te entienda. Estás de los nervios, como lo estuvo mi madre, como lo estáis todas a partir de una edad. Me largo con los chicos.
Pero era el padre de sus hijos, el hombre un día extraordinario, quien la conocía y con quien sostenía un hogar, un patrimonio, una jaula. Amarlo aún, probablemente, era pedir a la vida demasiado.
Perdió otros trenes. Brief Encounter. Sabio David Lean. "Una persona corriente".
Pero una mujer decente no asume riesgos.
No lo hace.
No se hace.
No conocía de nadie que dijera lo que realmente pensaba. ¿Qué nos diferenciaba, por tanto, del chillido de los orangutanes? Tampoco sabemos si algo discurre por sus mentes. Tampoco pueden decir.
Perdió otros trenes. Brief Encounter. Sabio David Lean. "Una persona corriente".
Pero una mujer decente no asume riesgos.
No lo hace.
No se hace.
No conocía de nadie que dijera lo que realmente pensaba. ¿Qué nos diferenciaba, por tanto, del chillido de los orangutanes? Tampoco sabemos si algo discurre por sus mentes. Tampoco pueden decir.
¿Y en qué se le había ido eso, la vida? Su aspecto malhumorado, su cuerpo ancho donde fue estrecho, su imperfección. El resto de un cuerpo hermoso, la melena abundante, la clase y la altura. Lo que el mundo describía como "realidad". La tallerista de la asociación de jubiladas donde acudía una vez al mes lo calificaba de "Síndrome Bovary": A todas nos acaba brotando algún día.
A todas. Femenino. Plural.
¿Y qué ocurre con ellos?
Nadia murió, la vecina del sexto. Era su segunda mujer. No hace ni seis meses. Esta mañana me lo crucé perfumado y con brillo en los ojos, subimos en el ascensor, él, la redondita que lo acompañaba y yo.
A todas. Femenino. Plural.
¿Y qué ocurre con ellos?
Nadia murió, la vecina del sexto. Era su segunda mujer. No hace ni seis meses. Esta mañana me lo crucé perfumado y con brillo en los ojos, subimos en el ascensor, él, la redondita que lo acompañaba y yo.
Qué tedio. Qué hartazgo de vacío. ¿Pastillas? No, gracias. muchas de mis amigas las consumen para apagar la tristeza, para enderezar los días, para compensar otras píldoras; para calmar la euforia que la química elegida induce y desemboca en el insomnio.
Aún me gusta el rubor que me provoca mirarme desnuda en el espejo, las nalgas caídas, las redondeces, la indulgencia de estos pechos, los muslos rozándose.
Ceder. Una vez más.
La edad de la transparencia.
Ella
Le dolía aquella palabra que la subyugaba y la absorbía. "Ayer". De eso iba el relato. Con él se presentó al concurso. Y ahora, delante de los zapatos brillantes, del vestido recién planchado, de los pendientes con los que un día se casó, no sabía qué hacer. Si acudir a la entrega de premios o quedarse allí, quieta, una hora más, un día más, la vida que seguía corriendo por debajo de sus pies descalzos.
Lo oyó acercarse. ¿Qué haces? El tiempo se te echa encima. El neno te espera abajo en doble fila, el otro ha llamado por si nos había ocurrido algo, yo ya me he puesto la americana.
Se cubrió el cuerpo con la tela, se cubrió los viejos patrones, se cubrió los cascabillos de sus años.
Dio un paso adelante. Supo entonces que el desamor, el aburrimiento, la desgana se quedarían atrás para siempre.
Fatiga crónica.
Sí. También lo supo. Que entre ellos dos ya nunca mencionarían la palabra "Antes".
La edad de la transparencia.
Ella
Le dolía aquella palabra que la subyugaba y la absorbía. "Ayer". De eso iba el relato. Con él se presentó al concurso. Y ahora, delante de los zapatos brillantes, del vestido recién planchado, de los pendientes con los que un día se casó, no sabía qué hacer. Si acudir a la entrega de premios o quedarse allí, quieta, una hora más, un día más, la vida que seguía corriendo por debajo de sus pies descalzos.
Lo oyó acercarse. ¿Qué haces? El tiempo se te echa encima. El neno te espera abajo en doble fila, el otro ha llamado por si nos había ocurrido algo, yo ya me he puesto la americana.
Se cubrió el cuerpo con la tela, se cubrió los viejos patrones, se cubrió los cascabillos de sus años.
Dio un paso adelante. Supo entonces que el desamor, el aburrimiento, la desgana se quedarían atrás para siempre.
Fatiga crónica.
Sí. También lo supo. Que entre ellos dos ya nunca mencionarían la palabra "Antes".
miércoles, 5 de septiembre de 2012
De "La condesa descalza" a "Kartum"
Los niños, ajenos a la geometría de los adultos, nos sorprenden con sus apodos, aforismos y conclusiones. Una vez a la semana mis hijos y yo celebramos "Lo antiguo". Salimos a buscar una chuchería que a cada uno nos guste. Sin tasa. Sin precio. Sin normas. Y vemos un peliculón de los de antes.
El niño mayor suele elegir patatas fritas o Filipinos, el pequeño Lacasitos o Lacasitos, yo chocolate, antes caro, aún intenso y negro. No hay límite, están permitidos los excesos. Ellos ocupan sofá o suelo; a mí me toca lo que dejen. Bandeja en mano se acomodan, yo introduzco un clásico del cine sin que ellos tengan ni idea del género, damos play, et voilà.
Y te llevas gratas sorpresas, para el pequeño ninguna puede competir con El fantasma y la señora Muir, para el mayor, Centauros del desierto. El último día pintaba Mankiewicz, La condesa descalza. Entre los diálogos que atesoro para mis días, hay uno que hace mucho tiempo extraje de María Vargas, aquel en que explica por qué va sin zapatos y por qué los odia. Tiene que ver con su niñez y la pobreza. Con la mendicidad y las grietas que la infancia acumula en nuestra osamenta emocional. También con los miedos. La Gardner, hermosa "como lava", susurra "Tengo miedo a no tener trabajo y a vivir sin protección".
La película se desarrolla como todos sabemos. En Ava deseo y necesidad se funden hasta que el final trágico, del que sabemos desde un principio a través de la voz del narrador y una escultura de la bella, pone end al desenlace.
Necesitamos muy poco para estar bien, cierto. Salud, amor, alimento, cobijo; dicho de otro modo, "Trabajo y protección". El Gobierno repite machaconamente "Necesitamos muy poco para estar bien", "A arrimar el hombro", "La coyuntura económica lo exige". Somos lebratos que asistimos paralizados frente a los focos de un coche llamado dictadura económica entretanto usurpan el lenguaje. Insisten en sus lemas. Colonizan nuestros derechos. El indio pasó de ser libre en la montaña a esclavo en la reserva, el somalí de pertenecerle el desierto a ser cautivo en la explotación, el azteca de propietario del oro y las estrellas a porteador del Evangelio.
Los políticos no se ponen rojos, hacen como si nada, cínicos e hipócritas se sienten a salvo por el respaldo masivo de las urnas en su afán simulador. La infanta Cristina alquila su palacete y se muda a una casa unifamiliar modesta, Aznar cobra como consejero lo indecible de las eléctricas que curiosamente un día, también jefezuelo por votos, liberó de la cuadrícula de lo público, Gallardón impone creencia donde muchos lucharon por Derechos.
¿Y qué? Nosotros miramos y ellos giran la tuerca del ahogo: una vuelta más.
Nosotros, lebratos paralizados ante la luz de los focos. No obstante, "Cada hombre tiene una última arma", dice Charlton Heston en Kartum, "su vida". No harán de la expansión de una creencia el arma de la influencia social. No nos responsabilizarán del desastre porque por cada perversión del idioma, nos repetiremos "no sin trabajo, no sin protección; el arma, la vida". Entonces, tal vez, esta sorpresa e indignación quietas se transformen. No nos hemos educado en la posibilidad de una guerra, jugamos con las armas de la democracia mientras sus bastardos intereses operan en clave bélica pero con palabras constitucionales. Antes de la invasión, la mendicidad, el recorte masivo de derechos, el regreso a la España de los cuarenta, ergo, los días sin trabajo, sin protección, acaso dispongamos de nuestra vida. Y no será para ocupar supermercados y llevarnos carros de comida. Donde digan democracia, sentido común, arrimar el hombro, interpretaremos dictadura, mezquindad, abuso. En consecuencia, no miraremos los focos sino que buscaremos el camino. Y en él la ira y la vehemencia. Antes manejé la pluma cuando me enervaron (dejaron sin nervio, debilitaron, acosaron), hoy llevo un cuchillo en la liga de las medias.
El mayor me llama desde María Vargas "La condesa descalza", porque dice que no hay mamá más bella y que siempre que puedo me quito los zapatos. Yo me siento la condesa descalza, una más, todos condesas descalzas, no por la hermosa motivación que empujó a mi hijo a apodarme así, sino porque pretenden dejarnos sin trabajo y negarnos la protección. Lo que no saben es que en su continuidad e ingeniería Kartum será la próxima película.
Y el mantra.
viernes, 17 de agosto de 2012
Sueños présagos
Erwin Bechtold
Él decía: "La humanidad se divide en dos grupos: los que leen la correspondencia de los demás y los que no la leen, y tú y yo, Maria, pertenecemos al grupo malo. Somos de los que abren los botiquines de los amigos, para ver qué medicinas les receta el médico."
Philip Roth, La contravida
-Por supuesto -sobraba la palabra.
Sin más Jota le puso una copa de vodka con naranja, nada de particular, la relación entre camarero y cliente, dos lados, alguna mosca extraviada, el sin sonido del plasma, el aire acondicionado moviéndole el pelo, ya ralo, que brotaba bajo la gorra, lacio sobre la nuca. Triste como el dueño. Nada de particular, salvo que eran las diez y dos minutos de la mañana y un hombre bebía solo en la barra del bar de un hostal.
El hilo musical pintaba Stones y el chico susurraba Time is on my side, las intenciones claras, el guión predecible, los marcos con sus estatus y sus roles. La televisión sin voz, solo imágenes deportivas. Tres medallas en el haber español, casi treinta en el palmarés británico.
-Háblame en inglés, Suk, please que tengo que practicar. Nada como los idiomas.
-Qué idiomas, qué idiomas -grita un peso welter que irrumpe en la escena-, el mundo lo mueve el amor y para la jodienda, soy perro viejo, nunca hicieron falta las lenguas, que sí la lengua. Y ponme una rubia fresquita que vengo a caldo, maldita calor.
-A mí un tinto. Un Vega Sicilia de la casa: todos tienen su solar en La Mancha, ignorantes, arrogantes, engreídos -farfulló un nuevo invitado.
-A mí un tinto. Un Vega Sicilia de la casa: todos tienen su solar en La Mancha, ignorantes, arrogantes, engreídos -farfulló un nuevo invitado.
Jota tira de palanca.
-Marchando una clara.
La posa.
Abre la botella de peleón, rellena un vaso. En la pantalla las piernas avanzan sobre la pista. Toca atletismo. Suk mira la cobertura cristalina que recubre el caldo, quedaría bastante bien no bebérselo, claro. Y las niñas, y la zorra de la mujer, y el jardinero escurriéndose por sus muslos. Fuck off. Y el licor directo a la herida, a ver si quema, si cauteriza, si me muero en el intento. No pensar, esa es la clave. No pienses, Suk. No lo hagas. La vejiga se le hincha como un pulmón que revienta de aire, intimidando, amenazador; un órgano que desemboca en el aliento, igual que un conducto a través de las tripas del motor. Explota, hazlo. Mátame de una vez. Reviéntame como un bulbo en la punta de un zapatazo.
-Marchando una clara.
La posa.
Abre la botella de peleón, rellena un vaso. En la pantalla las piernas avanzan sobre la pista. Toca atletismo. Suk mira la cobertura cristalina que recubre el caldo, quedaría bastante bien no bebérselo, claro. Y las niñas, y la zorra de la mujer, y el jardinero escurriéndose por sus muslos. Fuck off. Y el licor directo a la herida, a ver si quema, si cauteriza, si me muero en el intento. No pensar, esa es la clave. No pienses, Suk. No lo hagas. La vejiga se le hincha como un pulmón que revienta de aire, intimidando, amenazador; un órgano que desemboca en el aliento, igual que un conducto a través de las tripas del motor. Explota, hazlo. Mátame de una vez. Reviéntame como un bulbo en la punta de un zapatazo.
-Más.
-En inglés, Suk, qué te cuesta.
Pero sí. Claro que le cuesta. Es el idioma de ella, de la mujer a la que sigue amando. A pesar de todo. Con todo. En sus ojos verde césped, en la miga de pan que es su rostro, en el nudo de su pelo; en la recitación: tabasco, end, hinojo, well, trozo, hipoteca, my lord, cuenco, divorce. No importa el qué sino el timbre cálido con el que ella aromatiza esas palabras y se las vierte, y las agrega, con gotas, en trozos, discontinuas o apretadas. En español o inglés. La oye dentro del cerebro igual que un acúfeno intermitente. Basta. Bebe. Basta, déjame, solo quiero olvidar.
Basta. Basta. Basta.
Porque llegó antes de tiempo. Ese minuto. Fue la casualidad. No, eso no existe. Más bien aquellos cabos sueltos que quiso atar. O la pista que hacía tiempo lo buscaba: mira, observa, investiga. Y abrió esa puerta. Su puerta. Y la vio resbaladiza, gimiendo, expulsando esa energía libidinal. Veinte años de diferencia entre la mujer de piel como papel encelado y aquel Mustang insultando su vejez, la de ella. Sangre nueva donde la mujer pretende anclar el paso del tiempo. Tópico: la madurita y su jardinero.
-Suk, baby, la muerte es lo mejor que nos puede haber pasado, te obliga a amarrarte a la vida. Life, my love, to live, to be young.
Era suyo, el surco que el jardinero araba. Suyo. Su carne. O esa piel, aquello que hizo que se fijara en ella, en su barbilla, en el modo en que su rostro se plegaba cuando se dirigía a él. Y su voz. Y su aroma. El olor ahora invadido por aquel extraño que se distribuía en su interior. Ella. Bebiendo de la juventud para mitigar el miedo a la muerte. Qué otra cosa pudo ser.
Ellos tenían una buena vida, es eso lo mejor que puede atesorar un hombre. Una buena vida. Decían.
What is to be young! decía ella.
-Suk, baby, la muerte es lo mejor que nos puede haber pasado, te obliga a amarrarte a la vida. Life, my love, to live, to be young.
Era suyo, el surco que el jardinero araba. Suyo. Su carne. O esa piel, aquello que hizo que se fijara en ella, en su barbilla, en el modo en que su rostro se plegaba cuando se dirigía a él. Y su voz. Y su aroma. El olor ahora invadido por aquel extraño que se distribuía en su interior. Ella. Bebiendo de la juventud para mitigar el miedo a la muerte. Qué otra cosa pudo ser.
Ellos tenían una buena vida, es eso lo mejor que puede atesorar un hombre. Una buena vida. Decían.
What is to be young! decía ella.
De un trago y ya van dos.
-Otra, ponla mientras voy al baño. Antes de la siguiente.
Ti-me... is on my side. Ti-me...
miércoles, 4 de julio de 2012
El bulto en el pecho
-Repita, por favor, nombre y apellidos.
El techo era blanco, con
cuadrículas, trazos poligonales encajados los unos en los otros y en medio,
justo encima de su pubis, una claraboya. Cuadrada, también.
-Ahora desvístase, échese sobre la camilla y cúbrase con la sábana.
La luz era gris, toda la estancia se encontraba en sombra, los únicos puntos luminosos nacían de ese espacio sobre la mujer y de la reverberación de la pantalla del monitor. La sala parecía una gran incubadora donde bajo la sábana blanca ella era el feto a medio hacer.
-Ahora desvístase, échese sobre la camilla y cúbrase con la sábana.
La luz era gris, toda la estancia se encontraba en sombra, los únicos puntos luminosos nacían de ese espacio sobre la mujer y de la reverberación de la pantalla del monitor. La sala parecía una gran incubadora donde bajo la sábana blanca ella era el feto a medio hacer.
-Acérquese un poco más a
la derecha, gracias.
Toda la semana había estado dándole vueltas a esta historia. Se había acercado a una vieja tienda de la calle principal que le habían recomendado. La atendió Tina, la dueña. Era una mujer pequeña,
con ojos miopes, que se movía con las piernas abiertas y los brazos elevados,
balanceándose igual que los porteadores en las películas antiguas de Tarzán:
aquellos subsaharianos que cualquier espectador sabía que se iban a
caer, invariablemente, al río, cuando aparecieran los leones o las máscaras de
otra tribu anunciando “muerte al que cruce este baobab”.
A la dueña le gustaba contar su vida a la clientela. Había cumplido los noventa y tres y aún seguía en el negocio de las pelucas.
Con doce años su madre la había llevado al taller de aprendiz, allí le vino su
primer menstruo, su primer sueldo, su primer hombre. Tina se casó con el heredero
del imperio del pelo artificial y los casquetes, del peluquín y el bisoñé. Allí
enviudó y allí seguía. Como si ella también se hubiera contagiado de la
impostura y fuera un simulacro más. La artificial Tina.
Le confesó a la mujer que últimamente le iba bien. Años atrás fue otra cosa. La crisis le había llegado a finales de los ochenta con la caída de la demanda tanto
de pelucas para travestis y disfrazados de la movida, cuanto de peluquines para
agentes comerciales y vendedores de gran superficie aquejados de calvicie
temprana. "Estos años, con esa maldita enfermedad, el negocio va viento en popa", farfulló.
-Relájese y ponga los
brazos tras la nuca.
Se
probó alguna de las pelucas, la que mejor le quedaba era una de media melena, de color castaño, curiosa opción, pues ella siempre había sido rubia, casi vikinga. De
hecho, una mañana del tercer trimestre escolar, en el primer recreo de primero de BUP, Etelvino Pérez Menéndez, número once, fila sexta y tripitidor, se le había acercado
para espetarle la siguiente pregunta:
-Y el chichi, ¿también tienes
el coño del mismo color amarillo que la coleta?
Los chicos de la pandilla
rieron la payasada como gorilas golpeándose el torso, mientras él le daba la espalda marchándose con el zumbao del pavo. Ella lo había mirado
desde la cara interna de las gafas. Era un ganso, como todos, por eso no le gustaban los
chicos, ninguno era interesante. Prefería los libros. Y sí, ella se quedó con las ganas de contestarle que la línea afelpada,
cual ceja que le había nacido a partir de los pliegues de su sexo, era ondulada,
dura y de un tono pajizo. Luego se le iría oscureciendo, como el de la coleta. Pero no se lo dijo a aquel idiota. Aún hoy convivían castaños e hilos dorados, hasta alguna cana, por entre lo
hirsuto del vientre de la mujer. Aún hoy muy pocos hombres le resultaban interesantes.
Ella era la misma mujer que ahora se imaginaba mutilada delante de
Rafael.
Se habían visto hacía un par de meses, ella volvía de llevar a las niñas a un
cumpleaños, él la saludó desde detrás, subido a una bicicleta con su hija, "Se llama Julia", en la sillita.
-Hola, ¿dónde vas, rubia?
La mujer se asustó por el grito, por pillarla por la espalda y por
el hecho de no reconocer aquella voz. Después de no haberse visto en años, lo encontró mucho más delgado, él confesó que
había perdido algo más de diez kilos.
-Me acabo de separar. Hoy me
toca la niña.
Estuvieron hablando un buen
rato. Se empeñó en acompañar a la mujer hasta su casa. Fueron dando un paseo por el
parque, atravesando otros hijos con otros padres y otras madres, quizá no desestructurados, no frustrados, no fallidos. Hablaron de todo y de
nada, pero sobre todo se miraron, sí, a los ojos, durante todo el tiempo, mientras la nena dormía en la
silla que pendía del asiento, sobre la rueda trasera. Le pidió a la mujer su dirección de
correo, le preguntó si le molestaría recibir sus mensajes, de vez en cuando, por
pura cháchara y eso. Un eso que se convirtió en cita. Cada noche a las diez, la
carpeta etiquetada como Rafael la avisaba de que tenía un recibido, a veces
dos. Era puntual y a la mujer aquel rito empezó a seducirla. Siempre le había gustado ese hombre de espaldas anchas y mirada oscura, como de árabe, su altura, sus manos menestrales, su voz radiofónica, el pelo largo, de negro raíl. Escribía bien. Le decía cosas bonitas. Con todo, le había costado reparar en él como hombre más allá de la estética, es decir, como un posible compañero, como macho, como semental incrustándosele entre sus caderas. Pensarlo la ruborizaba. Había, sin embargo, tensión sexual. Vaya si la había.
En el último correo él había propuesto a la mujer que lo acompañase. Tenía que pasar por motivos laborales julio en Barcelona, debería acercarse hasta allí de manera intermitente. Agosto era el mes de la niña. Ella podría ir en el arranque del verano o más tarde. Escoger las fechas que mejor le vinieran. Sin compromisos. La mujer aún no le había contestado.
Ella no se había acostado con otro hombre desde la
separación. Mentira. Aún y de vez en cuando seguía yéndose a la cama con su marido. Su
ex marido, para ser exactos. Siempre habían sido muy compatibles en el nudo de sus cuerpos,
sexo quirúrgico o sucio o eufórico; siempre complaciente, casi perfecto. Dos veces aquel hombre enraizó en ella. Dos hijas. Ahora, sexo sin amor. Sin reproches. Tampoco sin reproches. Un intercambio satisfactorio, limpio, húmedo. "Yo te hago, tú me
haces". Aún eran capaces del orgasmo simultáneo. De ciertas excelencias. De la danza acompasada de dos que se conocen desde niños. Estaba bien. Casi muy bien. Sin amor.
Claro. El hombre y la mujer como dos hermanos que en la adolescencia descubren aquel extraño juego entre los
cuerpos, ni siquiera nombrado, un incesto delicioso que los hace gemir y
buscarse.
Desnudarse delante de Rafael. Como estaba ahora. Allí. O como estaría después. Tras la operación. Si al final tenía que ser. Amputada. No una máquina que a través del gel frío le recorriera los pechos, la aureola rosada, los pezones endurecidos. No aquellas manos enguantadas bajo látex azul, sino las otras, llenas de dedos, de yemas calientes, de hambre de ella. O su boca, de labios carnosos, sonrosados, algo más oscuros que aquellos dos pechos que ahora eran minuciosamente rastreados por el ecógrafo.
La claraboya, los minutos lentamente extendidos, los movimientos y pitidos de la máquina.
La claraboya, los minutos lentamente extendidos, los movimientos y pitidos de la máquina.
-Puede limpiarse y vestirse. Le llegará el informe a su médico de cabecera. Deje la sábana en el vestidor. Y enhorabuena.
La mujer ya no pensó en la luz de la claraboya, en las pelucas de Tina, en la operación. O en aquel terrible bulto. Solo en la boca, en la saliva, en los dientes de Rafael. En ser mujer, sobre o bajo ese hombre, tensa, poderosa y arqueada. En ella. Desnudándose. Con cada uno de sus dos pechos. Entera. Y el bulto sumergiéndose.
lunes, 25 de junio de 2012
Celebración
Crucé una tierra macilenta y agriada.
Denso mar gutural
ni los pálidos gritos de la noche
ni el torvo viento loco ni el relámpago
ni los mudos salones del espanto
ni nada sino tú le hablaba al que marcado
sin otro amor que el de la muerte
sin más fidelidad que su desdicha hipnótica
en secreto alimenta su mal y solamente
por la disolución será purificado.
Tomás Segovia
Aquella mañana mi madre llamó
temprano. Me pidió que el domingo, 24 de junio, día de mi cumpleaños, fuera a comer, que irían también mis otros
dos hermanos y que por favor, sin que fuera un precedente de nada, ni hubiera
algo mezquino en ello, buscara una excusa para acudir sola, sin mi marido, ni
los niños. Ella no solía hacer estas cosas. Al contrario, era de esas personas
que andaba entre puntillas, que sabía cuándo alejarse y acercarse, el momento
en que se estaba de menos o de más. Dominaba la gestualidad de la cortesía. Ese
tipo de corrección. Esa, también.
Apenas hubo más.
Nos citó a las dos. Hacía sol
y en la iglesia de la plaza las campanas apagaban el sonido del mar. Nos sentó
a los tres alrededor de la mesa. Dijo que iba a confesarnos un secreto, que no
esperaba un perdón, que el destino o quizá el cansancio de la edad le habían roto el
silencio, que por una vez nosotros no constituíamos la razón, solo ella.
Añadió que en un par de horas
tendríamos una visita, dos personas, y que esa sería la coda. Dispuso en la mesa nuestras
bebidas preferidas, los dulces y salados apropiados a cada uno de nosotros.
Para mis hermanos sus croquetas de ibérico, los buñuelos de manzana y
avellana, las mini tostas de foie. A mí me tocaba el privilegio de la
tortilla de patata, los nidos de arroz con oricios, su maravilloso bizcocho de
tres chocolates. Supuse que la noche anterior se la había pasado entera cocinando. Bach en el aire y cava en su copa.
Así era.
Y muy despacio. En los
movimientos, en el gesto, en las caricias. En su voz. Para que estuviéramos a gusto, para
que sintiéramos nuestro peso, para que el escenario demostrara a las claras
nuestro protagonismo.
Mi madre nos amaba en la
ilusión de sus ojos: nunca necesitó más para decirse. Y sin embargo, el tiempo,
las nubes, sus manos, todo parecía dibujarse en su paleta para celebrar de qué
modo era nuestra.
Mi padre había fallecido hacía
muchos años. Se quedó viuda cuando yo había empezado la Secundaria. Mis hermanos se llevan dos años. Con el mayor me distancian seis. Mi infancia, se diría, estuvo hecha de niños, balones, cromos, cine y música. Mi adolescencia, sin padre.
Contó y describió y siempre dijo
que había querido a su marido acaso más que a sí misma. Que un día el rumor, la
grieta, ese espacio por donde el magma que ella había sepultado bajo lo
correcto se abrió. Lo incendió todo. No dijo mucho más. Nos trató como
adultos, concluyó que si ella había hecho bien las cosas nos encaminaríamos
hacia la aceptación. Sin juicios. No será fácil. Algunas piezas tendrán que
recolocarse. No será fácil, insistió. Los tres sois iguales, a pesar de todo. No olvides hija mía: quién fue el hombre que te puso tu nombre, quién te crió, quién estuvo en el hospital, la bicicleta, los puntos en la frente, las letras y los números, tus días con tus noches.
Siguió.
En su narración añadió que la habían telefoneado
desde un número desconocido semanas atrás. Que había dudado en cogerlo. Curioso, sí. Porque mi
madre y el móvil son dos entes yuxtapuestos. Nunca lo atiende. No le gusta. Es un
mohín infantil de rebeldía, un "yo a lo mío", un "taconazo sobre mi independencia" ¿Qué le hizo esa vez aceptar la llamada del
extraño? Quién sabe. O, sencillamente, debía ocurrir.
La voz de un hombre joven le
contó, desde el otro lado, que su padre había muerto, que él y su hermana eran los destinatarios de acometer sus últimas
voluntades y que entre estas figuraba la instrucción de que le fuera entregado a ella un gran sobre y unas fotografías. Se disculpó por el atrevimiento. Se citaron. Y se dijeron adiós.
Al
colgar el teléfono, ella supo.
Lo supo todo.
Lo supo todo.
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