viernes, 18 de septiembre de 2009

Belleza (II)




Carlos Casariego, http://www.carloscasariego.com/

Belleza (III)



“La escena final de su derrumbamiento es bien conocida. El 5 de enero, en la Piazza Carlo Alberto de Turín, Nietzsche ve cómo un cochero castiga a su caballo —transido de piedad, se abraza al cuello del animal y se desploma llorando”

Miguel Morey


Oír el trote lento del caballo
Sobre tibias arenas, el mullido
Crujir del grano undoso bajo el casco.

Alborotar las crines en cascada
Sobre el pecho de sangre, el cuello enhiesto,
Émulo del tronar, blanco en su espuma,
la testuz imperiosa, la quijada.

Acariciar el belfo, hundir las manos
En el vaho poderoso del que llora
La desgracia del hombre y, con calientes
Lágrimas, su final.
Besar el cuello
Del dios domado en que cabalga el mundo.
Janto, Vicente Duque

jueves, 10 de septiembre de 2009

Moras




Íbamos los dos. Él me miraba desde mi cintura.
“¿A dónde te llego?”
Caminábamos hacia su nueva escuela. Con los ojos fijos en nuestros pasos me di cuenta de que uno de sus zapatos tenía los cordones desatados. Quise arrodillarme. “Déjalo, mami, así tú no olvidarás que debes volver para atármelos y yo sabré que tú volverás a atármelos.”

Sus pequeños dedos intervalos de carne en mi mano.

Aún olía a bebé. Su piel aún retenía los jugos de la mía.
Los niños miran con otros ojos: tienen miedo a la oscuridad, al hombre del saco, al mayor (en el patio, en el parque); pero no a la vida. No saben. Ellos no saben.
“Ya vemos el edificio”. Me apretó la mano. Por un momento yo fui la pequeña. “Tengo miedo a su oscuridad, al hombre del saco, al mayor (en el patio, en el parque)”. Me detuve. “Hay moras rojas y negras”. Me preguntó “¿Qué son las moras?”.
“Son bayas.”
Quiso saber si se podían comer. “Toda la semana preparándome para dejarlo en su primer día de escuela y ahora que llega el momento hablamos de moras.”
“Las rojas no se comen, sino las negras.”
“¿Por qué?”
“No lo sé.”
“Yo las pintaría al revés: de color fresa las comestibles y negras las pudres. No te parece…”
“Sí me parece.”
Cogimos dos moras. Una en su mano. Él la olió (cada vez nos entreteníamos más, como si de ese modo el camino llegara a otro fin, el tiempo esperase por nosotros; el mandilón, el lapicero afilado, las ceras, la libreta rayada, la colonia en el pelo, las barras de plastilina… expectantes); no tenía más de seis años y era niño de guardería. Cinco cursos madrugando, en clases de colores, sonando Rosa León, hospedando en sus bronquios el virus de temporada, en sus intestinos toda bacteria golosa, sabiendo que el más fuerte es el que pega.

Deshizo sobre la palma, frente a la picuda maleza, cada fracción del fruto oscuro. Se llevó un gránulo a la boca. “Sabe a monte.”

Lo cogí en el cuello, besé uno tras otro sus senos, lamí sus montículos, palpé sus rugosidades, me colé por sus imperfecciones; mamíferos criando cachorros.
“¿Tú cogiste moras en tu primer día de colegio?”
También yo debí de ir a por moras, pero no lo recuerdo.
Ya no me apretaba la mano.
Fue él quien dio el primer paso, tiró de mí, cerrando en su puño, cuando el objeto había sido etiquetado como familiar, los restos de su mora. Yo lo imité, como si iniciáramos un rito.
"Vamos, mami."
Purgamos nuestros miedos.
Asistí, así, al momento privilegiado de la formación de un tejido infantil, el que configurará la memoria de un adulto que evocará una mañana, sin ruidos, camino a su primer día de colegio, de la mano de su madre ya siempre teñida de moras.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Desamor


En el estruendo de esta larga, silenciosa y horrenda
despedida
en la desolación de este adiós tan absurdo, tan
lentamente criminal
alégrate, alégrate, mujer, alégrate porque los dioses
los impasibles dioses de la calamidad nos conceden el
privilegio
de que nuestras heridas no obtengan nunca cicatriz
ni alivio

Tendremos, como todos los humanos, una separación
Pero a partir de ese momento nuestras horas serán ya
irreparables
como las de los dioses. Alégrate, mujer; alégrate
porque no quedará un solo lugar sobre la tierra
donde podamos encontrar el olvido, la paz, el apetito,
el sueño

Alégrate mientras se pudre mi nombre en tu boca
y piensa que ese sabor podrido será el partero de tus
hijos
y será la penumbra que confunda las caras de tus otros
amantes
y será finalmente el embozo protervo que acudirá a
arropar tu último frío:
¿pudiste alguna vez soñar una fidelidad mayor que esta
desgracia?

En cuanto a mí, tu nombre ya es azufre en mis encías
y no quiero otro dulce que esa yel ni otro sabor que ese
castigo
mientras pasen los años tumefactos, serviles, miserables
que habré de taladrar a voces y con cólera
hasta el instante misericordioso de la aniquilación

Alégrate de este dolor porque no va a cesar
Alégrate por esta ausencia infame que será nuestro nudo
Alégrate por esta ciénaga que es la distancia, donde
chapotearemos sin poder escapar
Y cuando llegue el odio, alégrate del odio, alégrate,
mujer
porque el odio será el más espléndido escalón de esta
escalera que subimos juntos

Alégrate, mujer. Canta conmigo a estos dioses siniestros
que nos conceden este sino de rabia y de fidelidad y de
alegría.

Alegría, Félix Grande

sábado, 5 de septiembre de 2009

La sinceridad obliga, pero hace feliz (R. Walser)




M. me dice ("Dos, un té con leche y otro con limón y sacarina") que en este final de verano sólo sabemos de muertes y separaciones. Yo la retengo, sus manos delicadas, lo perfilado de sus labios, (tiene boca de niña, acaso por eso conserva las pesadillas y la recompensa dulce), la voz sosegada, sus eses como arrullos. Ella sigue hablando. De fondo, el ruido de la cafetera, la gente que saluda al camarero, el tiempo, siempre el tiempo en esta ciudad enferma de oscuridad. Me ensimismo, la contemplo y evoco, rastreo recuerdos. Parezco estar, pero no es cierto.
"Lo has hecho" -me gustaría decírselo mientras atiendo al presente-. "Me has obligado a abrir el candado, escribir tu nombre junto al mío y dejarlos ahí, bajo el tiempo".
La echaré de menos, no sabe cuánto: los cursos duran como un embarazo, también gestan. Siempre me quedarán sus poemas y ese librín de cuentos, con su árbol, su abuelo, la memoria infantil. Y el miedo. Algún día, cuando no esté tan tierna la cerradura, escribiré sobre la calidad de esos relatos. La fuerza de su texto.


Entonces vuelvo. Llega F., arañado de humo, con su sabiduría y sus manos de roble. Pide café, nos hace reír. Me acompañan su mirada viva, su ágil conversación, sus modos inquietos. Me mira desde dentro y lee, como un crítico el cuerpo del texto.
Apenas nos tropezamos, me dio la mano, frente al charco; desde entonces ya no temo mojarme, dicen que los catarros entran por los pies.
Su humor, su lucha, las ansias de futuro: ante él siento la tierra, su fuerza y sus vaivenes. La necesidad. Me cuesta darle voz; ha sido muy grande durante estos meses. Quién me describirá Italia, las curvas de Mónica, los viajes en carreteras secundarias; quién reflexionará sobre el tejido pequeño de los días, el vino de las siete, la cena con el otro, las camas domingueras llenas de libros, la estética de Proust; quién me narrará, de lunes, la vida, en sus meandros, los baños en el río, el internado, la vendimia, el golpe que no podemos esquivar. "Te voy a añorar, señor del Bierzo. Muchísimo"; pero tampoco se lo digo. Disfruto de ese final, de la distensión, del recorte de este tiempo: la lógica de las conversaciones es extraña. Como dije, parece que estoy.
Y V. , "Agua con gas, por favor". El embajador. Dandi y literario. Otro de mis poetas. La elegancia, el verbo exacto, la risa. Las tardes de cine, el discurso caótico con sesgos dionisíacos, el terrible acúfeno, el vampiro ortográfico. No se pueden explicar ciertas soledades salvo a quienes reconoces como tuyos. Me has infectado de melancolía; el Nepal, ya ves, tampoco es un sueño; has venido para contármelo. La calidez nos seguirá poniendo de buen humor: las pruebas orales, la dispersión de Vila-Matas, el taller, lo que aún está por escribir, No has estado en Hiroshima. ¿Arte o ciencia? Seguiremos de este lado: no hay nostalgias estériles; no para nosotros. "Sí, claro que los exámenes de septiembre son un dolor", trato de esconderme tras la luz de mi sonrisa.
De C., "Un cortado", su ternura, la gran literatura de terruño, el ingenio en el diccionario; Lara y sus sombreros. La toponimia, el léxico frutal, los mejores pescados. Machado. Rosalía. Kavafis. El orador entre pasillos, los ojos de tus adolescentes imberbes, neuronas que avivas y empujas más lejos. Has puesto banda sonora a este curso, como si bailásemos una vez más; resérvame los bohemios: mi carné siempre tendrá tu hueco libre.


Han sido mis compañeros, hay muchos otros y muy buenos, sin embargo, estos son mis camaradas de café, de esa rutina acertada, no buscada, nacida por azar con mimbres de solvencia; se han acercado a poquitos levantando pactos.
Hoy, mochila al hombro, los miro con respeto y admiración: sí saben el valor de la instrucción pública. Sí creen que allí hacemos cosas importantes; son alfareros.

Miro desde un puente. Ellos en un lado del río, yo en el otro. Mis zapatos son viajeros, aunque hoy se tiñen de escarcha. Los rostros de mis alumnos se irán difuminando, son una pieza más de cada año que para nosotros tiene caducidad en cursos. Pero estas caras se me han metido dentro. Como esta punción de nostalgia.

Ya me voy. He anudado sus tiempos a los míos, sus nombres entre los hierros. He cerrado y tirado las llaves.

Mientras me alejo, unos versos de J. Doce:

...El aire está lleno de comienzos
y mil veces en mil calles distintas
alguien se tropezaba con una piedra
y esa piedra le abría los ojos...

Habrá septiembres para volver.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Usurpación


Si no fuera por su casa, por sus muebles, por él mismo... diría que aquella no era su mujer sino una impostora.


-Está en coma. Él está en coma y ella le trae a la memoria lo último, el recuerdo final, lo que ocurrió justo antes, días antes de la desgracia (por eso inserté la redacción periodística del suceso, el accidente de tráfico donde se produce un choque frontal y un hombre queda gravemente herido). Él está ido, allí, en la cama de un hospital y ella, simplemente en shock (de ahí la narración confusa, el divagar febril, la logorrea atmosférica...). Lo único que siente que puede hacer el personaje ante la situación de su marido es recrear con palabras su mundo, darle motivos para volver de ese estado. Ya sabes la hipercatesia.


-No entendí nada. Creí que escribías sobre la memoria. El tiempo y esas cosas.


-No -quiso llamarlo Ciruelo o Ly-Che, pero lo amaba demasiado para arriesgarse a la ofensa-. La forma imita el contenido, onomatopeya, ¿comprendes? Pretendía la colaboración extrema del lector, el collage lo ponía yo junto con la cohesión; la coherencia tras la intencionada incoherencia descansaría sobre la capacidad reconstructiva del que interpreta. Acaso fui oscura. Exigí demasiada colaboración comunicativa.
O no.


-Tú y tus metáforas. Qué complicadas sois las mujeres -le parecía que su esposa ya no sonreía sino que aquel gesto de los párpados semicerrados y los pómulos levantados se había congelado en su rostro, como un rasgo étnico, tal vez oriental-.

-Serán los códigos. Déjalo.


-Me inclino más por vuestros itinerarios inferenciales. No es empatía, lo que exigís se acerca, al menos en tu caso, pequeña, a la videncia. "¡Para con los pies que me desconcentro! Una cosa de cada vez, como los problemas que troceados se tragan mejor".
Si uno fuera más listo -se decía- vería en esos pies la delicadeza de una bella mujer china. Le gustaban más estos, momificados entre las vendas, que los de ayer, que los de todos los días, tan grandes, tan callosos, tan dejados.
Hablaban mientras Betty Draper vomitaba en el coche nuevo de Don Draper. Mientras lo doméstico lo invadía todo.

-Está embarazada. Fijo.
-No, cielo, vomita por la angustia. La verdad suele ser indigesta.
-Tengo que leer más: para entender Mad Men. Y a ti, mi amor.
A veces se extrañaba de las conductas de su esposa. Cierto. Pero aquella noche, el problema de aquella noche era otro. No conocía quién era esa mujer que comía a su lado, escueta y violenta como un estornudo. De dónde había venido, qué había hecho con la suya, la del día anterior, la de las horas y los minutos.


Estaban cenando. Con las bandejas en el salón, sopa, arroz y verduras. Las botellas sobre la alfombra. Él en calzoncillos y calcetines. Ella en seda amarilla, una especie de pien-fu con fajín. Sus manos, arriba y abajo, precoces, con todo su lenguaje; como una prótesis de sus dedos aquellos palillos.


-Está buena la sopa -trataba de cambiar de tema-; sabor extraño pero exquisito.


-Sopa de Wan-Tan.


Comida nueva. Pero estaba cansado para preguntar. Demasiados cambios en una sola noche.


Afortunadamente, suena el teléfono.

-¿Diga?

-¿...?

Escucha y gesticula.

-Hola...Viendo a Don... Segunda temporada.

-¿...?

-¡Tú también!... No... Claro que no hablaba del desamor. Trataba de conjugar el accidente, con el viaje, un discurso inconexo, críptico... No, no sufro... NO, no tengo nada que contar... Tampoco.

Aparta el auricular cogiéndolo entre las manos como si tratase de proteger del frío a un colibrí contagioso y se dirige entre susurros a su marido ("...es Celia, que ha entrado en el blog y pregunta, de nuevo, si estamos en crisis").

Sonríe, hacía calor fuera. Posa la bandeja, el teléfono en una mano, con la otra recoge los bajos de tanta tela.

"Qué pequeña se ve."

Ella sube al sofá y abre la ventana a la par que niega repetidas veces entre justificaciones redundantes a su amiga, la que no calla al otro lado del cable.
Puede con todo. Dulce, aristocrática, felina.
Él no se mueve. Sólo la mira.


-Zaijian.


Y cuelga más amarilla que nunca. Él piensa que a ella le sienta bien ese nuevo peinado: un pelo extremadamente liso, oscuro, como piel de foca que no deja de crecer.

Ella le hace una reverencia, junta las manos, pálida, y asiente con la cabeza como si estuviera afectada de una inquietante sumisión. In the mood for love.

Se rasca la oreja. No entiende nada. Cada vez menos. Continúa con la cena.

Como ya había dicho, seguramente tenía que leer más. Quizá así la entendería. La complacería.

Como Chow Mo-Wan. El otro sí comprendía.

Él también sentía la arcada, como Betty. Él también.



martes, 18 de agosto de 2009

Pide que tu camino sea largo




"¿En qué pensabas cuando pensabas en volver? No sé, en nada, ¿a qué te refieres? En algo pensarías cuando sentías que tenías ganas de volver, algo echarías en falta, ¿cómo sabías que te querías marchar? Porque no quería seguir estando allí."

Nadie morirá hoy. Notas. Chus Fernández



Vendrá para quedarse. Como aquellas tortugas. En el Ágora, al atardecer, siempre a las ocho menos cuarto. En Atenas el crepúsculo es puntual. Rutinario. Como unas pocas costumbres. Y, sin embargo, bellísimo.


¿Cuánto tiempo llevan en aquel jardín, tan lejos de su hábitat, inquietantes? Son animales prehistóricos, padecen cierta voluptuosidad: la que nace de la no subyugación.
Han estado.
Siguen.
Permanecerán.
¿Y si son los viejos sabios que transmutados vigilan desde la calma? Sólo sostenidos por el espacio, sin la magnitud del tiempo. Nadie las atrapa en mercurio. Se sienten a salvo. Dirección, Templo de Hefesto, sin número. Cuidamos las piedras. En desorden.


Imagino: le habrá dado por representarse en zombis, recordar películas de espectros (El fantasma y la señora Muir; El espíritu burlón...), soñar con Davos Dorf de la mano de Mann. Después de la luz un extraño túnel. Se sabe perverso. Menea las manos, se las pringa de sombra y gestos inefables; y se ha subido muy alto, allí, en las cumbres, donde los alambres.
Es lo que tiene el otro lado.


Yo le cojo la mano. Lo observo. Allá arriba, ya siempre lejos.


Huele a especias, parece souvlaki. Su fragancia ha cambiado. Dejó el día lleno de principios; entre ellos, un libro a medias en la habitación, la regla y el lápiz sobre la mesita del lado izquierdo de nuestra cama. Demasiados subrayados: Kureishi siempre lo turbó.

Pide en esa voz soberana feta y aceitunas de nombres imposibles, licores egeos, viejos hirsutos de melenas pobladas. Recrea aldeas blancas, mordientes acantilados, el mito de la Atlántida.

Es más sabio.

Yo le leo en griego, no sólo a Kavafis. En el nuevo museo de la Acrópolis hay una gran sala vacía. Espera. Como una debilidad del ánimo.


-¿Recuerdas nuestros pies cansados?

Erecteion. Las cariátides como fruto de la soberbia humana: el hombre ha logrado hurtarle a los dioses la pócima de la belleza.
Lo dijiste.
Asentí.
Desde el Partenón parecíamos druidas y tú reías, poquito, como si temieses ser escuchado; siempre has envidiado mi risa, esa eclosión infantil que libera mi yo más aniñado.

Escuchamos a los músicos mendicantes en Athinas, nos tropezamos con un escaparate invadido por un Sebald helénico en Normanoy, vimos la Acrópolis iluminada desde aquella taberna en lo más alto de Plaka, callados, Anafiótika arañada de gatos.


Casi todo arde; el fuego amenazó con rozarle la cintura. Claro. Tú no sabes. El funambulista interpreta únicamente las posibilidades de su salto.


-Pones ojos de espejo. Me asustan.
Hoy sólo me he vestido con tu colgante cicládico. Para venir aquí me basta el pijama y nuestras costumbres. La fe como voluntad. Continúo rebelándome contra el azar, mi hermoso malabarista. "Flácido y despeinado" (te susurro mientras enredo mis dedos en tu nuca).


"UN HOMBRE RESULTA GRAVEMENTE HERIDO EN UNA COLISIÓN FRONTAL DE DOS TURISMOS
En el otro vehículo circulaba una chica y dos niños pequeños, que resultaron ilesos pese a la aparatosidad del siniestro
Un hombre resultó herido de consideración en un accidente de tráfico que tuvo lugar en la avenida Rosario a primera hora de la tarde de ayer. El coche que conducía la víctima colisionó frontalmente contra otro que circulaba en dirección a Los Cantos. Según las primeras hipótesis, el conductor pudo sufrir un desvanecimiento que le habría hecho perder el control del vehículo e invadir el carril contrario."


Siempre hemos curado nuestras heridas en otros paisajes, lejos, viajando. Te ibas dejando los años, las amenazas, esa vanidosa desazón, aquellos silencios tan incómodos. En el kilómetro de ida te veías más joven, más bello, más tú; siempre te ha sentado bien la distancia.
Como ocurre a veces, mirarte a ti mismo desenfocado.
"La suerte es el cuidado de los detalles".
Por eso.
Aquí sigo.
Yo te cuento, acaso las dulces palabras con las que tejo te proporcionen la voluntad para volver. Como Penélope, trastornada, invocando el regreso de Ulises.