viernes, 25 de noviembre de 2011

Lucia di Lammermoor (I)

Para Lucía que me acoge y me cuenta historias

"Se miraron de ventanilla a ventanilla en dos trenes que iban en dirección contraria; pero la fuerza del amor es tanta que de pronto los dos trenes comenzaron a correr en el mismo sentido"

Ramón Gómez de la Serna

A Tomas desde pequeño le gustaban los fantasmas.

A Lou las películas de amor.

Ella vivía en un pequeño apartamento con cactus porque era un tipo de planta que no necesitaba agua; con marcos de fotos comprados en las tiendas chinas porque los modelos que servían de reclamo al quicio, recortes de revista, siempre tenían ese glamur francés de posibles protagonistas masculinos de una de sus películas preferidas, Le feu follet; con muebles para restaurar porque así no tenía que decidir dónde situarlos.

Todo abierto igual que las preguntas de los alumnos en el aula.

Lou solo se permitía un trío de derroche: compraba perfumes franceses, lencería de puntillas, encajes, déshabillés y una especialidad difícil de encontrar de galletas del land de Leipzig, Stollen, cuyo ingrediente principal era una mantequilla de gran calidad que se obtenía a partir de una raza de vacas oriunda de un cuadrante geográfico alemán desconocido para todo aquel que no hubiera nacido allí.

Lou imaginaba que en otra vida había sido una prostituta de talle prerrafaelita, en un local de lujo: mujeres retratadas por Bertrand Bonello en L´Apollonide. "Qué injusta es la belleza" -Lou se protegía.

Tomas desayunaba té con pan negro. Acababa sus abluciones matutinas con una ducha bien fría. En la danza del amor le gustaba dominar las técnicas linguales: los golpecitos apicales eran su especialidad, así que después de una buena friega con pasta dentífrica de farmacia, aquella que estuviera de oferta, hacía gimnasia con la boca, uno dos, uno dos, mirándose al espejo del baño: los días de autoestima elevada recordaba que alguno de sus amores le había dicho que se parecía al actor francés Maurice Ronet.

Amaba su trabajo. Inglés, alemán, francés. La traducción le permitía ser quien realmente era. Le regalaba la comodidad de no ser responsable de la creación. Otros eran los que escribían; él los leía en otra lengua.

Tenía un deseo perdido. Le hubiera gustado traducir a Beckett.

Un día, sin embargo, dejará de leer a Samuel Beckett, “Los renglones que se hinchan”. Le regalará el silencio.

Tomas también se cansó del anhelo, de pelearse con la esperanza haciendo suya, como mantra, la tesis del escritor, “porque el destino del hombre es el fracaso y la pérdida”. Tomas, pese a todo, no “soñaba con mujeres que ni fu ni fa”; le gustaban demasiado. O demasiado poco.

Lou se lamía las manos cuando bañadas en leche imaginaba la espuma musgosa que el cuerpo de Tomas en aquella extraña intermitencia le regalaba. Lamía los huecos entre los dedos, introducía la lengua en la carne blanca adherida a la uña imaginando que allí, junto a la eclosión de células vivas, algo de la semilla de Tomas pervivía desde aquel entonces.

Lamía las sábanas, el embozo de la cama, cada esquina del lecho donde aquellas mañanas robadas al horario laboral y a las citas ella fue raja, hendidura, grieta, fango. Lamía. Como lamía aquella cicatriz que él guardaba de la extinta RDA a dos besos de su ingle derecha. Allí, Tomas había aprendido el alemán que le daba de comer, había mirado a los ojos a un Muro, le habían extirpado el apéndice.

Lou lamía.

En sus eructos, tras la chupada láctea (su aparato digestivo nunca había tolerado la lactosa), respiraba el aliento que suponía embriagaba a Tomas: aquel fondo de ibisco o escaramujo.

Por la ventana del apartamento se veía a dos perros con sus dueños jugando sobre la arena: cogidos por la correa saltaban, se montaban, mordían pelo y hueso, envidiaba esa suerte de frescura que imponía la pura animalidad.

Cogió una taza de caballos azules que Tomas le había traído de uno de sus viajes, aquellos que él caracterizaba como huidas independientes y culturales en los que así quedaba clara la exclusión de Lou, educada, eso sí, mediante el eufemismo.

-No seas excesiva, trágica mía, crecer, desarrollarse, recrear el yo.

Se la había comprado en la tienda del museo Thyssen en el contexto de una muestra de pintura expresionista.

Franz Marc, Blaues Pferd, rezaba el objeto. "Blaue Reiter", le decía ella en el alto del envite. "Blaue Reiter, mon chere; Giovanna Tornabuoni, amore". Le gustaba esa cadencia con la que coloreaba su alias, "Giovanna", le susurraba entre gemidos, "hermosa como Giovanna, tu encarnadura blanda, tus cargados pechos de luna, la acidez de tu vientre; esa nuca que invita a deslizarse entre todas tus formas". Tomas estaba diseñado para el cine porno. Tomas estaba diseñado para el erotismo. Tomas dominaba el arte de la palabra solo en la cama. Fuera, no le gustaba hablar.

Lou abría sus muslos a la grosera metáfora.

Tomas poblando a Lou en un venero que no cesa.

Lou entregada a Tomas. Sin futuro, en un presente atemporal. Tomas y su insolencia. Tomas y su independencia. Tomas gatuno, solitario, misántropo. Nunca tendría hijos. Nunca dejaría imágenes, propiedades, construcciones burguesas.

Austero estalinista hasta en los más pequeños detalles. "Un hombre raro" -María así lo describió. "Muy raro y extraño".

Tomas amaba los fantasmas. Como si jugara con la muerte una eterna partida de ajedrez: El séptimo sello era su película favorita.

Por ejemplo, Tomas odiaba los teléfonos así que discurría pequeñas y graciosas peroratas para sus contestadores automáticos, fijos o móviles: “Hola, no estoy visible”; “Hola, me pillas contemplando a una bella dama”; “Hola, no puedo atenderte, estaré leyendo novela rusa”; siempre respetando las buenas formas, por descontado, un como si no: “Ni te cojo ni te cogeré el teléfono, no obstante dejarás tu mensaje en mi buzón con una sonrisa”.

Su apostura, su elegancia, l´homme charmant. (Tomas y sus trajes, Tomas y su perfume, Tomas y la suavidad de su piel lampiña.)

Y lo conseguía: nunca nadie se enfadó con el amor de Lou por su manía de no contestar. Jamás. Así era. "Un hombre extraño".

Lou borrando, cada día encajado en cada noche, la sombra indeleble de Tomas. Lou bajo los cielos lluviosos.

Rainer llegó a esta ciudad atraído por un festival de cine, por el castellano que se hablaba en el Norte, por un lugar donde dicen que el Atlántico cabe.

Rainer se quedó en esta ciudad porque un día, en la parada del autobús, vio a una mujer de una tristeza indefinida, encogida bajo su sombrero, sosteniendo un cuaderno ancho de pintura y mirándose los ojos en sus zapatos de charol.

Verdes, los ojos sobre el glacial rojo de sus zapatos eran verdes.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Carta "a" una profesora

André Derain, Sin título (Cabeza de mujer)

Intenten permanecer despiertos.

David Foster Wallace, “Arriba, Simba”.

Hoy quiero dedicar mi post a A.

Podría llamarse Mercedes, María, Manuel, Carmen, Fernando, Patricia, Miguel, Ana, Luis, Marta, Juan, Rafa, Rosana… todos aquellos compañeros que llenan de contenido la labor que realizan en el aula. La mayoría está triste, apagada, inundada por una ira, a veces angustia, que les corre por dentro como un coágulo amenazador; o sencillamente abandonada. Porque el mundo, como recoge espléndidamente este domingo El País Semanal en la entrevista de Juan Gabriel Vásquez (“La libertad según Jonathan Franzen”) a Jonathan Franzen, “puede verse reflejado en una conciencia individual”.

¿Por qué no pensar en la película de Tavernier, Hoy empieza todo, que radiografiaba, con lucidez, la motivación, el entusiasmo, la creencia de que uno cumple con una responsabilidad social cada vez que toma en su mano la formación estacional de cincuenta o sesenta chicos y chicas? Pues la enseñanza la hace uno con esa piedra que junta con otra piedra que va formando una estructura que se convierte, primero en escultura, para luego ser la arquitectura de un todo y entonces, cederla a los que siguen con el encargo de que coloquen la siguiente piedra.

“Aulas oscuras, todo es cuesta arriba o cuesta bajo, la niebla se ha apoderado de la villa y no se ve nada en todo el día. En fin, a eso se le suma una situación dramática de una mis alumnas. Demasiada dosis de realidad para la primera semana de curso. Ha sido bastante amarga, la verdad”, confiesa A.

A. es una de las mejores profesoras que he conocido. Llega puntual a sus clases con horas de búsqueda de tareas, vídeos, juegos motivadores, materiales lujosos, entretenidos, afines a las edades de los receptores, volando sobre una sonrisa, con su bata blanca de profesora de matemáticas, dejando aroma de perfumes caros pero frescos, con la alegría abonada a sus horquillas divertidas y sus zapatos de colores. Siempre atenta, dispuesta, preparada para su alumnado. Paciente con las gansadas adolescentes, con las dificultades que la materia que le apasiona conlleva para el alumnado, con la intemperie de un sistema que cada día se deja una tuerca más en el camino. La maquinaria, esta, la sostiene el individuo; pero debe apoyarse en la sociedad. Y esta es cosa de todos.

La lengua de las mariposas, El club de los poetas muertos, Los niños del coro, La sonrisa de Mona Lisa, El indomable Will Hunting… La mencionada anteriormente Hoy empieza todo. El lenguaje fílmico ha sabido codificar ese abstracto profesor que un día nos enseñó que hay que buscar nuestra Ítaca y desear que el camino sea largo.

Trato de reflexionar sobre las pequeñas cosas, es una manía que un día me inculcó un excelente profesor de filosofía que casi me cuadruplicaba la edad y del que hoy entiendo que estuve enamorada. Se llamaba Benedicto (riqueza del étimo, mi bendito) y, como aquél, también era feo, católico y sentimental. Aprovechaba mi terquedad para sembrar en mí preguntas imposibles destinadas a avivar mi recursiva curiosidad. Supe, con los años, que esa falsa crueldad lograba una gimnasia pedagógica que es una de mis mejores herramientas. Su influencia tiene mucho que ver con alguna de mis más sanas adicciones.

Ayer, se llamaba Benedicto. Hoy, A.

No la conocen pero es dulce, cálida, comprensiva y eficaz. No solo es la profesora de matemáticas que yo hubiera querido para mí y quisiera para mis hijos, es la administrativa eficiente, la resuelta psicóloga juvenil, la tutora sanadora y mediadora; la chica que se forma para enseñar la competencia de aprender a aprender. Yo la admiro. Sus alumnos también. Con su alegría siempre puesta.

Y me la están quemando.

Hagámoslo todos. Cuidemos a esas personas para que no se marchiten. Atrevámonos a poner palabras, “Extraña manera de estar viva/ esta necesidad de traducirse/ en palabras” que versificó mi admirada poetisa Miriam Reyes. Digamos que necesitamos a esa gente para los hijos de nuestros hijos. Esa riqueza de un yo generoso que transporta una antorcha. No mintamos. Sepamos que un interino en un sistema que no le permite, a pesar de la ilusión, el esfuerzo, la preparación, consolidar su plaza, celebra su vocación: muchas veces en el exilio, cobrando durante una tercera parte del contrato 1400 euros al mes, si consigue una plaza entera; rozando los 1000 si tiene una media jornada. De ahí, muchas veces, pagará su estancia fuera, el transporte, la manutención (también horas de formación, libros, nuevos disfraces para engatusar a sus chicos y chicas). Divulguemos. Contemos cuán importante es esa pieza de la mecánica en las conciencias individuales que se están gestando. Indignémonos. Sí. Utilicemos esa palabra tan incendiaria de un tiempo a esta parte. Pero no arrojemos silencio.

Todos responsables.

Como cada uno de los dedos que dibujan, enfebrecidos, la fuerza de un puño. Inoculemos a la sociedad, de nuevo, el valor del enseñante, de este enseñante, hoy llamémoslo A., que con exactitud caligrafía ciertas directrices o inclinaciones de las buenas, en las mentes de niños y niñas. Contemos a nuestros hijos que esa que se esfuerza en metodologías y pizarras digitales o tizas, horas de cálculo o el dónde del número áureo, exige su respeto y merece su impulso por ilustrarse. No permitamos que manchen esta profesión, pues allí nos reconocemos nosotros, los que un día también fuimos antes de lo que ahora somos.

Lo que hoy tiene lugar está perversamente oscurecido, es fácil quedarnos con lo que nos dicen, no hacernos molestas preguntas que nos llevarían a la agitación y al resquemor social, no recoger lo que un día el profesor inquieto nos tatuó por alguna parte.

Pido desasosiego. Como el que hoy me brinca aquí dentro con las palabras que me dicen que mi amiga y compañera, que la maestra y profesora, que la profesional a quien no dudaría en contratar de por vida para un sistema educativo resuelto y valiente, está triste.

A menudo, cuando mis hijos no tienen un buen día, les recuerdo una frase de Spiderman: “Un gran poder exige una gran responsabilidad”. Hay gente que tiene el don, la desmesura de la docencia. No contribuyamos a enfermar la hybris. Cuando se tambalean los dos pilares, Educación y Sanidad, la sociedad ya no está en amenaza. Simplemente empieza a no estar.

Y como el salmo repito para que tú no lo olvides: bienaventurada la mujer generosa que cree en lo que hace. Bienaventurada la que sostiene la llama.

Bienaventurada tú.


viernes, 16 de septiembre de 2011

Las bicicletas o las musas modernas


¿Cuál es el problema para que las bicicletas no puedan circular por el Muro de la playa San Lorenzo de Gijón?

Existe una ordenanza municipal que prohíbe, a riesgo de sanción, que se circule de este modo por la ciudad. Porque descongestiona el tráfico, no arroja a nuestro planeta más dosis de CO2, ni produce residudos, evita la contaminación acústica, previene la obesidad, las enfermedades cardiovasculares, rebaja los niveles de ansiedad, no agrede el paisaje, es un medio económico, alegra las ciudades, provoca un subidón de endorfinas y una sensación de libertad al que va montado en ellas, pone hermosas las nalgas y modela las piernas…

No. La bicicleta en la ciudad tiene tufillo de modernidad, de planteamientos urbanísticos abiertos, de ecos europeos. Y no es vehículo para la carretera, como los mecheros y las cerillas no se activan en las gasolineras.

Si usa la bicicleta por las aceras será sancionado: palabra de gobierno municipal. Excusa: problemas de cohabitación. Nadie dijo que la convivencia entre peatones y ciclistas fuera fácil, la práctica de esa palabra nunca lo es. Exige sentido común, respeto, generosidad y pedagogía.

Y ahí llegamos. A la educación que cotiza a la baja. Un país avanza si sus habitantes lo hacen: les abre mundos nuevos, les adiestra la mente, les fomenta la curiosidad. El embrutecimiento te permite darle un tortazo a tu compañera porque es solo tuya, escupir en los autobuses, emplastecer la calle de heces al grito de “Aguas mayores van”.

El caldo de cultivo está en hervor, el laboratorio del recorte en las manos de los azuzados por los que han dejado de ingresar tanto y se cobran el peaje de haber financiado los sillones impregnados del poder, la perversión del idioma fijándose cual costra en los voceros, esa que permite entender que los profesores privilegiados no quieren trabajar más, cuando lo que ocurre es un laminado constante de un sistema de educación pública (al hacinar a los alumnos en las aulas, no contratar docentes, no invertir en programas de lecto-escritura, cargarse materias nutricias como la filosofía o las lenguas clásicas con su cultura y un largo etcétera; eso sí: todo lo que queda a poder ser en inglés que cotiza mucho, queda snob y nos acerca a Europa, ¿a qué Europa? No a la Europa de voluntad política ecológica, audacias urbanísticas persiguiendo una ciudad a dos ruedas o resultados exitosos en habilidades lingüísticas y matemáticas; quita, quita, que igual huele a rojo). No hace falta que nos eduquen para la ciudadanía, sino que nos eduquen por acumulación: una persona formada, curiosa, enriquecida por el saber, ya es consciente de que no debe atropellar en bicicleta a las niñas, ancianos, maratonianas y demás bestiario ciudadano, que no debe invadir espacios, ni intimidar funestamente al viandante; igual que está mal violentar de palabra u acción al niño, la cónyuge o a la vecina porque pega portazos a las cuatro y media de la madrugada. Claro que hace falta pedagogía para la convivencia en general pues de eso se trata: la ciudad es de todos, no obstante el arte de enseñar cuesta dinero y no da beneficios en bolsa. Hay que recortar (la crisis, su crisis, esta estéril crisis) e ingresar en el arca pública: impuestos y multas.

Pagaré mis impuestos mientras me sigo acercando a las listas del paro: es que soy profesora. Y pagaré las multas con que me irán asfixiando por negarme a coger el coche, por mi pequeña pasión de llegar en bicicleta al instituto de buen humor, practicando mi vocación y con energía para dar y repartir en el aula hacinada. Y como siempre iré despacio cuando el Muro esté concurrido, respetaré a los que caminan, me bajaré del vehículo cuando la estrechez dé prioridad al peatón: justo como vengo haciendo a lo largo de veinte años utilizando este medio de transporte por una ciudad que también es mía. Pese a que un nuevo (¿o ya de tan viejo es rancio?) modelo de gestión empieza a masticarla con sus fauces.

Ah y que sepan que se congela la oferta pública salvo treinta plazas de policía municipal para el ayuntamiento de Gijón. Digo yo que pagadadas con el excedente que generarán las penalizaciones a los ciclistas. ¡Por Tutatis!

miércoles, 10 de agosto de 2011

El viejo aljibe



El ansia me lleva
El placer me decepciona
El deseo me recobra.

Édouard Levé, Suicidio.

De noche veían las estrellas desde el aljibe convertido en piscina.

Tú no preguntaste. Desmenuzaste allá abajo los detalles.

Lola despelleja el hugo chumbo sobre la mesa, bajo la luz temblorosa, farolas enmohecidas entre mosquitos, mantis, moscas como restos de la mañana: “Eres más falso que un almanaque”. Y ríes, “Vaya tela”. Las chicharras enfebrecidas cubren lo oscuro con un cantar de baraja, crujiente, de tierra vieja. Figuras de piel suben a la superficie como hilos de carne fresca, cuerpos vacíos de volumen, estrías entre el agua. Madre y niño como una mancha de aceite.

“Esa parece mirarnos. ¿Mami, tienen ojos las estrellas?”

La hija adolescente de la dueña, ensimismada, tararea voces antiguas, ecos ya esfumados, el viejo son de la supervivencia.

“En dos ocasiones casi me ahogo. Nunca más”, apunta la mujer con el cuchillo en la mano, un mechón de pelo, encendido como la lumbre, queriendo trepar orificio nasal arriba, metérsele por entre los adentros, como hombre en creciente. “Cuatro años de teta, mi sangre alimento, caliente y blanco, y mírala, perdiéndose por un imbécil. Igualita que su madre”.

La nena baila lejos en un oscurecer de algarrobos y olivos, en el mapa de esa piel nueva, aceituna y almendra agria, cadencias emergentes, su cuerpo abierto como un desagüe: todo aún por digerir.

La mujer patialegre sale del agua, en lento, se despereza desde esa coquetería tan suya: el modo en que dobla la rodilla, caen los ojos, sube el tirante mientras con el meñique derecho ciñe el bañador al ancho de la nalga izquierda; se sigue moviendo, tú fumas y la observas, lo vienes haciendo desde que han llegado a la casa, acechante, con la encina por tejado y los ojos trigueños.

Ella no sabe; ya no se acuerda de la última vez.

“Mami, no salgas, aún nos falta la luna”. Descalza camina por el canto de mármol, como si los pies silabeasen y esa luz, de cementerio, cincela sus bordes; tú masticas las aristas de sus rodillas, los filos de sus codos, los costados de donde arranca el temblor de sus senos. Te detienes en la rebaba de su vientre siguiendo los entrantes que la tela mojada hilvana. Remontas surcos arriba donde cabecea tratando de soltar la humedad que empapa su pelo. Es así como la miras, en silencio, entre conspiraciones, sorbos y humo. Se agacha flexionándose, conjurando su barbilla para que el niño siga la línea de sus ojos. Coge la toalla. De sus pies nacen dos charcos. Y tú simulas que es su voluptuosidad derritiéndose. Notas la lascivia como aguja entre los muslos. “Quisiera beberte”. En el deleite de mirarla la vas embalsamando. Coges el vaso y lo aprietas. “Lola, tráete más manzanilla”. La mujer posa fruta y cubierto. “Niña, estás tonta, mírala, Antonio, con esta calor y ahí metida. Ven que te refresque el agua”. Cascabeles y guadaña, te llevas el muñón a la boca, allí donde las comisuras, en el aleteo del salivazo retenido. Hueles la hembra que la habita.

Se envuelve en tela, avanza hacia la mesa y coge algo. Lo lleva a su frente a la vez que se ladea. El peine reglando líneas que surcan del nacimiento a la nuca su pelo. La boca se te seca, paladar contra lengua, emites un traquido gomoso. Guarda sus cosas en un cesto. Calza esparto. Ceñida con el paño se acerca a la escalera. “Sal, cariño mío. Mañana nombraremos más estrellas”. Y el niño, manso, envuelto en la calidez de la voz materna, a espasmos, como aspavientos de rabos de lagartija, se acerca al linde de la piscina, donde ella.

Esbelta como un Greco se lanza al agua la chica. En la juventud más obscena. Y hay jarana de insectos, aroma a tomillo, aquelarre de aves nocturnas. Ella lo espera para abrazarlo entre la toalla. Y tú envidias esa semilla de su cuerpo, ser arcilla para tus manos, cuenco del zumo que le nace entre las piernas.

Mientras lo seca, el niño cubre de besos su ombligo, pozo fértil. Ella desprende risa fresca que la hace parecer también niña. Y se van, a lo suyo, sin complacerte, dejándote fuera.

"Lola, esa manzanilla. Me muero de sed (y de ausencia)".

domingo, 31 de julio de 2011

Semana Negra

Para un artista, para un hombre que aspira a hacer algo en este mundo, la conciencia de este hecho es esencial. Si no se tiene, las desviaciones son inevitables porque la literatura, en el peor sentido de la palabra, convierte el mundo real en el mundo de cartón. Por eso, desde un cierto punto de vista, el haber pasado muchas veces sin el vino blanco con el pescado y sin el vino tinto con la carne me ha hecho un servicio positivo. Me ha ayudado a sentir la realidad. Y este es el hecho eterno por el que el hombre nunca cambia: la realidad.

Josep Pla, Vida de Manolo.

Yo también leí el sábado 23 el artículo de Paul Krugman titulado La depresión menor. Así que ayer, mientras leía en Babelia “Sillón de orejas” me pillé asintiendo a las reflexiones con las que se abre el artículo de MRR: cierto es: nos ha fecundado, una vez más, la semilla apocalíptica.

Y paso de lo internacional a lo nacional para aterrizar en lo local. Me refiero a la Semana Negra y a una grisura contagiosa empeñada en ver en esta edición sus límites. Dicen los libros de educación para niños que no se debe etiquetar, nada de “Eres malo”, porque lo será, “Eres un inútil”, porque se acertará. Por extraño que parezca apuntarlo lo construye.

Y no asocien este empeño mío, por favor, con esa corriente que como indican las listas de libros más vendidos de nuestro país se extiende como los piojos en los patios de recreo, a saber: el byrnesecreto divulgado de la ley de la atracción. Esto no va de mensajes-autoayuda.

Ah, que aún no lo pillan. No me extraña, ando espesa. Quiero hablar de la Semana Negra y su futuro. Exacto: fu―tu―ro.

Nunca se vendieron más libros que en esta edición, nunca se abarrotó de ese modo la carpa de encuentros en sesión poética a la una de la madrugada del sábado 30 (yo estaba allí, doy fe y no fue ni mucho menos la mejor de todas), nunca una ubicación más hermosa: por la entrada se abre con su letrismo en blanco, dejando a la izquierda el olivo milenario, a la derecha el verdor de montaña gijonés, al fondo, tras la explanada de pechitos blancos, la noria, el campus y la torre del reloj de la Universidad Laboral, el cierre, cómo no, en rojo. Faltaba el mar, pero eso ya lo ponemos nosotros (en el pelo, en el aliento, en la piel), hasta hubo un muro, con todo lo que ello puede dar de sí; accesible desde todas las zonas de Gijón en servicio público; carril bici hasta el epicentro; con un dibujo de calles en arterias por donde se podía, al fin, transitar. Pues bien, el lema de esta edición pareció ser “Gritad, porque esto se acaba”. No me da la gana de tomar los ropajes cenicientos. Ni a mí, ni a muchos otros. Agradecimos a cada uno de los participantes su apoyo, transcurridos tantos años qué menos; firmamos por su continuidad; nos movilizamos para que ciertas zonas que ahora nos gobiernan sean lo que prometen ser (populistas, porque de eso se trata, el voto respondió a cierta suerte de cultivo de populismo que, fíjense, ya no es una enfermedad de América del Sur, nos habita: las urnas dijeron sí a esos aromas; yo no lo entiendo, ni creo que lo entenderé nunca, cuándo ganarán los míos...): quitarnos la Semana Negra sería antipopular y ustedes no van de eso, ¿verdad?

Que el rumor semanero rojo, los afanes de Taibo, el discurso negro de escritores y lectores no interesen a los que ahora mandan, nadie lo niega. Que nadie niegue tampoco el Gijón reactivo; ni su modo de ser; ni su esencia. Ninguno de ellos querrá pasar a la historia de esta ciudad por haber tomado la decisión de su cierre. No la alentemos, no la extendamos, no la creemos ni la creamos; en resumen, no se lo pongamos fácil.

Gijón dio la Semana Negra, le fue creciendo, como michelines, por los lados, llena de retales nuestros: no es toda la gran literatura, no es la mejor comida, no es el copeteo más exquisito, no encontraremos la música de festivales como el de Peralada, pero exuda Gijón: una ciudad hecha de grasas varias que a todos conquista en su fascinante gatuperio. Como señala Antonio López, el pintor, respecto al porqué de su amor a Madrid: "Ni es la más guapa, ni la más culta, ni la más céntrica, ni la más nada; y es en esa ausencia de ropajes previos, de prejuicios y colores, donde a todos nos acoge". Pues eso.

Ninguna de esas “siete novias” se llevará al chico menudo cosido en el batiburrillo de barrio, horas de cómic, novela de género, escritores a pie de calle, supermercado de libros, pollos Kiki, feriantes, nubes de algodón rosa, veranos otoñales, mojitos adulterados, gitanas “regalando” romero de la suerte a cambio de una voluntad impuesta… El movimiento debe tener fe. No volvamos a empezar. No les demos ese gusto. No hagamos el trabajo sucio: no digamos que el niño es malo e inútil.

La Semana Negra es Gijón; uno más de sus empeños.

Aquí lo dejo escrito: con la que está cayendo y el 20N (tiene retranca la fecha zapatera) asomando las fauces, no deberíamos permitirnos derrotas propias; ahora no.

Me niego a ir de procesión, ponerme peineta, bajar la falda a la geometría exterior de las rodillas, llevar a mis hijos a golf y vela, tararear canciones de Paquita la del Barrio y contarles a mis alumnos que hubo una vez una semana, que acabó de una forma muy negra, donde los escritores leían, contaban, reían, contagiaban, versificaban; y hasta cocinaban tortillas e improvisaban tangos…

Que no me da la gana, jolines.

Ah, confieso que he "comprado" romero a la gitana. Por si las moscas. Solo por si las moscas. Que haberlas haylas, "Y no sabes, hijo, con qué poca sabiduría se gobierna el mundo".


sábado, 23 de julio de 2011

La avería



"Cree que solamente en ese territorio ignoto y abrupto de la escritura y sus resonancias encontrará el tránsito luminoso que va de las palabras a los hechos, un lugar propicio para repeler el entorno hostil y reinventarse a sí mismo. Le gustaría ser capaz de proclamar que la mayor parte del día su espíritu no está donde suele dejarse ver en persona."

Juan Marsé, Caligrafía de los sueños.

Entré en mi casa que no era la mía. Chop. Pisé agua. Di la luz. Nada. Tiro de teléfono. Llamo a la propietaria del apartamento, Caica. Eran las nueve y media. Volvía llena de arena, alguna que otra alga incrustada en partes pudendas, muerta de hambre, replegada sobre mí misma y ansiosa de tirarme al vacío de una cama.

Estoy cenando en Santa Gertrudis. A diez kilómetros pero con obras en la carretera ¿puedes esperar? Cuelga, pienso qué demonios puedo hacer y te vuelvo a llamar.

Me siento en el escalón de la entrada. Se me acerca la italiana que dirige un negocio de ropa joven para maduritas operadas. Ma, qué ti ha pasato (me encanta esta suerte de hibridez lingüística).

Pues ni idea, no se ve, todo está encharcado y no puedo subir las escaleras sin al menos una vela.

¿No tienis bruciatore para ensendere? No fumo. Io tampoco, mai mi drogo. Ya. Tutti en la isla, sei normale. Io, Giusi... Yo Natalia, y no, si yo no tengo nada en contra, Giusi. Allora, Natalía ¿qué buscas en la Eivissa? Pues luz, armonía, contacto con la naturaleza, aguas cristalinas, recuperarme… ¿Estai enferma? ¿Ti patina la testa? ¿Sei mística? Suena el móvil. Caica al otro lado.

Tengo velas, cerillas y estamos en la rotonda de entrada. ¿Dónde estás tú? Con me. Interviene la asesora de vestuario. ¿Eres tú? ¿Con quién hablo? Nada, Caica, te espero, tranquila.

La banda de conejitas de un club de lujo ocupan la calle, las parejas de transexuales ríen, el escenario de cirugía plástica se enciende, la calle es una noche sin mañanas; en medio, como en una capillita, yo con mi bolsa de playa, mi gorro antisol, mis gafas, mi piel de arena y esas algas secas que me estaban irritando, ay.

Llega, al fin, Caica. Mi extravagancia dominaba toda la calle (creo que algún japonés me tiró una fotografía). Cuánto lo siento, debe de haberse roto una cañería. En unos minutos llegará el fontanero. Non ti preocupare, Natalía (urbs, qué extraña cadencia en mi nombre), sei in Eivissa, io sono tu amica, quieres átsido, calmantes, etsitantes, cristal, hierba bonna, un bello uomo que ti haga gridare… ¿pero de dónde ha salido esta? Me mira Caica. Pues es la vecina de tu casa, la del bajo. Ah, claro, es que a estas horas nunca frecuento esta calle. Qué mala suerte la tuya, cuánto lo siento. No pasa nada: un alfiler más. ¿Cómo? Sospecho que alguien tiene una pequeña muñeca, blanca, asiática, lampiña, que lleva mi nombre y que recibe agujas con cada una de las frustraciones de su propietaria. Machetazo de la tía: me roban la bici, un extraño acontecimiento irrumpe y me quedo sin una plaza universitaria que me corresponde, me pica un tábano en mi “pompis insolente”, io diría que más bene é un pimpante trasero, interviene la camella napolitana palpándome las nalgas, naturale sin operati (a todo esto entre armanis, ropa adlib y audacias coloristas calvinkleinmetrosexuales, una en bikini y camiseta, con chanclas, vaya). Prefiero pensar que todo esto se debe a una fatalidad orquestada por una bruja que me odia, al menos me río de mí misma. Llega el fontanero. Te dejo con él: he pagado a la canguro hasta ahora y temo que se largue dejándome a las niñas abandonadas: hay fiesta en Pachá y tiene entrada. Esto es Ibiza.

Te voy llamando, ¿vale? Un besito. Se larga calle abajo corriendo entre el desfile.

Hola, me llamo Alcides, el fuerte y vigoroso.

(Ya me tocó la china: otro jeringuillazo a la pobre muñeca nipona.)

A ver qué pasa. Ohhh, qué mala pinta. Mira, soy argentino, llevo 34 años en la isla, he visto de todo. Y tiene pero que muy mal aspecto.

Las damas primero (noté perfectamente el aguijón de su rijosidad en mi trasera). Entra. Le pega un puñetazo a la pared que sudaba agua: falso techo, mejor. Sale. Cierra el acceso central del agua. Logra que la luz se haga. Vuelve a la calle. He dado de nuevo la general. Mmmm, mañana a las ocho y media me tienes aquí. Necesito herramientas y un ayudante. Instrucciones: enciendes la vela, desconectas el automático (o bajas los plomos), asciendes hacia la cocina, abres la ventana, cierras la llave de agua y una noche romántica. ¿O no hay hombre? Mañana a primera hora te traigo ensaimada, la mejor de Ibiza, pastelería Los Andenes, en el puerto. El café lo haces tú.

¿Y no me voy a poder duchar? (quién me mandaría a mí bañarme desnuda, malditas algas.) ¿y qué ceno? Fruta: nada mejor para ese par de piernas. Ciao.

8.18, golpean a la puerta. Soy yo sin el aprendiz, ¿estás visible? Si no, me darás una alegría... Bajo las escaleras, abro la puerta, con algas revenidas entre las piernas, sorteando cascotes, escombro y goteras. El hombre asoma, tiene un rostro azulado, nariz ganchuda y encías al aire; me recuerda al Conde Draco de Barrio Sésamo. En la mano lleva una bandeja con “moje”. ¿Sabes cuál es la prueba del nueve con las mujeres bien parecidas? Contemplar su rostro en el despertar. Pasas la prueba. Podría ser tu padre, pero si me llegas a pillar cuando me vine de la Argentina, maldita edad.

Acabé desayunando con el buen señor. Dos hijos, una mujer a quien nunca deseé, Dios la tenga consigo. Ella en el cielo y yo en la gloria. Y cómo los hice, te preguntarás (la verdad es que no). Pensaba en la carnosidad contoneante de Sara Montiel. Apagaba la luz. Y date, me venía el gusto.

Llegué a Ibiza huyendo de una mujer. Allá no me faltaba de nada, mis padres habían hecho mucha plata. Sin embargo... Aún la recuerdo. Nos valía la piedra y la seda, con su pálida carne al aire, haciéndola girar sobre mi cuerpo, la mordía, grumosa, resbaladiza de mis salivazos (lo observaba mientras me refería la anécdota: el rictus, la profundidad de las arrugas, la mirada perdida). No he vuelto. Buenos Aires es muy grande, pero sé que la encontraría. Y bueno, acá me ha ido bien, esto es vida, belleza, tierra aún salvaje. Con un agua malísima: por eso me he hecho rico, ja. La gente cree que abres un agujero en tierra pitiusa y sale droga, no, no, no, "cuentos chinos del Barrio Chino". El imán del dinero de la isla está en las mujeres: con ellas te haces millonario. Eso es lo que se busca en Ibiza: engañarse.

Habló, habló y habló. Y escuché, escuché, escuché.

Bueno, será tiempo de arreglarte el agua. Antes una pregunta, porque, después de este desayuno confidente, una mancha más no le hará daño al tigre:

Tú no pareces buscar droga, ni mujeres, ni pudrirte de dinero… no veo restos de noche romántica. Los años no me engañan:

Tú también huyes. ¿Sigues pensando en él, verdad?

"Solo continuamente".

Vamos a arreglar esa avería.

jueves, 21 de julio de 2011

Taliesin



Frank Lloyd Wright recogió que la arquitectura es el elemento fagocitador: ese que absorbe al resto de las artes plásticas. Para el alma el arte.

Cuando Wright pierde al amor de su vida en un macabro incendio orquestado por el mayordomo (el hacha también intervino en la matanza, pero no me parece muy lírico jalear este asunto) que no veía bien, con el debido respeto, que la amante del artista prescindiera de sus servicios, su vida queda en suspenso: solo dedicarse a su pasión, articular espacios, lo secuestró de su desolación. El hombre que solo se amaba a sí mismo fue protagonista, a su pesar, de un escándalo que tuvo su alfa en su huida con Margaret (Mamah) Borthwick Cheney, ambos con hijos, ambos casados, guiados por un único afán: ejercitar su derecho a la libertad: amarse; y el arte.

El omega de ese arco: Taliesin en llamas. Los niños, que justo el fin de semana de la tragedia se encontraban en la casa con su madre, fueron enterrados por el marido (ni a Wright ni a Margaret sus consortes les habían concedido el divorcio); el cuerpo de la mujer que todo lo había arrojado para irse a Europa a estudiar la arquitectura del viejo continente en los ojos de su amante fue entregado al rumor. Wright construyó una caja de madera donde metió los restos de Mamah, la subió a una carreta de caballos llena de flores y la enterró, sin lápida, en un lugar detrás del pabellón de su familia, al que se accedía mediante un itinerario propio y secreto cuyas claves él solamente poseía. El equilibrio, el imán, el hambre de vida (ella: alegre, intelectual, rompedora con el papel que la sociedad americana alto burguesa de la época tatuaba en las mujeres; devota, fascinada, encendida: no había más ojos en su piel que los de aquel artista, arrogante, pequeño, seductor y ambicioso para muchos, en que ella creía: “Hermoso como los amores”), del creador de “Cima luminosa” también se quedó en aquel perímetro de la necrópolis. Hubo otras mujeres, enamoramientos, sí, esposas, también, pero dicen que la reconstrucción de Taliesin perseguía retener al fantasma y que de tarde en tarde era habitual ver al creador pasear por el cementerio.

Y el artista siguió creando.

Mientras Madrid me regalaba la luz de Antonio López, la colección pictórica de los años de posguerra (1940―1960), al margen del Expresionismo abstracto, en el Reina Sofía y la epifanía de la audacia artística de la pequeña asiática Yayoi Kusama, me vino a la mente la extraña historia del padre de la llamada “Arquitectura orgánica”. ¿Es el arte la nueva teodicea?

Bocado demasiado ancho para mi boca tan pequeña. Descendí a lo corpóreo con unas cañitas en Santa Ana.

Con todo, cuando uno se agrieta por dentro, recrearse en el arte consuela: “Esa onda que te llega, ese esperanto, que te permite entender qué refleja el arte etrusco, las máscaras aztecas, la gran Muralla china…” (Antonio López).

Desde que somos bípedos hay un eco que la mirada doliente busca: en las piedras, en la sangre cuajada con forma animal sobre la roca de la cueva, en el barro modelado, en muros y arquerías, en acuarelas, tintas, pasteles, óleos y lienzos; en la nota suspendida…

Unos “escriben” Taliesin; otros, lo contemplamos.