domingo, 29 de mayo de 2011

Gijón 27M


Cuando estudiábamos a Goya mi profesor de pintura me decía mira la sique, Natalia, mira la sique: el sordo solo pintaba eso. De pie entre tantos que como yo habían leído en verde sobre blanco "A las siete concentración en el Parchís por la carga contra los compañeros de Barcelona" solo tenía ojos para la mirada de Jovellanos sobre la Plaza del Marqués. Parecía recordar errores y vicios humanos, extravagancias y desaciertos, como si desde esa extraña mirada de languidez susurrase: la trama es siempre la misma apenas cambia el escenario. Él, que fue vilipendiado, perseguido, encarcelado, exiliado (de todo ello muy bien ha escrito el poeta de Albacete vestido de biógrafo para la ocasión en Jovellanos o la virtud del ciudadano, Editorial Trea), desde lo alto diríase que observa y, a su pesar, calla.

Mi amigo Luis, compañero extraordinario de este curso en el exilio naviego, optimista contumaz, a quien la hora, el día, un encuentro casual nos hicieron compartir el espacio silencioso de aquella protesta, no dejaba de sumar la gente que se iba agolpando en las proximidades del ayuntamiento, “Mira cada vez somos más. Bizarra, rica y especiada mezcla. Estamos indignados”. Pero en el cristal jovino había algo de ida y vuelta, algo de la sabiduría del burlado, algo de la fatiga de lo humano. Desde allí arriba yo lo imaginaba negar con la cabeza.

―¿Por qué estamos aquí? ―preguntó Luis al pequeño Teo.

―Porque el gobierno no nos escucha. Y porque pegaron en Barcelona a los que pedían ser escuchados.

―Los niños siempre te sorprenden.

Luis me miró con el brillo del que cree en el porvenir. De los que se fían de los tipos que aprietan la mano en el saludo, de la presciencia de los niños que acompañan a su madre a una manifestación, de la sana deriva de este movimiento que nació para recuperar el valor de un anestesiado civismo. Jovellanos más sagaz que nunca: “Yo también pagué el peaje de seguir la brújula del deber social”. Porque el compromiso obliga; te habita y en ello crees que todo es posible, no calculas el límite de tus fuerzas, necesitas ver en la mente de los demás lo que ilumina la tuya. El entonces valido del rey, el Conde Duque de Olivares, sangró España en Flandes, Napoleón hirió de muerte su imperio en la fría Moscú, Larra en la incomprensión de un mundo ciego a la deriva se agrietó el cráneo.

“Ser joven, yo también creo que lo soy. Entiendo que serlo es tener que resolver la vida, y yo no la tengo resuelta ni consolidada… con mi rebeldía, creo que soy el más patriótico de todos mis contemporáneos. Y creo que siendo la gobernación actual cosa tan detestable y aborrecible, colaborar a la obra del Estado, es contribuir con nuestro esfuerzo a la perdición de España. Yo, cuando alguno de mis amigos se hace político ―¡político!-, y como tal se encubra y medra, dejo de saludarlo.” Valle―Inclán es uno de mis brillantes mentirosos favoritos.

Ser joven, quizá era lo que hacíamos ahí reunidos: ser jóvenes porque no tenemos la vida ni resuelta ni consolidada; ser patrióticos por rebeldes; ser maleducados y retirar el saludo a los políticos.

Mientras, Jovellanos, fosilizado en un retrato goyesco, desde su sique nos sometía a la implacable vejez. Y él fue un tipo que las vio venir. Amén.

domingo, 15 de mayo de 2011

Veneno, mentiras y besos


"No es de muerte natural como muere un amor genuino, sino bañado en sangre, bajo los golpes que le asesta otro, no necesariamente genuino -porque allí las leyes del amor, ciegas a los títulos de nobleza, no tienen ninguna misericordia- pero sí oportuno y, sobre todo, impulsado por esa crueldad entusiasta que anima a todas las emociones jóvenes."

ALAN PAULS, El pasado.

Una mañana descubrí que me gustaban los mentirosos. Esas personas capaces de rebelarse a través de la ficción que vampirizaba una vida gris. Bábel comienza uno de sus relatos de este modo “Yo era un niño que contaba mentiras”. El bello Alan Pauls ve en la literatura un modo de mentir compulsivamente sin sufrir las consecuencias que el embuste deviene en la vida real. A mí me gusta que él encadene mentiras, una tras otra y yo juegue a descubrir cuál fue la primera, el privilegio, el dispositivo que activó ese constructo. Leo a Batuman (Los poseídos: inteligente, infecciosa, divertida, llena del arte de narrar, del arte de pensar; enferma de la gran literatura) y ella me recuerda qué hizo Cervantes con El Quijote y cómo lo supo explicar Foucault: esa suerte de no ruptura entre vida y libros: en ese manual de lo humano donde todo confluye. Mentira, ficción, vida.

Creo que me enamoré de él en uno de sus relatos. Una tarde, mientras preparaba una clase sobre narrativa para mis alumnos de primero de bachillerato. Me infecté de su belleza: aquel lenguaje donde de un modo u otro todo flotaba y yo me permitía inventar ese aquel que desde su lado me contaba. Todo amor tiene un epicentro, ese segundo que luego se recordará pero que nunca fue contemporáneo a su alumbramiento y que como una plaga se propaga lleno de proyecciones y sueños y deseos.

Alimentado por la ficción germina.

Podría haberme cruzado con él hace años en un bar de adolescentes, tímido y lúbrico, enfadado con su origen, aventurero de formas de familia alternativas. Tal vez él me hubiese mirado desde el fondo, allá donde entrañas, semilla y sangre, empujan la vida para que estalle, aquí, allí, junto a esa parte a la que deseamos arrojarnos y a ella adherirnos. Acaso lo hizo y entonces pudimos citarnos una tarde de verano en una fiesta, él me vio en bikini, la playa, un tipo de fiebre, le gustó cierto desparpajo, una coquetería incipiente, le propuse encontrarnos a media noche en el barco. Pero él tuvo que irse: su cuerpo no soportó el vaivén de lo flotante: un vómito patológico lo alejó de mí para siempre. Quién sabe si se preguntó todos estos años qué fue de mí. Si intentó localizarme, soltera o casada, con o sin hijos, con un máster en finanzas, directora de algún departamento, madre de familia, colaboradora en una ONG, discapacitada, enferma. Igual fue un mediodía febril, él salía de una librería y yo entraba. O aquella tarde en que subía la cuesta en dirección a mi nueva casa en un barrio obrero, en el este de mi ciudad y él bajaba la calle con una mujer alta y colgante. También pudo mirarme y yo a él. O no. En su lugar, otra celebración, ya de treintañeros, recién casados, sin más ojos que los de la carne que nos posee. Richard Ford escribió por voz de esa madre en Incendios algo así como que a veces a quien no podemos decir no es a nosotros mismos. Todo se alza, se revuelve, se cifra en un gesto, aquel mal pie, una palabra torpe; lo que no hicimos, o sí, lo que no dijimos, o sí, lo que no fue aguijoneado en la determinación o excesivamente alentado. Ese punto en el que todo empieza a caer y como en el origen tampoco es coetáneo: se regurgita en un recuerdo rumiante. Primero como una mancha de humedad que el tiempo convierte en techo mohoso. Luego pudre.

Me doy cuenta de que el tema es lo de menos, es el mismo, porque lo que cambia en realidad es la forma de narrarlo. Mentiras. Eso es lo que me condujo a la última novela de Javier Marías (Los enamoramientos): “Hasta los encaprichamientos más pasajeros y leves carecen de causas”: una vez más el amor problemático; sus trampas, su enganche, las grietas por donde todo fluye y se escapa. Una mujer se enamora de un canalla pero se queda con la épica. No sé qué hombre me lo escribió en una carta de amor. Pero yo, diestra en los diálogos de cine negro, le contesté "Cuidado con las chicas de rostro infantil, en mí hay 50 kilos de veneno, mentiras y besos" (China girl). Como a veces la vida pesa precisamos de la ligereza de lo falso, esa adulteración de días y noches, piernas abiertas, ojos embriagados, el susurro de él engañando tu alma.

Miénteme. Anda, miénteme. Y él obediente como la melancolía en lo bipolar altera la existencia: había una vez un astrónomo sirio… Miénteme y seré para ti esa chica mala llena de veneno, mentiras y besos.

jueves, 12 de mayo de 2011

Tratado de avicultura o esa clase de amor


Yo era muy pequeño y el recuerdo apenas es un borrón en mi memoria. Mi padre me regaló un nido con dos polluelos que rescató del alero de la vieja casa materna. No sé cómo se las arregló, pero consiguió atrapar también a los padres, que me entregó acurrucados junto a su progenie, los cuatro mirando a su alrededor con los ojos aterrados por el terremoto que suponía aquella mudanza en brazos de un niño de tan corta edad.
Aquella misma tarde regresábamos a la ciudad y mientras mi padre discutía con mi madre por el exceso de equipaje y ésta trataba de embutir en el maletero un número a todas luces exagerado de sacos de patatas que algún familiar le había regalado, yo me acomodé en el asiento trasero del veterano Simca 1200 portando en el regazo lo que consideraba un tesoro de valor incalculable.
Cuando llegamos a casa cuatro horas después, los pájaros adultos ya habían muerto.
Me recuerdo cebando a los dos polluelos huérfanos con migas de pan empapadas en agua. Aquellos minúsculos hatillos de plumas y huesos devoraban con avidez. A la mañana siguiente yacían inertes en mitad del nido.
Comprendí que mis esfuerzos habían alimentado sus pequeños cuerpecitos pero no habían logrado dar sustento a su espíritu, que hubiera necesitado del gusto secreto del alimento regurgitado por sus propios padres.
A los diecinueve años mi familia me costeó el carnet de conducir. Tardé un tiempo en viajar por carretera pero tan pronto como lo hice descubrí que, si estás atento, puedes disfrutar de cuando en cuando del vuelo circular de alguna ave de presa que otea la mancha verde que se extiende a ambos lados de la autopista en busca de presas ocultas entre el follaje. Siempre me ha fascinado esa imagen.
Ahora que voy ya por la cuarentena, sé que algunas aves solo alcanzan toda su majestuosidad cuando extienden las alas y se dejan mecer por los vientos.
Libres, salvajes, solas.
No ignoro que la belleza no reside necesariamente ahí. Se puede criar un hermoso guacamayo o un jilguero cantarín en una jaula. Pero si te encaprichas de un águila o un búho real debes saber que tendrás que dejarlos volar libre siempre que puedas, y permitirles que devoren algunos bocados de la presa aún caliente a la que hayan dado caza, porque eso alimentará sus espíritus al tiempo que un pienso artificial da sustento a sus funciones vitales más básicas.
No sé si se entiende todo esto que cuento aquí. Es que sé que cuando estés de ese lado extenderás tus alas y el viento te llevará a un paraje donde atraparás el fugaz tiempo feliz. Y me alegro porque sé lo que eso significa para alguien como tú y cuánto lo necesitas.
Tuyo.

viernes, 4 de febrero de 2011

Adondequiera remedos



Antonio López, Almendros

A muchos les hubiera alegrado su muerte. No por cuestiones estrictamente políticas […] sino por razones de índole estética, por el placer de ver muerto a quien es más inteligente que tú y más culto que tú y carece de la astucia social de ocultarlo. Escribirlo ahora parece mentira.”

Roberto Bolaño, Estrella distante

Las ranas caen del cielo, el sino tiene sus propias reglas. Las casualidades existen. Las copias también. Y sí, de fondo, Magnolia.

Bípeda, esbelta, nervuda, de ojos rasgados y labios anchos como la esperanza. Me llamaron Jaly porque mi padre cambió el sueño de una Harley por una niña pequeña. Soy hija de una imagen metalizada, unos cielos abiertos de tiza, unas carreteras sinuosas, aromas dulzones e ingeniería americana. Zum, zum. Volcó en mi nombre todas aquellas cosas.

Un golpe de azar, un aleteo de mariposa aquí, una noche con ojos oscuros, el calor, su carnosidad. De aquella zozobra esta hija.

Él dijo Harley con acento de allá, Colombia, el otro registró en el documento oficial con pulso de funcionario Jaly. Me llamo Jaly y me gusta mi nombre. Soy el eco de un deseo.

Se disparan las matrículas en las academias de alemán desde que reina Ángela, hija de protestante con mimbres RDA, ofreció las migajas de un sistema que cumplió con el apretón del cinturón que la macroeconomía exige a Europa: si quieren trabajar, nosotros hemos hecho los deberes así que vénganse. Y hala, ustedes sigan de este modo, cargándose lo público con competitividad y pasos firmes a pesar de la impopularidad. Es lo que toca: Don Capitalismo no espera.

¿Qué haces? Estudio "germano". Quiero ser del equipo vencedor.

Un replicante alemán. Cuatro años, eso es lo que dicen que duran.

Cada vez que voy al gimnasio con Amanda, mi amiga aristócrata, ella me dice que soy una sortuda porque corta de grasa y larga de genética mis mamas permanecen en su sitio, no me molestan cuando corro sobre la cinta, ni en las planchas, ni en los agites de la bicicleta.

Si hasta te imagino moviéndote con esa contradanza tuya por oscuras calles estrechas y en un quipao de rabiosa seda magenta a lo Maggie Cheung, churri. ¿Te imaginas a mí con eso? Necesitaría el vestido entero para cubrirme la pechera. Ni las Chaneles, ni las Diores, ni las Carolinas Herreras tejen para nosotras; la elegancia se sirve en pecho pequeño.

Y yo le digo que eso solo lo sostenemos las mujeres y mi costilla (él porque es muy extravagante en gustos, vaya por delante). Piensa, le espeto, tratando de inocularle un chutazo de confianza en sí misma, que desde que Cristina Hendricks luce sus curvas praxitelianas por las oficinas publicitarias de Mad men en el Reino Unido se han incrementado en un diez por ciento las operaciones estéticas de domingas.

Pero son falsas, churri. Efigies plastificadas; un día le cambian la hembra por una de plástico y el machito ni se entera. Hemos perdido los sentidos, ves un cuadro de Antonio López y te gusta más la lámina que lo reproduce. Como la fotografía de Newman que mi abuela guardaba bajo la almohada para las noches en que mi abuelo quería subir al puerto y no le quedaba más remedio que esnifar a Paul y cerrar los ojos imaginando que aquello que ardía no era un plagio. Mi abuelo se fue a la tumba confiado en que en su cama ella fue potranca tibia.

¿Y no se trata de eso? ¿No estamos en la posmodernidad…?

Tú sí que elevas mi autoestima. Eres camarada a carta cabal, no como otros. Ale hop.

Amanda ha roto con su amor, de ahí que se haya pasado al deporte duro y en vena: un cambio de hábitos, churri. Te pido que me ayudes en la metamorfosis.

Y me contó que nada más soltarse de su novio americano de toda la vida se fue a tomar un Château Lynch-Bages Imperial cosecha 2007 de consuelo, lágrima y comunión con su amigo del alma. Ese con quien iba al cine, se cruzaban discos, se enviaban enlaces de viajes, quedaban para comer un jueves de cada cinco, se armonizaban con reiki y el pacto vegano; todo eso y más, como por ejemplo haberse prometido amistad para todos sus días. Entonces él le pidió sus noches.

Ella dijo no, que somos amigos. Era una versión de la amistad; farsa y pantomima. Los sueños adulterados, la economía adulterada, la especie adulterada.

Adiós bálsamo, apoyo, cariño, tu casa es la mía, tus letras van en el maletero. Ultimatum que te crió: o cama o nada.

Magnolia: Tom Cruise gritando por aquella boca que si creéis que después de todo serán vuestras amigas. Cuando digáis no, será nunca.

Fue casualidad, azar, ella pasó entre los dos y no se entendieron; es el fraude, es lo que ocurre.

La Ley Sinde está en ello. En proteger la propiedad intelectual cerrando páginas web para evitar descargas masivas. Que caigan copias del ciberespacio, entendámonos: solo originales.

¿Y qué hacemos con lo humano, pongamos por caso?

Bah, protejan el cristal con las contraventanas, quizá esta noche diluvien batracios. Nunca se sabe, nunca se sabe. Croa, croa, croa…


domingo, 30 de enero de 2011

Condescendencia



También el amor se aprende.

Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada


―¿A qué te refieres?

―A todo.

Supo que asistían a los funerales de una pasión cuando aquel día él usó las pequeñas pastillas de mantequilla cocinando los pappardella a la carbonara. Miró aquel pequeño tarugo en esas manos de dedos cuadrados que tantas veces la habían recorrido (en el manoseo más basto, en la puntilla de la conducta experta), en sus relámpagos, o en el llanto, o en la ternura. Allí donde descubrieron la muerte dulce y los orgasmos múltiples.

Sintió que una parte de su memoria se le iba lejos. Muy lejos. Más allá de ciertas luces y sombras. Que la emoción se concentraba en esos milímetros de grasa. Antes, cuando entonces, se las compraban junto con los preservativos y las plumas de chocolate para sus citas. El peso de los objetos. Altar y hacha.

―A la una y media en la cocina.

―Te espero.

Y tras el post―it amarillo en la nevera que rezaba aquello, el día entero con la casa, el trabajo, los niños a cuestas era una espera, un baile de guiños, la antesala del incendio. Intuyeron que sus tiempos iban a ser otros desde la paternidad y que solo los salvaría la agenda pactada, la calidad y la intensidad en los encuentros tándem.

Lo contempló desvistiendo el cuadrante amarillo. Lo contempló mirándola fijamente desde unos ojos vencidos. Lo contempló en otra estancia, en otro tiempo, bajo su cuerpo en grieta y tembloroso, con la torpeza de la mecánica (desenvolver aquello) ante la fiebre del deseo. Se vio arqueada, arriba, enroscada en él, fundiendo, en la intersección de su cuerpo con el de aquel hombre, la mantequilla. Y sus entrañas.

―Si sigues por ahí, me pongo silicona en los pechos.

―Si los destrozas, te follo y te mato. Y no en ese orden.

Y coqueteaban cuando él juguetón le pedía que aquella noche, para la cena, no llevara lencería en los senos, atrás del vestido, saber que como dos pequeños peces iban a flotar bajo las gasas, mientras hablaban, masticaban, reían. Esperando. Esperando. Esperando. Nunca entendió por qué justo aquella parte de su anatomía invisible, transparente, aniñada lo volvía loco.

―Buenas noches.

―Aún es pronto para saberlo, China girl.

Y al pasar a su lado, por detrás de su nuca, sopló dejando palabras mudas en la esquina de su espalda. Y luego la arañó con la punta del papel de plata de la minipastilla dibujando un corazón.

Notaron la tristeza en la base de la lengua.

―Te querré siempre. Siempre. Siempre. Siempre. Así que si cambias de opinión, sé justa con tu memoria y haz lo posible, también lo imposible, por reconquistarme. ¿Me lo prometes, preciosa?

sábado, 15 de enero de 2011

Rebeldes


Sade, "descendiente luciferino, hijo de la luz caída, la luz negra", es autor de una proclama materialista y satánica que, más allá del emblematismo o el símbolo, se acoge a la más amplia estela filosófica de la negación. El Diablo, en su soberbia desmedida, es el arquetipo de ese libertino iluminado por su propio siniestro resplandor que, negando incluso el reino de la naturaleza, rebasa movido por el odio todos los límites de la convivencia mediante un relato que se alimenta de sí mismo y se funda sobre sus propias repeticiones. La insensibilidad, dedicada permanentemente al mundo artificioso e infinito del crimen y a la empresa dramatúrgica y pedagógica de la perversión, deliberadamente se excluye en su delirio de toda forma de comunión y ecumenismo. En la soledad del crimen no existe posibilidad de compañía de iguales, solo hay víctimas obedientes, objetos eróticos siempre aniquilables, pero siempre necesarios, sobre los que se practica un dominio ilusorio y en cuya destrucción se cifra el logro máximo del libertinaje soberano. Solo el placer -perpetuamente insatisfecho- legitima y justifica las acciones del libertino, por más que su propia existencia pueda ser puesta en peligro por la búsqueda de tal. Solo la rebelión ofrece una promesa de plenitud al ángel caído, por más que en el éxtasis vindicativo de su pecado pueda ser arrojado al abismo del enmudecimiento, a la celda ominosa desde la que mira todavía al mundo devorado por sus llamas, por el sueño ardiente de su omnipotencia."

VICENTE DUQUE, "Donatien de Sade: la palabra enferma"

sábado, 1 de enero de 2011

Trobar leu


El día de los pechos y las pequeñas caderas
la ventana acribillada por una desapacible lluvia,
lluvia arreciando como un pastor,
nos acoplamos, tan cuerdas y tan locas.
Yacimos como cucharas mientras la siniestra
lluvia caía como moscas sobre nuestros labios
y sobre nuestros ojos felices y nuestras pequeñas caderas.

"El cuarto está tan frío con lluvia", dijiste
y tú, femenina tú, con tu flor
rezaste novenas a mis tobillos y a mis codos.
Eres un producto nacional, un poder.
Oh mi cisne, mi esclava, mi querida rosa de lana,
incluso un notario daría fe de nuestro lecho
mientras tú me amasas y yo me elevo como pan.

Anne Sexton, Song for a lady

El ruido venía de allá. Los petardos en la calle, los vecinos con sus brindis, las viejas almas por los tejados. El parpadeo de las luces navideñas en el edificio de enfrente. Aquí el guiso, el emplatado, la cocina y sus vapores. Ella colocaba los ibéricos en las bandejas mientras la otra revolvía la salsa (terror ante los grumos). Sonaba Bach por pertinaz petición de la cocinera. Dejó la tarea. Se acercó por detrás, introdujo las manos bajo su camiseta y la recorrió hacia abajo. Llegó a la cinta pero en esta ocasión, a diferencia de otras, no desabrochó la lencería. Se limitó a besarle la nuca, el nacimiento del pelo, la piel y su vello.

―Me gusta tu detrás.

―Gracias.

―La nuca atada a tu espalda; arrastrarse hasta el límite de tus nalgas.

Cuchara de madera y vueltas dibujando falsos Matisses entre lo espeso.

―Te he traído un vino. Hoy sí, anda, preciosa.

Abrió la botella, tomó dos copas de la cristalería preparada para la noche y sirvió lentamente un buen vino de toro, denso, afrutado, aromático, con bordes rojos, viejos, perfilando la frontera del caldo con el vidrio.

―¿No querrás envenenarme?

―¿?

―Las plantas agredidas por patógenos son capaces de liberar sustancias volátiles que llegan a otras plantas con el fin de que estas se defiendan del agresor. El mecanismo consiste en alterar su nivel de taninos de modo que se vuelvan venenosas.

―Deja la salsa. Vayamos al mar.

Ella se quitó el mandil. Esta se quitó el mandil. Se lavó las manos, la cara, los labios. Cogió su abrigo. Cogió su chaqueta. Dejaron el taller a llama baja.

Hacía frío. Había luz. Era uno de esos invernales cielos norteños, puros, harinosos, sin ofensa.

Se descalzaron. Ella quitó sus medias. Ella sus zapatos. Cada una recogió sus partes en la mano coincidente con la de la otra. Antes nunca sueltas: desde la primera vez aprendieron a caminar dedos entre dedos.

Lejos. Muy lejos.

El presente poco y el futuro no cabía en sus letras.

―Ya no me amas ¿es eso?

―No, ya no te amo; te quiero, no obstante, muchísimo.

Arañamos el pasado con uñas negras, sucias, feas.

―Te vas a ir.

―Ya lo sabes.

Posaba sus ojos más allá como si sus pasos fueran guiados por el caballo de su mirada.

―Dejarás que pasen las fiestas.

―Sí.

El mar hería. Sus palabras herían. Eran pocas, pequeñas, insalubres; ya no, al fin, rameras. Ella sintió una suerte de alivio. O paz. O pena.

―¿Hay alguien?

―Hay alguien.

―¿La amas?

―La amo.

Entonces lo turbio, como plomo, entró de golpe en su rostro. Palabras. Actos. El miedo.

Pasaron las arenas, los pecios, alguna que otra pareja de adolescentes pariendo vida; llegaron al final como imagen, un finisterre ácido. Cayendo, cayendo, cayendo.

―¿Te fías de ella?

De todas las preguntas nunca esperó que le hiciera aquella. Reposó los tiempos. Movió imágenes, retazos de conversaciones, abrazos y besos robados.

―No. No me fío.

―Y aun así… la amas; cierto, la amas.

―La amo.

―No te fías de ella. Ya. ¿Cobarde, mentirosa, infiel?

Aquel etiquetado era lo opuesto a sus virtudes, un mirar de esquina, una rebaja, una envidia malsana; como todas. No se ve. Un puñetazo sobre la mesa: ella es lo que no soy yo. Y la ama. No se la cree, no confía, sabe que la engañará. Que habrá otras. Y la ama. La ama, la ama, la ama.

―No sigas, por favor. No lo hagas.

―Nunca has hablado mal de tus amores, preciosa. Nunca has permitido que otros hablaran mal. Veo que sigues siendo la misma. Está bien. Luego estás bien. Tú y tu brújula.

Siguieron de vuelta a aquella casa.

Ella se quitó el abrigo. Se puso el mandil.

Ella entró en el baño. Salió con los ojos húmedos, su chaqueta y sus zapatos de calle, conspirando.

―La amas, pero no te fías.

Y ella vio algo excesivo en sus ojos. Lo desconocido, un golpe de vanidad u orgullo; lo humano.

―Si esa, quien sea, merodea tu vida con intenciones de instalarse en ella, no te conformes y te rebajes a una mujer cuerda, loba. Asegúrate, preciosa mía, que está todo lo loca que tú mereces. Cautiva y desarmada, como el Ejército Rojo. Tuya, entregada, inerme e incondicional.

Cogió las llaves y dijo que se iba a conducir, que necesitaba estar sola, que no la esperasen a cenar.

Grumos en la salsa.

Y se fue.