lunes, 16 de agosto de 2010

Exposición



Carl Andre

Quizá por estas razones y por otras más que no sabe explicar. Es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón, sostiene Pereira.

Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira.

Donoso vende vestidos en las playas ibicencas. Es argentino pero me dice que si lo llamo uruguayo no se ofende. Todo menos italiano. “Son como cucarachas”. “Han llegado para conquistar la isla”. Me vino a buscar a la orilla, espacio insólito donde me tiro con el cuerpo cubierto de agua excepto la cabeza: parezco una tortuguilla de caparazón transparente; de ese modo, vigilo a los niños que nadan a unos cuantos metros de mí, intentando curar cierto cansancio, emplastar vacíos que se me escapan por mis grietas, recopilar toda esa luz para dosificarla cuando llegue a casa: los inviernos en mi ciudad son muy largos con otoños de preámbulos y primaveras de resaca: todo oscuro.

No recuerdo cuánto me gusta ese cielo tan blanco hasta que lo tengo techando mis pasos. Miento, no es blanco. Amanece desnudo para ir pintándose. Pienso en Turner, en la primera vez que observó las atmósferas de Claudio de Lorena, el molino de Rembrandt, los crepúsculos de Gainsborough, la claridad norteña de Van de Cappelle, la Venecia acuática de Canaletto. Quizá fue allí cuando se dijo “Por esto quiero ser pintor”, aun cuando el Turner que más admiro es el romántico, la cicatriz de Ruisdael o la absorción de las teorías del color de Goethe. Mis tardes noches bicicleteando mi ciudad se parecen al cielo de Sepelio en el mar.

Ahora estoy en la cala pero de tarde me iré a kumharas a sentir la anochecida que en mi recuerdo se promiscuye con el Arenal de Calais turneriano. El sol de las Pitiusas hay que desnudarlo, ir contemplándolo en sus movimientos, detenerse en sus mixturas y metamorfosis, recorrerlo como la carne deseada (yemas, labios, mirada).

Todavía estoy ahí y es cuando Donoso se arrodilla a mi lado. “Tengo un bello envoltorio para vos: sos rechula de verde”. Me acabé llevando sus orígenes, cómo había atravesado el Atlántico para quedarse a vivir en la isla, cuánto añoraba a su gente, de qué modo tan desesperado amaba a una mujer para cruzar por ella un océano y el vestido verde que me deja las piernas y los hombros al aire. “Sabés escuchar”. Los niños seguían chapoteando: aprendieron que el sol puede no acabarse, que el agua puede estar siempre caliente, que bañarse puede dejar de ser una operación llena de variables (que no llueva, que la marea esté baja, que la bandera sea la adecuada, que no haga mucho frío...) para convertirse en una extraordinaria fijeza.

Nos despedimos Donoso y yo en Cala La Basa con cierta nostalgia. Él por haber abierto su vida a una extraña, yo porque ciertas cosas sólo me ocurren en Ibiza. Guardé la compra de Donoso para irme a nadar con los niños; les pedí permiso para perderme en lo profundo, se quedaron con mi biquini y la promesa de que no hundiría la cabeza más de diez minutos (aún no entienden de gestos anaeróbicos y tiempos vitales). El nudismo es otro de los lujos ibicencos. Como la comida mediterránea (cocinan las mejores patatas del mundo, pero esto es un secreto), la Ibiza rural, las trayectorias vitales de los hombres y mujeres que poblaron la isla en los sesenta, la amabilidad y el buen trato que todos te dispensan (si no lo son, parecen felices: quizá sea una afortunada pandemia). Es una lástima que cuando uno vuelve de allí sólo le pregunten por los famosos, cuántos guiris la palmaron tirándose de las ventanas de los hoteles del West End de San Antonio y qué tal estuvo la última fiesta flower power o troyana (no conozco ni Amnesia ni Pachá, ni falta que me hace). Todo está en los ojos que miran.

Después de calearnos el Este de la isla, compramos melón y sandía a unos payeses que eran rubios como los niños del maíz. Ella se llamaba Dorethee y era alemana. Empezamos hablando de Dusseldorf y acabamos contándonos nuestras preferencias sobre arte contemporáneo. Por un momento pensé que era la viuda de Konrad que estaba de incógnito en el terruño y a punto estuve de preguntarle por On Kawara y Joseph Beuys. Enseguida el payés la cogió de la cintura, era francés, muy guapo, para meter baza en nuestra conversación; estuve practicando un poco con el idioma galo (puf, cómo se me ha olvidado el léxico frutal) e inferí al poco que Dorothee y él llevaban muchos años en común, cada uno vivió su periplo antes de escaparse juntos a San José. Me explicó ante un zumo de melón recién exprimido que cuando decidieron unir sus vidas compraron una pequeña casa que arreglaron y a la que añadieron una planta más. Dorothee vivía arriba con sus tres hijas mientras que Cedric ocupaba la zona baja. Él también albergaba a sus dos hijas en verano que era cuando su ex-mujer le enviaba desde Reims a las niñas. De ese modo fueron ellas, las crías de ambos, quienes marcaron los ritmos de proximidad. “Sin forzar nos fuimos aceptando”. Hoy presumen de ser una familia bien avenida: “Fue una locura que salió bien”. “Es la isla”. “Da suerte”, sostiene Dorothee.

Creo que el aroma de mi cuerpo ha cambiado. En esos siete días el melón, la sandía y los frutos secos han debido de modificar mis segregaciones. Al despedirme de ellos me pareció que ella sonreía con cara de sandía y él tenía cabeza de melón. Me dije que me miraría al espejo nada más llegar al hotel.

Ya en el coche, les conté a los niños mi confusión de la payesa con los Fischer. Les expliqué quiénes fueron esos galeristas alemanes, hablé de la audacia y del valor, de la lucha contra los miedos en pequeños gestos, de perseguir lo que uno sabe que realmente ama. Les adelanté que al día siguiente se bañarían en un acantilado donde los peces les comerían los pellejitos de los pies, que su padre no estaba a favor de que yo los llevara pero que en mi opinión ya estaban maduros, como los pequeños melones de los que acabábamos de disfrutar, para vivir una aventura. Todo es dar un primer paso: Dorothee Fischer vació su monedero delante de Joseph Beuys y le preguntó que qué pieza de arte le podía vender por ese dinero para regalársela a Konrad. Fue un bloque con forma de rectángulo de cera “Sin título”. Así empezó su sueño: la primera pieza de su colección; nosotros íbamos a empezar por el acantilado.

Lo hicimos y como Señor Salvaje nos picaron las medusas, cuyas descargas aliviamos con nuestros propios orines. “Esto sí que fue una hazaña de héroes de cuento” exclamaba mi hijo mayor.

Tal vez haya sido el rito iniciático. La primera piedra, Donoso cruzó un continente, Turner desafió a la Royal Academy, la pareja de galeristas a la vanguardia alemana, el duque de Orsini la densa negrura de su padre...

Siempre falta algo; uno viaja huyendo o buscándose. Ocurre que a veces se encuentra.

Como narraba Pereira, un acontecimiento inusual, no necesariamente el irse, despierta un yo que desbanca al hegemónico produciéndose una pequeña revolución en la confederación de nuestras almas. Alejada, añoré las manos del hombre que amo o quizá la penetración de nuestras manos (imitando esculturas de Nauman), la mirada de mi madre, también mi ciudad en bicicleta, mi hueco en la cama, el olor de mi casa... La vida cotidiana que tejo. No obstante, esta vez, sacrifiqué un yo zamarreante en esa isla y este nuevo que me va invadiendo (por ahora me llega a las rodillas) ha decidido no resignarse. Como comprar un bloque de cera o bañarse desnuda en peligrosos acantilados...


martes, 6 de julio de 2010

El gol






El año 2010 cogerá sabor a Mundial; ya estamos haciendo historia: todos somos en cierto modo esta Selección. Alguna vez dejé caer por estas tierras que me gusta el fútbol, quizá porque es el deporte que más se parece a la vida: uno puede jugar muy bien y perder; al final lo que suma es el gol.


Nada más.


No debería ser así, ni la vida ni el fútbol. Pero...


En mi tramo de estantería que reservo para "lecturas pendientes" se agolpan textos, de esos largos de hamaca y al fondo los niños, agua o montaña; otros más breves, alguna antología de cuentos, ciertos ensayos sesudos que dejaré para los días que tenga cuerpo de ciencia.



También las películas están aplazadas, muchos compromisos familiares, los cafés con mis amigos: nunca lo urgente es lo más necesario.



Y mis hijos, que han sido las principales víctimas de que su madre se pase un año entero programando, dando clases y estudiando. Son tan pequeños y ya manejan un palabrerío: oposición, unidad didáctica, Lope de Vega, la argumentación.



Algún sábado llegaban a mi mesa: "Mamá cuánto dura este examen".



Como Villa estoy ahí, entrenando, dando patadas al balón contra una pared, haciendo mis ejercicios, día a día; y tengo que oír "Sólo es cuestión de suerte". Prefiero pensar que como al guaje, me pillará el azar preparada y pasaré de jugar en Segunda y en equipos que sí me quisieron al escaparate del Mundial y al gran equipo: como él, todo en un año.



Son esos mis héroes, tal vez porque me reconozco en lo que tienen: afán, trabajo y entusiasmo; porque rechazo al villano: ocasión, contactos, zancadillas. Y si se preguntan ustedes si soy una ingenua, sí lo soy; y asumo que a mi edad serlo es una forma de estupidez. Que si conozco a muchos que han llegado sin las partes ascética y estajanovista, por supuesto; que si he oído a más de uno y de una: "Yo estoy aquí de paso; nunca he estudiado para una oposición, no me lo tomo en serio: sé que es cuestión de suerte; todo culpa de la Administración, una pantomima de proceso". Muchas veces y les he sonreído con mi especialidad: "Rostro de Marilyn", mientras pienso lo que pienso.


Soy hija y nieta de quienes creyeron en la Ilustración, en una enseñanza laica, en el "Sapere aude", en los valores de la educación republicana; no todos merecemos lo mismo pero sí idéntico suelo de base: el mérito, la responsabilidad, el buen hacer; fin a los privilegios.


Y créanme: o son muchos los profesores de este palo o yo he tenido mucha suerte con mis compañeros.



No obstante eso de la suerte...; es que ella y yo no hemos congeniado: cuando "dependo de" me da la espalda; acaso por eso sigo echando unos tiros contra el muro. Para que cuando sea me pille hermosa, dispuesta, cimbreante.



Octavos, cuartos, semifinales: voy con ellos, me miro en ellos; también, independientemente de la fortuna del balón, hay un trabajo detrás. Y valores.



He dado clase en habitaciones, en cafeterías, en academias, en colegios privados, en Institutos, en la Universidad; me lo he recorrido todo y aún creo en mi trabajo. Cada apuesta es única, podría contarles casos fantásticos, experiencias magníficas, alumnos que aún me gritan "Profe, Seño" cuando nos cruzamos en bicicleta, carpetas que guardo llenas de firmas, adolescentes a quienes inoculé el virus de la lectura; ese es el premio, lo sé; las malas experiencias: anomias selectivas.



Con todo, quiero el gol.



Celebrar con los míos ese sacrificio, como Villa mirar a las gradas, encoger mis codos, dar el mayor de los saltos o quitarme la camiseta; tanto empujar sin resolver tiene que acabar. Me toca llegar a puerta, en el centro, por la escuadra, tocando en el palo. Pero que sea gol; todo el empeño, pero gol.


Así que pase lo que pase, como decía Plutarco que César gritaba ante las empresas inciertas y audaces: "Alea iacta est". Si viene el gol lo celebraré, pueden creerme. Y si no, volveré a mis minúsculas y a levantarme desde el suelo en que habré caído una vez más.



Entretanto, pueden encontrarme estudiando o corriendo por la playa (es un método como otro cualquiera para matar dragones); estos días a ritmo de tango. A la espera, como en el fútbol, de esa tan cacareada justicia poética. O simplemente del gol.

lunes, 5 de julio de 2010

Aroma, fibra, azúcares y agua

"[...] El hombre de barba llora
y cada lágrima es una canica
con un niño dentro que le ilumina la cara."

Eli Tolaretxipi, "Taza", El especulador

Los frutos de determinadas plantas, frescos, vegetales, los llamamos frutas. La carne de la sandía, la ferocidad del aguacate, el rictus del pomelo, la atracción libidinosa de la nectarina, la coquetería de las fresas.
La gente se detiene a mirarlas, los más osados se las llevan a la proa, entre el labio y las aletas de la nariz (parecen susurrar: “Te comería”).
Merced Acebal paseaba por entre los puestos, alzaba los ojos, como cuando éramos levantaba yo los bolígrafos “Bic naranja escribe fino” del suelo, una y otra vez, escurriendo así la mirada por debajo de su falda de cuadros. “La muy” pensaba entonces.
La riqueza en vitaminas es una de sus principales características; aroma, fibra, azúcares y agua.
Muchos hacían lo mismo.
De los colores frutales a los cartones que colgaban suspendidos sobre ellos indicando insultantes el precio: el coco, con sus ácidos grasos y ese aire de allá, se llevaba esa mañana el primer puesto. La voz de información: “Hoy y ahora mismo, los pollos asados en charcutería, dos por uno; repetimos: dos por uno”.
Apenas había cambiado. Seguía dejando ese olor, concitando miradas como muescas en los espacios por donde se deslizaba; ahora eran huecos entre cajas-escaparate de frutas y consumidores de sábado matutino rellenando carros con destino a la despensa semanal, hace años eran los cuatro pasillos que quedaban dibujados, como las cuadrículas de las libretas de matemáticas donde Rafa profesor recién estrenado dictaba: permutaciones, conmutaciones, variaciones, entre las treinta mesas del aula. Todo tiza.
“Delegada por unanimidad”. Como la Olivia Reyes de Eloy Tizón de “Velocidad de los jardines”, Merced nos pertenecía un poco a todos.
O en Merced sólo era deseo. Morderle sus muslos, las ingles entre líneas fibrosas, tragarle el azúcar, como néctar libado, que imaginábamos naciendo de sus pliegues. Hasta yo, quien tuve que envejecer veinte años para darme cuenta de que era uno más, sin querer me había infectado. Quizá descansaba en aquellas faldas, incitantes, respondonas como un buque que se va hundiendo y en el proceso deja parte del casco hacia arriba; en los jerséis blandos, como nidos, que recorrían de angorina los pechos crecientes; en su perfil que invitaba, entreviendo una tristeza agridulce, gelatinosa, como si al acercar tus dedos a su nariz pudieras quedarte con hebras de piel entre tus uñas; en el cruce de piernas cuando subía a la tarima para dirigir, como moderadora, las votaciones de aula; en sus tareas tan limpias que prestaba a cualquiera con esa generosidad en forma de brillo en los ojos o de lápiz entre los incisivos o de las hojas boca arriba “¿Quieres mis deberes?”.
A mí me llamaban Eduardito. Antes de ser ingeniero, tirado por medio mundo, de cansarme de vidas ajenas, de trabajos en desgana, de compromisos agrietados. Lo recordé cuando al acercarme a ella, por fin, me reconoció: “Claro que sí, eres Eduardito, con veinte años más”. Sólo pude decirle que había sido mi delegada favorita, que no había cambiado, que dudé hasta que la oí: esa voz, siempre continua, como cristal o agua. ¿Cómo se puede conservar una voz en el tiempo?
Merced como una escalera, en el agua de su boca; también ella, como Olivia Reyes, era una visión crujiente. Hacía daño.


sábado, 19 de junio de 2010

Walk Like An Egyptian

All the bazaar men by the Nile/
They got the money on a bet/
Gold crocodiles (oh, wey, oh)/
They snap their teeth on your cigarette.
Bangles

Cuando era una adolescente mis compañeras de primero G, hoy tercero de la ESO ¿G?, y yo, dos morenas, dos rubias, nos presentamos a un concurso de “Play-back”, entonces se llamaba así, con una canción de las Bangles (cómo nos gustaban; claro, éramos mitómanas perdidas. Eso también la edad lo cura).
La discoteca ya no existe: adosados de altas calidades. Ni la maderera (actualmente un hotel-spa) donde el padre de Eva nos llevó para que nos hicieran unas plantillas de guitarras eléctricas que luego industriosamente recortamos con una sierra de pelo donde dejamos media diotría y yemas enteras, pintamos y decoramos como las que aparecían en las manos de las chicas del grupo en la funda del vinilo. Tampoco aquellos vínculos que nos hacían estar todo el día juntas, colgadas del teléfono, ensayando la tarde de los viernes antes de irnos al Tik (así se llamaba la sala de baile) y los sábados por la mañana, diciendo no a los púberes que con aquellos movimientos nuestros en el foso nos habían descubierto para el mercado de la carne: "Míralas, si además de empollonas tienen cuerpo". Nada que no haya cambiado: todos somos el mismo bajo el talismán de la pubertad. Así que por unos meses, de aquella, cambiamos las novelas y poemas de las tardes de los viernes, lo sé raritas éramos un potosí, en la biblioteca Jovellanos por movernos frenéticamente a la espera de llegar a la final del concurso.
Que si llegamos, pues sí llegamos, pero no ganamos.
No esa prueba, sí otra, más importante: superar cierta rigidez social, timideces varias; integración, socialización y flexibilidad, en suma, cierta cintura que nos vino muy bien para sortear lo gregario de la vida en las aulas; también construirnos un vestuario con trapos, el diseño y la imaginación que le echamos a los instrumentos musicales, fuimos peluqueras y maquilladoras (ahí descubrí la laca, nunca más), traductoras... Fue divertido.
Pero eso quedó atrás y no era mi intención hacer hoy una entrada sobre mi momento Bangles.
A lo que iba, que ando muy cansada y eso me hace estar más dispersa que de costumbre, quién me iba a decir a mí que veinte años después iba a pillarme tarareando esto mientras leo ora sí y ora también las páginas de política y economía de prensa escrita, prensa digital y blogs críticos.
En fin. La que se nos viene encima.


martes, 15 de junio de 2010

Melindres domésticos



Así me viene. Una anormalidad, adiposidades de las capas de la alegría. Son adquiridas; yo siempre defendí haber nacido alegre. Entonces llega él y me pregunta qué me pasa, son lechugas que me obstruyen, en lugar de las orejas, lo feliz (desde chiquito le encanta que lo mire por dentro como si fuera una huerta: lavemos esos dientes, que hay coles; mmm, qué uñas, se nota que te han germinado las habichuelas; dónde se vieron unos rabanitos tan frescos en las plantas de los pies...). Vence pronto, una anomalía, un estrechamiento de miras, la risa afónica, pulsiones varias y puntos débiles; espasmos en el entusiasmo. Es una melancolía que trepa, delicada, algo fría; densa se enreda, alga o hilo, por los pies, como agua en lo profundo.
Nada que no se cure con una manta, dos o tres versos, música macarra, algo de sueño y miel.
Vaya, no nos gusta la lluvia.
Mamá... Estás caliente; tu piel huele a ti.
Lo abrazo.
¿Y si te cuento un cuento?
Vale, probamos.
Corre que te corre por el pasillo en la ida, plaf; plaf-plaf, un salto, corre que te corre por el pasillo de vuelta, un brinco, justo a mi lado.
Hazme sitio. Se cuela por debajo de la manta y sube una pierna sobre mi rodilla, me descoloca el brazo, quita, jo, déjame meterme por ti, para pasar a apoyar su cabeza en mi pecho, ahí, por mis huecos. Mejor. Entonces huelo su pelo, la fragancia, la carne palpitante, restos de feto y colonia infantil; y él empieza: también tengo mis cuentos preferidos, este te va a encantar, seguro que te ríes con los guisantes. Se titula La primera vez que nací.
Me llega él, en su voz. Yo no lo escucho, me lo sé de memoria; como las venillas que le cruzan la frente (un árbol, acaso un garabato, algo dadá), los ojos hinchados del cansancio, sus dedos sosteniendo las páginas (largos, abiertos, promesas de fuerza y ternura; como las del padre de su padre, uno de esos hombres); tres lunares y medio en el mentón; asimétrico, cuando sonríe sólo se le abre en la mejilla izquierda un hoyuelo. Ha heredado mis colores, la palidez, lo acuoso de la mirada de mi familia y ese modo tan mío de morderme el labio inferior cuando dudo, cuando no sé, cuando mastico el pudor.
Ahora, ahora vienen los guisantes.
Pero sólo es melodía, no identifico la articulación; no distingo. Es tono. Es su erre que no arranca, su respiración ojival, el silbido de sus eses.
Un día floté en tu pecera, aquí dentro y se estira, cede el cuento de sus manos a mis rodillas y lleva su dedo índice a mi ombligo.
Arruga la nariz, observa desde abajo, respiramos ambos de su aliento y me quita el cuento de tapas duras: de mí lo recupera suyo.
Continúa leyendo.
Es tan grande en un cuerpo tan pequeño: pasa el tiempo en sus huesos, en la forma de su rostro, en su barriga que ya no es redonda, piernas largas, oquedades en su boca (tres, me han caído tres dientes). Ya hace preguntas serias, operaciones matemáticas, tiene su propia gente, sus conversaciones, sus preferencias: en fútbol, jugamos en campos contrarios.
Me alegro de haberlo conocido, de que sea tal cual es, de querernos de este modo, tan inevitable; su intuición le ha crecido muy deprisa. O resulta que es carne desgajada, pero mía, que vive discontinua; nos percibimos en cuerpos ajenos (igual que me despierto si él lo hace, me duele la tripa con sus retortijones, se me enciende la garganta en sus anginas; él, quizá, sabe cuándo duermo y cuándo no; cuándo me viene uno de esos accesos; y cómo se curan). También presiente que no se nombra, que no hay que darle cuerpo, ni letras amplias o estrechas, que hay que dejar que escampe, como esta lluvia tozuda.
Sólo sé cuidarte.
Hace ruidos, pone voces, sube y deja en suspensión aquel adjetivo impaciente. Luego cae y se le escapa la risa (siempre la misma, aquella, esta; ojalá mañana). Su padre dice que no es de carcajada; no como yo.
Me mira, cruzamos pestañas, algún que otro beso; pocos, o-ji-to, que estamos leyendo y luego nos enredamos y nos ponemos a hacernos mimos, la manta un ocho, las cosquillas, dónde sus pies y su pelo; y se nos escapa el tiempo, la lluvia.
Casi siempre esa tristeza.
Y se va.

(La foto me la envió Aida Menéndez Puente.)
(El libro infantil, La primera vez que nací, está escrito e ilustrado por Vincent Cuvellier y Charles Dutertre, editorial SM.)

sábado, 12 de junio de 2010

Carta a Teo


Hola Teo:

Soy Ratoncito Pérez y estoy muy gamonedamente contento de que me hayas dejado tu dientecito de leche: es casi tan parmesanamente bonito como tú.
¡Quedará salmonetemente bien en mi estantería de piezas 2010!
Antes, con tus otros mozarellos caídos te dejé buenos y roquefortetes regalos (casi no cabían por la tubería que sube a tu casa, así que realicé un gran esfuerzo para entregarte lo que te merecías, bien valía un camembert); esta vez es distinto.
Te he estado observando, mirando, olisqueando y no te has portado fetamente bien, que se diga; bueno, esta semana sí (sé que lo estás intentando y que, como eres un niño harzer kase listísimo, lo conseguirás); en un principio, no te iba a traer nada, pero como has mejorado en tu comportamiento te dejo esta moneda. Eh, no te preocupes, he olido ese otro diente que se mueve (mmmm gruyeremente delicioso); tienes tiempo, pórtate bien, sé bueno como tú sabes serlo y agradece tu casa, tu familia, tus cuentos, tus juegos y yo, a cambio, con el siguiente dientecillo te dejaré un regalo que valdrá por los dos. Pero, y es un pero muy, muy grande, si te portas mal, gruñendo, picando, no agradeciendo tu suerte y el amor con el que te cuidan, no te traeré nada más: NADA MÁS.
Palabra de roedor coleccionista,

R. Pérez

domingo, 30 de mayo de 2010

Degradación

Le cuesta levantarse. Necesita la dosis de cafeína que lo ha de despabilar. Sube la persiana y abre la ventana, primero la luz, luego el tufo a pescado que entra desde el patio; hasta el aire le abofetea la cara. Aprieta los párpados, los nudillos de la mano, la fragilidad entera.
Nada ocurre en sus días que merezca ser vivido.
Se ha acabado el café. Se cubre con una camiseta, el pantalón sin cremallera, las chanclas de cuando iba a la piscina.
Es el Nota, pero podrido.
Las llaves, los dos euros, el portazo. Se cruza con aquel compañero de la facultad bautizado en la pila de la felicidad. Corre por la playa con dos chicas, espera un niño, trabaja en lo que le gusta, está en forma, sigue siendo perfecto. Qué asco. Se detiene con sus vedetes. Pretende presentárselas. A él. Ellas se asustan. Las trata de usted y se disculpa por su aspecto: Perdonen señoritas, aunque no se lo crean estoy a dieta. Vengo de pesarme en una báscula que tiene la voz de Constantino Romero. Lo primero que me suelta la maquinita es Por favor, se les recuerda que se pesen de uno en uno. Así es la vida de una montaña humana.
Le gustaría despertarse una mañana y que un zorro lo mirase a cincuenta centímetros, estar rodeado de nieve y que se produjera una comunión entre la bestia y el hombre; tener una excusa para matar con un bastón de punta metálica las gallinas y conejos de medio pueblo ("Belígero", Jon Bilbao). Decirle a una mujer ¿Estás enferma?... y que ella contestase -No, casada... (Encadenados), ser Cary Grant y ella Ingrid Bergman...
Nada lo retiene, pero no puede liberarse e irse, como en el poema de Kavafis (Nada me retuvo. Me liberé y fui./ Hacia placeres que estaban/ tanto en la realidad como en mi ser,/ a través de la noche iluminada./ Y bebí un vino fuerte, como/ sólo los audaces beben el placer). Quizá por eso, se vuelve a casa estallándole en la frente, en la arcada, entre los muslos que se rozan y manosean, pulposos y áridos: No es lo que fuimos y lo que somos lo que nos abisma, piensa. Es la pereza con que nos abandonamos a la degradación... (El oficinista, Guillermo Saccomanno).