lunes, 12 de abril de 2010

Estampas rusas




Para Vicente, panadero trotskista

“La zarevna escucha un cuento a una dama de compañía, una mujer calmuca, ya mayor, antigua en palacio. Esta mujer guarda en su impoluta limpieza, en los ojos asiáticos, el recuerdo de un tiempo detenido en antiguas leyendas. La zarina recibe esa mañana a la zarevna y la niña repite a su madre el cuento oído a la calmuca: “Una vez un águila preguntó a un cuervo: “Dime, cuervo, ¿por qué tú vives trescientos años y yo sólo treinta y tres?” “Pues porque tú –respondió el cuervo– te alimentas de sangre viva y yo de carroña”.

Moisés Mori, Estampas rusas. Un álbum de Iván Turgueniev

En 1904 el embajador francés envió un despacho sobre la situación interior de Rusia, en él venía a decir que todas las clases de aquella sociedad estaban en efervescencia. Un año más tarde, en 1905, un turbado crítico francés al salir del Salón de Otoño describió la exposición que había visto como propia de fauves, fieras, no por la carga enfática que hoy se le atribuye a este término, connotativamente positivo, sino, antes de las adherencias coyunturales, en su valor puro: “animal que asusta, alimaña”. Su impresión nació de enfrentarse a la violencia contra los parámetros de un mundo a partir de entonces nunca más rígido.

Eso es Historia.

Le cuenta Marta, entre anécdotas de la intrahistoria, que su abuela que vivió las dos Repúblicas, la Dictadura de Primo de Rivera y la Guerra civil española con su dura posguerra, solía repetir: el poder lleva en sí mismo la catástrofe.

Ambición y vanidad.

En el 34 eran tan pobres, era tal la miseria, la necesidad, que aceptando la derrota, siendo indiferentes hacia ella, cualquiera, hombre o mujer, se tiraba a la calle: había unión, la igualdad en la carencia había cortado las alas. Entonces llegó el 36 y el 39 y el hambre. Y lo refiere enfadada con la humanidad a sus 75 años rabiosos, mientras comenta un artículo de prensa sobre la generación ni-ni.

­El mundo era diferente; sólo nos teníamos los unos a los otros. Habla de los barrios, de la Plaza del Carmen, de la Cávila y de las grasas urbanas rodeando la antigua Casa de Socorro. Le cuenta la genealogía de gijonesas familias clave en la resaca del conflicto; de los traidores de comunión diaria, de la bondad de las prostitutas. Venían a la sidrería del tío Luis y cuando el pagador no miraba, tiraban el champán para dejar ganancia regalada, “Luis, otra botella -que paguen sus vicios-”. Luego se acercaban a la tía, en la trasera de la cocina, bajo el pretexto de un retoque de carmín y le pedían que se diera de comer con aquel sobrante a meretrices amigas, fulanitas o menganitas, que estaban magras, secas, igual que los sirgadores del Volga, y así, añadían, no había hombre que quisiera meterse en ellas.


Nadie ha escrito, continúa, el papel de las prostitutas en esos tiempos, eran mujeres entre hombres; tenían información y alguna, incluso poder. Coral, blanca, agradecida en curvas y tierna, con ese tono carnal prerrafaelita que ensaliva el celo del hombre, era mantenida de un teniente nacional, la iba a buscar todos los jueves y después de cenar en la sidrería subían al piso rentado que él pagaba religiosamente. Cuenta Marta que Coral guardaba entre sus muslos la vida de muchos hombres, no nacidos de su vientre, sino salvados porque ella entre arrullos, gemidos, vaivenes de pubis y artísticas felaciones arrancó más de una docena de conmutaciones de pena de muerte por destierro.

Era guapa Coral, buena gente. No como otros.

Hubo muchas vidas agrietadas, violencia silenciada, indiferencia que derivó en hostilidad. También, apunta, una conciencia muy profunda de la asimetría social y de la voluntad de salir de todo aquello. Y hoy, vieja y vivida, se pregunta para qué. La misantropía le enciende la mirada. “A los quince años todos deberían ser anarquistas” hace suyas esas palabras, como también estas otras “La tierra para los que la trabajan”.

Ahora que Marta se había ido dejándola, no sabía muy bien por qué con aquella punzada de dolor en su memoria, abrió el armario con sus películas y sacó las que llama sus dos rusas, las dos aristas de un tiempo: Oneguin (1999) y Quemado por el sol (1994).

Desde que nació ese país cruzado por el Volga que ya no existe, tan sólo en viejos mapas, en los libros de historia, en la huella de las grandes novelas, en la melancolía de ciertas imágenes... la ha ido tiñendo. Su nombre, en honor de la Revolución de 1917, no pudo ser ruso porque el funcionario del Registro civil le dijo a su padre que hedía a rojo y que sólo se lo permitiría con María por delante; ante la disyuntiva, su progenitor se decantó por la castellanización: ya se encargaría él de dotarlo de valor bolchevique. Y así creció, nutriéndose delante de una fotografía de Marx de dos metros por dos que adornaba la pared norte del comedor, escuchando los tonos trágicos de la música popular rusa, viendo a su padre recomendar el alma a un idolito cabezudo que reposaba en su mesita de noche y que años más tarde, con los primeros textos escolares, reconocería como Vladimir Ilich Ulianov en un libro de sociales, jugando con matrioskas en lugar de Nancies o Barbies y engullendo en su idiolecto términos como duma, soviet, koljós y camarada: a ella el ratoncito le dejaba debajo de la almohada rublos inservibles; igual que un manojo de Belarminos a un muchacho del 36. Nada.

Sus primeras sesiones de cine las vivió en salas blancas de un piso de la vieja ciudad cuyas paredes estaban cubiertas de carteles propagandísticos en grafía cirílica, rodeada de adultos que bebían vodka y tarareaban Kalinka sobre el vinilo rodante del Coro del Ejército Rojo y niños que, como ella, seguramente hubieran preferido cualquier cinta de Disney a La huelga, El acorazado Potemkin u Octubre... Después llegarían Turgueniev, Chejov, Tolstoi y Dostoievski; y la primera mirada, aquel instante sobre la pintura que jamás olvidaría: los movimientos abstractos rusos.

Probablemente, nunca podrá disociarse de aquel octubre, mes que siempre, como un rito repetitivo y ceremonial, le da y le quita a partes iguales, por eso necesita volver, de cuando en cuando, a esos dos largometrajes. Uno, porque la arrastra a los previos de la Revolución, a la atmósfera de la literatura rusa, a como ella se imagina el San Petesburgo nevado o los campos de cereales de aquellas novelas; pero también, a las desvalidas y agobiadas masas campesinas, a esa sociedad injusta y asfixiada, con los dirigentes zaristas y su autocracia, al huevo que engendró la inercia necesaria para el cambio social. Los cuadros de Friedrich (la escena del duelo, las difusas tardes de tedio, las vaporosas brumas, el lago) se hacen vivos en esos fotogramas; de igual modo que el dandy enfermo de spleen. Literatura y vida confluyen, “símbolo y metáfora” que escribió Pessoa. Bueno, y en un desvío pícaramente frívolo: hay algo en la mirada de Ralph Fiennes, a caballo entre el desprecio y la lujuria, que siempre se le cuela por debajo de la falda.

Otro, por lo que un día pudo ser y murió en su intento, por las postrimerías. La alegría de los tiempos triunfantes, el entusiasmo colectivo, la fuerza del campesino que por fin dispone libremente de sus tierras, la euforia de la nueva Rusia, la construcción de lo soviético, el liderazgo del coronel, la armonía de esos veranos calurosos llenos de luz en planicie metafórica. Y sus arrabales. El antihéroe, el traidor, la máxima de que la revolución acaba devorando a sus hijos.

La Historia está ahí, pero en esta desmemoria gratuita, en este afán perversamente revisionista, en esta endogamia corrupta no interesan ni el conocimiento, ni la formación, ni la purga de males. En la impostura de la felicidad, vivan la ignorancia y el consumismo: todo es opinable.

Una de las sentencias de fe para los lingüistas es que lo que no se nombra no existe, aceptando, siempre, la paradoja de lo inefable de la palabra; con todo, por intentarlo que no quede. A pesar de la crisis, no dejamos de ser herederos de la galaxia Gutenberg.

Marta morirá, llena de miradas y con ella un testigo, no una opinión. La asignatura de historia seguirá, en los planes de estudios y los currículos venideros, adelgazando en contenido, manteniendo, como las antiguas ciudades rusas, las fatuas infraestructuras con el continente lleno de aire.

Y claro, en lo pendular de nuestro devenir se pasa de la efervescencia social a los laxos ni-ni infectados de incuria; la inferencia: allá cada uno.

Mientras, ella exhuma, a través de esas cintas, su imaginería. De San Petesburgo al salón de su casa, de la Plaza Roja a las cálidas cuatro paredes sólo hay esta noche un paseo doble: la sesión continua de sus estampas rusas.

viernes, 26 de marzo de 2010

Rayonismo

Para quienes compartimos el síndrome de Scheherezada (o Shahrazad)

"Y sus voces se alzaron a través de la noche perfumada como el canto de los pájaros fantásticos mezclándose en una dulzura que no cesaba de fluir. Pasó un momento y Ming-Y, sobrepasado por el hechizo de la voz de su compañera, sólo podía escuchar en mudo éxtasis, mientras las luces del cuarto se iban desvaneciendo ante su vista y lágrimas de placer recorrían sus mejillas.

Dieron más de las nueve y siguieron conversando, bebiendo vino púrpura frío y cantando las canciones del periodo Tang hasta muy pasada la noche. Más de una vez Ming-Y pensó en partir pero cada vez que Sië iniciaba, con esa voz dulce y como plateada, una fascinante historia sobre los grandes poetas del pasado y sobre las mujeres a las que habían amado, él se quedaba como en trance, o le cantaba una canción tan extraña que todos sus sentidos parecían morir con excepción del oído. Y finalmente, cuando ella se detuvo para ofrecerle una copa de vino, Min-Y no pudo resistir pasarle el brazo por el cuello y acercar su embriagado rostro para besarla en los labios, que resultaron más rojos y dulces que el vino. Entonces su labios ya no se separaron más y la noche avanzó sin que ninguno de los dos se diera cuenta".

Lafcadio Hearn, Fantasmas de la China

Leo una frase más sobre el tiempo. Es cierto que ayer es igual que hace un año en la memoria de un adulto; en la de un niño, el año pasado es un año entero. El tiempo cronológico adelgaza con la edad: 365 días ya no lo son. Con siete años, la ecuación es perfecta. También las palabras son hebras del tiempo. Cuando en un mundo apocalíptico las referencias desaparecen, se llevan las palabras. El hombre intenta nombrar pero ya no existe el dedo que como índice señala: esto es un centauro; aquello un minotauro; ese hombre es Homero (de él sólo queda la sospecha de dos grandes epopeyas).
Economato, colmado o practicante ya no existen.
Ayer cambié el cuento nocturno por una historia de mi infancia. Les conté a mis hijos que de pequeña hasta aproximadamente los diez años creía que tenía un super poder. Los niños asmáticos éramos casi todos alérgicos. Sufrimos la cortisona y las vacunas; los ingresos en silicosis, los viajes a los alergólogos madrileños, las cámaras de oxígeno. Recuerdo las inyecciones como una tortura en goteo.
En primero de infantil, que entonces se llamaba pre-escolar, yo acudía a un colegio de pago a las afueras de mi ciudad, en un barrio de bien y en un entorno verde; de jardín, no de campo. Ustedes son sabios: entienden.
Todos los días cogía cuatro veces el autobús: dos para ir, dos para volver. Con tres años y medio llevaba una bolsina de merienda y un flotador. Lo primero para no desfallecer, lo segundo para poder sentarme: tanto en el auto como en las sillitas de colores de la clase. La señorita Leonor, que así se llamaba mi profesora, cada mañana me colocaba el flotador en mi asiento y me lo guardaba mientras salíamos al recreo para que ningún zascandil de los mayores me lo pinchara.
La explicación a todo aquello, el quid, se encontraba en Don Eladio, el practicante. Él era responsable de que sentarme fuera igual que un dolor de muelas. O peor.
Aquel señor llegaba día sí y día también a mi casa, después de clase y antes de la cena. Mi madre me decía que esa tarde no vendría el practicante. Mentía. Era puntual como el sueño en esas edades. Lo recuerdo afable, de labio caído, peluquín sobre la calva y manos pequeñas, dedicortas; su voz desmentía sus artes y oficio. Siempre me decía "No dolerá" con aquella voz gentil que te hacía dudar. Fue el primer hombre mentiroso que trató de seducirme: “Me encantaron los canallas” me confiesa una profesora en edad de jubilación mientras hago con ella la guardia. Sigue detallando: “Y así me fue. Nunca se lo pude confesar a mi hija: cuanto más mentirosos, más me ponían. Es el cáncer de ciertas mujeres: te hablo como a ella, aléjate, son tóxicos y tú pareces lista; ¿también te gustan?”.
Don Eladio hacía su trabajo y según les oía a mis padres era experto con la aguja y comedido con la minuta. Al timbrazo, bien me escondía en el armario empotrado del pasillo, bien bajo la cama de mis padres; un día logré escaparme, escaleras arriba, hasta el altillo del portero, el bueno de Don Corsino, que con caramelos y pan, dos manjares para cualquier niño, me arrastró al cuarto piso donde mi madre y Don Eladio esperaban angustiados mi regreso.
Y zas: picotazo en nalga.
Con la llantina, desaparecían por la puerta los dos agresores, vándalos y malditos personajes causantes de que mi culo fuera un mapa de cardenales, sin desiertos, sólo montañas y lagos: allí inflamación, aquí moratón. La primera vez que de niña vi, en clases extraescolares de pintura, Echo number 25 de Pollock (ejemplo de la técnica pictórica dripping), creí que era un homenaje a sus posaderas autorretratadas: no me cabía duda, él también había sido sujeto pasivo de Don Eladio.
Total, que un día harta de aquella vejación, después de que mi madre me subiera las braguitas de perlé, grité hacia dentro: ¡Ojalá te mueras!
Y se murió.
Se hizo verdad la mentira de mi madre: "Tranquila, hija, hoy Don Eladio no vendrá". Nunca más apareció por la casa.
Yo sabía por qué.
Así que al nacer mi hermano y sentirme princesa destronada tenía que medir mucho mis deseos porque era consciente de mi poder. Si la comida no me gustaba o mi madre estaba más activa con la zapatilla que de costumbre, me mordía la lengua antes de acercarme al deseo que después se convertiría en realidad: qué duro era estar investida de aquel super poder. En el colegio, odiaba que ciertas niñas mirasen la etiqueta de mis vestidos o criticasen que en lugar de ser nuestros padres con sus cochazos los que nos vinieran a recoger al colegio, a los urbanitas, a los ajenos, a los extraños a ese jardín de manzanos, cerezos, plátanos y castaños se nos entregaba a la grisura de la ciudad hacinados en autobuses. Entonces también apagaba mi deseo.
Hasta el día que murió el del séptimo.
Descubrí, entonces y por casualidad, de mano de mis progenitores, como otras leyendas infantiles destinadas a la caducidad (véase Ratoncito Pérez, Reyes Magos o La Cigüeña) que yo no tenía poder alguno.
La epifanía fue como acontece.
Se murió el vecino, el marido de la guapa Carmela que tocaba el piano y tenía manos de porcelana. Mi padre, al que mi madre regañaba por su voyerismo con las piernas de la del siete, llegó, muy pálido, antes de la hora habitual un sábado por la mañana, eran los ochenta y sólo descansaba el domingo; la explicación: acababa de llamarlo Carmela para decirle que Ataulfo había muerto de un infarto.
Qué eufonía la de aquella palabra in-far-to, no sé por qué me recordó a otra que me gustaba as-fal-to. Infarto-asfalto. “¿Qué es un infarto?”. Mis padres me miraron mal y con la voz rota se adelantó mi madre “Una parada del corazón de la que te mueres”. Él añadió “Igual que le ocurrió a Don Eladio”. Cielos. Ahí estaba la respuesta a tanta contención, contrición y atrición.
Así se apagó el rito infantil. Otro. De un soplido, cambiando las palabras, durmiendo un tiempo, desarticulando referencias. Se vació mi categoría, yo no era una heroína.
Hoy ya no existen los practicantes. Los indios del Oeste pintaban sobre arena, el icono era como el cronos: se borraba, desaparecían lo señalado y su nombre.
El eclipse del super poder me dejó aliviada, me trajo más ventajas que inconvenientes: menos a veces es más. Ya lo supe en aquel momento. También que el poder que a mí me había tocado era un gazapo y una porquería. Pero no dejaba de ser un superpoder, claro.
Después de esos años de sentirme como mis héroes, me apetecía ser humana y mortal. A mis pequeños la historia les convenció. El mayor glosó: “Es que ser un héroe debe de ser muy difícil”.
Pues sí, hijo; por eso no hay. Lo pensé. Y me callé: a él ya le llegará la etapa del descubrimiento. Por ahora, que siga durmiendo bajo el talismán de la magia y la épica; en sábana blanca y con el embrujo de los cuentos; aceptando tiempos largos, objetos antes que referencias y escenas posibles pero simultáneas.

martes, 23 de marzo de 2010

Los recolectores de cometas y la miopía

"No recuerdo por ahora quién dijo que el hombre era pura nada. No algo, sino pura nada. Y yo me siento así en este instante."
Juan Rulfo

Se preguntan los hombres y miran lejos.

A finales de los setenta, volvía el hombre siderúrgico, camino del bar y la partida, con la mugre metálica merendándosele alguna entraña. Se detuvo en lo alto, al sur de la ciudad y al volver los ojos atrás, vio en el cielo encuadrado de las lunas traseras de su coche un cuerpo extraño, arriba, garabateando en el cielo un no sé qué. Rápido y violento.
Supo que había visto un meteorito.
Dicen que uno antes de morirse debería plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo... Añadan, si pueden, ver Saturno. No ir a su encuentro, sino que sea él quien te busque, se te pegue a la retina, te revista de infancia; inútil a la incredulidad, osado con la desconfianza, encendido como el brillo de los ojos de aquella, y siempre, primera mujer.
Forzado al deseo, entiendes, como ocurre con el fuego o el mar, por qué el hombre miró un día hacia las estrellas; se hizo, como el recolector de cometas, hipermétrope.
Preguntando a Manuel, un compañero entonces en mi aterrizaje en un nuevo instituto, hoy amigo, por qué amaba tanto las matemáticas, atesoró un silencio para después sonreírme con esa afabilidad que nace de lo sencillo: son perfectas, están en la naturaleza; y, sobre todo, lo que más me gusta de ellas es que nunca te fallan. Son verdad.
Mi admirado y sabio José Antonio Mases recoge la siguiente reflexión en boca de uno de sus personajes (Carta te escribo): “Sabía que los hombres que en tiempos oscuros sintieron la necesidad de reunirse en sociedad y aprendieron a medir la extensión de los campos y a mirar a las estrellas para ir averiguando el rumbo y la grandeza de los caminos del mar, fueron quienes asentaron los gérmenes de las matemáticas, y que la existencia humana, y su irreparable desenlace, están regidos por los números”.
Siempre un paso por detrás: la verdad es la carne de la ciencia; la aventura de ser hombre exige el relato.
Así, calienta la boca para la ficción este hombre que un día de finales de los 70 vio en su ciudad un meteorito. Cuenta que a partir de ahí nunca más le consoló lo cercano. Sigue contando, risotero, que Orión era un gigante cazador, hijo de Euríale o de Gea, “según”, y el poderoso Poseidón. Era tan grande, relata, mientras lo escuchamos a oscuras, siguiendo las turbulencias que el giro manual de la cúpula del observatorio de Deva genera en los cuerpos, que podía cruzar el Mediterráneo en unas cuantas zancadas. Pero amó. “Ya. ¿Sabéis por qué las mujeres son como las nubes?...” Interrumpe su relato. Los que escuchamos no damos crédito. “Porque cuando se van mejora el día”. Y eso fue lo que le pasó al hasta entonces bueno de Orión que miró dos veces a Mérope. La quiso para él y entabló relaciones con el padre. Este dijo que le daría la mano de su hija si le limpiaba el terruño de alimañas. El joven no preguntó: tan ricamente barrió aquí y allá toda suerte de bestias. Cuando terminó su tarea y pidió lo justo, esto es, la entrega de la joven, el impostado suegro no cumplió su palabra. La cólera de Orión fue tal que rompió montañas, destrozó ríos, sacudió pueblos... Aquellos le pedían que cesase en su furia, herido, roto y colérico, siguió en lo confuso, en el miedo, en la tristeza; todo en gravedad hacia el destrozo. No respetó anciano, ni dios, ni mujer que se contonease (especial fue su insistencia con las siete Pléyades, las cuales pusieron pies en polvorosa y lograron evitar el zarpazo o su simiente). Hasta que decidieron detenerlo. El padre cabreado o la madre harta, “no me acuerdo muy bien”, se rasca el buen hombre la cabeza en el titubeo, envió un escorpión que picó al hijo iracundo y lo mató, no sin antes lanzarlo el gigante de una patada al otro extremo de la laguna. Tras esto lo colocaron en el cielo. Por eso, prosigue, la constelación de Orión está en el punto opuesto a la de Escorpio, “malos los escorpios, no os fiéis de ese signo, buf”; de su arrebato rijoso, que esté por detrás de las Pléyades en el cielo. De su afán cazador, que Canis, el perro, esté a sus pies, fijaos: igual que una mascota. "¿Veis el cinturón?" y tira de puntero ultra láser, "ahora voy a poner en la maquinina unos números, esperad : al que quiera que esté allá abajo ¿M23 o M21 la nebulosa de Orión?” De la base nos llega una voz con el código exacto, el hombre marca la clave y el telescopio toma las coordenadas. “Hala, a ver por ahí los planetas”.

Así, entre mitología versionada por el hombre, glosas espontáneas y astronomía, vimos en el telescopio Marte, una bola incandescente roja y azul, polvo de estrellas en la nebulosa de Orión, astros jóvenes y brillantes, otros envejecidos del color del sol... El hombre escupe “¿Por qué Galileo se quedó ciego?... un caramelín para quien se lo sepa”. Porque miró directamente al Sol. Eso es. Y no se puede hacer. Antes no había calendarios de esos con mujeres ligeritas de ropa, los hombres miraban las estrellas para sobrevivir en dos afanes: la navegación y la agricultura. Mientras brille Orión sabemos que es invierno; luego dejará paso a Leo y con él el verano; las Pléyades nos dicen si van a seguir las lluvias de abril.
Todo allá arriba: sólo tenían que mirar. Sin simulacros, sin mentiras. La verdad abierta.
Paralizados por el frío que zumbaba en el observatorio, asombrados por el mérito de esos enfermos de nebulosas en expansión y reflexión, escuchábamos las historias del que vio el meteorito, su explicación del mundo desde la noche, la fuerza del pequeño sol Sirio, la estrella más brillante, la maldad de los astrónomos que escribían en clave para no ser copiados (“era mal gremio y muy vanidoso”)... Y mira que hizo mal invierno, también lo saben las estrellas: pudimos ver el cielo el dos de febrero, el dos de marzo y hoy; todo cubierto, chasquea el hombre, “mal año, muy malo, para contar cometas”.
Se suma otro enfermo de cielo, nos dice que es el octavo del mundo en recolectar cometas, que la NASA le pide datos, que estuvo con el príncipe, que lo citan en muchos estudios americanos, que es asesor de no sé cuántos proyectos estelares, que construyó con Faustino el otro observatorio asturiano en Muñás de Arriba. “Mirad, mirad un satélite, saludad al pajarito”. Y sigue contando, sacando de su chistera novas, eclipses, cometas, auroras boreales, objetos Messier, asteroides...

“Ayer estuve aquí hasta las cuatro de la mañana, estoy intentando superar mis cifras de este año con los cometas...; es que con lo encapotado y crudo que vino el invierno; fíjate que el año pasado por estas fechas llevaba mil y ahora apenas paso de los cien. Si es que vino muy malo. Muy malo, gente.”

Existieron y permanecen allí; todas esas luces, generando comprensiones, estallidos, vientos solares, materia negra, sumideros de luz, vida incandescente; basta con mirar al cielo una noche clara, de esas que no abundan en nuestra Promenadia, más Mordor que Patmos, y dejarse ir por las explicaciones, trufadas de ficción, de esos hombres enfermos de lo lejano. Todo allá arriba, donde el ojo llega a través de la máquina; conocer con prótesis, amar plastificados, dejarse seducir por el brillo antiguo de las estrellas: sólo vemos su pasado; siempre un paso por detrás. Limitaciones espaciotemporales, principios físicos, lentes mágicas. Galileo, Newton y la claridad de mentes similares fijaron su atención en la física: se pelearon por la verdad.
Cerca. Miopía.
“Un recuerdo es una voz fría”, escribe Chus Fernández, mientras mira el polvo de las suelas, la rama y no el árbol, la belleza de lo pequeño, lo no visible por hartazgo: está ahí, bajo tus ojos. En medio de su novela esas seis palabras desmayan la razón. Hay un celo en sus líneas por lo minúsculo, la rendija, las huellas de antiguos chicles en las baldosas; su diálogo con el tiempo. La dimensión de lo concreto; lo fragmentario, la yuxtaposición. Su modo de nombrar nos acerca al objeto. La luz que nace de lo cotidiano. En algunos momentos el hombre ha de ser miope, protegerse de un mundo agresivo, demasiado grande, inexacto, inabarcable; del que huye porque como al resto también le han inculcado el miedo; un gran universo ahí fuera. Un territorio que se escribe en mayúsculas, con cifras y valores monetarios, con ortopedia para la belleza, donde la falsedad es lengua franca. Haití, Chile, Ruanda, el calentamiento del planeta, la escasez de agua... Ahí no.
Entonces aparece la miopía.
Uno dice que no hay mano donde un ciento ve cómo el jugador toca el balón; el tiempo vence el subsidio por desempleo, tu hijo necesita un trasplante de hígado. “Porque los problemas de dos pequeños seres no pueden contar en este mundo desquiciado”. Y a nosotros se nos ocurre que sí; aun a costa del desembarco de Normandía: si no, ella va a lamentar toda su vida haberse ido con ese idealista tan aburrido y estirado, hacer lo correcto a pesar de que se le rompa el corazón; ese “como si”, la promesa, lo posible nos hace ver, mirar (si se me permite), una y otra vez Casablanca confiando en que esta vez, esta sí, Ilsa se subirá al avión con Rick. Defenderse en las trincheras contando lo chico; como dije, a pesar de las macrotragedias o de lo distante o de lo global.

Los guerreros griegos despreciaban a aquél que no luchaba cuerpo a cuerpo. También ellos, que supieron ser hipermétropes como el recolector de estrellas, en su día a día sabían cuándo y cuánto importaban las distancias cortas: la miopía también es lucidez.
Porque ansiamos las certezas, coleccionamos cometas, estudiamos matemáticas, subimos a un observatorio a ver Saturno; porque no todos podemos comprar paraísos, lastrados por la tristeza, existen los relatos. Y la miopía.

domingo, 14 de marzo de 2010

Puro teatro

No es el amor quien muere,
Somos nosotros mismos.

Luis Cernuda

Me puse a recopilar parejas de la literatura para una actividad que se me ocurrió presentar a mi jefe de Departamento, así, sin más: qué tal si esta semana de Carnaval les proponemos parejas literarias de tal modo que les ofrezcamos en su línea algo que les atraiga. Ellos venden exageradas piruletas de San Valentín para recaudar fondos a fin de que el viaje de estudios les salga más barato. Nosotros hacemos la materia lúdica: “Y si la comedia debe corregir a los hombres, ha de hacerlo divirtiéndolos” (Jean-Baptiste Poquelin, Molière). A los que oficiamos de docentes, la magnificencia visual, la alta tecnología, los artificios, los chascarrillos, si me apuran hasta la hermosura (“Buen ejemplo nos da naturaleza, que por tal variedad tiene belleza” Lope de Vega), todo nos vale al servicio de la instrucción; alimentamos la ilusión de que ello nos asiste para conseguir un adepto, siquiera uno. Es lo que hay. Como el creador de la comedia francesa negamos la grandeza sin quitar la confianza.

Me gustan los tres genios teatrales barrocos: el francés, el inglés; y más que ninguno el español. Hicieron de su oficio su pasión. Ora escribo, ora interpreto; ora produzco, ora dirijo. Con Lope me hubiera ido al fin del mundo: el Fénix de los Ingenios Españoles estaba dotado para la fecundidad (no sólo en obras, sino en amoríos). Era un río de vida, no me imagino ni un momento de tristeza a su lado. Una luz. A Valle me lo pediría para que me contase mentiras, a Michon lo querría para escuchar sus días, a Mark Ruffalo para silenciar sus noches (no se sabe si escribe, ni necesidad tiene); con Lope, un completo.

He dicho pasión y he dicho bien. En un mundo cerrado, asfixiado por la mendicidad, la peste, los objetos fatales, el vacío moral vivir sería embarcarse cada mañana en un tal vez, exprimir los tiempos con esfuerzo valeroso, acostarse cada noche recordándose mortal. La vulnerabilidad antes bien motor que castración. Aprendieron a sortear eficazmente la bajeza del mundo: de mártir a intrigante y déspota en un clic: puro pragmatismo. Ya lo decía Gracián, ya lo leía Walter Benjamin.

En un contexto insípido y fatal se subieron al tren de un fanático entusiasmo. Adiós al destino y al héroe de la tragedia clásica; el mundo se abre, deja de ser redondo y perfecto; en los bordes: la decadencia. Y en ese estado de desequilibrio, ambigüedad y ruina, van estos tres y se enganchan al espectáculo teatral. La propia muerte atrapa al francés entre bambalinas: el falso enfermo imaginario de repente se hace real, en vivas y aplausos por la excelencia de su gestualidad, por el donaire de su interpretación: “la ilusión cómica desbordando el escenario”. Una vida bajo el signo del oficio pasional, ojo, dije oficio y dije pasión.
El mundo no ha cambiado tanto porque el bicho sigue dentro: lo humano. Asistimos a la adulteración del lenguaje, a los trampantojos, a la manipulación, a donde dije digo...; aquí seguimos, cuatro siglos después, que continúe el espectáculo. Y cada uno de nosotros mirando el propio ombligo.
Los profesores, en medio de este malestar general, hala a “deleitar aprovechando”.
No debemos quejarnos: somos funcionarios. Los funcionarios, gran tema, esos a quienes no preguntaron ni cómo ni cuánto en la época de las vacas rellenitas (lenguaje políticamente correcto, por favor), que sufrieron en sus carnes el elevado euribor y el coste exagerado de la cesta de la compra; esos que se fastidien, que pringuen, que por algo tienen trabajo fijo. No importa el proceso para conseguir el puesto: olvidemos que el que difama podría haber encodado, con sacrificio, renuncia y ansiedades múltiples, a fin de lograr ese estatus. Aquí y ahora, señalan con el índice, sólo computa el resultado, y en él los funcionarios sí y nosotros no, así que pan de cabo a rabo y que sufran como todo quisque. Bajo la fronda de la mentira y lo mediocre cobijémonos todos. Los enseñantes, menudos mangantes: a esos, según fuentes gubernamentales, la crisis no les ha llegado. Así que dosis doble: son funcionarios y encima sin recortes.

Mientras, entre adolescentes ávidos de aprender y con una situación envidiable en una coyuntura desastrosa, debemos continuar deshojando la margarita de la educación: que en nuestro caso, por favor, seremos gemebundos, coincide la excelsitud de factores: horario, sueldo, reconocimiento, vacaciones, motivación, vocación. Ja.
¿Estudias o trabajas?
No sé qué contestar, la verdad. ¿Estudio divirtiéndome? O mejor ¿Me divierto enseñando? Qué tal ¿Agrado a mi público?... Y tira que libras.

Así que cuando desconfío de lo que dicen y me centro en lo que vivo, se me cae el techo, y en la supervivencia, como Valle-Inclán, acudo a la ensoñación, a la mentira, “recordando nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos seculares dibujaban...”. En otras palabras, viva el teatro.

Profe, anda, cómpranos una piruleta, déjate llevar por la pasión. Con el gesto de dos euros, quién sabe. ¿Y qué mensaje pondríamos para tu amado? Porque las decoramos con texto. O amada dije yo, por esto de la corresponsabilidad, lo de ni ogros ni princesas, lo de no a la homofobia -resulta agotador el rol de docente como modelo de conductas, somos humanos, con debilidades y órganos y humores; como ellos, justo como ellos (ah, y ellas)-. En blanco. Sin mensaje. Porque tendrás pareja profe, porque si no nosotros te la buscamos y así nos comprarías las chuches. Silencio. Sonrisa y media vuelta, que tenía guardia de recreo y mucho niño dando pelotazos sin ton ni son.
A lo que iba, hete aquí que siguiendo la máxima de enseñar deleitando mientras patrullo pasillos, rebusco en mi memoria, para ser original y didáctica, parejas de la literatura que no sean obvias, imaginándome deidad inalterable al desánimo. Claro se me ocurren Héctor y Aquiles; Vera y Nabocov; Belarmino y Apolonio; Vila-Matas y Paula de Parma... Esas cosas. ¿Inflación de esfuerzos? ¿Qué me van a agredecer más, la investigación literaria o el beneficio en su viaje?
Será mejor que invierta en la golosina y me decline por resbalar sobre el libro y los pasillos, por el desinterés y la apatía... En suma, dejarme tragar por el gargantuesco desencanto propio del ambiente...

Pero no. Me reencuentro con la vida que es una gran lección de generosidad. Concito, pues, a los tres dramaturgos barrocos, como a los santos las hermanas de Almodóvar, su contexto, la centuria de la crisis o el siglo de hierro, inspiro y expiro, conjuro vocaciones y alegrías; si ellos pudieron instruir deleitando en aquel revoltijo, en la crisis económica, social y moral, qué no podremos hacer nosotros... ¿Por qué no proseguir en el intento?
Dejo de ser Hamlet y resuelvo: piruleta más parejas literarias. Sumando esfuerzos.
Me vuelvo por donde he venido y le digo al bello efebo que sí, que me venda unas cuantas piruletas de esas, que me quiero colocar; de pasión, por descontado.

viernes, 12 de marzo de 2010

Voces

Para la mayoría de mis compañeros de 1º G del IES Jovellanos aquel libro rural, lleno de palabros y prosa maciza era un nubarrón en medio del trajín escolar. En mi caso no había afectación, ni retórica, ni obligación, ni sentimentalismo. Para mí Delibes era un tablar de léxico, un caudal de nombres de flora y fauna; fue a quien oí por primera vez que la literatura era un refugio, el suyo, no el cine, ni las tertulias; está entre los hilos de mi infancia, como Ismael, los mohicanos, el correo del zar, Ana Karenina o Salinger. Para un niño el tiempo, sus entretelas, no existe: cuando algo sucede, ocurre de repente.
Son las siete, enciendo la radio, pongo el café en el fuego, subo persianas. Mi casa empieza a despertar; hay cerca de la playa recorridos de luz, babas de caracol, sintaxis de claros; parece que los nubarrones me van a dejar en paz; pasan pocos coches y rápidos: día laboral. No falla. Entonces “Delibes ha muerto”. Tres palabras, sin impresionismos, ni subordinaciones, ni juegos, ni calambures. Economía del verbo.
Pastora, la profesora de literatura, Vicente, mi compañero de pupitre, Cholo, Eva, Martín, Cocaño, el patio gris, los desconchones, la sirena... Se produce esa regresión, el hongo blanco que se abre en nuestra memoria, pasa Alicia calzando botas grandes entre las azaleas y tengo, otra vez, aquellos pocos años. Leí en Retratos de Will que “no puede haber prueba más determinante de la cordura de una persona que haber sido capaz de sobrevivir a la infancia. Aunque los adultos la idealizan y la presentan como una época de libertad”, somos un epílogo del niño que nos habita. Puede. Otros, necesitan recurrir constantemente a ese territorio físicamente inexistente, al mapa de lo que fueron y jamás serán, a esos lugares de los que hablaba Melville "It´s not on any map, true places never are". Algo de El Moñigo y El Mochuelo se diluye en mis tiempos. No digo que sea el mejor escritor, ni el que más me guste, ni el que haya marcado un antes o un después; ni siquiera el autor que rescataría del fuego si este amenazase mi biblioteca. Con él, no obstante, me enamoré del lenguaje; me infectó, junto a otros, de la pulcritud de los paisajes verbales. Ahora que es demodé no interjectar en malsonante cada cuatro sustantivos y dos verbos en infinitivo, yo me escabullo para emboscarme en los clásicos, en la fecundidad y agudeza de los términos. Me pego un baño de diccionario más pronto que tarde porque con tanta vulgaridad, mediocridad y rebaja en el uso de nuestro idioma, dimito de la escucha (y nótese que ya no entro en los cimientos, en la vacuidad de reflexión y espíritu crítico).
Él me enseñó palabras, voces con las que nombrar mi espacio; me enseñó la semántica de un mundo que nunca conoceré más allá de la frontera de su pluma. Dijo lo que yo no me supe decir en aquel momento: la literatura como cueva. Y escribió una frase que se me quedó colgada desde entonces: “Los hombres se hacen; las montañas están hechas ya”. Esa fragilidad de lo humano atrapada en una metáfora tan sencilla, como un puñado de tierra, es otra de sus herencias.
A veces uno quiere que le cuenten verdades; otras, mentiras. A veces, llevarse, como los niños, las cosas a la boca para no pervertirlas con el lenguaje, otras, dejarse seducir por la frase larga y el párrafo barrocamente ampuloso. A veces, dejarse herir por la belleza de La cinta blanca, otras, apoyar el cerebro en el sofá con cualquier cloroformo de serie. Trufas o guisado; noches largas, cortos encuentros animales; prosa telegráfica, indigestión de nexos lógicos...

"… porque existíamos en una apatía que casi era paz, como la de la propia tierra ciega, que no siente, que no sueña con el tallo de la flor, con el capullo, que no envidia la aérea y musical soledad de las tiernas hojas recién brotadas, que ella misma nutre."
Faulkner. Siempre.

De niña y preadolescente, en los veranos de canícula prepirenaica, me pasaba el día jugando a la comba y corriendo. Cada cierto tiempo iba jadeando a casa a beber agitada dos o tres vasos de agua con ansia y con impaciencia, casi sin dejar de correr. Buscamos en la lectura esa remoción y esa contemplación que causa el arte. Pero también saber quién es tal autor, qué se está escribiendo en tal sitio. Leemos para sentir cómo respira la literatura aquí o allí y estar un poco en el escenario. Pero cada tanto hay que volver a casa a apurar a los clásicos, como un niño apura los vasos de agua sudando en medio de sus juegos. No aprendes nada de lo que pasa, pero tocas el límite del espacio en el que está todo lo demás. Pues eso, “Delibes ha muerto”.

domingo, 7 de febrero de 2010

Deja que me vaya


Pasión: acción de padecer.

1. Estás tan tranquilo, en tu casa, sobre la cama, tal vez leyendo; en la cocina, con el pasavolante de la comida; sobre el sofá, ante la televisión de un día pasilargo. Y ocurre. Primero oyes un golpe, sordo, quebradizo; de anticadencia, sin clímax. Porque no recuerdas el antes, sólo el entretanto. Gritan y tú te tragas a su vez el grito. Aparece en el pasillo, porque él viene cuando tú vas. La cara y las manos ensangrentadas y el pasillo lleno de gotas. Le lavas la cara y no encuentras la grieta, el dónde por el que se escurre tanto líquido. Y te agarras a una extaña fortaleza, corrupta, cruel; te enfrías. No reconoces esa voz que miente tu estado de ánimo: templada, satinada, dulce. Le dices que se tranquilice, y sangra, y grita. Al final lo enrollas en una toalla, te tiras sobre el coche, te olvidas de si le has abrochado o no el cinturón. Sólo sangre y gritos. Ni siquiera te permites la curiosidad, mucho menos la sorpresa. Te lanzas del coche, lo dejas en mitad de donde no te acordarás. Y entras en el centro de salud con el pequeño entre tus brazos.

2. Contesta la mari:

–Quita, quita. Con lo bien que estoy yo con mi Manolo. ¿Amar? Qué cansancio. Fua.

Pero sale la buena mujer a la calle aquel adverso día sin paraguas y al ciego arquero, pasado de hierba, en plena audacia circense de malabarista fumado va y se le escapa la saeta que justo acaba en la pantorrilla de la mari quien se rasca el picotazo, jurando en arameo contra las pulgas, mosquitos y tábanos. En ese momento, cruza una mirada con el charcutero que acaba de salir de Alimerka a chupar cinco minutos de Ducados. Una semana después parece, la mujer de Manolo, Halle Berry en Monsters Ball (qué coyunda: en mi opinión de las mejores filmadas), pero en el sofá del vendedor de embutidos.

3. No me convenció Partir (2009). A la salida me encontré con una antigua compañera de instituto que estaba ofendidísima porque le habían dicho que la película estaba dirigida por una feminista de pro, Catherine Corsini, y, sin embargo, a ella le había parecido de lo más manida, sin activismo de ningún tipo. Más de lo mismo, eso sí -me dice- la que encuerna es ella; la narración desde nosotras, con moralina, culpa y estupidez de hembra. Yo no la vi así, la verdad. No es Herida (1992) pero tiene sus aciertos como tragedia. Triangular, parte de una situación de bienestar de la protagonista, satisfecha pero infeliz, que se implica en una aventura con un hombre pasando del adulterio a la expeditiva decisión de divorciarse y empezar desde cero. Se rebela, ingenua y llena de esperanza, lanzándose a un “contigo pan y cebolla”. La realidad más básica la acaba aplastando. Previsible.
Quien haya pasado por un amor fou se reconocerá en la urgencia del minuto robado, en la distancia de las cosas, en el ensimismamiento absoluto, en la ausencia de culpabilidad, en el egoísmo extremo o en la ferocidad del deseo que todo lo da y todo lo quita. De todos los ingredientes hay: hechos y emociones verosímiles, hybris, catarsis... La Scott Thomas está bella como siempre. O más: debería ser un derecho de las mujeres envejecer así, justo como Kristin (en la cola del baño oí a un hombre que le decía al otro: es que sin pecho, con el culo caído, con las arrugas... qué mujer, qué hermosura; yo me la engulliría todita, todita, toda). Sergi López en su línea. No hay química entre ellos, no la suficiente, no te la crees o al menos yo no, dicen mis próximos que exijo demasiado. Puede.
El renacer de una mujer cuarenteañera, atrapada en una jaula de oro, en el intento de esa vida independiente, ilusionante, también cojea. No creo que las cosas ocurran así. No de ese modo.
Me gustó mucho la música impecable de Delerue y el trabajo de fotografía de Agnès Godard, la sensualidad de la naturaleza, el refugio en la montaña, la arcadia a la orilla del mar; el clímax de ciertas escenas (impresionante Suzanne, que así se llama la protagonista, cuando en un primer plano de cuatro o cinco segundos transmite que del calentón ha pasado al amor). Cortaría metraje, me esforzaría en los diálogos de los amantes, resaltaría personalidad, dibujaría mejor el discurrir de la gente aparentemente normal a quien Pasión elige. Con todo, sí es acertada la reacción de un hombre en la cumbre social que no oye la confesión de su mujer enamorada de otro, sino la simplicidad de que ella ha decidido cabalgar sobre bayo distinto; sí, la claustrofobia de la vida después de; sí, la dureza de las escenas de sexo matrimonial sin amor. El lazo de los satélites: la familia, la sociedad, la economía (ha hecho más la hipoteca por la estabilidad marital que toda la soflama eclesiástica). Me quedo con la mirada acuosa de ella al decirle al hombre a quien ya no quiere: Deja que me vaya. Un retrato. Y como tragedia: desmesura, enfermedad, locura y muerte.
En suma, una tarde agradable en ese cine de barrio (Pumarín Sur) en el que aún puedes ver una película en versión original, sin rugidos palomiteros y con espacio suficiente para estirar piernas y cervicales sin molestar al compañero de butaca; cierto sabor de déjà vu y una entrega, mayor si cabe, a la grandiosidad de Kristin Scott Thomas. Glorias Grahame, Genes Tierney y Avas aparte.




sábado, 6 de febrero de 2010

Si te aman las mujeres

Las dos chicas de enfrente hablan de sus disfraces. El señor que llevan al lado se pelea con un sueño contumaz que ya le propinó dos buenos latigazos de cervicales. Mis dos compañeras de asiento debaten sobre quién tiene la correcta interpretación de las palabras que la suegra-abuela les había escupido antes de que, muy dignas ellas, abandonaran la mesa de merienda y se fueran a coger el tren. Yo leo. Pero tanto crucigrama de conversaciones me impide disfrutar de una entrega concentrada: erré en el horario. Tenía que haber esperado el siguiente.
A veces todo nace en el cuándo.
Suena mi móvil y tú me preguntas, en un mensaje de texto, educadamente, sin fallos ortográficos ni apócopes endiabladas, si puedo solucionarte una duda ontológica, ¿Escogemos arena o melocotón para el pasillo? Y en ese instante de realidad, tu rostro resbala sedoso, entre mis pensamientos. Te veo reír a altas horas de la madrugada, revolver el pelo mientras lees el periódico, acariciar tus hombros cuando cuentas, gritar al agua de pronto fría en la ducha, lamer el cigarro entre la boca con ese gesto tan tuyo, tan antiguo, tan de cómeme los labios. Entonces sonrío en esa aglomeración humana sobre ruedas, y las chicas del historial carnavalesco me miran, la nuera y nieta se callan y el dormitante hombre flanoso despierta. El presente se encoge y se expande. Nuestros sosias acuden al rescate. Contesto: Arena. Siempre. Respondes: Llueve, ¿te paso a buscar con mi alfombra para que no te mojes los pies? Sigo: Da igual, hay taxis. Me fascinas: No. Que no sepa yo que esos zapatos fríos dibujan otras huellas. Sigo sonriendo mientras taladro las teclas del teléfono: Vale. El tren llega en quince minutos a la estación. Tú: te lo cobraré en especias. Cárnicas. Por supuesto. Guardo el móvil en el bolsillo de la cazadora y miro a través de la ventana. Hay pocos momentos en los que el humano paladea su presente: todo acaba siendo recuerdo; hay pocos momentos en los que el humano disfruta de lo que tiene y no de lo que anhela. Pero ahí, en aquella anguila metálica que corre sobre raíles, me alegro de que te quedaras en mi cama. El móvil: otro sms. Es mi amigo Javier, me confirma que coge el vuelo a Madrid, que se alojará en ese hotel a pesar del nombre de la calle: Virgen de los peligros, que me agradece la información y que nos vemos a su vuelta. Y me hace feliz hacerle feliz. El hombre, que ya no duerme, me mira intrigado, tanto mensaje, tanta sonrisa. Le sigo dando en el gusto. Otra señal intermitente. Es Enrique desde Sevilla: Sevilla, oh, grande, callejera, orgullosa, abierta, brillante. Llegué justillo al AVE. Le digo al taxista ¿iremos bien de tiempo, cómo lo ves? Mira y dice: hombre, le da tiempo a comprá el periódico y leel-lo con crusigrama y tó. Me carcajeo y el señor me hace la ola. “Próxima estación La Calzada”. Encuaderno con hilo e ilusión los retazos de un día cualquiera. Me vienen a la memoria unos versos de Álvaro. Cartografío afectos y lealtades. A esas alturas del trayecto, me dejo pasear por las cosas de ella. También por sus ausencias. O por sus silencios.
A veces todo nace en el dónde.
Bajé y ella estaba allí. ¿A casa, cielo? Y en el beso, lluvioso, con pretensiones de eterno, destilando todo el sabor de una vida en común; en el calor de su humedad, en los huecos de quien he herido y amado a partes iguales, en su revoltura sobre la mía, en mi mano sosteniendo la fragilidad de su nuca, sentí la voracidad de su regreso: era su caligrafía la escrita en mis cuadernos.
A veces todo nace en el cómo.
Enredado en su conversación, en aquellos ojos que sonríen y verdean, en sus andares felinos, callo y saboreo su modo de haberse quedado. Que ya no me mintiera, que dijera que me echaba de menos, que fuera verdad que se moría porque volviese. Sin explicaciones, sin glosas a los tiempos de carencia: sólo disfrutando del final, de que después de tanto y de todo fuera yo el elegido.