sábado, 11 de julio de 2009

Dedicatoria (Mis hombres I)




Modigliani, Desnudo de espalda


Un día de estos fui testigo, una vez más, de que el líquido de la amistad masculina es sincopado (y sabe a cerveza), se bebe a intensos sorbos y nace sobre los silencios (lo que recuerdan, lo que callan, lo que aceptan; sin más).

Tendría yo unos catorce años cuando caí en un aula, por azar, un agujero negro, con Moreno, Comandare, Cholo y MePeino (por este orden los conocí); las chicas teníamos vedada, aparentemente, la entrada al círculo mágico.

Allí me colé y en su fiesta me planté.

No dejo de ser para ellos, desde entonces, un hombre enjaulado en un cuerpo de mujer: un accidente; constante.

―De espalda, pasas por uno de los nuestros. O casi.

Me quieren, me cuidan, me protegen; es amor. Poliandria casta; leal y densa; de ellos podría escribir John Ford, puntilloso retratista de personajes, un guión impetuoso, homérico: la trilogía sobre la caballería (Ford Apache, La legión invencible y Río Grande). Son de los que aprietan la mano en el saludo, respetan la palabra dada y desertan de la lasitud de los tiempos postmodernos; son como los buenos poetas, invisibles: no te fascinan, huyen del fútil deslumbramiento, conquistándote, sin embargo, por la suma de sus conductas.

Luego suceden.

Llegan para quedarse.
No, no es eso. Llegan, te quieren y se van, sabiendo que el rito nos protege; atávicos, como los estratos de la especie.

Insisto. Llegan, te quieren y se van.

Hoy seríamos los “friquis” de la clase, pero de aquella, corrían los 80: todo era acción, la televisión mater nutricia de iconos, Warhol o Tàpies en pleno apogeo, la ambigüedad, la experimentación, la postvanguardia en el arte, el furor del consumo, el pop español en los radiocasetes; la ejecución antes que el resultado. En esa España de tribus, vehemencia vital y aspecto cortical que salía del blanco y negro para lanzarse al multicolor, constituíamos un corpúsculo micáceo más; algo desopilante, ingenuo, vital, en medio de aquel pastiche hormonado, fluyendo por pasillos de un desolador edificio gris que sin embargo recordamos verde; un gran bosque de cemento: así suelen ser los pabellones de la adolescencia leñosa: “La memoria es un dedo tembloroso”, escribió Juan Benet.

Con todo el simbolismo cromático que ustedes quieran darle, de ese territorio gris o verde, verdosamente gris, gris militar, verde grisáceo, verde que te quiero verde nos nació para la posteridad esa familia elegida, alternativa, que se conquista cuando todo es posible, cuando creemos que somos nosotros los escultores de vida y no el tiempo. Raíz, honestidad, adhesión incondicional: la heterogeneidad del yo se hace uno, el hegemónico amistoso al servicio del grupo; todo ocurre porque transcurre con los otros.

Fue una ceremonia más: veinte años después.

Nos faltaba Moreno y nos acompañaba el quinto elemento: esa suerte de ósmosis positiva, el conspirador Patuky.
De “esa delgadez fibrosa, llena de venas flagrantes, que el rock le había robado a Egon Schiele” (Alan Pauls), sólo nos queda un representante: el Padre Karras. Al bajo, espléndido, pulcramente bello, interpelado por algo que va más allá de la admiración y el entusiasmo. A la voz nuestro Jean Nouvel, el arquitecto de la seducción: Cholo.

A sus pies, en éxtasis cual ave que avizora, el resto.

Cuando están juntos en casa o en un humeante tugurio o hablando por Cimadevilla y cuando salen a contemplarse, ellos arriba de un escenario, los otros abajo, el pacto se consolida. Poca mueca en el dueto que escucha: el dedo que apunta a MePeino, un guiño sobre el estado de los amplis y el sonido, este asiente o niega (casi siempre lo segundo), los falsos pies de Patuky pisándonos a todos mientras sus aparentes rodillas bombean el pantalón con el vibrato, los tapping o los agudos “heavyotas”. Y yo observándolos, escrutando esa autenticidad que exhudan.

Lo que más sorprende: su sinergia. Y el linaje.

Apenas dicen; ríen, corre la cajetilla y se encienden recíprocamente los cigarros, exorcizan el pasado; el golpe, físico o verbal, suele amagar el afecto, de vez en cuando uno huye, en su regreso, los huecos entre los dedos desaparecen asidos a cuellos de botellas: arañas de engrudo etílico.

―¿Hace un mol?
―¡Venga!

La marca no importa, siempre es cerveza. Se miran y gozan. En eso se resume su vínculo: saberse grandes los unos en las miradas de los otros. Para comprobarlo sólo hace falta estar ahí. Nada más.

No envidio esa suerte de amistad masculina, sin saberlo, me adoptan como nativa. Esa exhibición, sus modos, la diversidad de registros, la mirada biselada, el humo entre sus cuerpos encorvados, su jerga, el descaro, el cúmulo de referencias, los diálogos de películas repetidos que ya sólo a ellos pertenecen, los personajes invocados, el recuerdo a aquellos que sólo están en el círculo conjurados (Alejandro Roy, Roger, Nino, CaraNeñona, Verdi, Concheso, Manzanas…), se interpone entre ellos y yo, no como frontera, sino como gárgola de complicidad.

La Ilíada me gusta por muchas razones (esta no es una entrada literaria acaso un conato de crónica así que no me voy a extender, no ha lugar), una de ellas por la memoria del hombre entre hombres. Los grandes reyes muertos, el respeto entre combatientes, el valor y la cobardía, la cólera de Aquiles, la mezquindad de Paris, la valentía y el amor de Príamo… Reminiscencias de un pasado donde los hombres se albergaban y reverenciaban.

Como aquellos que Homero cantó, así son estos hombres míos. Y digo míos y digo bien.

El resultado siempre es el mismo. Cada vez que me invitan, porque una reunión invariablemente es una fiesta, niego a mi admirado Luis Alberto de Cuenca, Cuando pienso en los viejos amigos, porque los míos se van, solemnes y crecidos, o heridos y vulnerables, pero siempre tatuados de los otros, mascando tabaco incondicional y con billete de vuelta.


"... Entonces me encontraste tú...
vaga sombra extraída de una crónica apócrifa,
deux ex machina, sueño forjado por un loco
para rehabilitarme y condonar mis deudas.

Llegabas como el drago de tu patria: frondoso,
soberbio y milenario, cargado de leyendas,
lleno de grutas feéricas y amores primevales,
con el pájaro azul y la rama de oro.

Hablaste y tus palabras sonaron en la estancia
como viejos hexámetros de Homero o de Virgilio.
No me herían. Cantaban. Y en sus modulaciones
vibraba la amistad y la paz retornaba.

Dijiste del saqueo de Troya por los griegos,
de la sombra de Helena y del hacha de Hagen,
de abrazos que duraron un siglo, de Nausícaa
y del múltiple rostro del campeón eterno.

Todo era matinal, como los desafíos,
como los desayunos de la señora Hudson.
Y la brisa del alba traía las canciones
primeras de la especie, los primeros latidos.

Las horas discurrían doradas, y tú, hermano,
me hacías regresar al claustro de la vida.
Y Otelo no tenía que matar a Desdémona,
y Angélica sufría los desdenes de Orlando.

Luis Alberto de Cuenca, "Encuentro del autor con F.A."

martes, 7 de julio de 2009

Ausencias


Zóbel, Invierno húmedo




“Hoy he visto mi rostro tan ajeno,
tan caído y sin par
en este espejo.

Está duro y tan otro con sus años,
su palidez, sus pómulos agudos,
su nariz afilada entre los dientes,
sus cristales domésticos cansados,
su costumbre sin fe, sólo costumbre.
He tocado sus sienes: aún latía
un ser allí. Latía. ¡Oh vida, vida!

Me he puesto a caminar. También fue niño
este rostro, otra vez, con madre al fondo.
De frágiles juguetes fue tan niño,
en la casa lluviosa y trajinada,
en el parque infantil
―ángeles tontos―
niño municipal con aro y árboles.

Pero ahora me mira ―mudo asombro,
glacial asombro en este espejo solo―
y ¿dónde estoy ―me digo―
y quién me mira
desde este rostro, máscara de nadie?”

“El espejo”, José Ángel Valente



Había gente de domingo. Las salas de los geriátricos se llenan de ella.
Se acercó. Le besó la frente, las manos manchadas, retorcidas sobre sí mismas, le acarició el pelo, acaso más blanco entre sus dedos y se detuvo en aquel embeleso con que lo miraba, ojos legañosos, sin pestañas, reconocidos apenas por sus cuencas. Le dijo al oído que estaba bellísima, que la quería, como siempre, como entonces, cuando lo llamaba desde la cocina oliendo a guiso, entre peroles y vapores de pueblo; no mentía. La veía hermosa.

El brillo se disolvió: ella había vuelto a la otra parte.

Todo lo cubrió el ruido, los jóvenes envejecidos como sombras en andadores, las hijas atusando los cabellos, colocando las mantas, frenando las sillas, ajustando las correas, sosteniendo aquellos huesos aristas secas entre cojines. Las bocas abiertas, sin dientes.
Un circo de teleñecos tristes.
Al rato llegaron más. Todos eran hijos. O hijos de los hijos. Más hijos de hijos.

―¿Te quedas a comer? He preparado caracoles.
―Vale.

Y volvió a irse.

De los otros no quiso saber nada.
Le acarició las orejas, le siguió susurrando, volcándose en ella, al oído; le ató el babero y le dio, cucharada a cucharada, unas natillas. Parecía pequeña, ovillada entre los almohadones. La mirada por allí. Siempre por allí.

―Las hice esta noche, para ti. No digas nada: llevan huevo.
―Cuando el gato no está, los ratones van de fiesta.

Después el silencio. Todavía era pronto.

Teresa tenía noventa y seis años. Vivía allí desde hacía tres. Al principio se quejaba, te cogía de la ropa y te decía que la esperases, que se iría contigo, que necesitaba unos zapatos y el abrigo. Que José la esperaba en Barcelona.

Pronto dejó de hacerlo. Con la costumbre vino el olvido.
Y el callarse.

No mencionó a su marido. Nunca más. Ni dijo que aquella no era su casa. Ni preguntó por la hacienda y las tierras, el piso del Ensanche, la salud de los suyos o los niños.

Todo fueron estrellas fugaces.

No pude contarle que al fin escribí su historia, que gané aquel premio, que su nombre figuraba en la dedicatoria. No le dije tampoco que le regalé a mi hijo Guerra y paz, el primer libro que ella me compró "Para que me leas cuando vengas", una adaptación juvenil, donde tomó forma mi amor a la literatura.

"Me permitiste un refugio y allí anidé."

Me dio todo lo que tuvo y lo que no tuvo. Me reconoció como suyo. Lo demás: a nadie le importa.

―Hoy no iré a la huerta. Parece que va a llover. Dile al tío que guarde la yegua.
―Sí. Ahora voy.

Fue muy fácil ser su nieto. Acaso su hijo: esas mujeres no diferenciaban, abrían las alas y te metían dentro. Como un vientre jamás saciado.

―Después de la cena leeremos un poco, tu padre vendrá tarde. Lo esperaremos.
―Claro madre.

La máscara. Y la nostalgia.
Me duelen los restos de su vida.
Me acerco y respiro su vejez, como jirones de tierra mojada. Cierro los ojos. La veo trajinando en la cocina, subida al almendro, colocándose las medias y haciéndose la raya, con ese pelo ondulado, fuerte y telúrico, con el genio enhebrado a la cintura y la risa tendida entre los labios.

―¿Quién eres?
―Soy tu nieto.

Ha vuelto a irse.
Y yo con ella.

“… y ¿dónde estoy ―me digo―
y quién me mira
desde este rostro, máscara de nadie?”

jueves, 25 de junio de 2009

Ada o el ardor




Nadie expone lo que ama a una aproximación desvergonzada, Robert Walser


Hace un mes despidieron a Ada. Su novio la dejó, vía e―mail, a las doce y cuarto: “Me planto. Te quiero con toda el alma, pero no puedo seguirte.” A las doce y media de aquel aciago día, de su jefe, director de teatro de la obra en que ella interpretaba a la Sra. Smith (con qué gracia declamaba Ada aquello de “Era el cadáver más lindo de Gran Bretaña”), recibió un correo electrónico: “Estás despedida. Eres una gran profesional, pero la crisis impone recortes en la política de contratación laboral de la empresa”. El antiguo amante y el firmante de sus nóminas eran correferenciales: Darío Ta―Pu Joy.

Fue Ada quien me regaló Ada o el ardor. Sabía cuánto admiraba a Nabokov (“Luz de mi vida, fuego de mis entrañas”). Con anterioridad a aquel obsequio, en el funeral de mi amor adolescente, me había confesado haberse acostado justo un día antes del óbito con ese hombre al que estaban enterrando; su liberalidad no dejaba de ser un ofrecimiento de disculpas. Cada hombre es el más amado cuando sucede. Se impuso el silencio. Dos o tres horas, ya no más. No soy rencorosa, además cumplo con cierto consejo, que una ya setentona mujer neoyorquina que vivía en su carne toda la melancolía de la era Kennedy me entregó en Central Park descalzas sobre la hierba (la reciprocidad en la desnudez de los pies une mucho) tras oficiar como su confidente. Traducido de verbo ad verbum, dice: “No sufras por un hombre: no merece la pena, todos son el mismo”.

Desde que compartimos aquel mortal del que yo fui alfa y ella omega, somos inseparables.

Mucho habíamos compartido Ada y yo recordando la descripción de los besos entre su homónima, en la obra del autor nacido en Petrogrado en 1899, y Van y su correspondencia con aquel episodio de mi educación sentimental (o sexual). Aquella noche de confesiones yo le había contado que aquél que nos había unido, también se había aprendido mi rostro, nariz, mejilla, mentón, como Van con Ada “todo era de tal dulzura de contornos”, cuando éramos adolescentes. También mi lengua le fue prestada como “Una gran fresa hervida, todavía muy caliente”. Del mismo modo, después de largas horas de besos ardientes con “la congestión brutal de la carne escondida” había bajado mi mano a su bolsillo, “Es ahí donde tengo las llaves de tu casa” y como Ada, con la barbilla irritada debido a las horas de incipiente barba de efebo restregándose y restregándose sobre mi piel, la introduje para retirarla al momento. En mi caso, asimismo, “Huelgan los comentarios”. Reímos.

Nos habíamos desternillado, también, cuando ella me habló de su primera vez, en un confuso idiolecto recordó la boca de esponja y la carne en derrumbe de su viejo amante. “Fue mi profesor de filosofía, nacido en 1958. La culpa la tuvo Die Welt als Wille und Vorstellung. Empezamos por Spinoza para acabar en la obra de Arthur Schopenhauer: con la introspección llegó al conocimiento de mí misma.”

El relato se convirtió en una novela folletinesca. Cada noche una entrega. “Hamacas y miel”, siguió Ada.

“Mi segundo hombre también fue mi mecenas. Yo le entregaba mi cuerpo a cambio de libros: Tolstoi, Turgueniev o Iván Turgénev ―salmodiaba con acento ruso― Dostoievski y Chejov; prostitución o cambalache. No importa: él me dejó la piel cubierta de letras, cirílicas, por descontado. En la intimidad me llamaba Lara, obedecía aquel alias más que al personaje de Pasternak, a la belleza de la actriz que lo interpretó. En su fantasía pretendía recoger la hermosura de Julie Christie (triunfó David Lean: la imagen se impuso al texto); yo, sin embargo, nunca logré ver en él a Omar Sharif, limitaciones del oficio. Entonces: bibliófila meretriz.

El tercero me contaba cuentos. Luego supe que aquella lección de Sherezade (y no me refiero al ejemplar de mi admirado Enrique Lynch), aquella explosión narrativa que tan bien empleó en su flirteo era fruto de una impostura: sus relatos, aparentemente nacidos de su don para la literatura oral, casi todos eran fragmentos de dos novelas: La muerte de Virgilio y Paradiso. Después vino el poeta que se derramaba en mí con versos de Manrique, Pessoa, Kavafis, Eliot, Rimbaud o Vallejo (“Descubrí que no había más que locura / en la relación de los cuerpos”, A. Gamoneda). Me cansé de sus hiperbatones, sinalefas, sinécdoques y algún que otro, más pronto que tarde, encabalgamiento abrupto.

El historiador del arte en cuya habitación gris, sobre una cama entelada de azules, orientada a poniente (la luz tamizada a través de un panel japonés), agarrada al negro cabecero, descubrí los volúmenes, el delirio congelado, la construcción primaria de Kazimir Malévich me ha dejado cierta grieta por donde me entra el frío. Siempre que practico la postura de la amazona me falta en la pared Círculo Negro. Así que cuando amo en las alturas, sólo acepto la postura de la libélula, no miro la pared; si no, me refrigero y me frigido. La ausencia de Malévich, supongo. Extrañas sinestesias.”

Todas las emociones se manifiestan en pulsos, en máximos y mínimos, en palpitaciones. Por eso a veces tenemos la sensación de oleadas de calor o de una suerte de hielo emocional. Yo le dije. Ella asintió.

Fue una larga Bildungsroman (o novela de formación). Tuvo, como todo, su fin.

Desde Darío Ta―Pu Joy Ada está triste. Ya no salen historias de su lengua de fresa.
Que ha perdido el verbo. Que ha perdido la voz.

Hemos leído juntas, Remedia amoris, El shock sentimental y un largo sinfín de manuales de autoayuda. Ada sigue triste: sin novio, sin jefe, sin pasión. Para superar el nefasto trípode Ada llevó a la práctica una recomendación de esos diarios de naufragios: “una mancha de mora con otra se quita” o “un clavo saca a otro clavo”. Ni a ella ni a mí nos seduce la poética que se esconde tras esa suerte de aforimos porque para cualquiera existe su antónimo, “el tiempo perdido nunca se vuelve a encontrar”, no dejan de parecernos bastardos del conformismo. Sea lo que fuere y habida cuenta de la situación dramática, que no trágica, Ada “tomó el toro por los cuernos” y como “cuando el hambre entra por la puerta, el amor se escapa saltando por la ventana” entregó su currículum al mercado laboral y se puso a buscar novio. El único trabajo que obtuvo, la crisis, la crisis, fue de limpiadora en un gimnasio.

“Allí no se liga nada”, me dice “Todos los heterosexuales no pretenden más novia que la tableta de abdominales. La gente de ese continente está muy mal. Mujeres castigadas por instrumentos de acero más propios de la Inquisición tras el Concilio de Trento que de los rituales de belleza de Cleopatra, estresadas por ganar tiempo para sus clases de Body―tono, Pilates, spining entre trabajo, familia e intendencia doméstica, alimentándose de barritas energéticas y batidos de esteroides y aminoácidos que sólo les recuerdan el hambre que pasan, encanalladas por el monitor gomoso y neumático (un sadomasoquista enfundado en unos mini shorts y encorsetado por una camiseta de tirantes carísima que se disfraza de entrenador personal para dar rienda suelta a su satiriasis).
Por probar, asistí a una clase de G.A.P. (siglas de glúteos, abdomen y piernas) con mi mejor cuerpo en mi mejor modelito (me había gastado en la ropa deportiva el primer mes de sueldo). No sólo me destrocé la cara interna de los muslos, el fisioterapeuta diagnosticó: contractura muscular en aductores, lo que me impide jugar a lo que tú y yo sabemos, sino que los dos únicos hombres a los que dediqué mis esfuerzos en esa sala húmeda e infecta eran un gay declaradamente enamorado del monitor que no cesaba de repetir "Con las agujetas de ayer ¿es que sólo me duele a mí el culo?" y Pajovsky con su chándal de siempre y su mirada babosa (debo llamar a Pablo Rivero y decirle que su personaje se ha hecho viejo y que ha sustituido las vistas de la playa por la fila final de las clases de G.A.P. en los gimnasios; en su conducta, maneras y mal disimulado onanismo lo reconoceréis).
Oye que lo dejo, que ni obtengo un salario digno, ni me ofrece ajuntamiento con hombre fermoso.”

Ahora Ada sólo se relaciona con el sexo contrario a través de internet en foros de gente que busca pareja: “Duran poco, te enamoras cada dos días, ayer un juez con el que compartí una botella de vino virtual me duró tres horas, con lo ebrio vino lo soez, eso sí en italiano. Cuando se emborracha, escribió con faltas de ortografía, que le daba por ahí. Luego un francés afincado en Barcelona: sólo quería lo que quería. Más tarde tropecé con un electricista- fontanero, 37 años, divorciado, madre holandesa, vivienda en Salou, que tras dos días se ofreció a revisarme la fontanería en agosto. Lo interpreté en sentido figurativo y lo expulsé de mis contactos: no admitido.”

La última conquista es un hombre tímido que inició su conversación con Ada a las seis de la tarde con la siguiente frase de entrada: “¿Ada o el ardor?” y terminó su conversación con mi amiga a las dos de la madrugada con el enunciado “Vámonos a la cama”.
Ada no está. Ada se fue.


Ada no coge el teléfono. Ni viene a tomar cañas por Santa Ana. No lee, ni me regala su espléndida ficción: ha perdido peso y manifiesta irritabilidad, si no tiene un portátil entre sus dedos. Ada de nuevo enamorada.

Él se hace llamar Van, ella sigue siendo en su idilio de internautas Ada. Viven en un bohío virtual en algún territorio digital localizable por el mar de las Sirtes.

¿Dónde el anhelo de verdad?

Ella dice que es amor, idealismo erótico y pasión del tipo de ardor carnal que siempre sintió al trascender las páginas de Nabokov.
"El cuerpo, negando a Spinoza, a estas alturas y con lo que una ha vivido", sentencia, "es lo de menos".

lunes, 22 de junio de 2009

Blanco

“El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo que sentía en su interior el silencio de la nieve.” O. Pamuk

Acabo de entrar en Paseo Recoletos 21. Me siento donde me dejan. Café con leche, por favor. Gracias.

Arte, Yasmina Reza, en el teatro Alcázar, 20 de junio de 2009, Madrid. Un cuadro blanco, tres arquetipos de comportamiento, una amistad. El sarcasmo. La crítica. Recuerdo ―mientras miro el azúcar, también blanco, que por efecto del proceso físico de la polarización se va diluyendo en el café, como las palabras que nadie retiene, el peso del helio― una frase que subrayé en un libro de Yasmina Reza, “Ser adulto es estar solo” (Jean Rostand). “Dios no juega a los dados”. También lo leí, esta vez en caligrafía de Coetzee. Y la portada del libro era blanca (Diario de un mal año). Hablaba del paso del tiempo, de la vejez, de la reflexión de la contemporaneidad y de Kant y su percepción de la realidad: lo que menos importa es la verdad, la necesidad como andamiaje lo sustenta todo, la percepción es lo único que realmente nos interesa (sujeto más objeto).

Cuatro a lo sumo cinco son los temas que al artista obsesionan para dejar constancia de que fue, de que más allá de su discurrir, él superó al tiempo, creció, lo venció. “Quizás pueda derrotar a Kramnik, pero no al tiempo que pasa”, Kasparov. Sigo mirando los cómodos sofás rojos del café, el Paseo Recoletos a través de una ventana, distante, las mesas contiguas a ellas se encuentran esta primera mañana de estío (qué deliciosas las estaciones, la meteorología secuenciada), sospecho que siempre, retenidas por alguna pluma que escribe o finge escribir observando el mundo. Él quieto. El redivivo camarero, oscuro, contando las monedas que resbalan y crujen entre sus dedos sucios, atrofiados, el tiempo, las noches sin dormir, la artrosis creciente, se me acerca, me entrega un papel de un rosado perspicuo, tres con cuarenta (la letra inclinada, abandonada, harta de ser siempre la misma concubina no se deja acompañar de la moneda en curso). No importa. Viene dado. Estamos en España: todo es contingente, nos alimentamos de la amnesia.

Me ha gustado la obra, escritura y espectáculo. Siempre que voy al teatro pienso en Lorca: la letra que toma forma, donde las palabras se levantan, se adhieren a quien las escucha, se abrazan a sus adláteres; se rebelan, en el otro, de su condición: pequeñas anarquistas (lo que menos les gusta del poder es el propio poder). Un cuadro blanco, cincuenta mil euros. El arte: puro mercado. ¿La literatura?

Pensaré aún más en ello cuando llegue a mi ciudad, un triángulo verde, últimamente una colonia de Mordor (la luz se ha ido) y pueda leer los artículos atrasados de estos dos días de ausencia en el periódico local y encuentre, entre ellos, un homenaje que un periodista y escritor, le dedique a un editor, callado, en blanco (no aparece en los grandes catastros, ni en el escrutinio de las finanzas editoriales), un falso albino (bajo él un gran palimpsesto) que impulsó y dio forma a dos de mis libros preferidos (Últimos ejemplares y Los caballos azules), que mima y protege la poesía. Acaso al poeta (Occidente).
Álvaro Díaz Huici.
No me apetece que sea un sin nombre. “Un hombre no es una isla”. Él es un hacedor de historias: las empuja, las enluce, las recoge, las copia y nos las enseña. Sin blanco. Aunque él sostenga varios colores del espectro literario (de donde su luz), sobre el papel de la paraliteratura es blanco: hueco o intermedio.

Pero ahí, sentada observando las manchas que ofensivas reducen la pretendida aristocracia del uniforme de camarero, aún no sé que reflexionaré sobre ello. Sigo en Madrid. No regresaré hasta mañana.

Revuelvo el café, casi frío. Se me ha ido el tiempo. Parece que hace apenas media hora salía del museo El Prado. Han trascurrido dos.
Él nunca se detiene.
Tic. Tac.

Los blancos de Sorolla. La nieve que todo lo lava. El estallido de luminosidad que no me permite mirar fijamente los árboles a través de la ventana. A mi derecha una placa que alude a mi ciudad, a un premio de novela, 1989, antes Fernando Fernán Gómez. Las mesas son de mármol. No blanco.

Estaba, sin embargo, reflexionando sobre Sorolla. Más complejo de lo que esperaba. El desarrollo de su yo: sutilmente audaz, social, convencido de su don, plegado a la familia, la nación y la costumbre: un integrado, gregario, endógeno. ¿Por qué sospecho que miente? Es tan agudo en su técnica, tan acertado en los matices de la luz y la riqueza nutricia de los blancos; tan pornográfica su dedicación a la sociedad y a la familia que me pregunto dónde se halla el detalle que me hizo captar la sospecha de la hipocresía, el gesto huidizo, apenas un surco rosáceo en sus opalinos blancos. La errata.

Pago mi consumición. Me fijo en el velo que cubre los ojos del hombre que me cobra. Se ha acostumbrado a no mirar.

Ya sé. Capturo la grieta: en la entrega al cuerpo femenino.

El color, la morbosidad, la calidez turbia de ciertas pinturas, pocas. Y esas nalgas desfloradas (profanadas por la mirada que pinta, el ojo que contempla la ficción superando la línea realidad―percepción). Lo delata el fanal que alumbra al que observa el lienzo.
La sensualidad de La bata rosa, me perfila un Joaquín vivo, erótico, esquivo con la monotonía, adepto a la capacidad de desear con la firme seguridad de que es aquello tan sólo probable. Muy poco. “Dios no juega a los dados.”

Ella le pidió que la pintara desnuda, un homenaje velazqueño. Sumiso aceptó, sólo era una representación más de aquella abstracción llamada burguesía.
Pinta a tu esposa desnuda; píntame.
Me pondré de espaldas, seré tu Venus de Milo. Destaca que mi mirada reposa sobre nuestro anillo de boda. Pontifiquemos la sagrada alianza: eso justificará el atrevimiento. La lúbrica desnudez. Joaquín esposo dijo sí. Lo efímero, lo momentáneo tomando forma y peso en la plasticidad sonrosada. Ella reposando en el cuerpo de Clotilde.
Seré libidinosamente hermosa para todos. Una dedicatoria a nuestro amor sobre las líneas del tiempo.
La mujer se muestra abierta: en carne, al deseo, hacia el hombre; todo lo que anuncia empieza donde termina su espalda.
Joaquín baja la mirada, se mira la bragueta. Ella sabrá que la Clotilde de
Desnudo de mujer es ella; a la esposa, en su código privado, entrega para la posteridad María Clotilde. Era una ofrenda. De amor. Por supuesto.
La otra se reconoció en las telas. Y entendió.


Y este extraño afán de darle vueltas a todo se queda sin más entre las monedas que entrego al hombre mientras doy las gracias, me dirijo hacia la puerta y no miro hacia atrás. Más allá del postigo que linda con la calle, Madrid es una ciudad explicativamente blanca. Como la obra de Yasmina Reza. Como la solidez pictórica de ese color en Sorolla. Como los impulsos sabios que se esconden tras el arte (tiempo, editores, musas).

Como el silencio.

Como la nieve.

viernes, 19 de junio de 2009

El virus del lenguaje

Tengo una amiga. Se llama Marta.
Es pequeña y suave, pero no de algodón y sí tiene huesos. Vive en un territorio lingüístico, una pesadilla de códigos, límites semánticos y trampas fonéticas. Le gustan los palíndromos (ahora no responde por su antropónimo, sólo si la llamas Tamar), como remoquete esta semana ha elegido Súcubo y como país Mali, su gentilicio maliense, su comida importada de Bamako. Toda infiel, salvo a la lengua. Siempre el castellano o español: la única certeza que la sostiene (“¿Aún no te has enterado de que 450 millones lo hablan? Tanta grey no puede confundirse.”)
Se enamora de las palabras, la seducen, la infectan y la habitan. Recorre con sus dedos la caligrafía, se diluye en la letra del abecedario elegida esa mañana para su idiolecto, si el diccionario no le da el verbo o el sustantivo o el adjetivo con los que atrapar sus ideas, no hay proposiciones ni formas lógicas: se comunica con silencios, cinésica y proxémica. Como Debussy dijo de Stravinsky “Parece que Stravinsky escribe música con medios no propiamente musicales, de la misma forma que los alemanes intentan fabricar bistecs con el serrín”. Marta hace del lenguaje una forma de vida, unas hebras que no son las estándar. Una savia subrayada; sus amores son implementos, complementos, aditamentos o un mero predicativo. Su jerarquía en las relaciones: comparativo, superlativo relativo y superlativo absoluto. Ayer le dio por la P, “Padezco pirexia, pelillos a la pleamar”. La paranomasia: su vicio. Confeso, al menos.

Ayer la güija pintó en C. No decidió mi amiga; esta vez la forma se impuso a la sustancia.
Un cáncer cervical carcome a la caliginosa Marta.

miércoles, 10 de junio de 2009

Primer relato: la creación

Recuerdo mi primer cuento. Mi primer libro. Mi primer cuaderno.

Al principio fue una urticaria, luego una alergia, para finalizar en una enfermedad crónica.

Hubo un tiempo para la amistad, para el amor, para el vientre, para el cine, para los viajes, para las fiestas. Todo de algún modo tendió a repetirse: se convirtió en memoria. La literatura, sin embargo, se inicia cada vez que abro un libro, lo huelo, me arrumbo sobre él y sucede.

Qué menos que regalarle, en esta iniciación, un poema a la literatura que alguien en un acto de amor me entregó a mí; que siga la cadena.

Creía yo

No a todo alcanza Amor pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte logra
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte logra, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

Macedonio Fernández dixit.