miércoles, 4 de julio de 2012

El bulto en el pecho

-Repita, por favor, nombre y apellidos.
El techo era blanco, con cuadrículas, trazos poligonales encajados los unos en los otros y en medio, justo encima de su pubis, una claraboya. Cuadrada, también. 
-Ahora desvístase, échese sobre la camilla y cúbrase con la sábana.
La luz era gris, toda la estancia se encontraba en sombra, los únicos puntos luminosos nacían de ese espacio sobre la mujer y de la reverberación de la pantalla del monitor. La sala parecía una gran incubadora donde bajo la sábana blanca ella era el feto a medio hacer.
-Acérquese un poco más a la derecha, gracias.
Toda la semana había estado dándole vueltas a esta historia. Se había acercado a una vieja tienda de la calle principal que le habían recomendado. La atendió Tina, la dueña. Era una mujer pequeña, con ojos miopes, que se movía con las piernas abiertas y los brazos elevados, balanceándose igual que los porteadores en las películas antiguas de Tarzán: aquellos subsaharianos que cualquier espectador sabía que se iban a caer, invariablemente, al río, cuando aparecieran los leones o las máscaras de otra tribu anunciando “muerte al que cruce este baobab”. 
A la dueña le gustaba contar su vida a la clientela. Había cumplido los noventa y tres y aún seguía en el negocio de las pelucas. Con doce años su madre la había llevado al taller de aprendiz, allí le vino su primer menstruo, su primer sueldo, su primer hombre. Tina se casó con el heredero del imperio del pelo artificial y los casquetes, del peluquín y el bisoñé. Allí enviudó y allí seguía. Como si ella también se hubiera contagiado de la impostura y fuera un simulacro más. La artificial Tina. 
Le confesó a la mujer que últimamente le iba bien. Años atrás fue otra cosa. La crisis le había llegado a finales de los ochenta con la caída de la demanda tanto de pelucas para travestis y disfrazados de la movida, cuanto de peluquines para agentes comerciales y vendedores de gran superficie aquejados de calvicie temprana. "Estos años, con esa maldita enfermedad, el negocio va viento en popa", farfulló.
-Relájese y ponga los brazos tras la nuca.
Se probó alguna de las pelucas, la que mejor le quedaba era una de media melena, de color castaño, curiosa opción, pues ella siempre había sido rubia, casi vikinga. De hecho, una mañana del tercer trimestre escolar, en el primer recreo de primero de BUP, Etelvino Pérez Menéndez, número once, fila sexta y tripitidor, se le había acercado para espetarle la siguiente pregunta:
-Y el chichi, ¿también tienes el coño del mismo color amarillo que la coleta?
Los chicos de la pandilla rieron la payasada como gorilas golpeándose el torso, mientras él le daba la espalda marchándose con el zumbao del pavo. Ella lo había mirado desde la cara interna de las gafas. Era un ganso, como todos, por eso no le gustaban los chicos, ninguno era interesante. Prefería los libros. Y sí, ella se quedó con las ganas de contestarle que la línea afelpada, cual ceja que le había nacido a partir de los pliegues de su sexo, era ondulada, dura y de un tono pajizo. Luego se le iría oscureciendo, como el de la coleta. Pero no se lo dijo a aquel idiota. Aún hoy convivían castaños e hilos dorados, hasta alguna cana, por entre lo hirsuto del vientre de la mujer. Aún hoy muy pocos hombres le resultaban interesantes.
Ella era la misma mujer que ahora se imaginaba mutilada delante de Rafael. 
Se habían visto hacía un par de meses, ella volvía de llevar a las niñas a un cumpleaños, él la saludó desde detrás, subido a una bicicleta con su hija, "Se llama Julia", en la sillita.
-Hola, ¿dónde vas, rubia?
La mujer se asustó por el grito, por pillarla por la espalda y por el hecho de no reconocer aquella voz. Después de no haberse visto en años, lo encontró mucho más delgado, él confesó que había perdido algo más de diez kilos.
-Me acabo de separar. Hoy me toca la niña.
Estuvieron hablando un buen rato. Se empeñó en acompañar a la mujer hasta su casa. Fueron dando un paseo por el parque, atravesando otros hijos con otros padres y otras madres, quizá no desestructurados, no frustrados, no fallidos. Hablaron de todo y de nada, pero sobre todo se miraron, sí, a los ojos, durante todo el tiempo, mientras la nena dormía en la silla que pendía del asiento, sobre la rueda trasera. Le pidió a la mujer su dirección de correo, le preguntó si le molestaría recibir sus mensajes, de vez en cuando, por pura cháchara y eso. Un eso que se convirtió en cita. Cada noche a las diez, la carpeta etiquetada como Rafael la avisaba de que tenía un recibido, a veces dos. Era puntual y a la mujer aquel rito empezó a seducirla. Siempre le había gustado ese hombre de espaldas anchas y mirada oscura, como de árabe, su altura, sus manos menestrales, su voz radiofónica, el pelo largo, de negro raíl. Escribía bien. Le decía cosas bonitas. Con todo, le había costado reparar en él como hombre más allá de la estética, es decir, como un posible compañero, como macho, como semental incrustándosele entre sus caderas. Pensarlo la ruborizaba. Había, sin embargo, tensión sexual. Vaya si la había. 
En el último correo él había propuesto a la mujer que lo acompañase. Tenía que pasar por motivos laborales julio en Barcelona, debería acercarse hasta allí de manera intermitente. Agosto era el mes de la niña. Ella podría ir en el arranque del verano o más tarde. Escoger las fechas que mejor le vinieran. Sin compromisos. La mujer aún no le había contestado.
Ella no se había acostado con otro hombre desde la separación. Mentira. Aún y de vez en cuando seguía yéndose a la cama con su marido. Su ex marido, para ser exactos. Siempre habían sido muy compatibles en el nudo de sus cuerpos, sexo quirúrgico o sucio o eufórico; siempre complaciente, casi perfecto. Dos veces aquel hombre enraizó en ella. Dos hijas. Ahora, sexo sin amor. Sin reproches. Tampoco sin reproches. Un intercambio satisfactorio, limpio, húmedo. "Yo te hago, tú me haces". Aún eran capaces del orgasmo simultáneo. De ciertas excelencias. De la danza acompasada de dos que se conocen desde niños. Estaba bien. Casi muy bien. Sin amor. Claro. El hombre y la mujer como dos hermanos que en la adolescencia descubren aquel extraño juego entre los cuerpos, ni siquiera nombrado, un incesto delicioso que los hace gemir y buscarse.
Desnudarse delante de Rafael. Como estaba ahora. Allí. O como estaría después. Tras la operación. Si al final tenía que ser. Amputada. No una máquina que a través del gel frío le recorriera los pechos, la aureola rosada, los pezones endurecidos. No aquellas manos enguantadas bajo látex azul, sino las otras, llenas de dedos, de yemas calientes, de hambre de ella. O su boca, de labios carnosos, sonrosados, algo más oscuros que aquellos dos pechos que ahora eran minuciosamente rastreados por el ecógrafo. 
La claraboya, los minutos lentamente extendidos, los movimientos y pitidos de la máquina.
-Puede limpiarse y vestirse. Le llegará el informe a su médico de cabecera. Deje la sábana en el vestidor. Y enhorabuena.
La mujer ya no pensó en la luz de la claraboya, en las pelucas de Tina, en la operación. O en aquel terrible bulto. Solo en la boca, en la saliva, en los dientes de Rafael. En ser mujer, sobre o bajo ese hombre, tensa, poderosa y arqueada. En ella. Desnudándose. Con cada uno de sus dos pechos. Entera. Y el bulto sumergiéndose.

lunes, 25 de junio de 2012

Celebración



Crucé una tierra macilenta y agriada.
Denso mar gutural
ni los pálidos gritos de la noche
ni el torvo viento loco ni el relámpago
ni los mudos salones del espanto
ni nada sino tú le hablaba al que marcado
sin otro amor que el de la muerte
sin más fidelidad que su desdicha hipnótica
en secreto alimenta su mal y solamente
por la disolución será purificado.

Tomás Segovia

Aquella mañana mi madre llamó temprano. Me pidió que el domingo, 24 de junio, día de mi cumpleaños, fuera a comer, que irían también mis otros dos hermanos y que por favor, sin que fuera un precedente de nada, ni hubiera algo mezquino en ello, buscara una excusa para acudir sola, sin mi marido, ni los niños. Ella no solía hacer estas cosas. Al contrario, era de esas personas que andaba entre puntillas, que sabía cuándo alejarse y acercarse, el momento en que se estaba de menos o de más. Dominaba la gestualidad de la cortesía. Ese tipo de corrección. Esa, también.
Apenas hubo más.
Nos citó a las dos. Hacía sol y en la iglesia de la plaza las campanas apagaban el sonido del mar. Nos sentó a los tres alrededor de la mesa. Dijo que iba a confesarnos un secreto, que no esperaba un perdón, que el destino o quizá el cansancio de la edad le habían roto el silencio, que por una vez nosotros no constituíamos la razón, solo ella.
Añadió que en un par de horas tendríamos una visita, dos personas, y que esa sería la coda. Dispuso en la mesa nuestras bebidas preferidas, los dulces y salados apropiados a cada uno de nosotros. Para mis hermanos sus croquetas de ibérico, los buñuelos de manzana y avellana, las mini tostas de foie. A mí me tocaba el privilegio de la tortilla de patata, los nidos de arroz con oricios, su maravilloso bizcocho de tres chocolates. Supuse que la noche anterior se la había pasado entera cocinando. Bach en el aire y cava en su copa.
Así era.
Y muy despacio. En los movimientos, en el gesto, en las caricias. En su voz. Para que estuviéramos a gusto, para que sintiéramos nuestro peso, para que el escenario demostrara a las claras nuestro protagonismo.
Mi madre nos amaba en la ilusión de sus ojos: nunca necesitó más para decirse. Y sin embargo, el tiempo, las nubes, sus manos, todo parecía dibujarse en su paleta para celebrar de qué modo era nuestra.
Mi padre había fallecido hacía muchos años. Se quedó viuda cuando yo había empezado la Secundaria. Mis hermanos se llevan dos años. Con el mayor me distancian seis. Mi infancia, se diría, estuvo hecha de niños, balones, cromos, cine y música. Mi adolescencia, sin padre.
Contó y describió y siempre dijo que había querido a su marido acaso más que a sí misma. Que un día el rumor, la grieta, ese espacio por donde el magma que ella había sepultado bajo lo correcto se abrió. Lo incendió todo. No dijo mucho más. Nos trató como adultos, concluyó que si ella había hecho bien las cosas nos encaminaríamos hacia la aceptación. Sin juicios. No será fácil. Algunas piezas tendrán que recolocarse. No será fácil, insistió. Los tres sois iguales, a pesar de todo. No olvides hija mía: quién fue el hombre que te puso tu nombre, quién te crió, quién estuvo en el hospital, la bicicleta, los puntos en la frente, las letras y los números, tus días con tus noches.
Siguió. 
En su narración añadió que la habían telefoneado desde un número desconocido semanas atrás. Que había dudado en cogerlo. Curioso, sí. Porque mi madre y el móvil son dos entes yuxtapuestos. Nunca lo atiende. No le gusta. Es un mohín infantil de rebeldía, un "yo a lo mío", un "taconazo sobre mi independencia" ¿Qué le hizo esa vez aceptar la llamada del extraño? Quién sabe. O, sencillamente, debía ocurrir.
La voz de un hombre joven le contó, desde el otro lado, que su padre había muerto, que él y su hermana eran los destinatarios de acometer sus últimas voluntades y que entre estas figuraba la instrucción de que le fuera entregado a ella un gran sobre y unas fotografías. Se disculpó por el atrevimiento. Se citaron. Y se dijeron adiós.
Al colgar el teléfono, ella supo. 
Lo supo todo.

lunes, 11 de junio de 2012

Como un suave relámpago



Para Ramón que me devolvió mi risa


Hay cosas que uno recuerda aunque nunca hayan ocurrido. Hay cosas que yo recuerdo, que pueden no haber ocurrido, pero como yo las recuerdo, en realidad ocurren.
Harold Pinter, Viejos tiempos


Lujuria
Mala cosa los exámenes.
Delante de la sede aparqué mi bicicleta. 
Aquel día me sucedieron dos hechos considerables. Pude haberle dicho sí al más guapo: el hombre tatuado ¿su asignatura? Filosofía antigua. No, no copié su teléfono, él sí me miró las piernas. Cuando le devolví el DNI se quedó un rato parado, observándome. Me señaló su número de móvil en la cabecera del pliego. Como soy así, bajé la mirada y me dediqué a leer su desarrollo de Epicuro. Se dio la vuelta y se fue. Entonces fui yo quien lo miré a él.
Así me va. Cualquier día de estos me compro una chaiselongue, me doy a los bombones y al libro. Me retiro del mundanal ruido para siempre. Mis labores: "acostada" u "oblómov" y a engordar tanto en conocimiento como en muslo y pechuga. Perdón.
Vuelvo al día. 
Se pasa mal, de ese lado; se pasa mal, de este otro. Me gustaría dar aprobado general e irme a celebrarlo, me da igual el plan, valen también las opciones chabacanas: cantar una de Pablo Abraira en el Karaoke que bailarme el Like a prayer, las fiestas cuanto más horteras, más desinhibición provocan. Si puede ser con el hombre tatuado de hermosa caligrafía, estrecha cintura, hombros marcados y amplio conocimiento de Epicuro, mejor que mejor, a qué negarlo. Y me pregunto yo, ¿estará enteramente tatuado? ¿pero que enteramente? Ñam-requeteñam.
Gula
Segundo hecho. La vida tiene sus misterios.
Porque justo allí, conocí a R. o R.Primero.
Tengo una amiga que se empeña en que me vaya de cafeterías sola, con mi libro y mis cosas, que me acode, pida una de esas aguas mías gaseadas o infusiones que casi nunca tienen y en sus palabras "me deje mirar". Ella está convencida de que pertenezco a una secta que bebe orines y que los camuflamos con el agua con gas o el té: "Ves a esa que bebe menta poleo, a la otra que le da al Vichy, al de la esquina que mueve la bolsita del roibós de gengibre: meados, os bebéis vuestros meados, cochinos sectarios y maldito chamán". Los abstemios le resultamos sospechosos.
Ella presume que el hombre de mi vida aparecerá sobre la banda sonora de la máquina de café, en el fondo, la prensa acumulada, y el aire sobando mi platito de olivas. "Prenda, que tú estás guapa en el taburete, luciendo cacha y con tu palidez, tras el periódico o por entre la barra". 
A veces le hago caso y me paso un par de horas leyendo en un café. 
Pero solo estoy escapando. Se me da muy bien. Me ocurre como a la iguana, carezco de herramientas para el ataque y estoy diseñada para la huida. Me gusta cuando no hay nadie, suenan músicas acariciantes, la televisión apagada: solo los espejos curvos nos reflejan al camarero, mi libro y a mí. 
Ayer, de la que iba hacia mi café cuasivienés, dos jovenzuelos me soltaron: "Quisiera ser tu baldosa". Coloradina como una manzanina me di un atracón de aceitunas directo a muslo y pechuga. Que no, que ahora estoy a otra cosa. Que no me apetece. Que no emito señales.
Avaricia
A ver, que me despisto. Todo esto para decir que donde menos te lo esperes aparece alguien importante. Nada de "Lo conocí en el ambigú, la nieve caía por entre el óculo del Panteón y él me rozó la nuca, nos miramos las dos en la librería mientras cogíamos el mismo poemario, se sentó a mi lado en el concierto de Nyman". "Chorradas" me dice la andaluza. En cualquier lado te puede elegir Fortuna. Y así ocurrió. 
R.I es amable, culto, inteligente, curioso, radiante; de cabellera espesa y ojos centelleantes;  alma vital y sonrisa ambiciosa, pero, sobre todo, tremendamente listo, tremendamente divertido.  Y domina tanto por ahí el modelo humano aburrido, triste, oscuro; el hombre interesante, sudando tedio hasta hartar. Sí, lo sé: el pesimismo es la bandera, pero a mí dame uno listo y que me haga reír, como dice mi mejor amigo, "Entre humor y amor solo media un fonema". 
Lo que sucede es que siempre he elegido poco, me han elegido, y además, cuando he sido yo, me he lanzado al triste. Pero esto se acabó. A partir de ahora busco saciarme en otras aguas.
Los exámenes me tocaban de tardes y a él aquellos días también. Fue una suerte de reconocimiento, entre repartir folios, aclarar dudas, entregar papel, escanear, recoger, archivar, sellar, fuimos fundando nuestro origen.
Las propiedades de la patata ibicenca, Onetti, la CIA intentando ponerle polvos a Fidel Castro para dejarlo imberbe, las aventuras de los compañeros de colegio, El maestro y Margarita Bulgakov, los gin-tonic con tonka. 
Y, cómo no, el teatro. Generamos esas sinergias que comprimen vidas enteras. Pusimos y quitamos. Nos gustó el nombre de dos asignaturas "Ferrocarriles" y "Hominización" y tiramos de trazos de diálogos de películas que a los dos nos hacían reír. Fuimos fieles a Mad Men y a Bach. Bergman, por supuesto. Los dos descubrimos que perserveramos y agonizamos en Luz de agosto. Ironizamos con la prima de riesgo y todo lo que la crisis financiera nos está robando. Yo acabé contándole el porqué de ciertas paradojas vitales. Él, su "por qué no". Salimos con un crepúsculo que hería. Yo me puse mis gafas, él me acompañó hasta la bicicleta. "Pareces francesa, chica chic". Y ambos nos reímos de nuevas ocurrencias. Él se fue de aquel lado y yo del otro.
Fueron dos tardes más y una mañana. Pero me supo a tan poco su extrema riqueza. Caray, parece que me falta. Que cada día me falta.
R. Primero me tenía reservada otra alegría. Otra, porque después, la añoranza.
Envidia
Con él vino la segunda R. o R.II. Alguien a quien leo habitualmente, con quien comparto una pasión, el amor al teatro, una mujer generosa, guapísima hasta decir basta, lista, erudita, donde el hilo se derrite, vital, entusiasta, ocurrente, apasionada, honesta, sentada sobre el lado de la balanza de los que padecen, diestra entre pucheros y zurda en ideales, millonaria en amigos y en memoria; el umbral de la maravilla. Me habló de su afán por las semillas, de cómo hay que cuidar los árboles frutales, del aire de la sierra de Gredos, de las escenas en las ventanas del FEVE, de poetas y novelistas, de María Teresa León, de actores y directores, de técnicos de iluminación, de Ava Gadner, de los principios del periodismo en Madrid. De dónde sabía ella que Galdós y la Pardo Bazán fueron amantes y que envejecieron despechados: encontrándose, muchos años después de su ruptura, en una escalera de un teatro, la Bazán le dijo "Quítate viejo chocho" a lo que el Galdós respondió "Quítate tú, chocho viejo". De fusilados sin camisa y cobardes con pistola. De la amistad y de una casa donde la luz entra para que ella pueda escribir o recibir a tantos como ama. Tan divertida y lista, tan humilde y generosa, que solo ella podía haber sido la mujer de la que se enamoró R.I en la barra de una cafetería. "Porque lo que se dice ángel, R.II sí que lo tienes tú". En mí, sembró el deseo sano de emularla, ser aprendiz de la maestra, quedarme a su lado y escuchar. Envidio uno por uno a sus amigos, esos que tienen el lujo de cada día frecuentarla.
Ira
Disfrutamos de la gastronomía, las anécdotas de bajotelón, los juegos de magia, las leyendas urbanas de los grandes del teatro: Valle, Benavente, Lorca... Bódalo, Merlo, Petra, Cracio... y de esta ciudad que se deja llevar por el viento y el Atlántico; de esta ciudad que devora en el desprecio a sus talentosos hijos. No hay artista nacido aquí que no se haya sentido mal tratado, denostado, rodeado de mezquindades, suspicacias y maledicencias, ¿por qué tanto espíritu inmovilista? Qué rabia no ser Héctor y pasar a espada el panorama oscuro de los que ni comen, ni dejan comer, tan viejo como el mundo: ya lo teatralizó Lope de Vega. No añado más, que me pierdo. 
Soberbia
Disfruté de la compañía de la sabiduría que ha elegido a R.I y R.II para visitarme. Sentí un extraño orgullo, una altivez frente a quienes no han podido saborearlos. 
Codicia de su tiempo.
Han cogido el tren y me he quedado en la estación. Como si al subirse por las escaleras R.II  me hubiera soltado de entre su brazo derecho, ese del que me cogí todos estos días que parecen largos. Hasta de siempre.
Porque cada día se me ocurre un motivo del que hablar con R.I: una excusa para buscarlo, un gesto, una palabra, ese lugar. 
También hoy el viento.
Me han dejado esta luz y se han llevado la risa. Y en esas tardes tontas, donde en Madrid el sol es aburrido, plano, sin nombres, y en mi Atlántico se porta heroico, yo no hago más que dejarme llevar por los retazos parciales de nuestra historia. Se me han quedado dentro, como si siempre hubieran estado conmigo y lo excepcional sea hoy y esta usurpadora distancia.
Pereza
Qué galbana. Sin vosotros. 
Pero qué galbana.


[El título es un verso de A. Gamoneda]

jueves, 17 de mayo de 2012

Vila-Matas, Aire de Dylan, Seix Barral



Dijiste que todos éramos una misma persona y una misma fuente de energía y que tú eras tu padre y tu madre y también tu hijo y todas las personas del mundo entero y se iluminó tu cara de una manera que jamás había visto iluminársele a nadie cuando dijiste estar enfrente a la realidad última, y luego resultó que esa realidad final era el ruido de la lluvia tibia sobre este tejado de hierro.

Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, Seix Barral

Alguna vez mi amiga me cuenta que ha descubierto a otro personaje secundario en este gran teatro que es la vida: ocupará el papel “Padre de ella”. A veces son esos secundarios los que nos describen al protagonista. He conocido a muchos de sus padres. Lo podrían ser por edad, por intereses, por lo que hacen de ella y por cómo la protegen. Son recelosos, devotos, desinteresados; no miden su pasión. Ella, como las niñas, los mira desde abajo y se deja querer. A los cinco minutos de conocerlos les pregunta “¿Tienes hijas?”. La mujer despliega su juego frívolo, una distraída pero sofisticada seducción y ellos caen, se dejan ir, pican como pescado de boca abierta en la superficie plana de una pecera. 
Al principio me asombraba. Luego ya no.
Me horrorizaba ver cómo los transformaba para después abandonarlos. Cómo actuaba la actriz en el papel “Hija”. Cierto es, el amor paternofilial duele porque nace asimétrico.
El último padre se siente abandonado, la hija lo ha matado para sobrevivir; ella solo se protege. Ahora mi amiga en su papel “Hija” no responde a sus llamadas, mensajes, correos. Antes eran cartas reintegradas que me hacen pensar en el hombre que ha sido despedido del papel "Padre" como un sinónimo de ese personaje que interpreta Clint Eastwood, el entrenador viejo, en Million Dolar Baby, ese que añade sobres de su hija sin abrir, “Devuélvase al remitente”, a una caja repleta de otros que guarda en la parte superior de su armario. La voz en off nos recuerda que la primera lección del aprendiz de boxeador, “Protégete en todo momento”, es olvidada por el maestro.
Nada puedo añadir a Aire de Dylan, nada que no haya glosado, descrito, iluminado, mi admirado escritor y crítico y maestro, Moisés Mori, en sus sendos trabajos sobre este texto,  a saber, su reseña para El Cuaderno y la presentación que tuvo lugar con Vila-Matas el 27 de abril de 2012 en Tribuna Ciudadana (Oviedo), salvo una anécdota: la lectura que de Aire de Dylan realizó mi amiga buscapadre (¿No es el lector quien tiene la última palabra?).
Llegó el viernes a casa. Husmeó con el roibós de piña y lima sobre mi estantería. A mí me inquieta, soy muy celosa de mis libros, me tensa que alguien ramonee entre ellos de palabra, obra u omisión. Rechazo este impulso, lo contengo, me maldigo, pero me molesta. Mucho. Igual que gata recién parida que ve manosear a sus cachorros. Intervengo. “¿Qué buscas?”. Me pide algo de lo suyo, es decir, de lo que yo compro y leo y que creo que se puede adaptar a sus gustos, los de quien nunca compra y poco lee. “Te gustará la última de Vil, más que las anteriores de él que te pasé”.“¿De qué va?” Ahí se me fue la logorrea. De la vida, de cine, de Barcelona, de los injertos de memoria, de la gran literatura frente a la que no, de lo especular de la identidad, de Hamlet, de la soledad y la locura, de la maldad absoluta (porque la construcción de la malvada madre de Vilnius, Laura Verás “irás y no volverás” es magnífica), del humor inteligente, del aburrimiento, del entusiasmo por la ficción y la verdad, que no la realidad, una apuesta más narrativa que ensayística. Y de la paternidad. En su más amplio sentido.
“Me pone. Y Vil también, me la llevo, ¿vale?” bajaba la pestaña mientras emitía, rodeada de su voz, calor y terciopelo, esas señales suyas contra las que nadie posee coraza.
Dos días después, el domingo a media tarde, se volvió a dejar caer por casa, con el zumbido de la sobremesa de la novela en la cabeza. Su pasión y entusiasmo eran corporales y fogosos, el libro, mi libro, lleno de subrayados y banderillas fosforitas. “Este Vil es un inconformista, un provocador, un hombre de márgenes; un constructor de ráfagas. Busca un paraíso y yo se lo puedo dar, ya sabes Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien. He encontrado al padre; ¿Vil tiene hijas?”
Porque ese es el gran tema de Aire de Dylan: la paternidad. Prescindiendo de la trama, vayavaya con la calidad de los personajes, el peso del escenario narrativo, los tiempos, el discurso, la inteligencia que denuncia determinado uso del humor, las imágenes que aún sorprenden, el escritor que innova y se revuelve por la literatura, la disyuntiva a la costumbre escritora, las frases-cita, el reloj que avanza, el derecho del diletante, la “intertextualidad” en menor cantidad que en anteriores ocasiones, prosa que no quiere ser poesía pero que busca al lector de ese palo, la denuncia honesta de un paisaje moral ruinoso, la contradicción humana, Dionisio enfrentado a Adonis, el antídoto ante el tedio, la mecánica constructiva maestra, la seguridad del “escritor fértil” o del narrador redondo, absoluto, perfecto. Todo es un conjunto de cachemires sobre el centro desnudo, un gran trampantojo, en síntesis, ese personaje secundario que dibuja al principal.
La tesis de la novela, los padres desnaturalizados, los padres sin hijos, los hijos desapegados, la transmisión de la herencia emocional, la ingratitud, los padres que son las referencias literarias de cada uno, el patronazgo del mundo literario hacia los que considera “sus hijos”, el peso paterno que como un “debe” se nos instala en nuestra conciencia frente a frente del “puede” o, lo que es peor, del “quiere”, con todo el aliento y el entusiasmo de la ficción que siempre segrega Vila-Matas (“Vilnius” o Vil nuevo, Vil redivivo), porque es un placer leer las raíces que dan ramas que tienen hojas que dan brotes que son frutos, cajas chinas de relatos, unos sobre otros, alrededor, por las orillas: se le cae no la realidad, insisto, sino la verdad. Él ya deslindó ambas referencias de mucho mejor modo.
¿Al servicio de qué? Un gran tímido que fue hijo de un padre que le decía “De mí solamente tienes el nombre”. Un gran tímido que sigue buscando al personaje “Padre” (¿en sí mismo?) en sus heterónimos, en sus muchas variantes, en las obras, en los personajes, en los que protegió, a los que apadrinó, en el gran espectáculo paternalista que puede llegar a ser la plataforma llamada mundo literario.
Hay escritores de un libro. Hay escritores de obra.
“Ser padre” escribió Stefan Zwig, en Carta de una desconocida, supone “ser responsable de todo un destino”. ¿No es eso acaso lo que leyó el personaje “Hija” en Aire de Dylan? ¿No es esto el quid de la pasión?
Al fin y al cabo, lo que busca el autor de obra, no de libro, y este apasionado de la literatura lo es, ¿no podría resumirse en “ser responsable de todo un destino”?

domingo, 13 de mayo de 2012

La tejedora de sombras. El Bósforo de Almásy


"El amor absoluto: dos almas que se encuentran, dos mitades que se reconocen de milagro, dos fantasmas que se adivinan idénticos y descubren, luego de más años de angustia que de gozo, que no se conciben separados [...] Nos atrevimos a experimentar la idea más soberbia -la díada- y nos corresponde la suerte reservada a los herejes y a los criminales: el amor absoluto, el vacío absoluto."


Jorge Volpi, La tejedora de sombras (Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2012)

Su cuerpo era cóncavo y bajo mi peso, los párpados caían. Se hacían sombras oscuras sus ojos. La luz color oliva era tragada hacia no sé qué lugar al que nunca fui invitado. Aquella oquedad donde convivían pensamiento, vulnerabilidad, miedo. Privada y protegida. Ni siquiera yo.
"Ahora, ahora, ahora", susurraba entre mis manos, buceándola como pez chico en pez grande. Se dilataba igual que aceite caliente, sin cordura; parecía ensancharse en imágenes que se superponían, codiciosos estratos multiplicándose. Resbalaba entre sus piernas, hundiéndome en aquella tierra roja. A veces, ni siquiera le quitaba las medias, trepando por ella como babosa aferrándome, clavaba sus pies en mí, las uñas de los dedos en mis nalgas.
Debe de ser difícil estar hecha de arena, con sus vientos, con sus dunas. 
Tenía los colores del desierto. La luz entraba por los nudos de la ventana moviéndose a través de nuestro balanceo. Se mecía para perderse. La tensión pintaba angulosas sus redondeces.
Aquella urgencia, feroz, todo lo tragaba.
Del mío. Del suyo. Arcilla a veces. También arcilla. Y las lenguas errantes se cosían como hilo por entre agujas, inmediatas, voraces, lúbricas. Se salaba en mi carne, la respiración como viento depositaba láminas blancas, arquitectura de telarañas como coágulos tibios, ahí en sus hendiduras. Los viejos sonidos húngaros acompasaban el gemido blandamente largo de su boca entre el encaje intermitente, opaco, sordo, de mi cadera en su pubis. Podía seguir mi tacto el tamaño exacto de cada uno de esos huesos. 
Pediría al Rey el nombre del hueco que se abría en la base de su cuello. Entre sus pechos, redondos panecillos de leche, un pasillo se elevaba para morir en ese hoyo ya siempre mío. Óxido y sal. En la penetración, su olor se condensaba; maceraba maduro a lo largo de mí en ella. Era cruel y poderoso. Tan redonda, abierta, desprendida, como si toda ella estuviera hecha de piezas separándose, placas de hielo caliente, apenas soportando los lindes de las formas. Mi mirada no era capaz de recorrerla en su totalidad. No llegaban las orillas de su mapa. Como si la altura del avión no fuera suficiente para distinguir las fronteras de ese desierto. Un territorio deshilachándose, apenas mantequilla sobre fuego.
Evoqué el pasaje de Herodoto acerca de los vientos, volqué en su oído el sabor, la quemazón y la cadencia de las viejas palabras. En la belleza de la Historia antigua, narré para ella.
Deshaciéndose. Deshaciéndome. "Ahora, ahora, ahora", se deslizaba igual que seda verde, sus manos tiraban de mi pelo, yo, cincha por debajo, me movía, mientras su hembra se estiraba como látigo o goma calinosa, me indicaba, me arrastraba. "Llévame. Llévame", allí, mi rostro por entre pétalos de su carne.
Era arena. Dije arcilla. Se me olvidó mar.
"Aún no te echo de menos" en la ofensa expresó arrogante Almásy.
K. en la resignación y la verdad. "Lo harás".

miércoles, 9 de mayo de 2012

Por contagio



Gerhard Richter

La vida sigue -dicen-,
pero no siempre es verdad
A veces la vida no sigue.
A veces solo pasan los días.


Karmelo C. Iribarren, Otra ciudad, otra vida


Esta mañana mi mente se ha despertado, pero mi cuerpo se tomó el día libre: dijo que se pasaría el día en la cama. En la fisura, desayuné con los ojos entre el clavel rojo que me regalaste, como cada domingo y que se marchita sobre las migas de las galletas, al lado de la cesta del pan y enfrente de los visillos. Desmitificamos, el perro y yo, un poco a Dios, al Estado y al destino. Escuché cómo enferma Grecia, los aires de renovación en Francia, las falsas elegías de los que se dicen amigos de un ex-presidente autonómico recientemente fallecido. Me estrujé el cerebro sobre cómo hacer para que lo público siga siéndolo. Soy una idealista, no te cansas de repetírmelo. En volandas, mientras un poco de aire se levantaba, aproveché el viaje. No llovía. Nubes con sol. De Este a Oeste. Cual brizna. Mientras flotaba pude ver el edificio desde afuera.
Que sepas que el cuarto se alquila, un cartel cuelga de la ventana de lo que debería ser por la distribución canónica de la casa, la habitación matrimonial, justo encima de la nuestra.
Me caía bien aquella pareja que cuando yo bajaba con el perro y a por el pan, los domingos, ellos subían mordiéndose la boca, grimosos de alcohol y tabaco, más de una vez vi los pechos de ella, la camiseta ladeada, en dónde quedaría el sujetador, pequeños pero torneados, como carne congelada aunque palpitante, manchada de cardenales. Se subía el lateral de la tela, cubriéndose. Me miraba y solía excusarse "Perdona", "En fin", luego rompían a reír y se doblaban sobre la cintura, él con el botón del pantalón desabrochado y la carne encendida.
Ya sabes cómo me gustaban esos versos de, cómo se llamaba el poeta que figuraba abajo, en la firma, ah, sí, ya recuerdo Iribarren, que ella tatuó en el buzón y que la vieja  resentida del primero exigió que fueran borrados en la reunión trimestral de la comunidad: "Y la vida pasa/ Y no prescribe". 
Me gustaba que nos interrumpiesen la película del sábado por la noche, la que solemos reservar el viernes después del paseo con las parejas del club de amigos del perro, ahora tocaban gritos; ahora espavientos sexuales. Tú tosías, violento, yo deseaba la fugacidad de ella. O su deseo. Miento: el gemido continuo de sus orgasmos. "Es igual que una gata" y dabas al pause y te ibas a la cocina a prepararte un vaso de leche caliente con achicoria. Yo me quedaba allí, preñada de otra.
Te indignaste con ella cuando la vecina del primero, la cotilla, la metomentodo, sí esa de siempre, con su discurso rancio y fascista, la culpó de haberle enviado una carta anónima llena de insultos que tenía como base papel higiénico y la tinta, según presumió ella por el olor, no era tal sino flujo menstrual.
"¿Cómo sabes que fue la del cuarto?" te pregunté. "¡Quién si no!" exclamaste, "Pareces caída de un guindo". "Y tú no tienes ni idea de lo que es ser el bugre del arroz", pensé.
Alguna vez bajó con el cigarrillo entre los labios y las medias rasgadas, arañadas de carreras, no enteras, no sé cómo se llaman, esas que se sujetan por gomas con encajes a los muslos, en bata roja, con aire japonés, a por un par de huevos o una bombilla. La dejaba entrar. Empezó a ser costumbre.
No, ya sé que nunca te lo dije. Tú eres tan limpio y ellos tan irresistibles. Bueno, eran. Te recuerdo que ya se han ido. Ni siquiera se despidió. Muy propio. Nómada hasta en las afinidades de tabique.
A veces me hizo comentarios sobre la delicadeza de los objetos de casa, el color "lindo", sí era ese el adjetivo, poco oído, al menos por mí, inusual dirías tú. También me habló de la pena y del olvido. De los amores malditos. 
Una tarde en que tú tenías turno en la Térmica me pasó un lápiz de memoria con una canción de un grupo que nunca habíamos escuchado, "Tahúres zurdos". Al dármelo me susurró mirándome desde esos ojos tan vivos "Escucha la de los besos". No dejé de hacerlo. Ni seguir mirando la vida en sus ojos, ni dejar de escuchar "Miles de besos". Otra, me regaló un libro suyo de poemas de amor de un poeta del que nada nos contaron en las clases de Literatura, Jaime Sabines. En la primera página había una dedicatoria "A tu cuerpo... y todo yo te sé como yo mismo". Luego el poeta moría de amor, de lo insoportable que era él sin ella, de que le arrancaba el vestido, de que ella dichosa, penetrada, interminable moría con él, de humedades oscuras y carnes secretas. No te lo enseñé, te habría turbado e incomodado, no quería mentirte, pero sé que si te alteras, duermes mal, necesitas melatonina y protestas "Son tan caras estas pastillas azules, se acaban tan pronto".
Han pasado unas horas y parece que me gusta vivir así, sí, sin peso, esos huesos que del uso, la inercia de los días, la agenda laboral, el cerco de la rutina... ya son más tuyos que míos. La verdad, no los necesito. 
Te he dejado el cuerpo, lo encontrarás ahí, como te dije quiso quedarse hoy en la cama. Lo tienes al lado de tus tapones para los oídos, las gafas de cerca, el mando de la tele. Lleva el pijama azul que tu madre me regaló por Navidad, si ves que se enfría, échale encima la bata de guatiné a juego, también formaba parte del obsequio, está colgada en la percha de detrás de la puerta. No permitas que se salte las cenas ni las revisiones del dentista, las del ginecólogo, si quieres omítelas, hace tanto que ya no y es mucho lo que tiene oído una.
Eso sí, que le dé poco el sol, se quema con facilidad. Y en invierno, por favor, la camiseta térmica y el gorro: es de fácil otitis. Quédate tranquilo, querido, lo harás muy bien.

jueves, 3 de mayo de 2012

La noche así, Sofía Castañón, Ya lo dijo Casimiro Parker


Juan Tizón

A Sofía por tentarme, en el sueño de la oveja, a la pena, cuando hace tiempo me ganó la nada

[Extracto de la presentación de La noche así, con Sofía Castañón y Marcus Versus en la librería de RafaLaBuenaLetra]

"No preguntes cómo va todo"

Se abre La noche así con este eneasílabo, nueve tiempos, nueve meses, nueve lunas; un espacio ancho, la negación de la curiosidad, de la duda; lo vasto y lo absoluto. Imperativo que encubre la identidad de la voz poética y define el sentido que recorre todo el artefacto hasta el cierre, un tú que se irá convirtiendo a lo largo del proceso de creación, de la mirada, de los objetos, en un nadie. Cito:

Y que nadie pregunte/Si todo,/si bien.

Un “yo” que tomará distintos velos poéticos, un centro vulnerable que se enreda entre capas, el latido de la poeta, como si al origen lo fueran rodeando hojas que irán dibujando, una sobre una, la cebolla. 
El velo de la infancia (vaivén desde la primera a la tercera persona de una niña despidiéndose de la inocencia, cito: [...] De lejos, sólo dos niños/ dejando que todo suceda./ Como ríen nadie ve/ la grieta que al fondo/ se expande); el velo del cine (un homenaje al aprendizaje de lo fantástico, a los ladrillos de la imagen hilada en sucesión de escenas, un tú que fumas, un otro que hace preguntas, el que cada mañana sale a la vida y cada noche se repliega por entre su sombra, la cámara que nos acerca y nos aleja, zoom in, zoom out, Rachael o la excelencia, Roy o el líder violento); el velo del insomne (los ojos del que observa: [...] hora de la noche al día/ hora de un costado al otro/ hora para treintañeros […] o el fondo de todas las horas como recogió Wislawa Szymborska); el velo de la colectividad (un nosotros a los que nada les es ajeno, cito: a la luz de la rutina, desde otra parte del mundo, la mejor parte del mundo, [...] Natacha Merrit o las mujeres del suplemento a color/ con jarras en la cabeza; espectadores de una decadencia social, en un paisaje urbano, donde los tiempos se confunden, las identidades se impostan, ¿Qué es exactamente ya aquello que nombramos "realidad"?...)
No parece que, en este punto, los contrafuertes de la textura poética sean tan diversos, son formas o voces, bien la infancia como identidad de lo que fuimos; bien, el insomne,  identidad borrosa donde sucede el miedo a pie entre "lo que sí" y el sueño; bien el movimiento de cámara, prisma que acerca o aleja; bien, el replicante, identidad construida. Al fin y al cabo, todas ficciones; por tanto, bastimentos que, sobre el bagaje cultural de la poeta, nos alojan en un clima estético y crítico de falsedad, derrumbe, ruinas o pecios entre el que respiramos cada mañana.

Cito:
[…] porque a la mañana le llega/ insoportable/ otra mañana.
Cito:
[…] los párpados guillotinan/ la eternidad que construyeron.
Cito:
[…] si habrá dudas, si el movimiento será verdad.
Cito:
[…] Esta noche hay una constelación / de recuerdos en blanco.
Cito:
[…] solo somos memoria/ y la memoria es mentira.

Aclimata la voz una tierra de referencias ya presentes en su poética anterior, pero toma gravedad: el tiempo, el porqué del lenguaje, la memoria, la muerte... e innova práctica lírica.
El movimiento, presente en toda la estructura: desde el interior, lo más íntimo, lo próximo entre los contornos de la inocencia que en el desvelo se va desenfocando, al zoom out, que se abre hacia el exterior, es otra de las novedades presentes en La noche así. Ya Cortázar en “Las babas del diablo” y posteriormente Antonioni en su adaptación cinematográfica, Blow up, importaron como motivo el significado que los movimientos de cámara suponen en el lenguaje audiovisual. Tres son los valores generados al  incorporar este elemento en el discurso poético: de un lado, la obligación del lector-espectador de interpretar los poemas teniendo en cuenta el código audiovisual, forma como signo; de otro, la voluntad poética de que este sea uno más de los anclajes de la voz; por último, el simbolismo de la mirada que, al hacernos adultos, toma conciencia de la otredad, y si en un principio el ojo de la niña es miope, centrado en lo cercano, en lo suyo, poco a poco, la experiencia la va “hipermetropizando”, salvando el neologismo. También caben dos impulsos, a saber, el del que se acerca y mira; y el del que retrocede. Del que nace viendo claro y al que el crecimiento le torna un magma borroso (de nuevo, la extrañeza; de nuevo, Kafka).

Cito:
El grito/ y todo se contrae como un insecto […] En las noches de la niña/ los muertos dan menos miedo.
Cito:
Desde aquí la imagen está borrosa deberías hacer sí más un poco más porque los contornos no pueden con este temblor que nadie atrapa […]

Sobre un material que aun cuando al lector cómplice le resultará inconfundible, ensaya, pues, nuevos márgenes. 
Más. La propia mixtura en la organización, esto es, los poemas conviviendo con prosa poética, no deja de ser una variedad experimental que ya nos da una pista del efecto sampling perseguido en este texto: materiales anteriores, como sonidos emparentados,  grabados y reutilizados con la singularidad y el efecto de un instrumento musical interrumpen como ecos; módulos electrónicos y piezas humanas se intercalan. Lo digital y lo analógico se cosen como fuente de sonido. Es en esa conjunción donde surge el rumor electrónico de La noche así.
La voz recorre la experiencia de quien va fermentando desde la masa madre a la mujer adulta. Desde el miedo infantil, al terror del no niño, ese pánico que nos devuelve, máscaras del yo en un espejo, sabernos de hilos débiles.
La niña; el insomnio; Blade Runner; también, las citas literarias que nos explican; lo colectivo. Búsquedas personales, paradojas vitales, el humor corrosivo, la ira, el tiempo, la memoria como construcción ficcional y la muerte se asoman por estas 64 páginas y sus 35 principios.
El distintivo de la voz danza en las asonancias, los escasos encabalgamientos, la frescura, la sintaxis del verso corto y los cierres rotundos, algunos aforísticos, casi siempre álgidos; la mirada sobre objetos familiares, lo mitómano y lo cinéfilo, la indagación, las crónicas de un universo al que nos tiene la poeta acostumbrados, el rechazo a la oscuridad del simbolismo, la presencia de la elipsis, la fuerza del sustantivo como acto de fe, los lindes con el silencio, las sinestesias (el color en el sabor de la naranja, el olor en el sabor del cigarro de menta) y ese mundo circundante: el vecino, las noticias de las ocho, las mañanas en albornoz, las ráfagas de recuerdos que se confunden con los suyos, cito:  
[...] la niña lo apunta en su diario. Le suena/ alguna canción. Le suena/ a la vida de su madre/ que es/ un poco la suya […]
Los personajes descritos en el juego de las metonimias. 
Cito: El hombre sin número es un niño./ Cuero, ideas, arrugas. 
Los personajes que salen de una de sus almas, la cinéfila, y toman voz poética, personajes ya nuestros, imbuidos en esa memoria colectiva a la que Sofía apela; enfrentados a esas identidades construidas que Sofía invoca. El derrumbe moral que Sofía denuncia.
No todo es ciencia, también hay otra suerte de conocimiento: la intuición, el otro, lo mágico y lo poético; la fe en lo visto e imaginado, la capacidad para la contemplación. Porque entre las sombras, las voces se alzan, restallando ante nuestros ojos, pelean la posibilidad de otro mundo donde a pesar de este espacio y este tiempo, cito: [...] afrontar el miedo sea como una acción cotidiana.
[...]