sábado, 27 de noviembre de 2010

Lo inquietante



Clyfford Still, 1950-B

“Blues de la casa”

En mi casa están vacías las paredes

y yo sufro mirando la cal fría.

Mi casa tiene puertas y ventanas:

no puedo superar tanto agujero.

Aquí vive mi madre con sus lentes.

Aquí está mi mujer con sus cabellos.

Aquí viven mis hijas con sus ojos.

¿Por qué sufro mirando las paredes?

El mundo es grande. Dentro de una casa

no cabrá nunca. El mundo es grande.

Dentro de una casa ―el mundo es grande―

no es bueno que haya tanto sufrimiento.

Antonio Gamoneda, Edad

domingo, 21 de noviembre de 2010

El aire


Milton Avery, Mar negro (1959)

3

Su cara,
sobre todas las cosas.

Oigo su voz y pienso en su
no voz, en sus
no ojos, en sus
no manos, en su

no cara,
sobre todas las cosas.

4

Queda
muda,

en el vientre
del ojo,

la inacabada
imagen

de ti.

"En el vientre del ojo", Misael Ruiz Albarracín (El hueco de las cosas, Editorial TREA)


Dicen que fue un aire. El cielo se abrió hinchado de agua. El mar se volvió negro. Duro. Como de hierro. Con su lengua oprimida lamió la costa, absorbió miradores, hombres, mujeres, barcas, cementos desde donde lo encierran. Luego descansó. Y dejó como huella un aire extraño. De corazonada o premonición. Dicen los zahorinos que estos aires son difíciles, que traen dolores y muertos.

Siempre lo llamaron el poeta: como Neruda era hijo de ferroviario y como él, quizá por ese origen, amaba los viajes y los versos. Amó demasiado decían. No supo estar comentaban. No tenía dueña rezaban. Y un murmullo ancho se fue haciendo con las bocas.

La muerte no lo encontró en una cama con la vida hecha y el orgullo de haber llevado a su aldea un poco de mar. Se la tropezó en una madrugada, dentro de un rifle de caza y recogida en la sección de Sucesos.

Ella no estaba bien. Había dejado de ser de este mundo: las voces, los aires, las sombras. Puñados de malas ideas anidaban entre las sienes. Su salud se resentía. Le habló de amor, de lealtad, de una mora de sangre que pudo haber sido su hijo, de sus sesiones con la terapeuta, de su falso discurso, de su cobardía. Él solo oía ceremonias de lo que ya pasó, liturgias de amante vieja, salmos enfermos.

El miércoles un coche atropelló a una chica en mitad del puerto. Los aires.

De madrugada murió el poeta. Lo mataron.

El jueves un zorro apareció colgado en la puerta de un vecino. El jueves se hablaba de bandas de atracadores. De fuera. Nadie de allí. El jueves, el aire volaba rencores como cometas. Y el murmullo se hizo grande. Un poco más. Como un vientre de ballena.

El viernes resultó ser una zorra.

El viernes el mar se volvió otra vez oscuro, manso, dejó que la arena lo atravesara. Se dejó hacer. Como la muchacha.

"Lo peor está por llegar. Lo peor está por llegar. Lo peor está por llegar" así dicen que machacaba el eco. El murmullo más y más. Un poco de allá, alcanzando lo grande.

Ella dijo que no olvidaba un mal güisqui, un mal polvo, un mal hombre. Lo oyó una vez en una de esas películas que tuvo que ver sola cuando la rabia le mordía la calor y buscaba, en vano, restos de su polen entre las piernas. Ahora tenía rostro. Sin groserías, sin acentos de hombre, sin pistilos, sin carne.

Lo mataron aquellos aires. Y así fue.






domingo, 7 de noviembre de 2010

"Tú eres el lenguaje profundo"

[...] La carne me ha enseñado el más hondo saber
y el lenguaje me enseña su lección venerable:
que el Tiempo es un abrazo de un hombre y la mujer,
que el universo es una palabra formidable.


"Elogio a mi nación de carne y de fonemas", Félix Grande


Leo a Berta Piñán (La mancadura) y parece que me leo. Leo a Xandru Fernández (Restauración) y me encuentro. Leo a Tolstói, Bolaño, Llop... y también.
Me gustan los viernes. Todo comienza. Parece que todo comienza. Voy de libros y últimamente siempre tengo un regalo en Paradiso. Chema sonríe: como si fuera un Rey Mago y yo una nena pequeña. Compro lo que puedo y agarro el paquetín, siena, entre mi brazo y mi axila. Me escondo en algún café: té con leche, por favor. Abro y huelo. Rebusco frases, calambres en mis yemas; ahogo esa mirada que me dicen triste.

Quien lee se pelea contra el tiempo: quiere muchas vidas; no le basta una y sola. Así que devoro historias. Y tú me insultas: son simulacros. Ven, hazte carne. Sólo en mí engañarás al Tiempo.

Quien lee tiene miedo. Ser audaz, osado, lujurioso, perverso... en otros. Y tú ríes, sólo con la comisura izquierda de tus labios. Eres profundo, como dicen que son los volcanes bajo el mar. Los peces no saben que están solos; libres. Los peces de mi pecera no saben que yo los miro. Cautivos.

Estoy llena de grietas. Y tú, como los peces, tampoco sabes. Si te dejo, resbalarás, (caes, caes). Allá de donde te protejo.

Y como los niños, pido cuentos (para dormir), en un intento, vano, de ahuyentar con ellos la hora del lobo.
Que crece.

sábado, 30 de octubre de 2010

Y esa belleza




Lo que más me llamaba la atención de la recién llegada es que ninguno de sus rasgos llamaba particularmente la atención, o lo hacían mucho menos que la luz que emanaba del conjunto de su persona y que obligaba a algo semejante a un respeto devoto. [...] no me pareció guapa o atractiva o espectacular o cualquiera de los calificativos con que estaba acostumbrado a elogiar a las mujeres, sino bella, un adjetivo escueto y en cierto sentido trágico.

Rafael Argullol, Visión desde el fondo del mar.

Él la mira. Cómo se va. Piensa en esas películas francesas que tan bien narran lo cotidiano. Quiere que tropiece. Acaso. Ambos saben que nunca. Quizá se han besado sabiendo que el otro sabía que era la última vez.

Espera que se gire. No lo hará. Es esa barbilla baja, la danza de sus caderas (recorridas, sorbidas, masticadas, lamidas, apretadas; quietas o urgentes, sólo suyas), los hilos de pelo que el aire frío hundiéndose en su falso moño arranca. Su pelo.

La sigue mirando. Lo inevitable. Quisiera salir, cogerla por los hombros, hacerse con su cuello, la clavícula y todos los besos ahí enterrados.

Estaba allí. Como entonces.

De todas las palabras que una mujer ha dicho a un hombre las más hermosas siguen siendo déjame ser tu puta.

Eran groseras, soeces; lúbricas. Lo fueron la primera vez y más nunca. No abría los labios para pronunciar aquello que después supo que era un poema, así que rodeadas por su voz emergían de aquel hueco negro. Húmedo como el vientre de un pez.

Su boca.

Y ahora la veía irse, lentamente, en aquella cadencia que tantas veces lo había turbado.

También. Dulcemente.

Fue, es, seguirá siendo. Como era.

Iba vestida de negro. Parecía decir adiós. Y esa belleza.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Antojos




Yo era quien debía hablar de él bajo cielos más grises donde los árboles y los libros fuesen más abundantes. Así yo le sobreviviría porque el rey necesita una memoria perdurable. Él ni siquiera sabía lo que era un rey, ni la velocidad creciente con que los árboles estaban desapareciendo ya para fabricar manuales que trataban sobre su tala.

Agustín Vidaller, Costas perfumadas.


"...recuerdo a cada instante su piel, tersa como un capricho. Cierro los ojos y siento su aroma... ¡Tengo una ansiedad horrible! ¡Necesito sentir su tacto bajo mis yemas!" Era como si el viejo Pereira percibiera también aquella lujuria joven, blanca, inmolada bajo las manos cuarteadas del viejo, piel tostada que debía buscar con ansia unas aureolas generosas.

Fernando Clemot, "Orgullosamente apasionado", Estancos del Chiado.

lunes, 16 de agosto de 2010

Exposición



Carl Andre

Quizá por estas razones y por otras más que no sabe explicar. Es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón, sostiene Pereira.

Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira.

Donoso vende vestidos en las playas ibicencas. Es argentino pero me dice que si lo llamo uruguayo no se ofende. Todo menos italiano. “Son como cucarachas”. “Han llegado para conquistar la isla”. Me vino a buscar a la orilla, espacio insólito donde me tiro con el cuerpo cubierto de agua excepto la cabeza: parezco una tortuguilla de caparazón transparente; de ese modo, vigilo a los niños que nadan a unos cuantos metros de mí, intentando curar cierto cansancio, emplastar vacíos que se me escapan por mis grietas, recopilar toda esa luz para dosificarla cuando llegue a casa: los inviernos en mi ciudad son muy largos con otoños de preámbulos y primaveras de resaca: todo oscuro.

No recuerdo cuánto me gusta ese cielo tan blanco hasta que lo tengo techando mis pasos. Miento, no es blanco. Amanece desnudo para ir pintándose. Pienso en Turner, en la primera vez que observó las atmósferas de Claudio de Lorena, el molino de Rembrandt, los crepúsculos de Gainsborough, la claridad norteña de Van de Cappelle, la Venecia acuática de Canaletto. Quizá fue allí cuando se dijo “Por esto quiero ser pintor”, aun cuando el Turner que más admiro es el romántico, la cicatriz de Ruisdael o la absorción de las teorías del color de Goethe. Mis tardes noches bicicleteando mi ciudad se parecen al cielo de Sepelio en el mar.

Ahora estoy en la cala pero de tarde me iré a kumharas a sentir la anochecida que en mi recuerdo se promiscuye con el Arenal de Calais turneriano. El sol de las Pitiusas hay que desnudarlo, ir contemplándolo en sus movimientos, detenerse en sus mixturas y metamorfosis, recorrerlo como la carne deseada (yemas, labios, mirada).

Todavía estoy ahí y es cuando Donoso se arrodilla a mi lado. “Tengo un bello envoltorio para vos: sos rechula de verde”. Me acabé llevando sus orígenes, cómo había atravesado el Atlántico para quedarse a vivir en la isla, cuánto añoraba a su gente, de qué modo tan desesperado amaba a una mujer para cruzar por ella un océano y el vestido verde que me deja las piernas y los hombros al aire. “Sabés escuchar”. Los niños seguían chapoteando: aprendieron que el sol puede no acabarse, que el agua puede estar siempre caliente, que bañarse puede dejar de ser una operación llena de variables (que no llueva, que la marea esté baja, que la bandera sea la adecuada, que no haga mucho frío...) para convertirse en una extraordinaria fijeza.

Nos despedimos Donoso y yo en Cala La Basa con cierta nostalgia. Él por haber abierto su vida a una extraña, yo porque ciertas cosas sólo me ocurren en Ibiza. Guardé la compra de Donoso para irme a nadar con los niños; les pedí permiso para perderme en lo profundo, se quedaron con mi biquini y la promesa de que no hundiría la cabeza más de diez minutos (aún no entienden de gestos anaeróbicos y tiempos vitales). El nudismo es otro de los lujos ibicencos. Como la comida mediterránea (cocinan las mejores patatas del mundo, pero esto es un secreto), la Ibiza rural, las trayectorias vitales de los hombres y mujeres que poblaron la isla en los sesenta, la amabilidad y el buen trato que todos te dispensan (si no lo son, parecen felices: quizá sea una afortunada pandemia). Es una lástima que cuando uno vuelve de allí sólo le pregunten por los famosos, cuántos guiris la palmaron tirándose de las ventanas de los hoteles del West End de San Antonio y qué tal estuvo la última fiesta flower power o troyana (no conozco ni Amnesia ni Pachá, ni falta que me hace). Todo está en los ojos que miran.

Después de calearnos el Este de la isla, compramos melón y sandía a unos payeses que eran rubios como los niños del maíz. Ella se llamaba Dorethee y era alemana. Empezamos hablando de Dusseldorf y acabamos contándonos nuestras preferencias sobre arte contemporáneo. Por un momento pensé que era la viuda de Konrad que estaba de incógnito en el terruño y a punto estuve de preguntarle por On Kawara y Joseph Beuys. Enseguida el payés la cogió de la cintura, era francés, muy guapo, para meter baza en nuestra conversación; estuve practicando un poco con el idioma galo (puf, cómo se me ha olvidado el léxico frutal) e inferí al poco que Dorothee y él llevaban muchos años en común, cada uno vivió su periplo antes de escaparse juntos a San José. Me explicó ante un zumo de melón recién exprimido que cuando decidieron unir sus vidas compraron una pequeña casa que arreglaron y a la que añadieron una planta más. Dorothee vivía arriba con sus tres hijas mientras que Cedric ocupaba la zona baja. Él también albergaba a sus dos hijas en verano que era cuando su ex-mujer le enviaba desde Reims a las niñas. De ese modo fueron ellas, las crías de ambos, quienes marcaron los ritmos de proximidad. “Sin forzar nos fuimos aceptando”. Hoy presumen de ser una familia bien avenida: “Fue una locura que salió bien”. “Es la isla”. “Da suerte”, sostiene Dorothee.

Creo que el aroma de mi cuerpo ha cambiado. En esos siete días el melón, la sandía y los frutos secos han debido de modificar mis segregaciones. Al despedirme de ellos me pareció que ella sonreía con cara de sandía y él tenía cabeza de melón. Me dije que me miraría al espejo nada más llegar al hotel.

Ya en el coche, les conté a los niños mi confusión de la payesa con los Fischer. Les expliqué quiénes fueron esos galeristas alemanes, hablé de la audacia y del valor, de la lucha contra los miedos en pequeños gestos, de perseguir lo que uno sabe que realmente ama. Les adelanté que al día siguiente se bañarían en un acantilado donde los peces les comerían los pellejitos de los pies, que su padre no estaba a favor de que yo los llevara pero que en mi opinión ya estaban maduros, como los pequeños melones de los que acabábamos de disfrutar, para vivir una aventura. Todo es dar un primer paso: Dorothee Fischer vació su monedero delante de Joseph Beuys y le preguntó que qué pieza de arte le podía vender por ese dinero para regalársela a Konrad. Fue un bloque con forma de rectángulo de cera “Sin título”. Así empezó su sueño: la primera pieza de su colección; nosotros íbamos a empezar por el acantilado.

Lo hicimos y como Señor Salvaje nos picaron las medusas, cuyas descargas aliviamos con nuestros propios orines. “Esto sí que fue una hazaña de héroes de cuento” exclamaba mi hijo mayor.

Tal vez haya sido el rito iniciático. La primera piedra, Donoso cruzó un continente, Turner desafió a la Royal Academy, la pareja de galeristas a la vanguardia alemana, el duque de Orsini la densa negrura de su padre...

Siempre falta algo; uno viaja huyendo o buscándose. Ocurre que a veces se encuentra.

Como narraba Pereira, un acontecimiento inusual, no necesariamente el irse, despierta un yo que desbanca al hegemónico produciéndose una pequeña revolución en la confederación de nuestras almas. Alejada, añoré las manos del hombre que amo o quizá la penetración de nuestras manos (imitando esculturas de Nauman), la mirada de mi madre, también mi ciudad en bicicleta, mi hueco en la cama, el olor de mi casa... La vida cotidiana que tejo. No obstante, esta vez, sacrifiqué un yo zamarreante en esa isla y este nuevo que me va invadiendo (por ahora me llega a las rodillas) ha decidido no resignarse. Como comprar un bloque de cera o bañarse desnuda en peligrosos acantilados...


martes, 6 de julio de 2010

El gol






El año 2010 cogerá sabor a Mundial; ya estamos haciendo historia: todos somos en cierto modo esta Selección. Alguna vez dejé caer por estas tierras que me gusta el fútbol, quizá porque es el deporte que más se parece a la vida: uno puede jugar muy bien y perder; al final lo que suma es el gol.


Nada más.


No debería ser así, ni la vida ni el fútbol. Pero...


En mi tramo de estantería que reservo para "lecturas pendientes" se agolpan textos, de esos largos de hamaca y al fondo los niños, agua o montaña; otros más breves, alguna antología de cuentos, ciertos ensayos sesudos que dejaré para los días que tenga cuerpo de ciencia.



También las películas están aplazadas, muchos compromisos familiares, los cafés con mis amigos: nunca lo urgente es lo más necesario.



Y mis hijos, que han sido las principales víctimas de que su madre se pase un año entero programando, dando clases y estudiando. Son tan pequeños y ya manejan un palabrerío: oposición, unidad didáctica, Lope de Vega, la argumentación.



Algún sábado llegaban a mi mesa: "Mamá cuánto dura este examen".



Como Villa estoy ahí, entrenando, dando patadas al balón contra una pared, haciendo mis ejercicios, día a día; y tengo que oír "Sólo es cuestión de suerte". Prefiero pensar que como al guaje, me pillará el azar preparada y pasaré de jugar en Segunda y en equipos que sí me quisieron al escaparate del Mundial y al gran equipo: como él, todo en un año.



Son esos mis héroes, tal vez porque me reconozco en lo que tienen: afán, trabajo y entusiasmo; porque rechazo al villano: ocasión, contactos, zancadillas. Y si se preguntan ustedes si soy una ingenua, sí lo soy; y asumo que a mi edad serlo es una forma de estupidez. Que si conozco a muchos que han llegado sin las partes ascética y estajanovista, por supuesto; que si he oído a más de uno y de una: "Yo estoy aquí de paso; nunca he estudiado para una oposición, no me lo tomo en serio: sé que es cuestión de suerte; todo culpa de la Administración, una pantomima de proceso". Muchas veces y les he sonreído con mi especialidad: "Rostro de Marilyn", mientras pienso lo que pienso.


Soy hija y nieta de quienes creyeron en la Ilustración, en una enseñanza laica, en el "Sapere aude", en los valores de la educación republicana; no todos merecemos lo mismo pero sí idéntico suelo de base: el mérito, la responsabilidad, el buen hacer; fin a los privilegios.


Y créanme: o son muchos los profesores de este palo o yo he tenido mucha suerte con mis compañeros.



No obstante eso de la suerte...; es que ella y yo no hemos congeniado: cuando "dependo de" me da la espalda; acaso por eso sigo echando unos tiros contra el muro. Para que cuando sea me pille hermosa, dispuesta, cimbreante.



Octavos, cuartos, semifinales: voy con ellos, me miro en ellos; también, independientemente de la fortuna del balón, hay un trabajo detrás. Y valores.



He dado clase en habitaciones, en cafeterías, en academias, en colegios privados, en Institutos, en la Universidad; me lo he recorrido todo y aún creo en mi trabajo. Cada apuesta es única, podría contarles casos fantásticos, experiencias magníficas, alumnos que aún me gritan "Profe, Seño" cuando nos cruzamos en bicicleta, carpetas que guardo llenas de firmas, adolescentes a quienes inoculé el virus de la lectura; ese es el premio, lo sé; las malas experiencias: anomias selectivas.



Con todo, quiero el gol.



Celebrar con los míos ese sacrificio, como Villa mirar a las gradas, encoger mis codos, dar el mayor de los saltos o quitarme la camiseta; tanto empujar sin resolver tiene que acabar. Me toca llegar a puerta, en el centro, por la escuadra, tocando en el palo. Pero que sea gol; todo el empeño, pero gol.


Así que pase lo que pase, como decía Plutarco que César gritaba ante las empresas inciertas y audaces: "Alea iacta est". Si viene el gol lo celebraré, pueden creerme. Y si no, volveré a mis minúsculas y a levantarme desde el suelo en que habré caído una vez más.



Entretanto, pueden encontrarme estudiando o corriendo por la playa (es un método como otro cualquiera para matar dragones); estos días a ritmo de tango. A la espera, como en el fútbol, de esa tan cacareada justicia poética. O simplemente del gol.