domingo, 7 de febrero de 2010

Deja que me vaya


Pasión: acción de padecer.

1. Estás tan tranquilo, en tu casa, sobre la cama, tal vez leyendo; en la cocina, con el pasavolante de la comida; sobre el sofá, ante la televisión de un día pasilargo. Y ocurre. Primero oyes un golpe, sordo, quebradizo; de anticadencia, sin clímax. Porque no recuerdas el antes, sólo el entretanto. Gritan y tú te tragas a su vez el grito. Aparece en el pasillo, porque él viene cuando tú vas. La cara y las manos ensangrentadas y el pasillo lleno de gotas. Le lavas la cara y no encuentras la grieta, el dónde por el que se escurre tanto líquido. Y te agarras a una extaña fortaleza, corrupta, cruel; te enfrías. No reconoces esa voz que miente tu estado de ánimo: templada, satinada, dulce. Le dices que se tranquilice, y sangra, y grita. Al final lo enrollas en una toalla, te tiras sobre el coche, te olvidas de si le has abrochado o no el cinturón. Sólo sangre y gritos. Ni siquiera te permites la curiosidad, mucho menos la sorpresa. Te lanzas del coche, lo dejas en mitad de donde no te acordarás. Y entras en el centro de salud con el pequeño entre tus brazos.

2. Contesta la mari:

–Quita, quita. Con lo bien que estoy yo con mi Manolo. ¿Amar? Qué cansancio. Fua.

Pero sale la buena mujer a la calle aquel adverso día sin paraguas y al ciego arquero, pasado de hierba, en plena audacia circense de malabarista fumado va y se le escapa la saeta que justo acaba en la pantorrilla de la mari quien se rasca el picotazo, jurando en arameo contra las pulgas, mosquitos y tábanos. En ese momento, cruza una mirada con el charcutero que acaba de salir de Alimerka a chupar cinco minutos de Ducados. Una semana después parece, la mujer de Manolo, Halle Berry en Monsters Ball (qué coyunda: en mi opinión de las mejores filmadas), pero en el sofá del vendedor de embutidos.

3. No me convenció Partir (2009). A la salida me encontré con una antigua compañera de instituto que estaba ofendidísima porque le habían dicho que la película estaba dirigida por una feminista de pro, Catherine Corsini, y, sin embargo, a ella le había parecido de lo más manida, sin activismo de ningún tipo. Más de lo mismo, eso sí -me dice- la que encuerna es ella; la narración desde nosotras, con moralina, culpa y estupidez de hembra. Yo no la vi así, la verdad. No es Herida (1992) pero tiene sus aciertos como tragedia. Triangular, parte de una situación de bienestar de la protagonista, satisfecha pero infeliz, que se implica en una aventura con un hombre pasando del adulterio a la expeditiva decisión de divorciarse y empezar desde cero. Se rebela, ingenua y llena de esperanza, lanzándose a un “contigo pan y cebolla”. La realidad más básica la acaba aplastando. Previsible.
Quien haya pasado por un amor fou se reconocerá en la urgencia del minuto robado, en la distancia de las cosas, en el ensimismamiento absoluto, en la ausencia de culpabilidad, en el egoísmo extremo o en la ferocidad del deseo que todo lo da y todo lo quita. De todos los ingredientes hay: hechos y emociones verosímiles, hybris, catarsis... La Scott Thomas está bella como siempre. O más: debería ser un derecho de las mujeres envejecer así, justo como Kristin (en la cola del baño oí a un hombre que le decía al otro: es que sin pecho, con el culo caído, con las arrugas... qué mujer, qué hermosura; yo me la engulliría todita, todita, toda). Sergi López en su línea. No hay química entre ellos, no la suficiente, no te la crees o al menos yo no, dicen mis próximos que exijo demasiado. Puede.
El renacer de una mujer cuarenteañera, atrapada en una jaula de oro, en el intento de esa vida independiente, ilusionante, también cojea. No creo que las cosas ocurran así. No de ese modo.
Me gustó mucho la música impecable de Delerue y el trabajo de fotografía de Agnès Godard, la sensualidad de la naturaleza, el refugio en la montaña, la arcadia a la orilla del mar; el clímax de ciertas escenas (impresionante Suzanne, que así se llama la protagonista, cuando en un primer plano de cuatro o cinco segundos transmite que del calentón ha pasado al amor). Cortaría metraje, me esforzaría en los diálogos de los amantes, resaltaría personalidad, dibujaría mejor el discurrir de la gente aparentemente normal a quien Pasión elige. Con todo, sí es acertada la reacción de un hombre en la cumbre social que no oye la confesión de su mujer enamorada de otro, sino la simplicidad de que ella ha decidido cabalgar sobre bayo distinto; sí, la claustrofobia de la vida después de; sí, la dureza de las escenas de sexo matrimonial sin amor. El lazo de los satélites: la familia, la sociedad, la economía (ha hecho más la hipoteca por la estabilidad marital que toda la soflama eclesiástica). Me quedo con la mirada acuosa de ella al decirle al hombre a quien ya no quiere: Deja que me vaya. Un retrato. Y como tragedia: desmesura, enfermedad, locura y muerte.
En suma, una tarde agradable en ese cine de barrio (Pumarín Sur) en el que aún puedes ver una película en versión original, sin rugidos palomiteros y con espacio suficiente para estirar piernas y cervicales sin molestar al compañero de butaca; cierto sabor de déjà vu y una entrega, mayor si cabe, a la grandiosidad de Kristin Scott Thomas. Glorias Grahame, Genes Tierney y Avas aparte.




sábado, 6 de febrero de 2010

Si te aman las mujeres

Las dos chicas de enfrente hablan de sus disfraces. El señor que llevan al lado se pelea con un sueño contumaz que ya le propinó dos buenos latigazos de cervicales. Mis dos compañeras de asiento debaten sobre quién tiene la correcta interpretación de las palabras que la suegra-abuela les había escupido antes de que, muy dignas ellas, abandonaran la mesa de merienda y se fueran a coger el tren. Yo leo. Pero tanto crucigrama de conversaciones me impide disfrutar de una entrega concentrada: erré en el horario. Tenía que haber esperado el siguiente.
A veces todo nace en el cuándo.
Suena mi móvil y tú me preguntas, en un mensaje de texto, educadamente, sin fallos ortográficos ni apócopes endiabladas, si puedo solucionarte una duda ontológica, ¿Escogemos arena o melocotón para el pasillo? Y en ese instante de realidad, tu rostro resbala sedoso, entre mis pensamientos. Te veo reír a altas horas de la madrugada, revolver el pelo mientras lees el periódico, acariciar tus hombros cuando cuentas, gritar al agua de pronto fría en la ducha, lamer el cigarro entre la boca con ese gesto tan tuyo, tan antiguo, tan de cómeme los labios. Entonces sonrío en esa aglomeración humana sobre ruedas, y las chicas del historial carnavalesco me miran, la nuera y nieta se callan y el dormitante hombre flanoso despierta. El presente se encoge y se expande. Nuestros sosias acuden al rescate. Contesto: Arena. Siempre. Respondes: Llueve, ¿te paso a buscar con mi alfombra para que no te mojes los pies? Sigo: Da igual, hay taxis. Me fascinas: No. Que no sepa yo que esos zapatos fríos dibujan otras huellas. Sigo sonriendo mientras taladro las teclas del teléfono: Vale. El tren llega en quince minutos a la estación. Tú: te lo cobraré en especias. Cárnicas. Por supuesto. Guardo el móvil en el bolsillo de la cazadora y miro a través de la ventana. Hay pocos momentos en los que el humano paladea su presente: todo acaba siendo recuerdo; hay pocos momentos en los que el humano disfruta de lo que tiene y no de lo que anhela. Pero ahí, en aquella anguila metálica que corre sobre raíles, me alegro de que te quedaras en mi cama. El móvil: otro sms. Es mi amigo Javier, me confirma que coge el vuelo a Madrid, que se alojará en ese hotel a pesar del nombre de la calle: Virgen de los peligros, que me agradece la información y que nos vemos a su vuelta. Y me hace feliz hacerle feliz. El hombre, que ya no duerme, me mira intrigado, tanto mensaje, tanta sonrisa. Le sigo dando en el gusto. Otra señal intermitente. Es Enrique desde Sevilla: Sevilla, oh, grande, callejera, orgullosa, abierta, brillante. Llegué justillo al AVE. Le digo al taxista ¿iremos bien de tiempo, cómo lo ves? Mira y dice: hombre, le da tiempo a comprá el periódico y leel-lo con crusigrama y tó. Me carcajeo y el señor me hace la ola. “Próxima estación La Calzada”. Encuaderno con hilo e ilusión los retazos de un día cualquiera. Me vienen a la memoria unos versos de Álvaro. Cartografío afectos y lealtades. A esas alturas del trayecto, me dejo pasear por las cosas de ella. También por sus ausencias. O por sus silencios.
A veces todo nace en el dónde.
Bajé y ella estaba allí. ¿A casa, cielo? Y en el beso, lluvioso, con pretensiones de eterno, destilando todo el sabor de una vida en común; en el calor de su humedad, en los huecos de quien he herido y amado a partes iguales, en su revoltura sobre la mía, en mi mano sosteniendo la fragilidad de su nuca, sentí la voracidad de su regreso: era su caligrafía la escrita en mis cuadernos.
A veces todo nace en el cómo.
Enredado en su conversación, en aquellos ojos que sonríen y verdean, en sus andares felinos, callo y saboreo su modo de haberse quedado. Que ya no me mintiera, que dijera que me echaba de menos, que fuera verdad que se moría porque volviese. Sin explicaciones, sin glosas a los tiempos de carencia: sólo disfrutando del final, de que después de tanto y de todo fuera yo el elegido.



lunes, 1 de febrero de 2010

Caparazones y piernas




H. Matisse

Cuando era pequeña, su madre solía decirle a menudo que hacía preguntas muy raras. También que no comiera tantas patatas fritas. De aquella, la chica se imaginaba la muerte fría y la enfermedad caliente.

Mientras cruzaba la ciudad de punta a punta, bajo la lluvia y con Cracker en su mp3, reflexionaba sobre la edad y la salud. Se dirigía al geriátrico a ver a su abuela casi centenaria (edad), sin querer pensar en cómo el cáncer muerde a quien Fortuna elige (salud). Quizá por eso, para no pensar en exceso, o resquebrajarse por alguna de sus costuras, tarareaba a David Lowery.

Su abuela le preguntó, en una hora y media, treinta y nueve veces si había un novio, si tenía hijos; y si había sido una chica decente. También fue reiterativa en su opinión sobre sus piernas, cada vez que la chica le contestaba a la tríada interrogativa. Allí coincidió con la bibliotecaria de su barrio, el jefe de traumatología del hospital de zona y la tendera que le suele surtir del mejor té.

Allí. Algún día de visitantes a residentes. Todos, en metal.

“Y contemplo las bocas que hablan para lejanos oídos.”

Alguien le cuenta a una mujer, tan joven como ida, que los perros han hecho bien su trabajo en Haití.

Los perros. La inmortalidad.

Una vez tuvo una perra, un pastor belga Groenendal, hija de un bicampeón de España en belleza y nieta de una aristócrata canina, comprada en el criadero “Los Vitorones” que murió de cáncer con 13 años. Ella, la perra, le enseñó demasiadas cosas y le regaló el simulacro de lo inmortal: la cogió cachorra, mordió todas sus zapatillas, meó su lencería, arrancó el magnolio de su madre del jardín en tantas ocasiones como la paciente señora intentó plantarlo; le quitaba el lápiz mientras memorizaba, en noches eternas, miles de artículos de los infames códigos que contienen la legislación de este país; se celaba de todos sus chicos y odió siempre al que pasó del hecho al derecho; adoraba el asiento de atrás de su 850 y nunca permitió que nadie se sentara en su trono; sabía cuándo su dueña estaba triste y cuándo contenta, un día enfermó y el egoísmo inherente a lo humano la hizo pasar tres veces por el quirófano. En la última, vendada y con los ojos minerales, le devolvió la peor imagen de sí misma. Sus carbones se habían enredado en una red blanca y su boca no quiso comer. Con la inyección final, envuelta en sus brazos, la miró como a un dios. Después, se fue y la dejó aquí.

En su piso sólo hay expuestas fotos de la perra. No quiere tener más. Desde entonces le falta.

Los perros han hecho su trabajo en Haití.

-¿Has ido al baile? A nosotras nos gusta el tango y el pasodoble, y las medias sobre tacones altos.
-Estamos hechas de esa pasta.

“Soy un fue, y un será, y un es cansado.”

Deshilacha la tarde de domingo acariciándole el pelo, las manos; y esa piel. Parece mentira: sigue teniendo unas estupendas piernas, con todo lo que se ha dejado atrás. Conserva, también, ese sentido del humor que la asistió en sus desgracias.

-Cuánto cuesta ser caballero cuando nadie te ve. Que se lo pregunten a Esperancita.
-Menuda japu...
-Papá, un respeto –se sonroja la hija. Luego, se pone de pie y se dirige a la mesa donde la chica y la anciana hablan de piernas. Es un saco incómodo. Como un enfermo desnudo bajo una bata que no cierra por detrás.

-Discúlpenlo. No rige.

A la chica quizá le apeteció contestarle que no todos opinarían lo mismo, pero el protocolo insiste en la prudencia. Le cogió la mano y las explicaciones con la cadencia de aquellos que generosos han aprendido a entenderlo todo.

-Aquí se puede oír cualquier cosa. Por eso, jóvenes enfermos y viejos están "aquí".

En ese escaparate resulta complicado sustraerse a la muerte.

Un año después de la perra, se murió la abuela paterna. La comió un páncreas lleno de huevos. Al abuelo, el cuerpo no se lo pudrió el penal de Cádiz donde pagó haber sido republicano, sino el pulpo canceroso que anidó en su próstata. Al hombre a quien más ella había admirado, al que quizá seguía persiguiendo en los otros (su sonrisa, su discurrir, su afán viajero, su deseo vital, su energía, su derroche), un día, lunes o martes, no recuerda, eso no lo recuerda, se lo llevó una tela de araña que nacía en su pulmón izquierdo para morir en su hígado: en su camino llenaba de algas el interior de todo aquel cuerpo. Aún le faltaban otros cincuenta.

Cuando lo fue a ver al hospital le dijo a la chica “Hoy tú tienes un día más y yo uno menos”.

-¿Tienes novio?
-Sí.
-Dile que te cuide: tenemos buenas piernas; un peligro. Le cuentas que es por el baile. Ah, y compórtate decente. No te dejes, hija. No te dejes.

“La muerte en traje de dolor envía”.

-En esta casa siempre hace mucho calor. ¿Tienes hijos?
-Sí.
-¿Ya?... Pues sí que has corrido lo tuyo. Claro, con esas piernas.

“Confiésalo Cartago, ¿y tú lo ignoras?/ Peligro corres, Licio, si porfías/ en seguir sombras y abrazar engaños”.

Suena el móvil. La llaman. Saluda. Habla de lo bien que hoy la encuentra, de que han estado con chascarrillos de piernas y las historias de siempre: del conejo guisado con caracoles en la canícula de la desértica Lleida, de lo bien que bailaba el tío Blas, de lo guapo que era Rafael, de las fuentes en el Ensanche, de los moros agrietando Barcelona. Parece haber disfrutado a pesar de las sombras.

-Nena, ¿Te llama el novio?
-No. Es tu hija.
-Ah. ¿Tengo hijos?... ¿Y tú?

Le dice, desde el otro lado, que en las Ramblas no llueve, que no pudo encontrar el libro que le encargó, que el piso está sucio. Que todo duele. Que es como un hielo frío, denso y pesado; por allí, entre las venas. Que aspira a descansar.

-Pregúntale si tiene hijos.
-Claro, si no, ¿quién soy yo?
-La otra chica guapa del baile.

Le pasó el móvil, pero la vieja hablaba hacia el otro lado. Trozos de cosas, acaso palabras, imágenes; estallidos fragmentarios. Sucesiones de una vida. Se queda quieta, mira hacia la pared como si buscara un pelo en una chaqueta. Algo la ronda pero la chica no sabe qué puede ser.

-Quítame este trasto, ¿Quién eres?... Bonitas piernas.

La besa. Y sonríe. Y sabe que su olor la conduce a otras fragancias, a espacios donde la chica era la niña y ella le tejía trenzas en el merdado de la Boquería mientras esperaban sus turnos. Se convence de que no es una cáscara vacía; que allí, entre sus recuerdos, las dos habitan y es donde le da la mano. Lo sabe, aunque cuesta: en ese espacio los cuerpos parecen cascarones de identidades.

-Jubilación a los 67. Que se jodan.
-Calla, papá. Por favor... -La hija lo abraza. Siempre remediando el verbo abierto.

La abuela sigue buscando la continuidad de su especie.

-Chica, mira que estás guapa, seguro que tienes novio. No quiero que el mío te vea: adora las piernas. ¡Qué calor!

Todos los que están allí se quejan de esa fiebre, de la temperatura, del ardor. Quizá ser viejo aplique un sumatorio de carencia y la enfermedad, pornográfica, luzca con abundancia.

Y vuelve a las preguntas extrañas. Y la anciana se descubre, en un desvelo coqueto, tirando de su falda, las blancas y lampiñas y suaves piernas. Y a la chica le cuesta imaginar la muerte escasa e incendiaria; y la enfermedad glotona. O gélida.


[Los versos citados pertenecen a Félix Francisco Casanova de Ayala, Quevedo y Góngora]



sábado, 30 de enero de 2010

Todo lo bello convoca

"Salinger no... no puede ser: Salinger era inmortal. Yo sabía..., creía que..." (una voz en la sala de profesores tras conocer la noticia.)

"... la savia serpenteaba alrededor de los delgados tallos con un leve ruido húmedo, como el beso de los caracoles." Boris Vian



"No se puede aceptar de una mujer que se quede con uno sólo porque le ame." Boris Vian



"Barcelona es como la compañera interesante que se sentaba atrás y con la que casi no coincidía. Cuando la ves de cerca sabes que la habrías querido más, te imaginas qué hubiera sido de ti si ella se hubiese presentado cuando todo era posible, te preguntas, aún hoy, que por qué no nos vemos con más frecuencia; que por qué no nos habríamos conocido antes. Ves que tiene más cosas, que responde al pensar común del estereotipo de mujer mediterránea. Paseas la Rambla y sabes que con ella ocurre como con ese tipo de mujer: acercarte a ella, tratarla más, su fragancia... te volvería loco. Madrid es biografía real y Barcelona el sitio donde encajaría." (Conversación mientras corríamos por el muro de Gijón.)


"La novia de mi hermano era bastante guapa, sobre todo de piernas. Cada vez que le mirabas las piernas, resbalabas un poco. Y a mí me encanta resbalar. Lo que me da miedo es caerme, sí, pero resbalar es algo que me hace perder la cabeza. Un buen resbalón hace por mí lo que hace por una campana el brazo más fuerte." Chus Fernández


"Después de la guerra los rusos irán por las casas con grandes bolsos, de los que sacarán regalos para toda la humanidad." Bora Cosic


"Algunas palabras eran muy antiguas, otras muy nuevas, todo estaba mezclado. En los cuentos, las novelas y los libros en general se trataban muchos temas, pero en la vida real todo era muy diferente." Bora Cosic


"Siento que muero un poco más cuando las cosas que creía se me van." Joe Crepusculo


"Una flor ha nacido sin sol dentro de una botella y te atrapa un terror absoluto y te lleva con ella." Joe Crepusculo

domingo, 24 de enero de 2010

Gigante



La playa, André Lhote

Cada lunes inicio mi clase con un ejercicio de narración oral con formato de folletín para adolescentes estilo Física y química o El internado.
Hace mucho tiempo, les digo, en épocas remotas, yo me imagino a los homínidos de nuestros antepasados, sentados alrededor del fuego (uno de los primeros escalones tecnológicos) escuchando (costumbre en desuso) acontecimientos en la voz hechizante de algún anciano, sabio, testigo, quizá aún pastor. Cuando entonces, cumplía varias finalidades: la explicación del origen o el bien y el mal de la naturaleza y, por ende, de ellos mismos; la transmisión de conocimiento; la cohesión grupal; la diversión; la exaltación de las virtudes de la tribu; el escaparate de modelos de comportamiento... Esas primeras manifestaciones literarias precisaban de memoria y de seducción: no todos guardarían tanto, no tantos estarían capacitados para el hechizo.
Imaginaos que no existiese Internet, ni televisión, ni cine, ni libros: ¿Qué haríais?
Esta última pregunta conlleva sus riesgos: son adolescentes sujetos a la fiebre y al calor de una suerte de virus hormonal; pero hasta hoy, salvando ciertas impurezas, he salido airosa de la experiencia.
Podríamos suponer, continúo, que, entre otras actividades, nos contaríamos leyendas o cantaríamos: ¿De qué? ¿Sobre qué?
¡De miedo! –gritan algunos; ¡De amor! –otros.
Entonces o bien les leo algún pasaje escogido de la literatura universal (o de algún autor que nunca se hallará en ese continente pero que no le sobraría contenido para ello), o bien les cuento una anécdota o una película.
La semana pasada les narré la historia de dos chicas más o menos de su edad, Amber y Lynette. Una, madre adolescente; y otra, adolescente que tuvo que hacer de madre. Yo pongo voces y tiro de cualquier recurso para la captatio benevolentiae, pero la magia está en el arte de la literatura no en que yo esté dotada del don del hechicero, ni mucho menos. Mientras oyen lo que les cuento y preguntan y se enganchan, voy dosificando la información y en el clímax les digo “Y hasta aquí puedo contar”.
-Jo, profe, cómo te pasas. ¿Qué ocurrió, se quedó con la niña, volvió allí, Tassie logró ser algo más para Sarah, Edward se implicó...?
-Si no queréis ser behhh, leed –les digo; y se ríen.
El libro del que extraje estos personajes, por si les interesa, se titula Al pie de la escalera de la escritora norteamericana Lorrie Moore. Magnífico. Imprescindible.

Con todo, sigo a lo mío. Aprovecho, de este modo, y les introduzco los subgéneros narrativos, les hablo del Minotauro, de las leyendas, de la poesía épica (tirando de símil actual y referencias asequibles del tipo Gladiator o 300); también del cuento y de la novela. Con epílogo: el cómic, la novela gráfica, el cine... A veces, muchas, son ellos quienes me sorprenden. Es el caso de E., una superviviente a una leucemia infantil que la tuvo hospitalizada durante dos años. Es creativa, dispersa, enganchada a la lectura, supongo que como muchos niños encamados como bálsamo o arsénico de evasión. Ella nos relató una leyenda que recibió de su bisabuela: un nocturno e intermitente gemido de bebé, unas montañas leonesas, un accidente en las minas... Ella sí fue un bayo al galope del abracadabra del encantamiento.
Mañana me serviré del cine. Mañana les contaré Gigante (Adrián Biniez, 2009).
La primera vez que oí hablar de esa cinta (Oso de plata, Gran Premio del jurado y mejor ópera prima festival de Berlín 2009, premio Horizontes latinos festival de San Sebastián 2009) ya se produjo en mí cierta suerte de encantamiento: me atrajo la sencillez de la historia, los previos, el enamoramiento (en un lugar tan poco dado a ello como un hipermercado argentino, en un cuándo cruelmente realista) entre dos personajes tan invisibles como un nocturno guardia de seguridad y una solitaria limpiadora que busca al amor de su vida en las páginas digitales de contactos, con la cámara y los silencios como único narrador.
Ya he gruñido, pataleado y malcafeado bastante en este espacio mío sobre los pocos lugares que nos quedan a los amantes de cierto cine, bien clásico o del no convencional, no comercial, de pequeña factura, pero repleto de belleza en la ficción o lírismo en las imágenes. Pero hay islotes: no sé dónde ni cómo lograré ver La cinta blanca pero en el ciclo V.O.S. de pumarín gijón sur sí hay otras del cine del mío con las que regalar mis ojos. A lo largo de los sábados de este primer trimestre de 2010 me esperan, como antaño con las de primera sesión, ratos de placer. Seguro.
Ayer fue uno.
Lo peor: la acústica del cine sudamericano. Ojito: elemento que no es moco de pavo. Hoy he escuchado en la Ser la llamada de una oyente invidente zaragozana que suele ir al cine. Contaba que ella va y escucha y con los diálogos y los efectos sonoros disfruta de las películas. Como poco, la historia merece ser contada. La señora intervenía, no obstante, para expresar su descontento y la frustración que la última película sobre la figura de Sherlock Holmes le había dejado en el oído. Ella que fue a ¿ver? una de diálogos y se encontró ¿escuchando? una de acción y golpes sentía su ánimo y su alma timados. Su acritud maña traspasaba las ondas. Aquí lo dejo.
Regreso a lo mío. A pesar del tema audio, que afortunadamente en Gigante pesa poquísimo, la historia es bellísima: atesora la hermosura de lo natural. Jara, un hombre que tiene todo el aspecto de un violento oso y juega a provocar en el espectador el disparo de las deducciones gratuitas y los prejuicios (guardia, grande, adherido a sus cascos con rock duro y heavy metal) le regala a Julia (feúcha, solitaria, de pequeños gestos cotidianos, que emerge transparente) una segunda mirada: la que convierte al igual en único; cuando el rito del día a día nos elige, cuando enamorarnos nos resucita del gris y la monótona alienación, cuando ya nada vuelve a ser lo mismo: porque uno no ama, no así, en vano.
Qué real la película, cómo apetece seguirla, verla en el mundo. Y mirarla hasta que se te pongan rojos los ojos sin tener nunca bastante. Ver, en lo pequeño, el proceso de cómo el amor nos atrapa.
Oh sí y los celos. El retrato tan acertado de lo posible. De nosotros enamorados. Conozco muy pocas encubridoras Altar Keane, pero sé de amores gigantes en vidas pequeñas.
Como el de Jara.
Anécdotas varias. Cuando estrella, por ejemplo, la cara de aquel rijoso contra el volante, quien ha amado así, sus labios callan pero las neuronas asienten: sí, sí, el homínido que guardamos ahí dentro a veces quisiera coger orejas con pendientes, pelos lacios y calvas incipientes y darles en las narices con algo, para que dejen quietas las manos, se callen lindezas de intenciones sicalípticas y limpien la mirada. Y lo de provocar el chaparrón anti-incendios… es que, a veces, cuando a uno se le cruza la sospecha de que la dama está con varón (qué importa que sea su marido) o varón con dama, apetece boicotear sin ser visto. Pero normalmente no se puede y sólo puedes deslizar un cactus con su nombre en mitad del pasillo por donde ella sola transita o una pastilla de jabón de aceite de oliva y piel de naranja intentando remedar su memoria como un niño agita las manos cuando la habitación está oscura y no encuentra la llave de la luz. Esa fragilidad, nuestros altos y miserias, activa todos nuestros miedos.
Y no cuento más.
Les digo lo que escribió un crítico americano sobre Al pie de la escalera: “Al acabar la novela me dirigí de inmediato al lector que tenía más cerca y le hice jurar que la leería”. Aplíquenlo a esta película.
Mañana Gigante en narración oral para mis alumnos: una de amor del bueno. Por supuesto.

viernes, 22 de enero de 2010

Il falegname

Da me.

Intentaba repasar las preposiciones italianas, falsos amigos idiomáticos donde los haya, cuando sonó el teléfono móvil para interrumpir mis incursiones en la lengua de Dante.

-Soy Silvio. ¿Paso ahora?
-Pues... verás...
-Escuché el tu mensaje y estoy bajo tu ventana.

Me sonó tan poético, que me imaginé como la bella Roxana en la versión infantil de Taï-Marc Le Thanh de Cyrano que cada noche de esta semana me toca leer a mis gnomos; con estos previos, quién le iba a decir que no.


-Sube pues -¿Prosa inmemorial?

Dejé la gramática y esperé a mi carpintero. Dos días antes tuve de visita a Antonio, el fontanero. En la intimidad a uno lo llamo Belarmino y al otro Apolonio, en honor al Novecentismo y a Pérez de Ayala; y a lo dionisíaco y apolíneo; bueno, y a lo mucho que admiro la riqueza en mente y en pragmatismo que ambos ostentan.

Se me dan bien, los profesionales del gremio, digo; (vaya quiebro a la norma: es que pasar del italiano al español y de la sesuda gramática a la arquitectura de interiores me provoca cierto vaivén, algo así como un alma bipolar. Ora maníaco, ora eufórico. Y claro, afecta a mi locuacidad y al constructo de mi sintaxis, a ver si se me va a escapar uno de esos parónimos cacofónicos que luego traen cola en prensa -del tipo, "¿Michu?, ¿Mino?"- y que una vez leídos tan bien me vienen, por cierto, para ilustrar fenómenos del idioma en mis clases). “No me vayas tan de al hecho” me parecía estar oyendo al viejo y no menos añorado Julio en un intento tan imposible como voluntarioso de recortar las largas, prolijas y maliciosas peroratas de su esposa.

Sigo entonces.

Suena el interfono.

Vieni da me. Silvio è puntuale.

-Hola pequeña –dijo revolviéndome el pelo–. De María de Maeztu a elfo con ojos. Los destinos del señor son bulliciosos.

Me costó bajar de la pose Visnú y le lezioni sono lunghe a la prosa multicontextual de Silvio, a pesar de que recibir a este hombre siempre granjea, per fortuna e sicuro, impressioni buone.

-Va bene... digo, buenas tardes, Silvio.
-¿Te pasa algo en la boca?

“Non cambia niente”, in effetti mi ebanista, pasase el tiempo que pasase, seguía auténtico, perspicaz, ligero y real como l´erba verde. Su historia: curiosa. De alto ejecutivo a un José sin Belén: “El estrés no tenía piedad; mi deseo siempre insatisfecho. Apareció Ramiro de la Calle, Buda y la felicidad; trino y uno. Todo a la vez. Entonces comencé a vivir de mis manos con recto esfuerzo y pocas ambiciones”.
Con síntesis, resumen, precisión y elipsis necesarias, Silvio me contó un día la razón de su existir.

Él tiene tamaño Odín y yo casi floto cual flor de calabaza de río, así que cuando abre el cuaderno y saca el lápiz orejero, él escribe sobre la litera de arriba y yo me subo en la de abajo para que mis ojos alcancen su grafía. Lo hice la primera vez que vino a casa y ahora ya es una especie de rito de recibimiento; él ríe a carcajada abierta y yo me siento una estampa de brocado en el alambre sobre el mueble-tren donde duermen mis hijos.

-Il cielo è azzurro... está cambiando el tiempo.
-Tienes que leer menos y vivir más, vidi, estás a medio hacer. Y no me refiero al orden sexual; sabes que para mí casi eres una hija, y te lo dice alguien desvirgado a los doce y con un catastro femenino como el de Luis XVI. En suma, que aunque ahora sea uno de los tópicos contemporáneos, no me refiero a la coyunda, sino a lo pequeño, a lo de fuera, a hacer una sola actividad con tiempo y disfrutándola –Sus palabras sonaban convincentes.

-Ah; pensaré sobre ello. ¿Qué te parece si vamos a nuestros asuntos? (por descontado, adoro tu clarividencia y tu don para la retórica, con todo, estás aquí como carpintero). Y de eso se trata: necesito otra estantería.

-Cagontal. Díjete que no más, vidi, que van comete los ácaros, pequeña oruga, que ellos tan creciendo con tanto papel y yo, de vez en vez, te veo más ruina.

He de aclarar que Silvio es un informante delicioso para cualquier dialectólogo que se precie de tal: ejemplo vivo de bilingüismo, diglosia y fenómenos de sustrato.

El mundo es efímero; pero hay ratos que toman una consistencia que diríase que hubo un Dios creador de una tierra eterna.

-Silvio, la última, ¿vale?
Me miró desde la oscuridad de su cabeza olmeca, con un mohín de desobediencia que fue derivando en una cesión en toda regla.
-Vidi, ¿por qué no me pediste a los Reis d´Oriente un libro electrónico? Convertías to esto en una biblioteca de bolsillo. Ye lo último.

“¿Tú también, hijo mío?”. Que venga mi Silvio, mi manitas de madera, mi Gepeto (I soldati sono coraggiosi) a tratar de venderme el artefacto o dispositivo o loquesea ese llamado e-books o e-readers, de apenas doscientos gramos y de una memoria capacitada para 1500 títulos me irrita el Karma o el éter corporal. No quiero el libro digital, amo mis volúmenes, el olor a papel, mis subrayados, la fecha de compra (¿quién era yo entonces?); sigue siendo una fiesta el correo de ChemaParadiso con su “Ya tienes aquí el libro x; pasa a recogerlo cuando quieras, un saludo, Chema” y la consiguiente búsqueda (palparlo, abrir su fragancia, explorar su índice). Que no, que no y que no. Me disfrazo de romántica.
-Quiero que me coman mis libros, envejecer con ellos, ajamonarme o amojamarme en una casa empapelada de tejuelos, dejarlos en herencia a mis hijos o a la biblioteca del barrio. No, Silvio, no lo intentes. Estoy de vuelta de ciertas ceremonias.

-Con lo estudiada que tas: vas perdete; no te ofendas, pero voy decite que si sigues en tu afán reaccionario paezme que te va a faltar la patatina pal kilu. Dan ganas de llamate zorola o mastuerza o zamuza. Con perdón, vidi, dígotelo desde el cariño infinito. Tas sin encomendar a Dios ni al diablo. O tas dejada de la mano de Dios; o vas necesitar Dios y ayuda pa ver la luz. Nena, no pues dar la espalda al progreso, y qué espalda ¿aliménteste bien?...Tas güesuda y seca.

“L´uomo è ragionevole”.

-Mira Silvio, quiero que ocupe de aquí hasta allí, madera y en oscuro, con estantes a varias alturas, sin cierre arriba. Dos cuerpos.
-Ummmmm, encima no se lleva eso. Tas vikinga del to.
-Che cosa è? Quiero decir... ¿Cómo?
-Esto no es un camino de rosas. Va a costate euros a esgaya, vas quedate a medio camino: antigua que no longeva.

Cuando empieza así, sale lo mejor del artista, pero me quedo coja ante su intención comunicativa: no me abro camino, no traigo el buen camino o no me pongo en camino. Y todo en un afán de seguir con la cortesía idiomática.

-Hoy vienes puesto "de camino". Te sigo, te sigo.

Le encantan ciertas expresiones aderezadas con una oscuridad expresiva que me apasiona: unos hacen sudokus, yo contemplo la elasticidad del idioma. Unos días van en bicicleta, otros huelen bien.

-Nena, hablar conmigo ye como andar por un camín de cabras; pero tú me entiendes: no te lo hago. Y no. Vas a la factoría sueca, ahorres, colóqueslo tú solina (y de paso aprendes y pones a funcionar les manines) y si no te va bien, abandonas la idea, regalas tanto volumen e inviertes en lo digital: un íbuks de esos.

-Che facciamo? Anda, Silvio, hazme un garabato y ponte con ella: quiero esa estantería, la necesito.

Todo esto lleva la mejor de mis sonrisas. Conveniente, tranquila, agradecida.

Él intentó conservarse como una aulaga, duro y espinoso.

-Si me lo haces, además de pagarte lo que me pidas, te regalo un libro y te recomiendo otro, de los que a ti te gustan.
-Nena, no quiero engañate, tengo mucho trabayu, no es plato de gusto dar margaritas a los cerdos: no al papel, sí a lo digital.

Le escribí en la hoja cuadriculada con ese lápiz maravilloso, grueso y que en lugar de escribir, tizna, mi última lectura, embriagante y magnífica: Borac Cosic, El papel de mi familia en la revolución mundial. Luego, alejop, salté de la litera, corrí hacia la biblioteca del pasillo (hay otras: en el salón, mi habitación, una esquina de la cocina, estoy por convertir una de las duchas en más de lo mismo). Cogí una antología de relatos de Buzzati. Empecé a leer...

-No sigas; mejor cuerpo y medio, pino, tintado en oscuro...
-Gracias, Silvio, ¡eres un sol! –dije con la comprobación de que todo sigue estando en los libros. Maravillosa seducción.

Él se llevó mi Buzzati y el croquis. Yo me quedé con su palabra, única, inflexible, rotunda. Ah y el italiano: Di chi è questo libro? Pero esa es otra historia.

jueves, 14 de enero de 2010

El Palenque



Los novios, Antonio López

Bufaba la señora de atrás. En el rostro, agraz de suyo, se leía en mayúsculas la palabra prisa seguida de impaciencia. Me dice en bajito, hablándole a mi nuca: "Padezco de gerontofobia". Estaba encrespada; el simple hecho de tener que guardar cola le ortigaba el ánimo.


Dio con hueso.


Un mes en la extinta RDA me enseñó a estar entre uno y otro a la espera de todo lo colectivo. El hombre tardaba. Se movía inquieta. Adelante, atrás. Me golpeó los tobillos un par de veces con el carrito de la compra.


No se disculpó: buscaba mi complicidad en la espera. Contra el hombre.


Hice cola en el cajero detrás de ese hombre, del cuello de un hombre, que parecía no confundir valor y precio. Tenía la nuca arrugada, el esqueleto queriendo rebelarse al derrumbe que el paso del tiempo deja en las formas; cogió el dinero, vi sus manos, de hortelano o cabrero, esperó sin prisas, sin mirar a los lados ni hacia atrás, no parecía tener miedo (ni al que atraca, ni al que falsifica, ni a las mujeres, ni a la enfermedad; ni siquiera al vendaval que llenó las calles del barrio de mi instituto con una suerte de intimidades que sólo a lo doméstico atañe: calcetines, medias de rejilla, algún mantel...). Tomó el recibo. El torbellino atmosférico dio paso a una humedad meona. No lo escudriñó, pero acarició sus esquinas. Lo guardó en el bolso derecho de su pantalón. Se dio la vuelta ya mirándome a los ojos. Entonces, como cereza me coloreé.


Toda la vida de aquel hombre estaba en su forma de atrapar el mundo. Alguien a quien no se le encoge el ombligo. Yo sonreí. Él dudó. Saqué la tarjeta con el cuerpo de medio lado, lo que me permitió ver que él me concedió una segunda oportunidad:



-Perdona, ¿nos conocemos?
-¿A qué hueles? ¿Qué aliento traes?



Un hombre mayor, una mujer que parece más joven, acaso más en su cristal, dos extraños en una sonrisa. Formas de cine de mi adorado Otto Preminger.



La mujer ya entre él y yo seguía esperando a la cola, mirando ostensivamente el reloj. No sería capaz ni de escuchar en plena noche al querequeté. El encuentro congeló su mala educación. Contemplaba la escena.


-Sí, nos presentaron, usted me firmó El Palenque... Le veo bien.
-Ah. Muchas gracias.

Las arrugas de sus ojos enmarcaron cierto destello: fiebre o laurel.


No creo que se acordara de mí. Brilló antes su nostalgia, que su ego; la recuperación de algo en la voz de una desconocida, alguien que esperaba a que él realizara su tarea, alguien a quien quizá no volviera a ver, a tropezarse, en fin, descubrir que se pude ser cotidiano a la otredad.
Pudo sentirse halagado.
O no.
No debe de ser de ese tipo de hombres: su chaqueta, sus maneras, la prudencia en el tono de voz.


Me habló entusiasmado de aquél que un día nos presentó, del intermediario entre él y yo, de lo bien que le iba, de lo mucho que se alegraba, de lo importante que algún día llegaría a ser; su generosidad lo transmutó en alguien aún más grande.

-Precisamente acabo de felicitarlo por su última traducción.

Hablemos de ti. Cuéntame a qué huele el calor de las indianas, de dónde la humedad de ese mar, cómo arrancar la niebla en las costas; del comercio y los ultramarinos, de las travesías, de los periódicos de allá, de cuando entonces. Sé capitán, aventurero, talador de árboles, cuidador de acémilas, tahúr, pintor de cal; hurtador de besos en oscuros callejones...

-Le sigo en prensa.
-Ya ves.

Nada.

Desde su observatorio privilegiado, la mujer dio licencia a sus fobias, a su cara, a su mala leche, a ella misma.

-¿Y tú, a qué te dedicas? No recuerdo, lo siento -Conservaba aquel hombre el encantamiento de los modos. La elegancia en el trato. Las palabras ceñidas por el tono de la cortesía.


Eres muy nuevo, Romanín, pero quiero decírtelo para cuando seas grande: no hagas engaño a las mujeres. Haz lo que él hizo conmigo, la verdad por delante. Porque las mujeres venimos a ser como la tierra labrantía, que da cosecha buena si le ponen simiente buena. Y si le ponen simiente dañina da cardos borriqueros.

En mi fantasía olía a espliego, lo hubiera invitado a un café o a un viaje a Kamchatka en autobús: todo por pasar tiempo incrustada a su fabular.

-Enseño Lengua y Literatura en un instituto, trato de que amen o se infecten o enfermen de ficción. Mis chicas... mis chicos.
-Eso es muy bueno. Muy bueno.

Nos miramos.
-Entonces..., hasta la próxima.
-Hasta la próxima.

Esta vez ambos sonreímos. Se fue.

La señora lo miró de otro modo; ya no era un hombre lento, un pesado, un cualquiera. Era un escritor. No era quien le robó diez minutos arriba o abajo en la osada tarea de aquella mañana. Era también un periodista. No un obstáculo en su gratuito estrés matutino: una profesora de Lengua y Literatura, dedicada a enseñar, quizá a su hija, quién sabe si historias que podían haber sido escritas por aquel hombre, lo había tratado de usted, con sumo respeto, hablando de aquella firma y de su libro como podría hacerlo de un tesoro. Al llegar a casa preguntaría a la niña o a las amigas de la niña. Escudriñaría los dictados, les pediría los recortes de periódico trabajados en el aula, relataría aquello como lo más importante de su mañana anodina.


-¿Cómo dices que se llama ese escritor? El palenque no me suena. ¿De qué va?
-Otro día se lo cuento -dije.
"Que te lo pique un pollo", pensé.

[José Antonio Mases, El Palenque]