martes, 5 de febrero de 2013

Milena

         Yo, alimaña del bosque, antaño, ya casi no estaba más que en el bosque. Yacía en algún sitio, en una cueva repugnante; repugnante sólo a causa de mi presencia, naturalmente. Entonces te vi, fuera, al aire libre: la cosa más admirable que jamás había contemplado. Lo olvidé todo, me olvidé a mí mismo por completo, me levanté, me aproximé. Estaba ciertamente angustiado en esta nueva, pero todavía familiar, libertad. No obstante, me aproximé más, me llegué hasta ti: ¡eras tan buena! Me acurruqué a tus pies, como si tuviera necesidad de hacerlo, puse mi rostro en tu mano. Me sentía tan dichoso, tan ufano, tan libre, tan poderoso, tan en mi casa, siempre así, tan en casa...; pero, en el fondo, seguía siendo una pobre alimaña, seguía perteneciendo al bosque, no vivía al aire libre más que por tu gracia, leía, sin saberlo, mi destino en tus ojos. Esto no podía durar. Tú tenías que notar en mí, incluso cuando me acariciabas con tu dulce mano, extrañezas que indicaban el bosque, mi origen y mi ambiente real. No me quedaba más remedio que volver a la oscuridad, no podía soportar el sol, andaba extraviado, realmente, como una alimaña que ha perdido el camino. Comencé a correr como podía, y siempre me acompañaba este pensamiento: "¡Si pudiera llevármela conmigo!", y este otro: "¿hay acaso tinieblas donde está ella?" ¿Me preguntas cómo vivo? ¡Así es cómo vivo!
Carta a Milena, Kafka


domingo, 20 de enero de 2013

Fanzine Estrada, n º0# Equipaje



Ya está disponible el número 0, Equipaje, del fanzine Estrada, proyecto Estrada-ideado por Job Sánchez Julián y Alba González Sanz; una colección-exposición de cuadernos de viaje multidisciplinares. En este número, presentado el 19 de enero, en mitad de la ciclogénesis, en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón, comparto tinta con Antonio Seijas, Fernando Pubul, Adolfo P. Suárez, Marcos Torrecilla, Paula Suárez, Virginia López, Gonzalo Golpe, Alejandro Nafría y Antonia G. Tinturé.


Mi texto no hubiera sido posible, sin el empuje, personal y creativo, que Alba y Job suponen, siempre, para todos los afortunados que caímos un día en su mapa.

                                                                   *        *        *

El salto del cisne
Para Yolanda

“Todos los movimientos están llenos de significado.” Maya Plisetskaya

El equipaje

Aquellos nudos. Aquel ovillo. Tu gravedad.
En el fondo donde me miro, pozo o espejo, el reflejo, como de agua, persevera. No te envuelve, no se ondula, parece la dura carcasa del aire. Solo dentro, circundándote, se alcanza la flotabilidad. 
Sabes bien, hueles bien, suenas bien. Pero ha llegado la hora. Necesito tu ausencia. Debes irte. Renunciar. Soltar tus manos de mis manos, los mapas de tu piel en mi piel, el peso de tus huesos en mis huesos.
Tú en mí. Dejar de lamer de qué estamos hechos.
Allá arriba, me aguarda.
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, rezaba aquel texto sabio. Tu elástica armadura. Si me lanzase, mirarías desde ahí dentro, en la profundidad de la imagen, cómo salto, cómo me desalojo, cómo te quedas adherido al suelo. Me exhibo, me atrapas, caigo y me rodeas; yo, tu títere; tú, mi araña. Poco a poco nos voy quebrando.
Me voy yendo.
Si no te miro, si me suelto, si abandono tus tobillos, tus muñecas, el cuello, los ejes y bisagras por donde me amordazas, el contraste entre lo horizontal y lo vertical me gusta, crea puntos de fuga infinitos; la vista, diáfana; lo frágil, dúctilmente inquebrantable, lo denso fluyendo. Y solo el aire.
Quédate, no vengas. Permíteme irme. Recoge la sangre, el gramaje de mi boca, las cuencas de los ojos; haz porosas mis clavículas, arráncame los senos; que mis brazos sean alas (todo, te lo regalo todo, las arterias de ida, las venas de vuelta, el vello del antebrazo, las esquinas de mis codos, la infancia de mis falanges, que no las quiero, que me estoy convirtiendo en pez y ellas, aletas); que mis muslos y su vientre se vacíen (todo, te lo regalo todo, la grasa, la encarnadura blanda a quien envistes, las flores rojas que entre mí nacen cada mes, mis nalgas y su boca; lo cóncavo, mis durezas, mis curvas, la solidez de mi fémur); solo mis pies como remos de aire.
Mete todo lo que ha dejado de ser mío y es tuyo en esa maleta; ya estoy lista para irme.
¿Cuánto hace que lo sé, que cada mirada se iba de ti más lejos? ¿Cuánto? ¿Ritmo, frecuencia? La preparación del viaje, de seis a ocho horas cada día, desde los cuatro años que sé que quiero renunciarte, desertarte, vaciarme. Toma mi cuerpo, ese es tu equipaje.

La eternidad

Y saltó. Y las formas con su peso, el dolor físico, la resistencia; la malnutrición, la fecundidad perdida, el pacto con el agotamiento. Él fue su equipaje que se ha ido al pozo, al fondo del espejo, la última pirueta.
Ella, al fin, arriba, flotante y deslizándose. Ingrávida, llámese equipaje; llámese cuerpo.
Fue el impulso. El canto del cisne. Un grand jetté. Luego, la ansiada levedad.

Natalia Cueto Vallverdú, noviembre de 2012


martes, 25 de diciembre de 2012

Carta a mi profesora de Lengua



André da Loba (ilustrador)

"Buenos días profe:

Hoy día 20 de diciembre, queríamos hacerte esta pequeña fiesta sorpresa para agradecerte todo lo que hiciste por nosotros en este trimestre. Llegaste más tarde de lo normal y el comienzo no fue muy bueno, pero poco a poco fuimos conociéndote y nos diste tanta confianza que con el tiempo nuestra relación contigo fue diferente a la del resto de los profesores.
Queremos agradecerte, sobre todo, esa confianza. La que tienes en nosotros porque parece que por estar en este grupo somos los tontos, los malos, los gamberros, etc... pero tú nos demostraste que al menos para ti no es así.
Gracias por entendernos en todo, aconsejarnos no solo en el tema de los estudios sino en lo personal. Fueron pocos meses los que hemos estado contigo pero gracias al modo en que tienes de dar las clases nos conocemos bastante bien y lo que nos das nos gusta.
Esperamos que nada ni nadie te haga cambiar porque así eres estupenda.
No solo te damos las gracias, también aprovechamos para pedirte perdón por las malas caras, malas respuestas, malos momentos, porque si alguien no se los merece esa eres tú. 
Pedimos y queremos que siempre tengas esa sonrisa en la cara y en los ojos y que no permitas que nada te la quite. Que nos sigas trayendo a clase tu mochila con viajes, pintores, recetas, cuentacuentos, relatos, mosqueteros, imágenes de Roma, monedas de Estambul...
A todas horas nos dicen que los profes no son nuestros colegas, pero para nosotros tú eres mucho más que una "profesora".
Te deseamos lo mejor para estas navidades, que disfrutes muchísimo y sobre todo que descanses que a la vuelta hay que seguir con nuestras canciones, recetas y lecturas.
¡Muchas gracias otra vez!
P.D.: Perdón si pusimos muchas faltas de ortografía...
Muchos besos,
Alba, Jessica, Almudena, Mikael, Álvaro, Lucie, Javier, Marco Antonio y Joselyn"

(¿Se puede pedir más regalo de Navidad? Esto va para todas las personas implicadas en la docencia que aún creemos en la Educación como instrumento, herramienta, troquel de ciudadanos con capacidad crítica. El prestigio de la cultura, el hacer con entusiasmo que cada día nuestros estudiantes sean escuela. Caen piedras, sí, pero seguimos sosteniendo la antorcha. Que no decaiga. Que no nos rindan. )


viernes, 23 de noviembre de 2012

Fracaso del fotógrafo

Al fin llegó el día de la boda. El fotógrafo os miraba, empujaba tu hombro, le movía la nuca; le soltaba la cola y se la recogía. Decía que la miraras como esa primera vez. Son importantes las imágenes de ese vuestro día. De blanco. De gris marengo. Porque se recalará en ellas, se las interrogará, se mostrarán para crear identidad en los que vienen, quizá los hijos. Y más. Pero el fotógrafo es incapaz de robaros el alma, de captar ese flujo que te debería recorrer, de ti a ella, eres tú quien me preocupa. Es a ti a quien sigo amando. No os llenáis, no os ajustáis, no sois mitades de nada. Lo conveniente no siempre es lo acertado.

Porque tocaba, porque los demás lo hacían, porque la familia presionaba; porque el lenguaje es conservador para ciertas situaciones y a ti nunca te gustaron las palabras difusas. Proteges tu estatus, pequeño burgués. Siempre equidistante.

-No los veo. Es la primera vez que me pasa en toda una carrera fotográfica. No parecen recién casados.
-Ya. Son como figurantes.
-Eso mismo.

Cuando se separaron nadie pidió su trozo de la tarta. El álbum se fue al contenedor de lo reciclado: ni tuyo, ni mío, que alguien lo use. El amor como la belleza es obscenamente visible o no sale. O no es.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuatro piezas


La Flaca

A veces venías a casa, aparecías así, picabas abajo, te veía por la cámara, encogido y con la coronilla hacia delante, como un niño pequeño, por la distorsión de la imagen, macrocéfalo. Daba al interruptor y la puerta se abría, entrabas dejándola abierta. No era extraño que ocurriera, la noche anterior me habías enviado el siguiente mensaje "Es viernes y te quiero". Subías, yo te dejaba la puerta franca, llevabas alguna chuchería para mí en el bolso de ese abrigo que nunca dejó de quedarte grande, como el personaje del espantapájaros de El mago de Oz. Hoy traías pistachos, una bolsa pequeña. Otras, un libro, un cómic, cien gramos de esto o aquello. Abrí la nevera, no había cerveza, pero cogí las jarras y las llené de agua con zumo de limón, otra ficción más (¿quién dijo que la mentira era síntoma del mal?), nos sentamos delante del televisor. Emitían un documental sobre el olvido y la memoria. Nos daría para multitud de anécdotas, cuatro ojos centrados en el sufrimiento de esa mujer que recordaba absolutamente todo lo que la vida le había dado y le había quitado; su don: su mal. Explicaba que a partir de los treinta esa inflación de recuerdos la había entregado a brotes depresivos cada vez más intensos, esa especie de día interminable tejido de todos los años más ayer. No había consuelo en su voz. Al lado, quien lo había olvidado todo, el mal de Alzheimer. Tú me miraste. "¿Cuál de los dos extremos elegirías?"
Te gustaba fisgar mis habitaciones con sus libros. 
La casa era pequeña, tabicada en cuatro piezas; el baño, con su lectura, aquella noche descubriste en la cesta colocada estratégicamente al lado del retrete (vamos, hombre, que todos lo hacemos) el álbum de Margaret Atwood, Arriba en el árbol, no puedes evitar husmear entre mis cosas, quisiste ser el niño y yo la niña y vivir en ese árbol, "en lo alto del árbol más alto", tú de rojo, yo también, de azul, de rojo, de su mezcla: las letras, las hojas, el búho, las manzanas. Atravesaste la habitación, de vuelta, camino indispensable de salida y de acceso al cuarto de baño, y te detuviste en la mesilla, el último poemario de Olvido García Valdés, Lo solo del animal, pensaste que en ese vacío los dos teníamos donde diluirnos. En prosa, debajo de la gran Olvido, Conversaciones con David Foster Wallace, (puf, dos vacíos haciéndose compañía al lado de tu almohada, los pensamientos rodeándote, instante sobre instante, casi a oscuras, un día perderás la vista, ojos de musgo). La lectura de sala, cómo no Faulkner (si ya te la sabes de memoria, cúantas revisiones tuyas) Las palmeras salvajes. Otros respiran Biblia. Y de lectura de cocina (mientras guisas, horneas, te llenas la boca de azúcar glass y te empapas de lo esponjoso, carne blanda), Los sinsabores del verdadero policía, Bolaño y la nostalgia. Se te nota la clavícula, las muñecas huesudas, tu rostro más marcado en los pómulos.
Ven, Flaca. Pediste. Demos un paseo, olamos el mar. Invistaste. Pero te escondes en los libros, en el jersey que materializa la protección de los afectos, en los techos bajos y la cotidianidad de los objetos, pensaste.
Tú eres para mí esa lealtad que solo me dan los libros, el refugio, la "habitación propia". Eres el único recuerdo que quiero conservar. (Tus postales me han permitido conocer el mundo). A quien abro mi puerta, mi correo, mi nevera. 
Ya sabes que para sobrevivir, te respondo a la pregunta de esta noche, elijo el olvido. La nada.

domingo, 28 de octubre de 2012

La cadena de la bicicleta


"Hamlet y la Vita Nova, en ambas obras hay una respiración juvenil. La inocencia, dijo el inglés, léase inmadurez. En la pantalla sólo hay risas, risas silenciosas que sorprenden al espectador como si estuviera escuchando su propia agonía. "Cualquiera es capaz de morir" enuncia algo distinto que "Cualquiera muere". Una respiración inmadura en donde aún es dable encontrar asombro, juego, perversión, pureza. "Las palabras están vacías"... "


Roberto Bolaño, Amberes

Parecía un día cualquiera. Pies solitarios sobre los pedales. Los auriculares on jadeando Killing in the name. Un dolor impreciso en la axila derecha, amenazante. El día anterior te habías pasado con las pesas en el gimnasio. Pudiera ser. Aspiras el gas de los tubos de escape como un personaje de Tim Burton. El sudor se posa sobre tu labio superior, gotas perladas que discurren en la frontera entre la piel blanca y la rosácea. Esa canción mide el tiempo que te lleva desde tu casa al lugar de trabajo. Si más, corriste demasiado; si menos, tus piernas ya no son lo que eran. 
El semáforo se pone en rojo. Lo respetas. Alguien te hace indicaciones desde la ventanilla que queda a tu derecha. Baja el cristal. Te quitas esa especie de botoncitos de sonido de las orejas. "¡Desde hoy te van a multar! ¡Dónde se vio, sin casco, con música y en faldas sobre la bicicleta!"
Te ves reflejada con el pelo mojado, casi azul oscuro. Crecida en la imprudencia. Vas más allá de ese hombre, la mirada de copiloto de su esposa, las normas y la física que te rodean. Es difícil, sí, decían en aquella película, emparejar a un chico triste con una chica triste. Recordarás siempre su mirada oscura a pesar de la claridad de sus ojos, aquella suerte de verdad inalcanzable en su iris, el aire circunspecto. Te das cuenta, ni antes, ni después, del preciso momento en que te estás enamorando. Sucede. Te pregunta por tu bicicleta. Tus ojos casi verdes. Se apoya en el sillín, rodea con sus manos el tamaño del manillar, presencias sus movimientos lentos alrededor de tu cabalgadura. Se encienden las luces en la dirección contraria. 
"¿Qué escuchas? Me gusta tu chapa de Vicky-el-vikingo... y tu aspecto de mujer, personaje, de Poe."
Él viene de paseo. Tú resuelves no ir al trabajo. Decidís tomar chocolate caliente en el bar de al lado. Está lloviendo. Las ruedas boca arriba. Se lava las manos llenas de grasa. Es un alma caritativa ayudándote con la cadena de la bicicleta. "Eres un desastre, con lo fácil que es ponerla y no sabes". Lo estás oyendo. Oyes a tu padre. Lejos, siempre ha estado lejos. 
¿De dónde has salido encima de esa bicicleta?
Te pregunta por tus botas negras, la cazadora de cuero, el aro de plata en la aleta izquierda de tu nariz. El agua ha llegado a tu camiseta. Contrasta con tu piel como de leche. Te está mirando. Lo sabes. El cuello, la boca, los pómulos. Las mangas de su jersey le quedan largas, en el sentido de la ternura. Tú le hablas de Bolaño y de Faulkner. Él escucha. Tú no dominas cómo arreglar la bicicleta. Él escribe en un cuaderno que saca de su mochila de cuero viejo. Le gusta dejarse ir. Contemplar y registrarlo en su libreta. Vive con poco. Los cielos, las palabras, los gestos de los que se empapa. Empieza una página tal que así: "Llovía. A la chica suave envuelta de negro se le había salido la cadena de la bicicleta. Hace días que en la esquina espero a que se cumpla. Se detenga. Me mire. Hoy ocurre."
Él sabe poner cadenas. Tú sabes leer. Hay hombres y mujeres. Coches y bicicletas.
El agua sale de tu camiseta. "Tu pelo al secarse es rojo". Os traga la ola.
No podréis huir el uno del otro. Vais a hacerlo. Porque él es un chico triste, como tú. Exactamente igual que tú.

domingo, 21 de octubre de 2012

Wild at Heart: The Story of Sailor and Lula (Corazón salvaje: La historia de Sailor y Lula)

Antes de nada, mientras ustedes están a tiempo, que no quiero yo que se me lleven las manos a la cabeza, con rezongas, indignados, les advierto que esta entrada es subidita de tono (la cita del texto que abre ya avisa, presume, hace sonar campanas), les digo, a los que recuerden el símbolo, que tiene dos rombos, a saltos sobre el pasado, en salones empapelados, noches de sábado, padres que dicen a la cama, olor a filetes empanados, en rayas grises y negras, con vaso de leche caliente.

"Me encanta cuando pones así los ojos, cariño. Se te ponen casi azules y dan vueltas como norias y empiezan a lanzar paracaídas pequeñitos y blancos.
Sailor y Lula acababan de hacer el amor en su habitación del Hotel Brasil, en la calle de los Franceses.
-Sailor, tú te das tanta cuenta de las cosas que me pasan, sabes. O sea, que estás atento. Y te juro que tienes la mejor polla del mundo. A veces es como si estuviera hablándome cuando estás dentro, sabes. Como si tuviera su propia voz. Me llegas muy dentro.
Lula encendió un cigarrillo, se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Sacó la cabeza y estiró mucho el cuello, pero no llegaba a ver el río. Lula se sentó desnuda a un extremo de la mesa bajo la ventana abierta, mirando hacia fuera y fumando.
-¿Te gusta la vista? -preguntó Sailor.
-Estaba pensando que la gente debería follar más durante el día. Entonces no habría tantos problemas en el mundo.
-¿Qué clase de problemas?
-Bueno, no sé. Parece como si la gente le diera más importancia por la noche, sabes. Supongo que tienen todo tipo de ideas exóticas y les pasan cosas raras."

Barry Gifford, La historia de Sailor y Lula

El 18 de octubre me crucé calle abajo con uno de mis hombres. Llovía, los dos sin paraguas, como desde entonces, el pelo revuelto, los ojos sonrientes, el contacto indispensable. Podríamos habernos detenido a charlar sobre el tiempo, dos caras mojándose y el peso del pasado sobre los hombros, algo tan así y tan tópico:
-Cómo jarrea.
-Ya te digo.
-Ha llegado el otoño.
-Y de golpe.
Pero no. Siempre fuimos extravagantes y algo excéntricos, rebeldes, vale, y quizá por eso, el agua nos puso profundos y nos dio por el tema de la educación y con él lo que el sistema sembró en nosotros, el valor de ciertas clases magistrales, una formación sólida, las extra escolares como el teatro, la alfarería, el grupo de montaña, la revista; las sesiones de cine. Hoy ya un tiempo de unicornios y centauros. Supongo.
Nos conocimos en Secundaria. De hecho, la esquina en la que nos encontramos fue nuestra esquina durante largo tiempo, calle que unía el instituto con nuestras casas. Ese día yo la bajaba como profesora, pero cuando él, cuando nosotros, ambos descendíamos como alumnos, en escena de amor adolescente: él llevaba mis libros, mi estuche solar, mi mano izquierda; yo le hablaba a su boca. 
Regresábamos de los exámenes, los deberes para el día siguiente, el chascarrillo de sexta hora, la anécdota de aquel compañero o de aquella profesora, el libro que urgentemente teníamos que sacar esa tarde de la biblioteca pública y leer porque si no, ardería el mundo y nosotros con él. 
Éramos potros ateridos, en otro octubre, sin fecha de caducidad, ingenuos e inocentes como las primeras letras. Notábamos que crecíamos, él me enseñaba otro modo de leer mi cuerpo y a través del suyo, fui descubriendo ánimos, oscuridades, deudas, entusiasmos, el milagro de un otro delgado levantando hojas de mi carnalidad; él en mí y yo en él nos desparramamos, nos confundimos y aprendimos de la caducidad de las cosas; con la invocación de lo que fueron y ya no las clases, de la suerte de haber sido fruto de un sistema educativo excelente, de los derechos y obligaciones asumidos, entró, en murmullo, la disculpa del "nosotros".
-Sigues estando fantástica, "Bicho".
Casualidad o meigas, él vestía una chaqueta de piel de serpiente (ahora vive de la música y con su estética); yo me había rizado y teñido el pelo de rubio a lo Laura Dern:
-Y tú luciendo el símbolo de tu individualidad y tu fe en la libertad personal, "Sailor".

Fue una de nuestras películas. 
Para entender este diálogo tendrán que recurrir a Lynch, Wild at Heart, (Corazón salvaje) y eso es lo mejor de esta entrada, siempre que mi invitación a que revisiten el libro y la película que este engendró tenga éxito.
Este encuentro casual y la referencia evocada explican por qué al llegar a casa busqué en mi estantería G de Gifford. Este escritor nació en Chicago un 18 de octubre, el mismo día del encuentro con mi Sailor particular, y escribió una de las más bellas, discontinuas, genuinas y maestras, novelas del malgastado vocablo amor. Se titula La historia de Sailor y Lula
Hasta aquí se lo dejo claro: género novela, americana, cuyos protagonistas se llaman Sailor y Lula, relato de amor. 
Diálogos, frescura, color, humor, imagen en movimiento, aventura, contrastes, perturbación, ritmo, intimidad, fracturas, torbellino, cómic, música, coches, la vida (cuando en las largas carreteras, cuando en camas anchas), madres desquiciadas, atracos, gafas de sol, autoestopistas, béisbol, hostales sórdidos, puestas de sol, ráfagas de ingenio, el mundo de los sentidos, muerte, accidentes, toda una banda sonora y mucho, mucho, muchísimo sexo. 
La peripecia en diálogos, conducta que al narrador le otorga la cautela y que al lector le concede la máxima proximidad al personaje. De fondo, la radio, con la intimidad de dos que se hacen uno, tan sinceros que parecen niños pequeños encerrados en cuerpos en llamas.
El fuego como origen y fin inquieta a lo largo de la novela. 
No se interrogan, se desean. Y todo va a rebufo de la entrega que la química ha obrado entre ellos.
¿Qué tiene que ver la adicción al valium con unas excelentes nalgas? Que así empieza el primer capítulo de cuarenta y siete que pueden ser leídos de forma independiente, relatos cortos, comprimidos, surrealistas, repletos de astucia, malentendidos, confidencias, preñados de personajes insólitos que nos demuestran que al hombre lo que más le aterra es el otro hombre. 
La riqueza de lo absurdo. 
Escalones de un torreón que deriva en la fatalidad, porque ella, aquí les desgracio el final que, como seguro ya sospechan, es el de los grandes amores y el de las tragedias, lo deja irse.
Sailor, su "cariño", no pensaba más de lo necesario; a Lula, "almendrita", le gustaba que él le hablara bonito, que la escuchara de verdad, que su piel fuera suave y así ella poder deslizar los dedos "como un esquiador bajando por una nieve perfectamente blanca". Él cargaba la víbora del destino sobre su pecho, "No sé, almendrita, a lo mejor nosotros tenemos suerte", sin embargo, ella vio en Sailor "un hombre para irse al infierno" y lo siguió.
Cielos de "color ciruela", los textos, al igual que los cigarrillos, se tejen pacientes, pues no precisan ni cerrarse ni ser llevados hasta el final, esparcidos con destellos, acertijos y aforismos. Una y otra vez los seres que desfilan ante sus ojos, los sueños que incorporan lo fantástico en un texto de aparente corte realista, entra el mundo en la novela, esa noticia que escuchan, dan lugar a la cháchara, gritos de animales nocturnos, dos seres uniéndose, un futuro de carretera que no puede ser.
Como a todo héroe trágico el escritor entrega a sus personajes principales el recurso narrativo de la anagnórisis elemento que les y nos permiten descubrir el origen, pasado y razón de ser de Sailor y Lula, exhibiendo la originalidad o solidez o autenticidad de esa pareja de pájaros de ojos claros y sensibilidad extrema. 
"A muchos hombres les falta algo" que Lula sí ha encontrado en Sailor, ("Me fío de ti, Sailor. Como nunca me he fiado de nadie."), la lealtad, la seguridad, la comprensión; la tierra donde enraizar: "Como cuando estás hablando con uno y llega la parte en que vas a decir lo que verdaderamente quieres decir y entonces la dices y le miras y el tío ni siquiera se ha enterado. No es que sea nada complicado ni nada, sólo que no quiere escuchar de verdad".
Otro recurso narrativo que va concretando los primeros brochazos de esta particular aventura vital, de esta tragedia de andamiaje clásico (héroe, ascenso, destino, descenso, catarsis), son los remates de los personajes en sus continuas analépsis: Sailor y su madre, Sailor y sus pasos infantiles, Sailor en la completitud; Lula y su tío incestuoso, Lula y sus amigas, Lula y sus padres. La acción in media res se rellena, vigoriza, adelantando el desenlace. 
Los marcos espaciales configuran otro de los puntales de calidad de la obra de Gifford. El lenguaje grave, suelto, rápido. Lírico en imágenes. Doliente en lo que nos toca: estamos hechos de ese mismo material, híbrido de aciertos y mezquindades.
Marietta, la madre de Lula, y Farragut, el aspirante a escritor que se imaginaba leopardo o pantera para mirar desde abajo las piernas a las mujeres, son dos secundarios de lujo. ¿Hay algo en esta novela que no nos pueda satisfacer desmereciendo este calificativo? 
No. Nada. Desde luego. La entrada es mía y el entusiasmo también.
Parece ser que Sidney Lumet llevó al límite a Brando en Piel de serpiente confiando en que el monólogo acerca de los tipos de personas que ruedan por el mundo catapultaría a Marlon, en su carisma, su fuerza, su animalidad, a la cima del catastro de los dioses del séptimo arte.
Así fue. 
En esa escena, Brando divide a los seres en tres clases, la que compra, la que vende y los desplazados, una clase de pájaros sin patas, menudos y de color azul pálido, ligeros igual que plumas, de alas grandes a través de las que ven y determinados a estar continuamente en vuelo. Los halcones no los cazan porque no pueden verlos, porque estas aves vuelan cerca del sol. Suspendidos por las alas duermen en el aire, se abandonan permitiendo que el viento los lleve. Solamente se posan una vez, cuando mueren.
Lula y Sailor pertenecen a este último grupo, eran pájaros, volando alto, cerca del sol. 
"Te ha ido muy bien sin mí, almendrita. No hay que hacer que la vida resulte más dura de lo que ya es. Recogió la maleta, besó suavemente a Lula en la boca y se fue."
Lynch tuvo la gracia de multiplicar su historia en un relato fílmico magnífico, Palma de Oro en Cannes donde la mitad de la crítica aplaudió enfervorizada y la otra mitad pidió para Lynch  la muerte ante los leones, rodado sin duda en estado de gracia; dejó hablar y escribir a sus protagonistas, Laura Dern, esbelta, culona y destetada y Nicolas Cage, tórrido y sexuado, solo fueron actores con él; añadió el sustrato, como eco, de El mago de Oz, y el mundo oscuro de los sueños, el mundo cavernoso de los más escondidos deseos; nos permitió ver a Sailor cantando a Presley, a Laura en Lula moviéndose como solo las rubias, "víctimas perfectas", Hitchcock dixit, saben hacerlo, y a Willem Dafoe, magnético en su increíble papel de malvado, Bobby Peru, ("Di fóllame, di fóllame y me marcharé; susúrralo, dilo, dilo, dilo..."), violentar, arrebatar, transgredir; y, sobre todo, la ficción, mentirnos, hacernos creer que el amor de ese par de desplazados, sobre la carretera y el viaje, entre la violencia, el fuego, la sexualidad feroz, entre los extremos de la ingenuidad y la maldad, no se posara y que Lula y Sailor se rebelaran, antojándose antihéroes. 

Que ellos, en su Itaca, pudieran haber olido los limoneros, pudieran haberse dicho "sí".